Ya veo que me conoces


Suelo utilizar esta frase, tan corta y tan clara, de forma irónica, contra quienes llegan a las fronteras que traza mi vida creyendo conocer cuanto hay dentro. A los que me conocen de verdad les digo que me conocen bien. El “bien” marca la diferencia, como en tantas otras ocasiones y momentos. A los primeros, cuyas palabras nacen de dos o tres cosas unidas habitualmente a la intuición y a una solemne ignorancia, les suelo dar además una pista para demostrarles que yo tampoco les conozco. Porque cuando dos personas se conocen, lo hacen mutuamente, si están atentas. A los segundos, a los del “bien” les dejo que hablen aunque se equivoquen en ocasiones. Ellos tienen derecho, porque ya están dentro, y saben que todo se vuelve tremendamente complejo cuando están implicadas las personas por entero, y no fraccionadas y a trocitos. Estos segundos, que suelen más bien acertar que intuir, tienen también el derecho de hablar con claridad, y contundencia. Los primeros no, los ignorantes se defienden en sus brusquedades de la fragilidad propia de la naturaleza humana. Por eso, además, nunca tendrán la oportunidad de saber algo en plenitud.

Parto de que nadie piensa que ser conocido, por ser conocido, es un bien ni es algo bueno. Ser conocido, sin más, sería como quedar desprotegido, como si alguien invadiera la vida de otra persona, como si se hubiera colado por alguna ventana mal cerrada o hubiera forzado alguna puerta. Ser conocido, de este modo, es rebajar y quitar la dignidad a alguien. Y eso, no tiene nada que ver con el hombre, ni con lo humano, ni con nuestra vida misma. Si alguien roba de esta manera la oportunidad de hablar, de contarse y de expresar a otro tampoco se ofrece a sí mismo, como quien llama a la puerta para presentarse.

Buscamos ser conocidos, y queremos que ocurra, en la medida en que nos dan permiso para expresarnos, para dialogar, para entrar en relación, para tener trato cercano. Tanto más tiempo y tanto menos espacio entre las personas, como si fuera una regla de proporcionalidad inversa. Más tiempo, menos espacio, más proximidad. Mejor conocimiento mutuo, vinculante, que ama y es amado. Un conocimiento hondo, íntegro, casi puro, que no surge de la curiosidad sino de la sorpresa, que no reconoce sino que hace nuevo, que no juzga sino que busca comprender y explicar más allá del mismo hombre con su historia y con el rostro que la historia le ha ido dibujado. No se trata por tanto de conocer, sino que se sabe que alguien te conoce cuando es capaz de amarte. Ante quien no ama o no puede amar, sólo cabe separarse, alejarse, ocultarse y huir. Luego quien no ama, tampoco podrá conocer jamás. Y lo digo en absoluto. Y cuanto menos amor tiene, más será rechazado y alejado, y tanta más rabia nacerá en su interior, y por tanto se inventará, imaginará y pensará ciertas cosas que nada tienen que ver directamente con la verdad del hombre. Para conocer al hombre, hay que amarlo por entero, sin medida, casi siendo su fiel y leal esclavo. A mayor amor, mayor conocimiento. Y no tanto a la inversa. Porque el hombre en su libertad puede dejarse ver o ser sabio para ocultarse en lo hondo de las cavernas que, en no pocas ocasiones, se ven silenciadas las historias, las luchas, los sufrimientos, las tensiones. Y allí, una vez que se entra, todo se vuelve oscuro y apagado, incluso para el hombre mismo que puede olvidar qué le llevó a alejarse de semejante modo, y a quedarse sin aire para la cerilla que portaba como estandarte, y a sentir que la cueva es laberinto sin salida posible, de la cual sólo una palabra de amor le invitará a salir a ciegas.

Buscamos ser conocidos, indiscutiblemente. Y más, siempre más. Y ser mirados nos da la oportunidad de mirar. Y ser entendidos, de entender. Y ser perdonados, de perdonar. Y recibir es el único camino por el que el hombre podrá dar, y sólo puede dar por entero y totalmente aquel que reconoce que lo que tiene es don regalado, vida compartida. Y sólo puede salir de la soledad quien tiene un rostro amigo a quien mirar. Y sólo amará quien es amado. Y sólo tendrá misericordia quien conoció la fuerza y templanza de la justicia. Y sólo rompe y cambia la historia quien ha dado un paso adelante, un salto de vértigo, quien tendió la mano al futuro y sintió la tensión de todo lo pasado. Y sólo se sabe vivo, verdaderamente vivo, quien vive, en gerundio “viviendo”. Algo me dice, y no puedo justificarlo mucho, que sólo nos descubrimos así cuando alguien ha compartido con nosotros verdadero camino, y ha pisado nuestras huellas, y nosotros hemos pisado las suyas, y en ocasiones han ido al lado, otras un poco delante o un poco detrás de nuestros pequeños adelantos, y que se han tenido que girar en no pocas ocasiones para hablar cara a cara, o dar un abrazo, o mostrar una sonrisa, o compartir humildemente el llanto.

“Una luz brilló.”

Una red al servicio de la humanidad


La red no está, de por sí, al servicio del hombre, ni de la humanidad. Mucho menos, diría yo, de una humanidad renovada, de una humanidad que tiende hacia adelante en la historia y que provoca cambios significativamente más justos, más solidarios, más relacionales. Digo “de por sí”, es decir, por ella misma, en virtud de lo que es. Pocas “cosas” de nuestro pequeño mundo tienen esa cualidad de “forzar” y “crear humanidad” fuera del hombre mismo. Siempre son, y seguirán siendo, relativas al uso que se haga de las mismas. Y para reconocer esto, a mi entender, no hace falta ser excesivamente perspicaz. Sólo con abrir los ojos, y ver y pensar sería suficiente. Quizá ver, así a secas y sin más, sea insuficiente. Quizá pensar también, si no hay un verdadero diálogo.

La cuestión importante, de todos modos, es que es posible y que, mucho más revelevante aún es aclara que es lo que el hombre verdaderamente está buscando. Una red que no esté al servicio de sus necesidades, o que venga a cubrir, suplir, tapar u ocultar, ciertas carencias que se producen en otros espacios más cerrados de nuestra supervida superdesarrollada, sino que ofrezcan también otros espacios más amplios para la realización misma de esta humanidad nueva, o que, al menos, como si se tratase de un criterio mínimo, los propicien más allá de los cybermuros aislantes de la misma red. Si alguien, pienso yo sencillamente, tiene noticia de algo de modo “cyber” puede entenderlo como una “cybernoticia” o puede comprender que la red es el espacio o medio a través del cual ha llegado a su conocimiento. Sin embargo, un paso más allá, podemos caer igualmente en la cuenta de que si alguien alcanza a “un perfil” puede dejarlo ahí estancado, como simple y llano perfil en la red, con sus características o movimientos, o percibir que existe un paso ulterior posible más allá del mismo perfil pero que está posibilitado por el mismo perfil, que es el encuentro con el otro, con una persona, con ella misma a través de sus inquietudes, búsquedas, preguntas, gozos, intereses o sufrimientos. Se puede dar, y sí creo que es posible, el acercamiento a la totalidad del otro con el misterio que esto encierra siempre. Evitando de este modo que lo que ha llegado a nosotros como “cyber” se quede en mero “espectro”. Por poner un ejemplo paralelo, al que naturalmente estamos acostumbrados, nadie escucha una voz pensando que hay sólo voz sin realidad humana que la sustente, o ve un rostro sin percibir, de algún modo, una persona completa.

Me planteo, finalmente, que esta responsabilidad (y por tanto mérito o culpa) no puede dejarse en manos del azar, la casualidad, o algo por el estilo, desresponsabilizándonos de la marcha de nuestras acciones en función de una tónica general o de una dinámica ya creada en la misma red, que a pesar de su juventud resulta arrolladora. Como siempre opto por generar la inquietud, como pregunta al hombre moderno, postmoderno o transmoderno: ¿Tú qué pintas en las redes sociales? ¿Qué marca, en ti, el uso de las mismas, y cómo es tu presencia? ¿Qué has encontrado -qué gran pregunta- en la red que haya sido verdaderamente significativo para ti, y no un mero consumo, paso, o cuestión social? ¿Qué ha despertado y qué ha adormecido en tu vida? Tiendo a pensar, aunque no sepa explicarlo bien, que las redes sociales son lugares habitados de presencias, donde estar más que comunicar por comunicar sin más, e igualmente que la riqueza de intener en un signo en el hoy que nace del hombre mismo como búsqueda por lograr una aspiración mayor que la meramente comercial o en clave de lógica de consumo. Aquí hay mucho más, y mucha más presencia de la que, en ocasiones, atisbamos y nos permitimos reconocer.

Enfocar la memoria, para que no nos roben lo vivido


Lo del “fin de año” es puramente artificial, un pacto y acuerdo entre los hombres, una fecha señalada para hacer memoria y mirar al futuro, situándonos a caballo de una realidad nada imaginaria llamada tiempo, que el hombre intenta controlar en sus calendarios y relojes. Se aproxima final de diciembre para contarle al ser humano una verdad que acepta en pocas ocasiones en su cotidianeidad: todo pasa. Y se espera con enero lo que no se puede esperar, que también es en cierto modo verdad aunque no podamos demostrarlo con los hechos: todo llega. Así, entre el pasar y el llegar, entre el dejar atrás y seguir lanzados sin poder detenernos, vamos viviendo. Y en este gozne se nos obliga, casi por imperativo social, a un recuerdo que no estaría mal cultivar con mayor frecuencia. Mirar la vida, más allá de un año, para saber decirnos dónde estamos, quiénes somos, qué estamos haciendo, qué no hemos hecho y podemos hacer, y qué nunca más volverá porque fue un tren perdido o una oportunidad que no tuvimos el valor de acoger, y qué nos hace disfrutar, qué nos mantiene vivos, qué misterio se esconde en este puzzle que hemos ido contruyendo paso a paso, y qué brilla con especial esplendor, qué se ilumina, y qué oscuridades persisten. Mirar hacia atrás, haciendo memoria, nos enfrenta a nuestro recuerdo y nuestros olvidos, a lo grabado en el ser y a lo que lastramos cada segundo, y a lo que hemos soltado o nos hemos despojado. Lo vivido propiamente no es pasado, como tampoco lo es la memoria. Quizá el recuerdo, quizá exactamente lo que pasó, quizá lo que se vivió quede ahí atrás de alguna manera inalcanzable de nuevo a nuestras pobres manos. Quizá el recuerdo sea un lazo largo que nos mantiene unidos, como anclados y sostenidos en las mareas de hoy. Quizá el olvido sea lo contrario, como si no hubiésemos acertado con nuestra intención de permanencer siempre vivos.

Ya que es obligada la memoria, entiendo que también debe ser educada. Recordar, por recordar, nunca fue sano. Quedarse con el recuerdo, sin reconstruirlo o sin purificarlo, mucho menos aún. Una buena memoria tiene en cuenta que no es sólo su propia vida la que está en juego, ni sólo el pasado. Una buena memoria tiene presente que su acción provoca hoy y cuestiona hoy y libera o cautiva hoy. Una buena memoria, verdaderamente digna del hombre vivo y del hombre libre y propia de nuestra grandeza no trata de detalles, sino de vida, ni de nombres, sino de personas, ni de cosas, sino de acontecimientos. Una buena memoria reconstruye y da sentido a aquello que sólo pudimos ver fragmentariamente día a día, y recompone piezas, y cura heridas, y contempla la carrera por entero del final al principio o del principio al final. Una buena memoria, excelente, sabe agradecer y reconoce su fuerza. Una buena memoria es libre, porque libera, y sostiene la experiencia para decirnos quiénes somos y por qué estamos vivos. Una buena memoria entiende más de lo que entendimos, y revive, añade vida por tanto, en todo lo que pasó, en todo cuanto floreció, en todo lo que surgió, en todo lo que iba sucediéndose. Una buena memoria nunca podrá mirar la vida en soledad, y se dará cuenta de cuántas vidas intervinieron, y cuántas personas se cruzaron, y cuántas se fueron distribuyendo armónicamente en los días y en los meses, en las horas y en los tiempos. La memoria concentra en un momento la exuberancia de la vida, y conecta series de elementos que tardaron mucho en producirse, que fueron pacientes con nosotros. Los conecta para mostrarlos rápidamente, como un beso tras otro beso, un encuentro tras otro encuentro, una prueba junto a otra y otra y otra. Y esas series, que nunca estuvieron juntas, ahora así nos aparecen curiosamente sin que lo hayamos pedido, guiados por la similitud de éste y este otro recuerdo. Y se comprime todo al recordar, como haciéndolo más puro de lo que realmente, más noble y más valiente de lo que aconteció. La memoria engrandece al hombre de hoy, cuando es recta. La memoria agota a querer atrapar todo, sin llegar a entenderlo todo, y decirnos de nuevo algo más de lo que podemos saber, y hablarnos de lo que nos sigue interrogando. Una buena memoria, sin embargo, nunca da nada por finalizado. Creo que una buena memoria sigue siempre recomponiendo, y que quien no recuerda vive roto, desmembrado, debilitado por sus huidas. Creo que una buena memoria obliga a no perder el rumbo. Creo que una buena memoria nunca debería dejarnos estar solos, ni hacer de lo de hoy un absoluto, ni engañarnos. La memoria, en sí misma, nos cuenta una verdad enorme, que como digo antes, no aceptamos en muchas ocasiones. Nos dice que no estaremos solos, nos habla con paz, nos pide que agradezcamos por entero o que reconciliemos, nos hace destacar y subrayar la vida, nos devuelve completamente al futuro, nos enseña, nos educa, nos revela misterios.

Seguir adelante, aunque sea con muletas


La frase “me mola”. No es mía. De serlo, no lo diría prudentemente. Es de un alumno de 16 años que me encontré esta mañana subiendo la escalera hacia la clase, y fuimos acompañándonos mutuamente no más de 100 metros. Él se fue a sus historias, y yo me quedé con esa frase en las mías. No tenía ninguna discapacidad física, ni había sufrido ninguna lesión. No hablábamos de alguien que sufriera alguna de estas cosas. El tema de conversación era él mismo, y las muletas apoyaban su metáfora ese andar en la vida.

Podría haber dicho cualquier otra cosa, hacerse el valiente y venderme que él puede con todo, optar por la indiferencia, escoger la mediocridad, o hacerse la víctima, quejarse de todo. Sin embargo, sonrío, me miró, y me hizo ver que no estaba solo en el mundo, que tenía apoyo, que contaba con auxilios, con apoyos. Además, lo dijo enteramente agradecido. Sus ojos no mentían, a través de la pequeña lágrima que lo inundó todo. Dejé de mirarle, por educación y por respeto. Quise animarle en un primer momento, pero antes de poder decir nada soltó que lo que más le dolía no era la “herida que llevaba dentro” sino que otros tuvieran que cargar con él.

Ahora sí que hablé, sin callarme. Otros hubieran acogido respetuosamente. A lo mejor no le consolé demasiado, pero supe decirle que aquellos que le sostenían estarían enormemente felices de poder hacerlo, y de no dejarle solo. Es más, que esa era su felicidad, y que su herida lo había hecho posible, luego aquel dolor escondía algo más de lo que se veía a simple vista, y que está ahora en manos de cuantos le rodean. Le dije que su dolor sería mucho mayor encerrado en sus cosas, que no era verdad que el dolor compartido fuera lo peor del mundo. Une personas, despierta corazones, enseña lo que no está escrito en todos los libros. El sufrimiento es un misterio, que no destruye sino cuando se quiere evitar, esconder y actuar como si no pasara nada.

Al final de nuestro curioso paseo me dio las gracias y se las di yo. Sin saber ni cómo ni por qué, me he convertido en muleta, me he dejado usar, hemos hecho y abierto camino. Ése muchacho, y no me cabe la menor duda, será feliz, en parte, gracias a lo que está viviendo. Si hay o no otros caminos, no lo sé. Pero el suyo es este, y está en él enteramente, a corazón abierto, con inteligencia y sin dejar pasar oportunidades. Ese muchacho, que hoy llora, sabrá consolar a otros, será en su día hombre de piernas robustas para ejercer de lo que hoy está necesitando. Será feliz, si sigue así.

Vidas lastradas


Hay ideales de vida y felicidad que me resultan absolutamente inhumanas. Como escritas en la comodidad de un sillón regio al margen del polvo que pisamos los mortales. Entre ellos un libro que tengo ahora entre las manos, que me está cargando en sus absurdos.

Hace continuas referencias a una vida sin lastres, sin compromisos fuertes, sin tareas “pendientes”, sin lazos que atrapen el corazón del hombre. Una vida que se me antoja por tanto sin pasión, sin vínculos, sin haber decidido nada clave y fundante, sin llegar al meollo de las cuestiones; una vida de lo más superficial, propuesta como lo más feliz de todo lo feliz posible para el hombre. Sobre la faz de la tierra no conozco a nadie cuya felicidad pueda consistir en haber hecho todo lo que pudo haber hecho, en no llevar sobre sus hombros nada absolutamente nada que le cargue, en no haber sabido enraizar y comprometerse radicalmente, en no haber sufrido en muchas y muy variopintas ocasiones los avatares y sinsabores de la vida. No puede existir una vida profunda sin lastres, no hay vida real sin ellos, por tanto tampoco felicidad real deshaciéndolos. Y todo lo demás, sintiéndolo mucho, se queda como simple literatura ingenua que condenará a la infelicidad más real que exista, una existencia que permanece cautiva y presa de palabras bonitas e irreales, de propuestas falsas que engañan, de lobos que devoran bajo la piel de dulces ovejitas dóciles. ¡Mentira!

La vida humanamente vivida es una vida felizmente lastrada, y la felicidad no se esconde detrás de muchas cosas, sino que se va viviendo en todas ellas. No hay mayor alegría en el mundo que tener algo por lo que poder dar la vida, entregarla por completo, a lo que esclavizarse para siempre. No hay sentido fuera de aquello con capacidad tanto para atraparnos como para modernos, para acogernos enteramente. No hay nada humano que suponga historia construida, y por tanto pasado que llevar a las espaldas.

Una vida lastrada por la ignorancia es esto que propone este libro de insididas precisamente, una vida engañada, una vida idealizada, una vida propuesta más allá del hombre mismo de carne y hueso, como si para ser feliz tuviésemos que abandonar nuestra naturaleza, nuestra condición, nuestros apegos, nuestras carencias, nuestras debilidades, nuestros fracasos. Si no puedo ser feliz así, con todo esto, aseguro que no hay felicidad humana posible. Y este libro, con el que no puedo más, ni lo voy a regalar siquiera, ni lo pondré en la estantería para confundir a otros que vengan buscando aliento, no habla de otra cosa más que la libertad ingenua, el éxito de los planes y proyectos, la felicidad que se alcanza pisando nuestra fragilidad. Éste, como tantas otras “medio verdades” contaminadas de muchas mentiras, impiden al hombre, entre otras muchas cosas, mirarse en verdad y quererse de corazón, dejarse mirar incluso por Dios y reconocer en su misericordia un amor que no le humilla, y en su perdón y reconciliación una palabra más grande que cualquier mal que haya en su corazón. La felicidad humana tienen que ir de la mano de los lastres, hasta el punto de amarlos incluso, de quererlos incluso, de soportarse a sí mismo incluso, de amar en ellos a quienes en ellos se significa, a quienes refieren, a quienes vienen con nosotros. Incluso diría más, que la felicidad está en permitir ser un lastre para otros, en dejarse llevar, en dejarse soportar, en saber ser cargado casi tanto como cargar, en asumir la debilidad como bien y como bondad de lo humano, y la limitación como posibilidad para ser abrazado. Y no entiendo ni otro camino, ni otra propuesta, ni más realidad que ésta que tengo delante de mí mismo.

Qué absurdos son algunos hombres con sus propuestas tan poco humanas, tan poco dignas. Qué poco se conocen a sí mismos los que hablan con la grandeza de los ángeles, sin haber pisado ni sufrido el polvo del camino. Qué fácil es escribir cómodamente sobre las cosas, sin vivirlas, sin amarlas y sin sufrirlas. Siento no haberme callado, pero en parte ejerzo mi responsabilidad, la tarea de saber llevarme, la posibilidad de liberar a otros de las mismas condenas, de la misma literatura, de la misma apariencia de riqueza, de los mismos lazos que atrapan a los más pobres de la tierra.

No dejaré que Facebook cuente mi 2012


Me parece un abuso increíble que “una máquina” se pueda dedicar a estas cosas, a urgar en mi memoria y a seleccionar lo más importante de mi año, que es mi tiempo vivido y no sólo mi tiempo, con mis cosas que habrán sido en la mayor parte de las ocasiones compartidas y que precisamente por ese motivo son tan importantes. Además, actúa dando por supuesto que lo fundamental está escrito en la red, o fotografiado en la red, o compartido con todo el mundo. Me parece algo terrible y exagerado a todas luces, el colmo de la comodidad y de la pereza. A este paso no vamos a poder contar ni nuestra propia vida con libertad, haciendo saltos si conviene o adentrándonos en los sucesos según nos parezca. Saldrá un calendario del año con las doce fotografías con más votos, y a eso le llamarán vida. Ya no vamos a poder ni reflexionar sobre nosotros mismos, ni sufrir de olvido porque nos lo recordará, ni divagar en nuestro pasado sin las muletas de la tecnología. Sinceramente, me parece una ingerencia terrible, de mala educación que además malcriará a las nuevas generaciones, a esos llamados “nativos digitales” tan desacostumbrados a lo que no es efímero.

Lo tengo claro. Y os invitaría a hacer lo mismo. Si quieres contarlo, cuéntalo. Pero que no te lo cuenten, que no cuenten tu vida, que nadie tenga sobre ella una palabra más alta que la tuya, que seas tú quien decida, que seas tú quien opte. Que nos eduquemos en esta forma de estar en la red, de impedir que todo sea tan fácil, tan cómodo, tan ligero, tan superficial como en ocasiones se muestra.

La locura de la Navidad


Hoy puede sonar el post a crítica ácida, sin que sea mi intención directa. Tampoco busco hacer una denuncia de lo que probablemente todos sabemos. Ojalá seas capaz, y no lo dudo por eso escribo, de leer entrelíneas. Un saludo. De verdad, y sin repetir absurdamente palabras, FELIZ NAVIDAD.

No lo tengo todavía muy claro, aunque me aventuro a pensar y decir que no es cuestión ni de la Navidad, ni de estos días, ni de la decoración navideña (a lo mejor tanta luz, contribuye un poco, pero no mucho), ni de las reuniones familiares, ni de las cenas con amigos, ni de otras quedadas, ni de las felicitaciones, ni de los regalos, ni de viajes, ni de sorpresas, ni de turrones o polvorones, ni de bombones, ni nada de eso. Quizá sea el exceso de tanto en tan poco tiempo. Aunque tampoco es para tanto.

La locura de estos días viene con nosotros durante todo el año. No nace por generación espontánea, ni se contagia socialmente. Lo estamos deseando, darle rienda suelta. Por si no te habías dado cuenta,  es como si sonara la campana de diciembre -ya se adelanta a noviembre incluso- y todo el mundo se pone a correr, como si nos dieran aviso de última vuelta, de la última oportunidad. Los mayas inventaron un final del mundo una vez, pero la cultura occidental enloquece una vez por año, por lo menos. Esta locura que “disfrutamos” todo el año se desborda sin control estos días, porque todo tiene que salir estupendo, todo parece que debe ser maravilloso, todo se supone que será mirado al detalle, todo debería contener la esencia de estos días. Me parece que la locura es precisamente esa, la de la expulsión durante una temporada de todo lo normal y de lo más cotidiano, la de lo artificial por lo artificial sin fundamento ni sentido, la buena cara, o incluso falseante maquillaje, encima de los sufrimientos, de las adversidades, de las contrariedades. Quisiera saber acompañar mejor a quienes en estos días sufren por lo que sea. ¡Eso sería Navidad al modo como Dios se la plantea al hombre!

Si nos dejan a nosotros… Si nos dejan a nosotros Dios no nace en un pesebre sin luces. Ni llega así como así. ¡Una estrella era poco! Nada de mula ni buey, por supuesto, como poco una manada de poderosos caballos, y a la puerta esperando para volver a casa el Ferrari que más ruido hiciera del mercado. Con María tendríamos que haber salido de compras por las calles más lujosas en busca del traje por excelencia, que no sería “azul y rojo”, que eso ya no se lleva, sino de lentejuelas doradas. Y a José en lugar de un silencioso cayado me imagino que, como mínimo, le hubiésemos puesto un sofá para que reposara, y una buena televisión para que siguiera la Gran Noticia. Entre tanta historia navideña no sé cómo hubiera quedado el Niño, el único hombre que ha decidido nacer, y así ser obediente.

La locura navideña es lo más contraria a la Navidad misma. Es una locura ajena a las fiestas que lo contagia todo, lo enmaraña todo, lo complica todo. Lo que es un absurdo y lo que hace de todo esto ridículo es querer pasar unos días locos cuando se nos presenta un tiempo de mayor sencillez, de mayor humildad y de mayor pobreza. Los locos imaginan lo que no hay, y quizá es lo que ocurre estos días, que se “fuerza la máquina” para producir una felicidad inexistente en lugar de arriesgar el propio corazón para acoger lo que se nos presenta. Es muy difícil para el hombre, según parece, no considerarse el creador y el hacedor de las cosas, incluso de la Navidad, que por definición es un tiempo en el que Dios hace lo que quiere, lo inesperado, lo sorprendente, lo que descuadra al hombre, lo que le saca de donde está. En estos días, en los que comprobamos que por mucho regalar y regalar lo que esperamos es que alguien se acuerde de nosotros y sepa lo que nos conviene y nos hace felices, todavía me pregunto por qué no levantar la mirada un poco más allá de nuestras narices.

Me parece de lo más normal que haya quienes no se sienten en consonancia con la Navidad según se pinta. Es más, creo que son los que mejor se están preparando para ella, armándose de valor para llevar la contraria al estilo divino, que prefirió lo más pequeño en lugar de llegar al son de trompetas, armándose de paciencia para soportar las inclemencias que resulten de los excesos humanos, y disfrutar así del desbordamiento del amor, de la tranquilidad del nuevo nacimiento, de la alegría por contemplar un mundo nuevo.