Mi reflexión abierta sobre la Navidad


El juego entre la apertura y la Navidad es, sin equivocarme, lo mejor del título. A una Navidad abierta le corresponde una reflexión y vida abierta, como no puede ser de otro modo. Como es así, no está terminada, falta mucho para que esté cerrada. No quisiera que se cerrase nunca. Así, como se muestran los belenes de toda la vida, sin puertas, de cara al mundo, acogedores, visibles al tiempo que resguardados y protegidos. Abierta de tal modo que sea fácil encontrar la pista hasta llegar a ella por diversos caminos y ensayos humanos, no con humanos, no con la vida. Abierta, como opuesto a la cerrazón y a quienes señalan con excesiva facilidad qué es y qué no es Navidad. Porque me los encuentro de todos los colores. Quienes dicen que la Navidad es familia, dicen bien al menos a mi entender, siempre y cuando, por ejemplo, no impidan que los suyos estén donde deben estar, cerca o lejos, cumpliendo su misión. Así lo entiendo yo. Quienes dicen que la Navidad es misterio no se deben olvidar de que a la vez hay que hablar de un Dios revelado y hecho hombre, y quienes hablan sólo de esta pequeñez no dejen pasar la oportunidad de hablar de la grandeza de Dios, de aquel que será llamado Grande según María recibió de palabras del Ángel. Otros ponen énfasis en la alegría y la fiesta, la diversión y la ruptura con la realidad cotidiana, y estimo que tampoco podemos caer en la falta de consideración con quienes sufren. La Navidad ofrece a todos alegría y desparpajo, aunque no todos la acogen del mismo modo. Siempre hubo grados, me enseñaron en la escuela. Siempre han existido tablas, escalores y escaleras desde las que mirar el mundo, y pisos con diferentes alturas. Quienes hoy viajan a lo más alto, o desean hacerlo, no sabrán por otro lado si lo que hoy toca es el sótano humilde y escondido, o si hay que escalar hacia la azotea para ver todo el mundo de un plumazo. No lo tengo claro, y cuanto más se cierra, menos se ve, menos se escucha, menos se acoge.

Sin embargo, creo que la apertura nace del Belén mismo. No de otro rincón del mundo. Menos aún de mi habitación, en la que hoy escribo como siempre, como cada día cotidiano. El Belén es un espacio dispuesto, una metáfora de lo que Dios ha preparado para quienes quiene escucharle, para quienes quieran acercarse. Nadie sabe qué encontrar, y sí que puede,  y debe si esta es su disposición, encaminar sus pasos hacia allí. El Belén tal y como lo conocemos, siempre fue signo de sorpresa, de admiración, con algo cautivador y llamativo. Un punto de escándalo que hemos sabido enmendar en la cultura a base de repetición y de adornos. Un signo de provocación lanzado por Dios a la humanidad. Hoy me he dado cuenta de que nuestros belenes siempre me sitúan como alguien grande ante el misterio que refleja, porque las figuras me obligan a detenerme, a fijar la mirada, a poner ojos renovados, a buscar detalles, a agacharme físicamente incluso para coger y adorar al niño. El niño siempre es más pequeño que yo, como es normal, y más pequeño que cualquier otro niño que conozco. Me obliga, me exige, me pide abajarme, arrodillarme. Y este camino lo puedo emprenderdesde la sorpresa o desde el deseo de “poseer”, en lugar de dejarme poseer por su escándalo.

La Navidad no creo que sea una fiesta meramente de consumo. Lo que buscan los hombres en estos días no es, ni mucho menos, cosas y más cosas. Saben que quieren mucho más. Saben que el éxito o fracaso está en función a mucho más que eso. La referencia sigue estando clara. Y un diálogo sincero, de dos o tres minutos, pone los puntos sobre las íes cuando las preguntas son adecuadas. Qué buscas, qué quieres encontrar, qué esperas de todo esto. Y también, qué has preparado y cómo te has preparado. Quien arregló sus trajes para que fueran acordes con su cuerpo, o viceversa, los cuerpos para los trajes, será mirado por su apariencia. Quien dispuso una gran fiesta para acoger, dar alimento, será lo que se lleve o deje de llevar. Quien caminó durante un tiempo más en el interior, más adentro, será también ahí donde encuentre su regalo, la gracia, el motivo y el fundamento. Cada uno se preparó a su manera. Creo que no todos del mismo modo, aunque quizá es que hay lazos y rutinas que tienen más fuerza en el corazón de lo que pensamos. No lo sé. Ojalá todos sean testigos estos días de más de lo que deseaban. Porque ni siquiera el mejor hombre del mundo puede esperar algo de Dios de semejante magnitud, ni nadie supo de antemano que esto sucedería por este camino tan estrecho al tiempo que tan hondo y tan cercano. Lo normal hubiera sido, según piensan los hombres, que Dios bajase a visitarnos en medio, como poco, de rayos y centellas, si no con un carro precioso de luces de colores y rodeado de una multitud de ángeles que significase que era el más seguido en cualquier red social de la época, con el mayor ejército jamás pensado.

No entiendo, y no estoy dispuesto a perder tiempo en eso, por qué Dios quiso nacer, hacerse hombre como nosotros. Si a mí me pregunta cómo salvar al hombre, creo que no se me hubiera ocurrido nunca una respuesta así. Lo reconozco. Ahora puedo pensarlo, pero ante no hubiera imaginado que lo humano pudiese ser tan grande. Ya ves, mi problema no era con Dios, sino con el hombre, como que no lo veo capaz, siendo tan visible, de lo invisible y eterno. Pero Dios no me preguntó. Y cuánto me alegro. Ahora mi tarea es aceptar que Dios quiso revelarse y mostrarse así. Que eso que tantas veces le digo a Dios de “dame un signo”, “hazme una señal”, “un guiño, sólo un guiño” para hacerme ver que esto de vivir merece la pena, con sus agotadores días y con sus muchas ilusiones, o eso que le digo de “déjame verte para saber que eres real”, ya me lo ha dado. Me toca aceptar que Dios me dio solución a mis preguntas e interrogantes antes incluso de que yo naciera. ¡Qué grande eres! ¡Cómo sabías que iba a estar así!

Por último, en mi reflexión abierta, me invade una alegría y respeto inmenso al saber que no es de Dios estar solo, ni arriba en el cielo, ni aquí en la tierra. Que la fragilidad del niño no es razón para que esté su madre, sino que su madre y su padre están, como los pastores o los magos, como los animales o la gente, porque a Dios le ha dado la gana compartir y seguir tejiendo relación desde el principio. Los niños no miran cuando nacen. Ese niño, que es Dios, se goza de ser mirado y contemplado, de ser acogido y abrazado. Y eso, cuando es Dios quien lo elige, ¡significa bendición para el hombre débil!

 

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¿Quién cambia tu vida?


Unos habrán leído el verbo “cambiar” de forma positiva y con esperanza, como deseando que alguien les ayude y dé soporte. Es decir, mejorar, corregir, sacar más provecho, crecer. Otros, según sus circunstancias, por el lado contrario, como si sintieran la presencia de otros en su entorno de forma amenazante, crítica, inapropiada, hiriente, manipuladora. el tercer grupo de lectores, los más sabios, no se ceñirán a ninguna de los dos extremos, como siempre pasa en este mundo complejo, de relaciones variadas. Nadie está exento, por mucho que se esfuerce, de esta contrariedad y del esfuerzo que supone la presencia de algunas personas en su vida. Tampoco podremos escondernos de aquellos que, queriéndonos y viendo “más que nosotros”, otra alternativa a la debilidad y a la rutina de nuestras caídas y errores. En algunos casos la exigencia será para mejorar su vida, en otros, ciertamente, intentarán echarla abajo. Es como en el cuentro de los tres cerditos, donde también hay, al menos, un lobo soplador y dos hermanos acogedores.

Quizá nos ayude verlo a la inversa, dando un giro nosotros mismos en todo esto, y preguntándonos si hay alguien que desearíamos que cambiara, que se convirtiera, que fuera distinto a como es, que fuera otra persona. Y también preguntarnos cuál es el alcance del cambio que deseamos; si se trata de un alejamiento, de una distancia, de algo superficial, o de algo de mayor calado, que requiere más tiempo y visión de futuro. Si hay alguien que, además de querer ver de otro modo, también nos interesa tanto como para comprometernos en su cambio, implicarnos en su vida, complicarlos la existencia. Porque una cosa es desear que otros vivan de otra manera, y otra es vernos sumidos en la espiral de su crecimiento. Y también, siguiendo con las preguntas, cómo lo haces, con qué motivaciones, y con qué esperanzas. Hacia dónde quieres llevar al otro, sabiendo que tú mismo incluso estás también en camino.

La vida, cuando la contamos “al revés”, adquiere nueva relevancia. Mi conclusión es la siguiente: nos cambian la vida, en el mejor sentido de la palabra, aquellas personas a quienes deseamos ver mejores. La bondad, por tanto, es contagiosa. La grandeza, igualmente. Nos hace más humanos, porque descubrimos nuestros límites, fronteras, barreras, dejamos la perfección descrita en los libros y nos situamos a pie de calle, rozando lo más personal, lo más bello, la más grande. Y encontranos con alguien a quien echar una mano y ayudar, al tiempo que revela nuestra precariedad y vulnerabilidad, nos sitúa en el camino de nuestro propio crecimiento. Y así, comprender de la misma manera que en nada podremos solos.

Perdí la fe que tenía


Casi he estado por felicitarle, darle un abrazo, e invitarle a tomar algo. Pero he sido comedido, prudente, sabiendo escuchar y dejando hablar, acogiendo lo que tenía que contarme, y queriéndole en la medida de mis posibilidades. Creo que una leve sonrisa, en más de un momento me salió por la boca, y una de esas miradas jocosas que nos dedicamos de vez en cuando. A algunas personas, perder la fe que tienen es lo mejor que les puede pasar, porque hay trajes de primera comunión que se ve que ya no les valen, ni infantilismos simplones que no les caben como zapatos para protegerse del suelo que pisamos todos, ni idealismos baratos y poco costosos que no comprometen de verdad la vida, ni permiten sufrir ni permiten amar de verdad. Al final del diálogo, cuando ya no podía aguantarme más, le he felicitado por lo que está viviendo y por cómo lo está viviendo. Entiendo que pueda ser doloroso, como el niño que llora al nacer para poder respirar. “No sabes cuánto me alegro de todo esto que me cuentas. No sabes hasta qué punto me hace ilusión que te dejes ya de tonterías, y abras los ojos de verdad.”

  1. A mí me dijeron en su momento que “una crisis es una oportunidad”. Luego he madurado, he crecido, he pasado por más de una, y me he dado cuenta de que es mentira. Una crisis, ante todo, es un sufrimiento en el que se necesita ánimos, compañía, y sinceridad. Pero una crisis personal duele, y duele mucho. Hace llorar, desconcierta. Revaloriza en ocasiones algunas cosas, y otras las tira a la basura para perderlas para siempre de vista. Rompe, quiebra. Si alguien pasa por una crisis de estas, nunca saldrá de mi boca aquella palabra simplona. Es más, prefiero acompañarle en su sufrimiento hasta que pase, que sacarle antes de tiempo con los deberes medio hechos.
  2. Cuando alguien está así, las palabras fáciles no aclaran nada. Siembran más confusión, porque parece que se está jugando la vida en un deporte de niños, ante una persona que todo lo sabe. Las palabras facilonas lo único que consiguen es empequeñecer la vida del que está viviendo desde el asiento cómodo de quien atiende lo de otros, sin mojarse demasiado. Sin embargo, lo que se dice, dada la situación, suele ser de crucial importancia. A mi amigo y compañero de hoy le he felicitado, sobre todo, por cómo lo está pasando, porque se da cuenta de hasta qué punto su vida está apoyada en la fe, porque reconoce con valentía que todo, o casi todo, se le está removiendo. Le he felicitado por la dignidad con la que está sufriendo y la entereza de plantarle cara y seguir buscando. Además, sin aspavientos, sin locuras, sin llevarse por delante todo. Está, como dice él, ¡que no es poco!
  3. En concreto, en la conversación sublime de esta mañana, lo crítico se centra en la cuestión de la fe. De verdad, no toda fe vale para siempre. Al igual que las matemáticas de infantil se hacen insuficientes para los niños de primaria, y cuánto menos para los niños más grandes. Al igual que nadie se conformaría con las ciencias naturales que todo lo reducen al átomo, sino que buscan más y más. Al igual que nadie se abandona en el primer beso, queriendo hacer de él el único. Lo grande de esta persona es que crece. No por los golpes de la vida, ni por las razones de otros, sino por su propia búsqueda, por sus preguntas, por la escucha atenta de la Palabra, por la participación en los sacramentos, por la vida cristiana que lleva. Es el propio dinamismo de la fe, que le pide una relación mayor, una comunión mejor y más perfecta, una incorporación en la Iglesia más abundante. Más mojarse, por la fe. Más entrega, por la fe. Más amor y más confianza, por la fe. E insisto, como muestra de la misma fe. Al igual que nadie puede estar ante Dios, y quedarse indiferente o ser el mismo un día y otro día y otro día, como dando por terminada la relación. Por eso mi alegría, por eso también su sufrimiento. Por eso el que hoy hayamos compartido ambos, e intercambiado papeles, y él se haya llevado una sonrisa y yo sienta lo delicado de su momento. Ahora le queda seguir haciendo camino, con preguntas y con menos respuestas que ayer, para darse cuenta de la Vida que se le regala. Es un don de la misma fe estar viviendo este tiempo.

¿Lees a un cura? ¡Cómo te atreves a hacer eso!


Me llama un amigo por teléfono, a quien he visto hace poco, para contarme algo. No consigo entender lo que dice porque se está partiendo de risa. Y todo para decirme que se le ha ocurrido recomendar un post de uno de mis blogs a un compañero suyo de trabajo, que también lee cosas en la red, a propósito de una conversación sucedida entre ellos, que vete tú a saber de qué iba. El primero extrañado soy yo.

Al parecer, entre mi amigo y su compañero todo iba bien hasta que le dijo que el blog era de un cura. Me imagino la escena. – “¿Lees a un cura? ¡Cómo te atreves! ¡Te comen la cabeza!” – “Pues nada, es que además es amigo mío, nos conocemos desde hace un tiempo y quedamos a cenar y charlar de vez en cuando, siempre que se puede que no son muchas.” – “Estás loco, ¡tú terminas mal!” Algo así debió ser aquella escena, con mi amigo riéndose.

Lo cual me ha recordado que este fin de semana, un matrimonio amigo que me invitó a cenar en su casa me dijo que su familia estaba muy contenta por haberme conocido, y que a alguien -de los de la mesa, sentado yo justo a su lado- le sorprendió que no intentase forzar el tema de Dios con él, ni sacar a colación nada de la Iglesia, ni de la fe, ni nada por el estilo. Y que se sintió cómodo conmigo. A lo que puedo decir, que también yo haciendo bromas y riéndome con él. Vamos, que le sorprendió que un cura no estuviese todo el tiempo hablando “como desde el púlpito” (ese lugar alto, que ya no se utiliza, y que aparece en tantas películas de Almodóvar). Será, piensa más de uno, que todavía no los hay portátiles, como los ordenadores.

Y también me ha hecho recordar a una alumna, que esta misma semana me hizo re-caer en la cuenta de que a los curas, por lo general, la sociedad no les escucha demasiado y  que, si alguna vez les escucha, está tan llena de prejuicios que entiende lo que no se dice, porque no quiere entender, ni escuchar hablar de Dios a los curas, ni de la Iglesia a los curas, ni de otras cuestiones a los curas. Pero que si se habla desde otra “situación” o “condición” sí que atiende, y se recibe con menos prejuicios. Pero que lo que peor “se lleva” en la sociedad es que la iglesia “se camufle” como si no fuera Iglesia o como si no tuviera que ver con Dios. Reflexión de una alumna, a propósito de un video, que me resultó altamente iluminadora. Dijo lo que todos pensábamos, incluso yo. Lo cual no significa que no me lamente, porque es como si yo recibiera a alguien en mi despacho y no quisiera escucharle, o hablase con un inmigrante pensando que es un ladrón, o con una persona con sida creyento que es un degenerado, o con una pareja con problemas familiares pensando que son malos padres, o con un joven rebelde pensando que es un desalmado. De mí dependen no hacerlo. Pero la reflexión de la joven alumna, sin duda, es de lo más lúcida.

No me quedo aquí. También recordé que ayer quedé a cenar con una amiga -y hermana-, y uno de los temas fue el de los prejuicios dentro de la Iglesia, a la hora de escucharnos entre hermanos, los unos con los otros, y de cómo nos tratábamos, y demás. Porque la gente cree que la Iglesia una es una Iglesia uniforme, sin aceleración de ningún tipo. Algo que tambien dialogué con el párroco de mis padres, a quien invité ayer mismo a comer en nuestra comunidad, y con quien disfruté una excelente sobremesa. También con él apareció este tema de conversación.

Porque aquí no termina el asunto. Porque esto de los prejuicios, ojalá fuera algo relacionado sólo con la fe, pero todos sabemos que no. Tendría salida purificando la fe, haciéndonos mejores, siendo más santos, o más sociales, o quitándonos la ropa de curas y de religiosos, o no llevando cruces, o no diciendo a nadie que somos cristianos. Sin embargo, no es problema ni de la fe, ni de la religión, ni de la iglesia, ni del cristianismo. Sino de lo humano, de lo más humano. El problema no está en la fe, sino en el corazón de la gente que juzga y prejuzga, y no se cansa de andar por ahí con sus supuestos, con sus impresiones, con sus criterios zarandeados convertidos en banderas que no quieren escuchar, y en orejeras protectoras de algo más que del frío.

Así, me pregunto yo, ¿cómo quiere más de uno hacerle a Dios una pregunta y escuchar respuesta? ¿Será posible en un mundo tan lleno de ruidos, donde ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos, ni a los que tenemos al lado, ni damos la justa oportunidad a la gente de expresarse tranquila y sosegadamente, con paciencia y libertad? ¿Será posible que haya quien todavía diga que Dios vive en el silencio, en lugar de reconocer que estamos “cargados” de nuestras propias palabras, sabiendo lo que nos van a decir, con miedo a lo que nos digan…?

Gracias, amigo, porque más allá de tus risas y de tus gracias, me has abierto el corazón. No sé si leerá finalmente el post que quisiste que leyera, pero vete explicándole a tu compañero que ha sido pretexto elegante y digno de una entrada en mi blog de altura. Si alguna vez voy a tu trabajo, aunque la cosa está complicada, me encantará saludarle y tomarnos algo. No hace falta hablar de Dios a la gente para que piense en Él y lo busque. Hay días que con estar visible es más que suficiente, y más interrogante en ocasiones no podemos soportar.

En la comunión de los santos


Uno de los momentos más impresionantes de mi vida, que no puedo sino recordar con los pelos de punta y un gran entusiasmo y alegría corriendo por mis venas, fue el momento en el que en la Ordenación Sacerdotal, todavía diácono, me tumbé en el suelo boca abajo mientras se cantaban las letanías de los santos y santas. En ese instante, prolongado y repetitivo, a no pocos se les encoge el corazón, y le brotan las lágrimas. Dos veces antes había vivido lo mismo, en mi consagración solemne en la Orden y en la ordenación de diácono. Pero en la ordenación sacerdotal fue diferente, verdaderamente intenso. Puedo decir con absoluta certeza que no había vivido nunca antes algo similar. Los santos habían sido en mi vida personas agradables, simpáticas, inteligentes y valientes, a quienes leer o sobre quienes leer, cuyas historias me ayudaban. No tanto ellos, sino sus historias. En ese momento fue al revés, no eran sus historias, sino ellos los que se hacían presentes, oraban con nosotros porque la iglesia alzaba su voz y canto. ¡Qué momento!

Los santos no están olvidados en la Iglesia. Quizá debamos recuperarlos un poco más, cada uno en su medida. Creo que nos haría mucho bien, ciertamente. En la liturgia y oración de la Iglsia se recuerdan todos los días, cada uno tiene su momento, y suponen una gran sorpresa y una palabra continua. Un año me dedicaré a escribir cada día sobre uno de ellos. A mí me hace especial ilusión hacer memoria de sus vidas, rezar su oración, que es compendio de toda una vida larga o corta pero entregada completamente, unida a la de Jesús. Creo que ayudan mucho, en diferentes horizontes. Desde lo más sencillo, hasta lo más alto. Quien se acerca a sus vidas, a sus escritos, a sus obras, a sus carismas sale siempre enriquecido. Hoy, por ejemplo, la Iglesia celebra con inmensa alegría la memoria de San Francisco de Asis, que es a su vez motivo de unidad de creyentes y no creyentes por la paz en todo el mundo. Siempre son una riqueza.

  1. Modelos de vida. De muchas maneras, en múltiples tareas, en estados diferentes, en continentes y épocas distintas muestran su particular forma de vivir. Animada y habitada por una presencia misteriosa, que les mueve y que no deja indiferente a las personas que tienen alrededor. Quedarse en sus nombres, o en sus títulos de pastores, varones, mártires es no llegar a nada. Lo de “me suena”, queda en poco. Está claro que el mundo necesita referentes radicales e incondicionales. Algunos les llaman héroes, y no me extraña ni lo más mínimo. Aunque los hay pequeños y sencillos, alejados de grandezas que brillan ante el mundo.
  2. Su imagen y representación, en algunos casos, me ayuda. En otras no, más bien me desconcentra y me hace perder la dirección y el rumbo. No son las espadas o los libros o las palmas, sino los rostros lo que busco. En ocasiones porque son desgarradoras, en otras por su serenidad. Pero me imagino a estos hombres en un mundo como el mío, compartiendo su tiempo y su historia. Supieron vivir en la grandeza del Espíritu lo que les tocó, sin elegirlo, ni quererlo. Fueron dichosos con o sin ordenadores, viajando en barco o en mulos o con coches, en las selvas o en las calles, en las clases o en las camas del hospital o en sus cuartos orantes. Son una maravilla encarnada, viviendo el Evangelio.
  3. Centran el corazón en lo importante, en lo único importante. Y lo hacen poco a poco, dando pasos, sabiendo lo que es avanzar, copmrendiendo mejor que nadie nuestras luchas, tensiones y miedos. Ellos las superaron. Todos ellos son reflejos de un Amor inmenso que quiere y desea conquistar el mundo y salvar al hombre. Todos ellos, con toda su vida y con todo su ser, se pusieron al servicio de este Amor, amando en la educación, en la sanidad, en la enseñanza, en la caridad, en la pobreza, en la libertad, en la vida comunitaria, en el cuidado de los demás, en la oración, en la reforma de la Iglesia. Siempre movidos por amor, hasta el punto de que sólo les movía el amor. Una de las cosas que más me apasiona de su vida es el camino de santidad que han abierto. Esto de que son santos desde siempre, me parece cuestionable. Pero su camino es camino de santidad, y es una maravilla adentrarse en sus sendas.
  4. Hablan de lo imposible, hecho posible. Siempre hay una distancia, causan admiración. Siento debilidad por los imposibles de estos hombres, que ahora quizá veamos con relativa normalidad incluso. Pero alguno fue el fundador del primer hospital del mundo, otros de la primera escuela, otros del primer hogar para ayudar a morir con dignidad, otros ofrecieron perdón, misericordia y perdón a cambio de insultos y violencia, otros fundaron instituciones para promover y unir el cielo y la tierra, otros fueron maestros en el discernimiento, acompañantes en los caminos de los hombres y de sus inquietudes, iluminaron la tierra con su presencia, otros fueron excelentes administradores del perdón y de la misericordia durante horas, acogiendo incondicionalmente a los hombres en su corazón de pastores, otros abanderaron la construcción de la iglesia en la verdad del amor y en el amor a la verdad. Todo esto me parece imposible, a las fuerzas humanas.
  5. Una mirada limpia, centrada en sus posibilidades, en su camino. ¡Qué lejos están estos hombres de alejarse de sí mismos y de Dios! ¡Qué comunión tan bonita! Pendientes de lo suyo, de su misión, de sus tareas, de sus pasos, huellas y caminos. La mirada lanzada al mundo desde sus vidas es sobrecogedora. Se consideran a sí mismos bajo una luz brillante, se ven sumidos en la máxima debilidad y pobreza mientras hacen y obran conforme a la plenitud misma del amor de Cristo. Y no hay quienes le arranque otro pensamiento, siempre solicitando de Dios misericordia y encendidos de agradecimiento.
  6. Un grandísimo invento de Dios. Me alucina que Dios sea tan creativo uniendo personas. Porque la comunión de los santos no se refiere sólo a la unidad de los grandes santos entre sí con el Señor, ni de los grandes santos entre sí formando la asamblea. También nos habla, y lo experimentamos, de la fuerte relación de nosotros aquí y ahora cuando dejamos brillar la santidad en nuestro corazón, de la relación tan intensa que se puede llegar a crear entre los hombres y mujeres dentro del tiempo, que conecta la santidad de unos con otros haciéndoles mejores, más humanos, más compasivos, nunca solos, con coraje renovado, con apoyo firme más allá de la propia debilidad.

La pregunta: ¿Y tú? Se responde fácilmente.

La sencillez no está fuera, está dentro


Cito textualmente a Olga, una amiga que siempre me lleva la contraria al principio. Fue una conversación sostenida, de la cual no me acuerdo, el 3 de diciembre de 2011. Lo sé porque me acabo de encontrar en un libro un post-it con la frase, la genial autora y la fecha. De vez en cuando hago cosas de estas. También de mis alumnos. Y luego, con el tiempo, me llevo sorpresas agradables. Aunque en el contexto se entendería mejor, desprovista de su tiempo y espacio, universalizada y hecha para todos, considero que tiene algo de genial. Y es que, en verdad, muchas de las cuestiones que más preocupan al hombre exterior, al que vive fuera de sí mismo, se solventarían con una pizca de cariño por sí mismo, de recogimiento y de reflexión. En concreto, en relación a la sencillez estimo que esta frase está en lo cierto.

Lo que para algunos resulta una cualidad suya, innata y recibida, en otras personas se convierte en un verdadero esfuerzo por caminar. La sencillez exige esfuerzo (Prov 10,9). ¿Quién dijo que esto de la sencillez fuera siempre fácil? Con la de información que recibimos, con la de encuentros que propiciamos. Nada de eso. Mantenerse en la sencillez, ser fiel a ella requiere mucha disciplina y sobriedad. Es un lujo en los tiempos que corren, donde todos piensan de todo y hablan de todo.

  1. Son capaces de valorar la sencillez externa y en otros. Para los más recargados interiormente, los que más acumulan, probablemente todo eso quede en pobreza, en precariedad, en insuficiencia. Pero los sencillos aceptan la sencillez de las circunstancias y de la vida, no necesitan mucho más, y además son más felices, más entusiastas, y se dejan sorprender con más facilidad. Es propio de una persona sencilla mirar con sencillez, y esto me parece que debería entrar dentro de lo sublimemente humano.
  2. Respecto al pensamiento ocurre tres cuartas de lo mismo. El sencillo ordena con mayor facilidad esto, aquello y lo de más allá. Quienes tienen sin embargo un interior complejo, enrevesado y obtuso todo lo vislumbran desde su propia confusión interior. De donde no hay, no se puede sacar. Y reinará entonces en todo la confusión. Basta que digan una palabra los sencillos y se hará la luz, pero cuando hablan los complejos y confusos volvemos al toju baboju del inicio de la creación, cuando todo era caos y desorden.
  3. Afectivamente ocurre lo mismo, exactamente igual. En las relaciones, se alejan de las dobles intenciones. Se prefiere una buena pregunta a una mala interpretación. Calasanz hablaba, como muchos otros, de la necesidad de cultivar la rectitud interior, no dejarse liar por las circunstancias y poner las miras en lo importante, de ajustar las palabras a lo conocido y no dar pasos en falso. Hay algo en la sencillez que tiene mucho que ver con la prudencia y las limitaciones humanas, no sólo con su respeto sino con su aprecio y estima.
  4. Da sin esperar nada a cambio. Y recibe en la misma lógica, sin pensar en devolverlo. Y en los tiempos que corren, ojalá se cultivase más este intercambio. Más directo y según lo necesario, que apoyado en cálculos matemáticos y cuentas que pesan y sobrepesan pros y contras.

Es para pensar. Hoy estoy de acuerdo con Olga. Visto lo visto, y conocidas las complejidades del mundo y sus confusiones, que son muchas, alguien sencillo tiene que empezar a poner luz. ¿Alguien con sencillez de corazón, nobleza y rectitud? Yo conozco uno de quien sé que nos podemos fiar.