La locura de la Navidad


Hoy puede sonar el post a crítica ácida, sin que sea mi intención directa. Tampoco busco hacer una denuncia de lo que probablemente todos sabemos. Ojalá seas capaz, y no lo dudo por eso escribo, de leer entrelíneas. Un saludo. De verdad, y sin repetir absurdamente palabras, FELIZ NAVIDAD.

No lo tengo todavía muy claro, aunque me aventuro a pensar y decir que no es cuestión ni de la Navidad, ni de estos días, ni de la decoración navideña (a lo mejor tanta luz, contribuye un poco, pero no mucho), ni de las reuniones familiares, ni de las cenas con amigos, ni de otras quedadas, ni de las felicitaciones, ni de los regalos, ni de viajes, ni de sorpresas, ni de turrones o polvorones, ni de bombones, ni nada de eso. Quizá sea el exceso de tanto en tan poco tiempo. Aunque tampoco es para tanto.

La locura de estos días viene con nosotros durante todo el año. No nace por generación espontánea, ni se contagia socialmente. Lo estamos deseando, darle rienda suelta. Por si no te habías dado cuenta,  es como si sonara la campana de diciembre -ya se adelanta a noviembre incluso- y todo el mundo se pone a correr, como si nos dieran aviso de última vuelta, de la última oportunidad. Los mayas inventaron un final del mundo una vez, pero la cultura occidental enloquece una vez por año, por lo menos. Esta locura que “disfrutamos” todo el año se desborda sin control estos días, porque todo tiene que salir estupendo, todo parece que debe ser maravilloso, todo se supone que será mirado al detalle, todo debería contener la esencia de estos días. Me parece que la locura es precisamente esa, la de la expulsión durante una temporada de todo lo normal y de lo más cotidiano, la de lo artificial por lo artificial sin fundamento ni sentido, la buena cara, o incluso falseante maquillaje, encima de los sufrimientos, de las adversidades, de las contrariedades. Quisiera saber acompañar mejor a quienes en estos días sufren por lo que sea. ¡Eso sería Navidad al modo como Dios se la plantea al hombre!

Si nos dejan a nosotros… Si nos dejan a nosotros Dios no nace en un pesebre sin luces. Ni llega así como así. ¡Una estrella era poco! Nada de mula ni buey, por supuesto, como poco una manada de poderosos caballos, y a la puerta esperando para volver a casa el Ferrari que más ruido hiciera del mercado. Con María tendríamos que haber salido de compras por las calles más lujosas en busca del traje por excelencia, que no sería “azul y rojo”, que eso ya no se lleva, sino de lentejuelas doradas. Y a José en lugar de un silencioso cayado me imagino que, como mínimo, le hubiésemos puesto un sofá para que reposara, y una buena televisión para que siguiera la Gran Noticia. Entre tanta historia navideña no sé cómo hubiera quedado el Niño, el único hombre que ha decidido nacer, y así ser obediente.

La locura navideña es lo más contraria a la Navidad misma. Es una locura ajena a las fiestas que lo contagia todo, lo enmaraña todo, lo complica todo. Lo que es un absurdo y lo que hace de todo esto ridículo es querer pasar unos días locos cuando se nos presenta un tiempo de mayor sencillez, de mayor humildad y de mayor pobreza. Los locos imaginan lo que no hay, y quizá es lo que ocurre estos días, que se “fuerza la máquina” para producir una felicidad inexistente en lugar de arriesgar el propio corazón para acoger lo que se nos presenta. Es muy difícil para el hombre, según parece, no considerarse el creador y el hacedor de las cosas, incluso de la Navidad, que por definición es un tiempo en el que Dios hace lo que quiere, lo inesperado, lo sorprendente, lo que descuadra al hombre, lo que le saca de donde está. En estos días, en los que comprobamos que por mucho regalar y regalar lo que esperamos es que alguien se acuerde de nosotros y sepa lo que nos conviene y nos hace felices, todavía me pregunto por qué no levantar la mirada un poco más allá de nuestras narices.

Me parece de lo más normal que haya quienes no se sienten en consonancia con la Navidad según se pinta. Es más, creo que son los que mejor se están preparando para ella, armándose de valor para llevar la contraria al estilo divino, que prefirió lo más pequeño en lugar de llegar al son de trompetas, armándose de paciencia para soportar las inclemencias que resulten de los excesos humanos, y disfrutar así del desbordamiento del amor, de la tranquilidad del nuevo nacimiento, de la alegría por contemplar un mundo nuevo.

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Las heridas provocadas por la Iglesia son heridas profundas


Esto nunca me ha dejado indiferente. No lo digo como una afirmación, sino como constatación de múltiples historias. Como voy “de cura”, aunque a otros curas les siga extrañando, hay quienes no pierden oportunidad para hablar de estas cosas de la Iglesia. En más de una ocasión la historia de otras personas, desconocidas para mí hasta ese momento han conseguido dejarme sin dormir, o hacerme pasar una noche en vela.

Constato que las personas que se sienten heridas por la Iglesia mantienen esa huella casi toda su historia. Se trata de alguien que le dijo, de un cura que le habló mal, de si se sintió o no acogida o acogido, de si fui tratado de esta u otra manera, de si pudo hablar o fue silenciado, de si encontró su lugar, de si fueron desplazados, de si supo poner al servicio de los demás lo que tenía, de situaciones que no se supieron acompañar o que pusieron tierra de por medio… En otras, confusiones y malentendidos, posturas cerradas, encontronazos fuertes, caracteres opuestos, reconocer que no se podía vivir juntos, falta de conocimiento. Y, en otras, no poner a Dios y a las personas por encima de tareas, actividades, liturgias, compromisos, opciones, preferencias, gustos, criterios… Múltiples razones, nada fáciles en ocasión, que han marcado la historia de muchas personas. Conflictos, en muchos casos, que son puramente humanos, de relación. Pocos de los que encuentro, tienen que ver directamente con Dios. Es más, entre los alejados de la iglesia hay personas que siguen sosteniendo su fe y atenticidad de vida como buenamente pueden, en ocasiones solos o apoyados en otros grupos. Esto que describo, sinceramente, me encantaría poder solucionarlo, y sin embargo veo que no está en mi mano, al menos del todo. El reencuentro ya tiene un valor, el diálogo es un gran paso. Pero falta algo más, que sólo podrá darse en el encuentro con Dios, nuevamente, y en la posibilidad de perdonar a aquellos que hirieron.

No puedo pasar de largo por estas heridas, porque no soy ajeno a ellas. ¡Ya quisiera yo! Pero a mí también me ha ocurrido, y me ocurre, encontrarme con gente de Iglesia en posesión de la verdad, poco acogedoras, sumidas en su propio dolor, u oscuras en sus intenciones. Me temo que yo también he causado, y ojalá pudiera decir que no sucederá nunca más, heridas en otras personas. Como siempre decimos de nosotros mismos, no era mi intención. Lo cual me lleva a confiar en que no era la intención de otros, ni mucho menos. Me temo, incluso, que forma parte de la vida misma cristiana, y de la vida misma. Y deberíamos explicarlo cuanto antes. Que existen diferentes tipos de heridas, y que no podremos evitarlas todas, aunque sería deseable: heridas de la vida, heridas causadas por acercarse los unos a los otros, heridas del amor, heridas de nuestra propia grandeza, heridas por aceptar el mal de otros, heridas por muchos pecados, heridas por muchos desengaños, heridas sociales. Si viviésemos lejos, y no tuviésemos nada que ver los unos con los otros, ¿sería más fácil? Deberíamos explicar que la herida, que se pone como causa de tantas cosas y que para algunos parede justiciar que las personas se siguan haciendo daño, no tiene necesariamente que ser de este modo. Deberíamos explicar que la herida no es el final del camino, y que tocará seguir andando aunque ésta sea en la punta del pie. Deberíamos explicar, y abrir los ojos, para no hacernos las víctimas fácilmente, y reconocer que hay pocos ángeles en nuestro mundo. Deberíamos explicar que la distancia, hiere, y que el silencio, ofende. Deberíamos explicar que antes las heridas existen diferentes posibilidades, y que la mejor es que no se infecte, que se cure, que cicatrice. Deberíamos explicar a no pasar de largo por las heridas que llevamos. Intuyo que en muchas de ellas, al menos de las que voy escuchando, se esconde una oportunidad para crecer en la fe, para purificarnos a nosotros mismos, para construir una fraternidad más furete y un mundo más justo y más humano.

Dios mismo quiso acercarse a los hombres, y mira tú por dónde, Él también terminó herido, dolorido, en la Cruz. Esto, a mí, no me puede dejar indiferente.

Mensaje del Sínodo para la Nueva Evangelización


Resumo en 10 frases el mensaje final del Sínodo:

  1. Toda persona está sedienta y quiere saciar su sed. Es necesario orientar la búsqueda del hombre. Conducir al los hombres y mujeres de nuestro tiempo al encuentro con Jesús. Una urgencia de todo tiempo.
  2. La situación social y cultural nos llama a reavivar la vivencia de nuestra fe, para anunciarla. No se trata de empezar de nuevo. La fe se establece en la relación personal que entablamos con Jesús, que sale al encuentro de todo hombre. Evangelizar supone proponer al corazón y a la mente de todo hombre la contemplación del Señor. La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo para el encuentro. Iglesia de comunión de personas, fraterna y acogedora, iglesia que celebra su fe e invita al banquete del Reino. Sigue leyendo

¿Por qué me persigue esta pregunta?


¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Nacer? ¿Recibir vida? ¿Ser inteligente y estar despierto? ¿Escuchar y fijarme en otros? ¿Qué he hecho a diferencia de otros? ¿Por qué yo, y no más bien mi compañero de trabajo, mi vecino de autobús, el que se sienta conmigo en el cine? ¿También ellos se preguntarán las mismas cosas?

Un título largo, al más puro estilo S. Larsson. Porque hay cosas que no se pueden reducir, ni se pueden explicar de otro modo. La cuestión es que existen, esparcidas por el mundo y en muchos corazones, preguntas que son incansables y machaconas hasta la saciedad, que vienen una y otra vez a molestar, inquietar, despertar y contravenir, que no hay silencio en el que no aparezcan, y todo suena a la misma cantinela de siempre. Tanto que es incluso frecuente que, quien las padece y sufre, sienta la imperiosa necesidad de apaciguar las bridas de su vida, soltar amarras y dejarse llevar por su furia y fuerza. A mí también me ha pasado, de hecho, me pasa. Interrogantes repetidos, repetidas ocasiones, denominadores comunes que siguen a pesar de las pausas provocadas voluntaria o involuntariamente.

Con el tiempo, he llegado a hacer mi propio elenco. Y curiosamente he descubierto que no soy el único que las tiene clavadas en el corazón. De hecho, me asombra tanta coincidencia con aquellas personas que, en ambiente de sinceridad y confianza, abren sus vidas para ser acompañadas, cuando comparto gran parte de sus más profundas impaciencias (es decir, “sin paz ni sosiego” al principio al menos).

Diría que son las siguientes:

  1. ¿Quién soy yo realmente y qué pinto en este mundo? Un clásico filosófico para los que no puede quedarse en las puertas de la reflexión teórica, y se mete hasta la cocina de la historia de quienes andan y caminan por el mundo.
  2. ¿Por qué a mí? Repetida hasta la saciedad. Nos descubre que algo nos ocurre, que no somos los únicos señores de nuestra vida, que las circunstancias nos siguen por doquier y nos tratan como seres únicos e irrepetibles. Puedes entencerlo como quieras. En positivo tiene un atractivo mayor. Sentirse privilegiado, ser receptor de la vida, de la historia, del mundo que nos rodea. El reto de comenzar y continuar sin saber bien dónde nos llevará todo, y de responder a la llamada que llevamos dentro.
  3. ¿Para qué sirve todo esto y para qué tanto esfuerzo? El interrogante de todo trabajador, de aquellos que madrugan por la mañana intentando dar cuanto son y tienen, y cosechan sin embargo no pocas frustraciones. Sin duda es fácil leerla por la parte deprimente, si bien es fácilmente transformable en su versión más enriquecida: ¿De cuánto soy capaz y quién me ha regalado tantas posibilidades? Porque está en nuestra mano atisbar las cosas desde el otro lado siempre, o al menos preguntarnos por ellas.
  4. ¿Por qué existe el mal en el mundo? De nuevo, como de costumbre, todo se vuelve crísico cuando nos encontramos presos, indigentes, débiles y mediocres. Cuando no podemos amar todo lo que vemos, o nos horroriza terriblemente la fealdad y el poder ejercido al margen de tanto sufrimiento. Ante la pregunta, dolorida y preocupada, quien se queda impasible responde del peor modo posible, continuando su espiral destructiva e indiferente. ¿Qué puedo hacer yo? Una pregunta mucho más poderosa, mucho más inquietante, mucho más poderosa. Mucho más, dicho sea de paso también, arriesgada, valiente y comprometida.
  5. ¿En qué estoy pensando? Lo dicen mis alumnos mucho; se lo dien mucho a sí mismos, en clase y fuera. Al principio por los despistes, faltas de atención y mundos paralelos en los que sueñan, desean y viven creyéndose cuanto son capaces de ver con las luces de su imaginación. Sin embargo, no deberíamos haberla perdido nunca, porque nos pone sobre aviso, nos da la pista necesaria para seguir pendientes de nosotros mismos y nuestro interior, donde nos jugamos gran parte de todo cuanto somos. Y por otro lado, también nos pide creer, más allá de la razón y de lo razonable, nos pide estar dispuesto por encima de las prudencias de nuestro mundo y de las seguridades que nos atan. ¿En qué estoy pensando? se podría transformar en ¿Por dónde se mueve mi corazón?
  6. ¿Esto que siento es amor? Que obliga a la subsiguiente: ¿Seré correspondido? La una alegra, la otra hace temblar. Y seguimos calculando si hay que dar, o no, el primer paso. Buscamos signos que nos indiquen algo más. Quizá no siempre podemos estar lo despiertos que quisiéramos para antedernos a nosotros mismos.

Todas las preguntas dichas, las expuestas anteriormente y otras tantas recurrentes y repetidas, son parte de la vida de todas las personas. Especialmente, si cabe, la última de ellas, que enlaza con todas las anteriores. Porque el amor sigue siendo lo primero y único importante en la vida de todos, pese a las múltiples capas y máscaras que pudiera dar la sensación de estar escondidos. Si no, piénsalo bien y serás testigo de todos los demás interrogantes. También de los más vocacionales. También de la pregunta sobre Dios, el Dios de la vida, el Dios de la justicia, el Dios de la providencia, el Dios del amor, el Dios del perdón, el Dios de la paz.

¿Qué hacer ante las dudas?


Post final del día. Con motivo de una pregunta hecha “por ahí”, que supongo que no son pocos los que la tienen entre manos. El ser humano, como buen ser humano, cree y duda. Esta afirmación es indudable, ¡curiosamente! Mientras nos manentemos “creyentes” las cosas parecen ir sobrerruedas, todo fácil y sencillo. Cuando aparecen dudas, todo se oscurece, enturbia y resulta difícil caminar.

Respondiendo brevemente, estimo que la duda puede significar un instante fundamental para todo. Es como un reclamo, quizá, para retomar algo que se ha mantenido con inercia, por hábitos, sin dejar que cale o llegue a su esplendor. Sería como una brillante ocasión, a pesar de la noche que conlleva, en la que decidir, obrar y optar. Por eso, lo primero que pediría ante la duda es sinceridad, y lo segundo paciencia para no cambiar de rumbo y dirección antes de lo debido. Como si de una niebla se tratara, que ha caído sobre el sendero, lo más prudente es ahora andar despacio, fijándose bien en los pasos, y no salirse de la ruta marcada. En caso de llegar a un cruce, con cuidado intentar leer los letreros; y si no fuera posible, reposar y parar. También la duda es ocasión para tomar fuerzas nuevas, o dejarse acompañar.

  1. Ante la duda, no amedrentarse, ni condenarse, ni condenar. Si ha nacido en ti, es porque eres capaz de ella. Por lo tanto, no venirse abajo despreciando todo lo anterior. En parte, la duda nos hace reconocer lo verdaderamente humano, y nos pide un punto más alto, de confianza y fe. En la duda no se permanece eternamente, y es lo que nos decimos a nosotros mismos en esta situación, que no estamos hechos para esto, sino para creer a corazón abierto. Pero necesitamos apoyarnos en algo, nuestra fe se puede mover, pero no por sí misma.
  2. Ante la duda, reconocer su origen. Aquí distingo entre “dudar” y “sospechar”. Llevo mucho tiempo haciendo esta diferencia. Entiendo que dudar nace de la persona, y le pide algo mejor. Sospechar tiene su origen en algo externo a su vida, a su historia y a su proceso, con intención de hacerle desistir y frenar en su avance. De esta aclaración dependen ulteriores pasos. Porque algunas preguntas deberíamos aprender a “torearlas” sin que nos den en el interior, o se cuelen por las rendijas del ser.
  3. Ante la duda, verdad. Ser sincero, sin querer manipular la pregunta, sin ponerle palabras que no corresponden, sin extralimiarlo ni infravalorarlo. Me resulta apasionante este punto, porque significa que la duda conduce a la luz de la verdad, y se ilumina con ella. Incluso cuando se trata de formular en alto una pregunta, con las palabras adecuadas, se hace luz en torno a ella.
  4. Ante la duda, ver la historia en su conjunto. La pregunta, por su fuerza sobre la vida, tiene la capacidad de centrar todo en torno a ella, y trastocar el resto de relaciones. Es como si de repente, en los azulejos de una pared o mosaico, te dieras cuenta de que uno está roto o que falta parte. No digo que no sea importante, pero sí que no se trata del único aspecto de tu vida. Una cuestión, un interrogante, una buena duda se debe colocar en el lugar que le corresponde. Y por lo tanto, aprender a ver la historia en su conjunto. Si se trata de algo puntual y pasajero, o de un itinerario marcado y definido. Por ejemplo, pienso que quien abraza la fe debería saber que llegará el tiempo de la prueba y de la noche, y se trata precisamente de una historia que crece, no al revés. De igual manera, quien ama debe incluir en la historia del amor la necesaria purificación de las primeras pasiones e ilusiones, para dar paso a una mayor entrega. O quien responde a una vocación profesional, personal o religiosa, de igual manera. La pregunta, dentro de una historia, no significa nunca un final.
  5. Ante la duda, buscar respuestas. ¿Crees que eres la única persona bajo la faz de la tierra que se ha cuestionado por algo? Te invitaría a investigar más bien lo contrario, con una gran humildad. Seguro que encuentras muchos, si no todos, que han pasado por una situación similar a la tuya. De hecho, partiría de lo contrario: “No soy el primero.” Dos cosas descubrirás: reconocer que hay quienes han aprovechado el momento, y quienes no lo han hecho; aceptar las más satisfactorias. La duda tiene un “periodo de vida”, como una ola a la que te subes o que permites que llegue a la orilla sin disfrutar su impulso.
  6. Ante la duda, hablar con alguien. ¿Con cualquiera? A mi modo de ver, claramente no. Desecharía todos aquellos que te van a dar respuestas fácilmente, que sabes que no lo van a comprender del todo o lo van a minimizar, e igualmente a quienes les va a quedar grande y se van a venir abajo con ella. Tampoco escogería a quienes te drián lo que quieres oír, o a personas a las que vas a implicar sin discrección por su parte. Las personas con las que yo, personalmente insisto, hablaría serían esa especie rara de expertos que no se anuncia en los periódicos, que pasea discretamente por la ciudad y sabe mucho, y con quien pueda tener una excelente relación y confianza. Sigo pensando que, quién sabe, la duda significa la oportunidad más sublime de conocer a alguien para toda la vida.
  7. Ante la duda, aguantar su peso. Hay preguntas que no tienen una respuesta clara y definida, que conviene soportar y llevar consigo.

Espero que con este post nadie comience a sospechar, ni quiera verse envuelto dentro de un mar de dudas, como si las dudas fueran oportunidades que poder propiciar y crear por uno mismo. Las dudas buenas nacen de la vida, y esperan una respuesta “con toda la vida”, en la teoría y en la práctica. En ocasiones sólo dispondrás de una respuesta teórica, que quizá no puedas cumplir con tu vida; somos débiles, y lo sabemos. En otras, será la vida la que marque el rumbo, y no tendrás del todo claro, con ideas y pensamientos, lo que está ocurriendo; también entiendo que esto es una forma de confianza y debilidad. Y otras, irá parejo el asunto, con toda la vida. No quisiera, bajo ningún aspecto, que cayeras en sospechas absurdas, ni sospechases de otros.

Te animo a vivir este tiempo como una gran oportunidad. Y en la medida de lo posible, intenta no darte al pensamiento fácil y único de los “muchos”, que tranquilizan su conciencia y su vida adormeciéndose sin riesgos.

Mide tus fuerzas


Si crees que puedes con todo, a lo mejor estás en lo cierto. ¡Eres un crack! Si crees que no es así, aunque alguna de las tareas que tengas que dejar te guste o sea relativamente urgente, ¡anda con cuiado! Comprometerse a mucho puede ser no llegar a nada, o hacerlo todo mal, y de paso gastarse absurdamente por el camino.

No hablo sólo de planes y proyectos. Lo primero que hay que aprender a llevar es a uno mismo, con nuestras cosas e historias. Es nuestra responsabilidad máxima. Después, todo aquello que configura nuestra vida, como la gente que tenemos cerca, en la familia, los lazos de la historia. Aquí conviene dejar márgenes importantes, por lo que pueda pasar. Y por último, el trabajo, las tareas, los voluntariados, los compromisos que adquiramos. Un cúmulo de elementos enorme, en los que entran aspectos de lo más variado. Sin los primeros dos puntos, todo lo demás no tiene sentido. Pero añado una observación más, de lo más importante: todo va cargando sobre lo primero, sobre uno mismo. Hay cosas que se pueden “llevar” con más alegría, con más objetvidad, con más distancia, pero otras inciden directamente sobre la persona, se clavan en ella, la construyen y dan estabilidad o inestabilidad, confianza o desconfianza. No hay nada que la persona haga que tenga una dimensión personal y que, tarde o temprano, no se revele un apoyo, un esfuerzo, un sacrificio o una motivación. De donde conviene, por lo tanto, que debemos tomar en serio esto de “medir nuestras fuerzas”. Quizá para descubrir, no en vano, que somos capaces de más de lo que creíamos e incluso de lo que decían de nosotros. Y por lo tanto, que hay que aprovechar oportunidades y saber lanzarse con decisión.

El caso es que medir las propias fuerzas no tiene nada de sencillo. Por lo que sea no venimos al mundo con una tarjeta que nos describa, como ocurre en las cartas de rol. Tampoco disponemos de tanta estabilidad como para ajustar nuestras fuerzas una vez en la vida. Somos un enigma, pero por si esto fuera poco, también es enigmático lo que pasará. Por si no fuera suficiente ser un misterio, mirar hacia adelante significa hacerse multitud de preguntas nada desdeñables. Pero hay que resolver. Bien por vía de la prudencia y de la frialdad calculadora que todo lo quiere controlar (siendo incapaz de ello, pero al menos no jugárselo todo), o bien arriesgar y lanzarle un reto a la existencia (en cuyo caso conviene calcular, al menos algo, para no darse una bofetada con el mundo). Una de las dos opciones: prudencia o riesgo.

Tres claves para afrontar esta tarea. Que además recomiendo que no se hagan solo, sino que se puedan hablar con tranquilidad y paciencia con una persona conocida y con criterio. Cuanto mejor sea este diálogo, más fácil será todo lo siguiente. Vaya por delante este diálogo incluso.

  1. Revisa la memoria del año anterior y cómo te fue. Si no dejaste nada escrito es el momento de decir que fuiste un tanto descuidado en tu trabajo. Todavía estás a tiempo de solucionarlo. No se hace una buena memoria en un par de minutos, ni se lee en tres segundos. Hacer memoria significa ponerse a revisar, tener experiencia acumulada, haber contrastado información y proyectos. Puedes haber gastado esfuerzos y pasado sufrimientos en valde, o te puedes haber quedado corto. Todo eso se escribe en la memoria. Y ahora, al comenzar, conviene mirar atrás. Si haces lo mismo de siempre, te recuerdo que conseguirás siempre lo mismo. ¿Cambiar por cambiar? Cosa de tontos.
  2. ¿Cómo estás? Esta pregunta me parece fundamental. Las fuerzas y el estado de ánimo van directamente relacionadas. Se desgasta más y a mayor velocidad quien está peor. Y a la inversa, con fuerzas y entusiasmo, aunque aparece el normal cansancio no hay tanto desgaste emocional y personal. Esta pregunta es por tanto radical, no ofrece dudas y debe ser respondida con absoluta sinceridad. Entonces, ¿todo es el estado de ánimo? Tampoco es eso. Mejor dicho, no puede serlo. Abandonar antes de empezar por estar “mal” es cavar la propia tumba, y ser prudentes en los tiempos en los que mejor estamos puede verse a la larga como una pérdida de oportunidades. Lo que digo es que este punto de partida se torna esencial para valorar las propias fuerzas, y diseñar la estrategia de “entrega de uno mismo”. Cualquier tarea, por pequeña que sea, conlleva un coste, también unos beneficios. ¿Mercantilismo? Espero que nadie lo entienda así.
  3. No agotar las fuerzas en uno mismo. La fortaleza de una persona se mide también por las alianzas y habilidades de las que podemos disponer. Por ejemplo, el primo de Zumosol, disponer de un buen lugar de descanso, ser ordenado y claro en las tareas, si estarás solo o no. En este punto, considerar las propias fuerzas es “hacer recuento” sincero de personas y del entorno en el que nos movemos. Ya sabes que la guerra del Vietnam se perdió por la inadaptabilidad de las tropas a la selva donde se libraba la guerra, y fueron masacrados. Aquí conviene hacer una buena elección, por principio. No quedarse con todo lo que tienes, para que no estorbe o para que no agobie. Limpia, tira, coloca y recoloca. Piensa en tu “campo de batalla” para que las cosas vengan en tu ayuda y no al revés. E igualmente, aunque con mayor dificultad, con las personas de tu entorno. No son seleccionables habitualmente, serán las que serán, estarán ahí lo que quieras o no. Algunos serán de gran ayuda, te servirán de respaldo y te darán confianza, reforzarán tus éxitos y logros, estarán para cuando los necesites y aliviarán cargas. Otros, lo siento, puede que todo lo contrario, incluso cuando soplen vientos favorables. Tener clara esta pequeña distinción te ayudará incluso a amar más (para mí, el objetivo final de toda vida) y mejor, a situar lo que dicen y cómo lo dicen en el lugar que corresponde. A las personas no las puedes “ordenar en estanterías o clasificar en encuadernadores”, pero sí sus aportaciones, palabras, sentimientos. ¡Todo un ejercicio! Y por último, saber los valores que fortalecen y construyen tu vida por dentro. También serán de apoyo, de exigencia, de sostén en muchos momentos. Quien no posee un armazón personal fuerte está a merced de los vientos del norte, del sur y de los costados, bailando con la primera ventisca que llegue.

En cualquier caso, este ajuste se debe hacer sobre la marcha. En principio, yo recomendaría prudencia. Nadie se come el mundo de un bocado, ni siquiera jugando al Risk. Y suele ser más gratificante “ir a más” que “venir a menos”. Cuando alguien empieza con mucho y se propone una maniobra de retirada puede perder puntos estratégicos. Sin embargo, quien crece moderadamente, y va afianzando puntos, se suele encontrar progresivamente con una experiencia y con una sensación personal que es más motivadora y que da mayor confianza.

PD. Una invitación final. ¡Confía! ¡Toda persona es grande! No conozco a nadie tan pequeño que no pueda decir que es fuerte en algo. Algunas veces con falta de “estrategia personal”, y con poco “entrenamiento” o mal ejercitada. Pero nadie es pequeña. Es más, te invitaría a dejarte sorprender incluso por ti mismo. Ahora que comienza el curso, ¡sé valiente!