El secreto de mi Navidad es hacerte feliz


Comencé la Navidad así. Una Navidad que siempre supe que no era mía. Este tiempo, como cualquier otro, debería ser para regalar enteramente. Qué torpe es quien pretenda quedárselo, y qué lección de vacío le dará a todo aquel que piense en manipularlo. Algún día podre decir por qué intuyo que este es el camino por el que se anda en paz. Una Navidad sencilla, orientada, centrada. La Navidad no es mi navidad. ¡Claro que la Navidad es tiempo de felicidad! ¡Claro que es tiempo de alegría! De la felicidad que pueda dar, aquella que esté dispuesto a poner en personas y no en las cosas, y de la alegría que sepa compartir a tiempo y a destiempo. Qué importante es saber que hacemos lo que podemos cuando el deber y las obligaciones nos muestran nuestra incompetencia. Qué importante es creer en lo que vivimos, y que estamos vivos en Navidad con lo que esto significa. Qué importante me resulta ahora, y tan evidente, que Navidad tiene tanto de espíritu que nada podrá contenerlo por entero más allá del corazón de un niño que mira con los ojos perdidos en el horizonte y tiene el rostro calmado y en paz, como antes de dormirse.

Si me pides más de lo que soy, tendré que quedarme a las puertas de Belén. Me veré humillantemente humillado, y no sabré qué hacer más que mirar. La Navidad también nos muestra que la felicidad está en el perdón y la reconciliación, y que se pueden curar muchas heridas. Si no puedo darte más, te diré que te lo he dado todo. Hasta entonces, hasta que no haya tocado límite y me encuentre rebasado, estaré guardándome una carta tontamente. Lo que quiero es poder ponerlo todo a tus pies, segundo a segundo. Tú eres el centro de la Navidad, al menos de mis días. Y ti me saben todos los manjares dulces y amargos de estas fechas. Y a ti huele mi propia presencia. Hasta entonces, hasta haberlo dado todo, hacer feliz al modo que sea, de la manera que tenga que ser y se pueda, con las fuerzas de las que dispongamos. Bien con la típica sonrisa, y con los juegos. Bien con la mirada, o viendo algo entre nosotros. Bien con el esfuerzo que pueda hacer por ti, después de preguntarte qué necesitas. Bien con lo que llevo entre brazos y sé que puedo compartir. Bien poniendo a tus pies aquello que tú mismo me diste hace ya mucho tiempo. Bien en las tareas, en los cortes, en las interrupciones, en los bostezos. Bien solos o acompañados, aunque siempre cercanos. Incluso mi tristeza puede ser motivo de felicidad en este caso. Bien en la esperanza o la nostalgia, al pasar fotos de otro tiempo que no es ahora o al programar el tiempo que hará mañana. Bien en tu casa o en las calles, o en los móviles y mensajes. Bien en los cantos típicos de las fechas o en los que siempre serán inolvidables por otros motivos. Bien en la  Bien con mi silencio durante el día y la noche, o bien con mi palabra preferida. En el juego en el que desvanecen las presencias y las ausencias claras, sabiendo quiénes somos y de dónde venimos.

Navidad no soy yo. Navidad tienes que ser tú, y salir a tu encuentro. Y poder decir desde el hondo corazón que hacerte feliz es mi secreto, y que es el único motivo que tengo para sonreír como un niño, y dejarme enternecer como un pequeño, y mirar la debilidad y la fragilidad sin arrugarme, y que sólo por ti sería capaz de olvidarme de mí, de todo lo vivido hasta este encuentro, y seguir hablando durante días y noches enteras, y seguir preocupándonos de todo el mundo juntos. Y que sólo en ti, y sólo por ti, estos días pueden ser llamados días grandes, mágicos y celestiales, más propios de otro mundo y de la vida nueva. Y que sólo tú has roto el hielo y frío que lo envolvía. Y que esto que hoy te digo no se lo podré contar a nadie.

La locura de la Navidad


Hoy puede sonar el post a crítica ácida, sin que sea mi intención directa. Tampoco busco hacer una denuncia de lo que probablemente todos sabemos. Ojalá seas capaz, y no lo dudo por eso escribo, de leer entrelíneas. Un saludo. De verdad, y sin repetir absurdamente palabras, FELIZ NAVIDAD.

No lo tengo todavía muy claro, aunque me aventuro a pensar y decir que no es cuestión ni de la Navidad, ni de estos días, ni de la decoración navideña (a lo mejor tanta luz, contribuye un poco, pero no mucho), ni de las reuniones familiares, ni de las cenas con amigos, ni de otras quedadas, ni de las felicitaciones, ni de los regalos, ni de viajes, ni de sorpresas, ni de turrones o polvorones, ni de bombones, ni nada de eso. Quizá sea el exceso de tanto en tan poco tiempo. Aunque tampoco es para tanto.

La locura de estos días viene con nosotros durante todo el año. No nace por generación espontánea, ni se contagia socialmente. Lo estamos deseando, darle rienda suelta. Por si no te habías dado cuenta,  es como si sonara la campana de diciembre -ya se adelanta a noviembre incluso- y todo el mundo se pone a correr, como si nos dieran aviso de última vuelta, de la última oportunidad. Los mayas inventaron un final del mundo una vez, pero la cultura occidental enloquece una vez por año, por lo menos. Esta locura que “disfrutamos” todo el año se desborda sin control estos días, porque todo tiene que salir estupendo, todo parece que debe ser maravilloso, todo se supone que será mirado al detalle, todo debería contener la esencia de estos días. Me parece que la locura es precisamente esa, la de la expulsión durante una temporada de todo lo normal y de lo más cotidiano, la de lo artificial por lo artificial sin fundamento ni sentido, la buena cara, o incluso falseante maquillaje, encima de los sufrimientos, de las adversidades, de las contrariedades. Quisiera saber acompañar mejor a quienes en estos días sufren por lo que sea. ¡Eso sería Navidad al modo como Dios se la plantea al hombre!

Si nos dejan a nosotros… Si nos dejan a nosotros Dios no nace en un pesebre sin luces. Ni llega así como así. ¡Una estrella era poco! Nada de mula ni buey, por supuesto, como poco una manada de poderosos caballos, y a la puerta esperando para volver a casa el Ferrari que más ruido hiciera del mercado. Con María tendríamos que haber salido de compras por las calles más lujosas en busca del traje por excelencia, que no sería “azul y rojo”, que eso ya no se lleva, sino de lentejuelas doradas. Y a José en lugar de un silencioso cayado me imagino que, como mínimo, le hubiésemos puesto un sofá para que reposara, y una buena televisión para que siguiera la Gran Noticia. Entre tanta historia navideña no sé cómo hubiera quedado el Niño, el único hombre que ha decidido nacer, y así ser obediente.

La locura navideña es lo más contraria a la Navidad misma. Es una locura ajena a las fiestas que lo contagia todo, lo enmaraña todo, lo complica todo. Lo que es un absurdo y lo que hace de todo esto ridículo es querer pasar unos días locos cuando se nos presenta un tiempo de mayor sencillez, de mayor humildad y de mayor pobreza. Los locos imaginan lo que no hay, y quizá es lo que ocurre estos días, que se “fuerza la máquina” para producir una felicidad inexistente en lugar de arriesgar el propio corazón para acoger lo que se nos presenta. Es muy difícil para el hombre, según parece, no considerarse el creador y el hacedor de las cosas, incluso de la Navidad, que por definición es un tiempo en el que Dios hace lo que quiere, lo inesperado, lo sorprendente, lo que descuadra al hombre, lo que le saca de donde está. En estos días, en los que comprobamos que por mucho regalar y regalar lo que esperamos es que alguien se acuerde de nosotros y sepa lo que nos conviene y nos hace felices, todavía me pregunto por qué no levantar la mirada un poco más allá de nuestras narices.

Me parece de lo más normal que haya quienes no se sienten en consonancia con la Navidad según se pinta. Es más, creo que son los que mejor se están preparando para ella, armándose de valor para llevar la contraria al estilo divino, que prefirió lo más pequeño en lugar de llegar al son de trompetas, armándose de paciencia para soportar las inclemencias que resulten de los excesos humanos, y disfrutar así del desbordamiento del amor, de la tranquilidad del nuevo nacimiento, de la alegría por contemplar un mundo nuevo.

Las heridas provocadas por la Iglesia son heridas profundas


Esto nunca me ha dejado indiferente. No lo digo como una afirmación, sino como constatación de múltiples historias. Como voy “de cura”, aunque a otros curas les siga extrañando, hay quienes no pierden oportunidad para hablar de estas cosas de la Iglesia. En más de una ocasión la historia de otras personas, desconocidas para mí hasta ese momento han conseguido dejarme sin dormir, o hacerme pasar una noche en vela.

Constato que las personas que se sienten heridas por la Iglesia mantienen esa huella casi toda su historia. Se trata de alguien que le dijo, de un cura que le habló mal, de si se sintió o no acogida o acogido, de si fui tratado de esta u otra manera, de si pudo hablar o fue silenciado, de si encontró su lugar, de si fueron desplazados, de si supo poner al servicio de los demás lo que tenía, de situaciones que no se supieron acompañar o que pusieron tierra de por medio… En otras, confusiones y malentendidos, posturas cerradas, encontronazos fuertes, caracteres opuestos, reconocer que no se podía vivir juntos, falta de conocimiento. Y, en otras, no poner a Dios y a las personas por encima de tareas, actividades, liturgias, compromisos, opciones, preferencias, gustos, criterios… Múltiples razones, nada fáciles en ocasión, que han marcado la historia de muchas personas. Conflictos, en muchos casos, que son puramente humanos, de relación. Pocos de los que encuentro, tienen que ver directamente con Dios. Es más, entre los alejados de la iglesia hay personas que siguen sosteniendo su fe y atenticidad de vida como buenamente pueden, en ocasiones solos o apoyados en otros grupos. Esto que describo, sinceramente, me encantaría poder solucionarlo, y sin embargo veo que no está en mi mano, al menos del todo. El reencuentro ya tiene un valor, el diálogo es un gran paso. Pero falta algo más, que sólo podrá darse en el encuentro con Dios, nuevamente, y en la posibilidad de perdonar a aquellos que hirieron.

No puedo pasar de largo por estas heridas, porque no soy ajeno a ellas. ¡Ya quisiera yo! Pero a mí también me ha ocurrido, y me ocurre, encontrarme con gente de Iglesia en posesión de la verdad, poco acogedoras, sumidas en su propio dolor, u oscuras en sus intenciones. Me temo que yo también he causado, y ojalá pudiera decir que no sucederá nunca más, heridas en otras personas. Como siempre decimos de nosotros mismos, no era mi intención. Lo cual me lleva a confiar en que no era la intención de otros, ni mucho menos. Me temo, incluso, que forma parte de la vida misma cristiana, y de la vida misma. Y deberíamos explicarlo cuanto antes. Que existen diferentes tipos de heridas, y que no podremos evitarlas todas, aunque sería deseable: heridas de la vida, heridas causadas por acercarse los unos a los otros, heridas del amor, heridas de nuestra propia grandeza, heridas por aceptar el mal de otros, heridas por muchos pecados, heridas por muchos desengaños, heridas sociales. Si viviésemos lejos, y no tuviésemos nada que ver los unos con los otros, ¿sería más fácil? Deberíamos explicar que la herida, que se pone como causa de tantas cosas y que para algunos parede justiciar que las personas se siguan haciendo daño, no tiene necesariamente que ser de este modo. Deberíamos explicar que la herida no es el final del camino, y que tocará seguir andando aunque ésta sea en la punta del pie. Deberíamos explicar, y abrir los ojos, para no hacernos las víctimas fácilmente, y reconocer que hay pocos ángeles en nuestro mundo. Deberíamos explicar que la distancia, hiere, y que el silencio, ofende. Deberíamos explicar que antes las heridas existen diferentes posibilidades, y que la mejor es que no se infecte, que se cure, que cicatrice. Deberíamos explicar a no pasar de largo por las heridas que llevamos. Intuyo que en muchas de ellas, al menos de las que voy escuchando, se esconde una oportunidad para crecer en la fe, para purificarnos a nosotros mismos, para construir una fraternidad más furete y un mundo más justo y más humano.

Dios mismo quiso acercarse a los hombres, y mira tú por dónde, Él también terminó herido, dolorido, en la Cruz. Esto, a mí, no me puede dejar indiferente.

Dejarlo todo – Miniidea


¿No os sorprende que cualquier persona pueda dar al traste con todo, abandonarlo, dejarlo, echar la vista a otro sitio? ¿Desprotegerse, liberarse, soltar amarras, sin echar la mirada atrás, desplegar velas, lanzarse a caminar, comenzar la aventura, subirse al tren? ¡Cuántas metáforas! Todas de lo mismo. ¿Pasar a una vida nueva, sorprendentemente, en un momento de su historia, al amparo de una decisión, al abrigo de la confianza? Algo reservado a los que andan despiertos, a los que no tienen miedo, a los que lo dan todo porque nada tienen que perder. ¿No serán tachadas de locas las personas que obran así, como si lo de antes no existiriera, como si lo de antes ya no tuviese fuerza sobre ellos? ¿Cuántas veces hemos pensado en desaparecer, en cambiar radicalmente, en marcharnos a otro lugar? ¿Qué impulsa al hombre, en su interior, en su pensamiento, en sus sentimientos, en sus deseos, a creer firmemente que esa es una salida para su vida? ¿Qué lleva a los hombres a una conversión tan radical?

Personalmente me admira la fuerza de la libertad humana, también los miedos que despierta. No me deja indiferente darme cuenta de una realidad tan inmensa como ésta, capaz de abrazarse a la novedad, de dejarse en manos de la confianza, de liberarse de sus ataduras. Pero sólo en lo teórico, porque en la vida corriente y moliente las cosas caminan a otros ritmos. Sería posible, pero poco práctico. Sería posible, pero criticados e incomprenidos. Sería posible, pero con costes altos. Sería posible empezar de nuevo. La cuestióne es si lo creemos o no, si confiamos o no, si nos dejamos hacer o no, si nos liberamos o no, si dejamos realmente todo o no. Ahí está el asunto. La vida nueva  ya ha sido prometida para todo aquel que quiera acogerla. ¿Te atreves a confiar? ¡Verás un mundo nuevo! ¡Sin duda alguna, nuevo!

En los límites se encuentra la perfección humana – Miniidea


Lo humano, de por sí limitado, con una sed desafiante, se hace más perfecto, más bondadoso, más excelente y más sublime cuanto más se agarra a lo importante. Incluso cuando vive de lo único importante. El exceso, el desbordamiento, las carreras y la insatisfacción terminan por agotarlo en sus propias búsquedas, sin remedio, y desconsolándole, al mostrarle que anda divagando sin hallar nada que merezca la pena y dejando pasar oportunidades sin final de ningún tipo. Lo humano, su perfección, han de encontrarse precisamente allí donde pocos las buscan. Quizá lo perfecto humano sea su debilidad, su precariedad, la necesidad de restricción y vivir restringido. Quizá el hombre experimente más amor y más grandeza cuando sabe en qué emplearse por completo, sin medida. Quizá, sólo quizá, porque me gusta mucho la palabra quizá, la persona deba definirse, ponerse límite, ahogar sus posibilidades, dejar de abrir y abrir puertas, para saber quién es verdaderamente, a qué está llamada exclusivamente, cuál puede ser su meta definitivamente. Pero esto último sólo quizá. Dicho con prudencia y recato, con sencillez y más intuición que inteligencia de todo. Aquel que ha encontrado algo por lo que merece la pena dejarlo todo, de ese decimos que es verdaderamente feliz. De eso, sinceramente, no me cabe la menor duda. Cuando el hombre pierde el miedo a sus propios límites, y se olvida de sí mismo, algo me dice que ha entrado en un plano infinito, está rozando lo absoluto, se encuentra cara a cara frente a un Misterio capaz de reclamar de él todo cuanto es, y que quizá ni siquiera él se había enterado de que era.

Elogio de las distracciones


Creo que las excentricidades y el ser humano se llevan bastante mal. Creo que a las personas les gusta, y se complacen, en andar centrados por el mundo en un par de cosas esenciales. Sin obsesiones, pero centrados. Muy centrados en ellas, como recibiendo lo que les falta para completar su vida. Es hermoso comprobar, de esta manera, cuáles son los nudos gordianos que, si los desatas, hacen de cada uno un ser vulnerable y frágil, dejan reconocer la debilidad connatural que nos asusta ver y les abre al maravilloso y misterioso mundo en el que cada uno se desenvuelve.

Centrarse y atender, cómo puedes ver, no significan lo mismo. A pesar de estar constitutivamente diseñados para esta entrega absoluta de nuestra persona a una realidad capaz de contenernos, esto no significa que lo podamos hacer sin esfuerzo cuando queremos y como queremos. Encontramos resistencias en nuestro camino, incluso cuando nos topamos con aquello que nos ha prometido la felicidad total y más alta que podamos alcanzar en la faz de la tierra. No se trata de una tragedia, sino del fruto de nuestra división y de los apegos de nuestra historia. Para abrazar algo, previamente nos hemos debido soltar convenientemente de lo que nos atrapa. Tarea que todo educador, acompañante y persona que se conozca bien a sí misma, reconocerá que resulta tremendamente arriesgado y exigente. ¡Cosas de la vida! La atención pone como condición la libertad y la voluntad de las personas, las cuales a su vez son frágiles sobremanera. Digamos lo que digamos.

Por otro lado, nuestra capacidad de centramiento puede resultar y devenir obsesión y ser muy poco deseable para la persona. Son esos momentos en los que nos encontramos “enganchados” a lo que no queremos y como no queremos. La vida nos atrapa sin preguntarnos ni cómo ni por qué, y nos vemos sumidos en la falta de alternativas reales para salir de nosotros mismos, escapar de la realidad que nos ha cautivado contra nuestra propia voluntad. De ahí el título del post, y la necesidad de atender, cuidar y ensayar multiplicándolas al máximo, las grietas de las paredes que tienden a encerrarnos en sí mismas condenando nuestra libertad. El gran deseo del hombre es abrazarse a una o dos cosas sabiendo, al mismo tiempo, que podría estar en cualquier otra parte del mundo. Si no puede, está ahí su condena. Si se ve limitado ajeno a sí mismo, también encuentra desasosiego, desesperanza y desesperanza. Pierde el amor, al tiempo que pierde su movilidad y apertura.

Las distracciones juzgo que en ocasiones se convierten en enemigas. Sobre esto hay mucha literatura. Pero en otras, mostrando que son relativas y necesitan orden, pueden ser utilizadas para el mayor de los bienes y deseos del ser humano, que es conducirse a sí mismo y seguir gobernando la nave de su vida. No cualquier distracción la considero adecuada.

  1. Como medio, personalmente creo que debemos ser muy inteligentes en su selección y que no debemos tomarlo ni de cualquier modo ni desprovistos de ética.
  2. Una buena distracción debe devolverte a la realidad mejor de como fuiste a ella. Siempre sabiendo, por otro lado, que en las distracciones se puede encontrar igualmente lo fundamental de la existencia. Sin hacer de ellas, un juego de niños, una tarea de huida de la propia humanidad, ni la excusa para alejarse de lo que verdaderamente somos.
  3. Una buena distracción buena debería igualmente abrir la libertad y desconectarme de lo común y cotidiano, sin que por ello lo tomemos como algo excéntrico, en el peor sentido de la palabra. Quienes caminan así por el mundo no se recrean en las escapadas de la vida, sino que la quiebran, tensan y descomponen.
  4. En las distracciones encontraremos sentimientos, ideas y creencias, realidades también profundas de la existencia, que debemos tener en cuenta que no pueden suponer un combate contra la opción fundamental que hayamos tomado.
  5. Una buena distracción ofrece descanso, reposo y soseigo. En ocasiones, para verse mejor, despejarse y nutrirse. Son excelentes estas distracciones. Y no otras. Aquellas que nos componen de nuevo y renuevan nuestras fuerzas.

Pero esto son nada más que opiniones. Lo mejor es que las estoy viviendo. Y soy agradecido con las personas que las hacen posible. No lo entiendo como un hobby aislado, sino como algo connatural y propio de mi existencia. Y ojalá todos pudieran disfrutar de ellas.

Demasiada gente luchando por el primer puesto


Demasiada gente luchando por el primer, el segundo, el tercer puesto. Lugares exclusivos reservados a unos pocos, de los que todos hablarán y a los que mirarán con lupa. Lugares en los que sólo entran solos, sin querer compañía que les haga sombra, remarcando sus hazañas, sus proezas, sus maravillas para conquistarlos. Obviando y olvidando a los que han dejado atrás, e incluso han pisado. Lugares forjados sin entusiasmo para ser ocupados en la triste soledad. Lugares desde los que presumir con palabras vacías que nadie quiere escuchar, lugares que no serán admirados por los hombres. Lugares de dominación, desde los que alzarse y en los que fortificarse para que nadie más ascienda. Lugares desprovistos de responsabilidad hacia otros, de amor hacia otros, lugares vestidos con trajes con coderas y rodilleras, teñidos con zancadillas. Lugares en los que se ponen placas para acallar la vergüenza de la crítica a sus semejantes, a los débiles, a los que se retiraron a tiempo en la carrera salvaje. Lugares fastuosos, que llevan el signo del odio.

Si te parece, ¿por qué no nos retiramos a un rincón más tranquilo y alejado, donde podamos compartir espacio, en el que quepamos muchos más? Quizá allí seamos más felices, estemos más contentos. No quiero la mirada de todos, con la de unos pocos, a quienes quiero, me basta. No quiero estar pendiente de uno solo, vendido en escaparates. Quiero mirar aquello que quiero, a quienes quiero, a quienes se dejan querer. Quizá allí escuchemos mejor al otro cuando hable con sinceridad, y seamos capaces de estirpar la aparente cara de felicidad impuesta por la competitividad y el engaño. Allí podremos ser quienes somos, sin reservas ni miramientos. En ese lugar apartado de la carrera por el título que nos dirá lo que no somos, podremos convivir apaciblemente, donde los niños se engenden amados desde el principio y con responsabilidad hasta el final. En aquel lugar velaremos para acoger, no para expulsar. Pondremos esmero y mimo en los detalles para otros, y no sólo en los que son para uno.

Cuando contemplo el mundo, en su barbarie y maldad, en ocasiones me entran ganas de retirarme, alejarme, cerrar los ojos y callar. Entiendo que la respuesta ante lo insoportable sea en repetidos momentos la huida, el desaire, la dejadez, el desmadre incluso. Comprendo a quienes abandonan, tiran la toalla, dan paso a otros, y siguen manteniendo todo intachablemente igual, impolutamente intacto a su paso. Porque los que abandonan cuando las fuerzas escasean no se esfuerzan en construir nada nuevo. Pero esa no puede ser la salida, ni la única salida, ni la gran salida, ni la búsqueda del hombre en los tiempos que corren. Estamos llamados, por la vida, por las cosas, por la gente, por los gritos de los últimos, por la humanidad entera a no permitir que se sigan repitiendo las mismas cosas, a salir de lo injusto y la división en la que nos encontramos, a ser listos para escapar a tiempo de las malas palabras que pueden contaminar nuestros labios, no los de otros, nuestras miradas, no las de otros, nuestra responsabilidad, no las de otros, nuestra libertad, no las de otros, nuestra paciencia, caridad y esperanza… no las de otros. Podemos esforzarnos, no desde el odio, el rechazo y la ira, no desde el dolor y el cansancio, en una nueva línea de vida. Podemos tejer, no solos, lo que buscamos. Tenemos muchas razones, ocultas pero clavadas y grabadas a fuego lento. Porque otros quieren lo mismo, cuando se lo explicamos. Porque la gente no sabe lo que quiere, hasta que lo ve, y en ocasiones es tarde para rectificar. Hemos creado hábitos. Porque no bastan las buenas intenciones, ni las buenas palabras, ni los buenos deseos, ni las grandes visiones. Necesitamos realidad, queremos entusiasmarnos. Porque no estamos solos, ni debemos estarlo. Quienes dicen eso, mienten y lo saben, es falso. Porque las fuerzas que no tenemos, las podemos acoger humildemente de lo alto.

Post dedicado al amigo, porque se sabe amigo, que se cansó de pelear por los primeros puestos y no supo encontrar refugio y acogida ni siquiera en los últimos, con los últimos, entre los últimos. Porque no supo retirarse a tiempo, porque puso su esperanza donde no había vida, alegría, canto, juego. Ya sabes lo que pienso, y que tus sueños eran ciertos, aunque no en ese camino. Post dedicado a nuestro mundo, que promete lo que no puede dar, y engaña y confunde a los hombres para que compitan absurdamente entre sí, sabiendo de antemano que el plano del tesoro al que conducen ha sido creado en rincones de los que nunca salieron sus hacedores. Post dedicado a los maestros, profesores, educadores, sea cual sea su asignatura y compañía, sea cual sea su clase. Ojalá convirtamos las aulas, las calles, las ciudades y los campos, las anchuras de la tierra en mares por los que navegar con hermanos en la misma barca.