Adviento, también en Internet


No sé si te has enterado que el tiempo de la esperanza, y de la espera, llega este año el primer día de diciembre. Un mes por otro lado curioso, porque cuenta con 5 domingos y 5 lunes, lo cual sólo sucede cada más de 850 años. Haz la cuenta y te saldrá, aunque no esperarás para ver el siguiente.

El Adviento, como es más importante, lo tenemos cada año. Un tiempo, como digo, para embarazarse con la vida, para dejar que en nosotros prenda el Evangelio, para acoger la Buena Noticia. Un tiempo para sufrir la esperan por el cumplimiento de la promesa, y al tiempo disfrutar de la seguridad de quien nos la ha anunciado.

Con sencillez, propongo mis tres propósitos para estos días, que nos llevarán a la Celebración de la Navidad:

  1. Hablar cada día con, al menos, una persona de forma privada tanto en Facebook como en Twitter. Al principio pensé en ser yo quien llevase esperanza, en decir algo, en anunciar algo. Pero me quedo con hablar, por no ser tan pretencioso. ¿Y si son los demás los que tienen que poner esta alegría en mi vida? En cualquier caso, el Adviento, como tiempo de la promesa, también genera pueblo y comunión en torno a lo que se aguarda y desea alcanzar. Y estoy convencido que podré entablar conversaciones estupendas sobre la esperanza en la red. Lo que surja… ¡en manos del Señor!
  2. Cada día, un tweet de una frase del nuevo libro de Benedicto XVI sobre “La infancia de Jesús”. De verdad, lo de la mula y el buey ha sido un regalo mediático. No sabéis la cantidad de personas que han preguntado, y con quienes he podido hablar. Si alguien os pregunta decid que ese tema está en la página 76 del libro. Y animad a que la lean. Ayer terminé la primera lectura, estoy con la segunda. Esta vez subrayando “tweets”. Los compartiré bajo el hahstag #LaInfanciaDeJesus. Nada más fácil. Si os animáis, dad a RT. En Facebook haré lo mismo, pero con una foto. Si quieres, comparte.
  3. Lanzando búsquedas, del día a día. Llevo tiempo hablando, por aquí y por allí, de temas vocacionales, de búsquedas, de vida nueva que debe surgir y dar luz. No me imagino a nadie de casualidad en el mundo. Aunque me duelan algunas situaciones. Todos están en el mundo por algo, y algo grande. Dios lo ha querido, y Dios los ha querido. Aunque sienta cercanas a personas que se viven a sí mismas como perdidas, inquietas, sin saber bien si Alguien ha pensado en ellas o no. Aunque vea a más de uno distraido. Esto lo haré en mi blog de Pequeñas cosas.
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San José de Calasanz, patrono de las escuelas populares


Pequeña biografía. Nace en España, 1557, crece en familia, estudia mucho, es ordenado sacerdote, sirve aquí y allí, y se marcha a Roma allá por 1592 en busca de honores eclesiásticos. Hombre recto, sabe aprovechar el tiempo de su estancia allí ayudando a unos y otros, hasta que se encuentra con los niños pobres en las calles de la ciudad santa, y con ellos permanecerá para siempre. Pensando en hacerles el mejor regalo posible del mundo, e inspirado por Dios, les regala su propia vida, les construye una casa llamada escuela para todos donde aprenderán a navegar en el mismo barco como miembros de una misma familia, funda la última Orden de la Iglesia, los PP. Escolapios, y les dotará de dos remos espectaculares para el viaje a su propia felicidad: la piedad, la fe, el Evangelio; y las letras, la ciencia, la cultura, la razón. En 1648 emprende su viaje definitivo a la Casa del Padre, el 24 de agosto.

Hoy celebramos su memoria, como patrono universal, tanto religiosos como laicos, creyentes y no creyentes de todo el mundo. Sé que hablo con pasión y enamorado, como escolapio. Y no pienso negarlo. El amor hoy no me ciega, sino que me abre los ojos. Amor por Calasanz, amor por los niños y los jóvenes, amor por su vida y su felicidad, amor por la escuela y la educación, enamorado del Evangelio y de Jesucristo. Este amor lo pueden comprender bien todos los creyentes y los no creyentes, los cristianos y no cristianos, los escolapios y los no escolapios. Estamos ante Calasanz, que dejándose mover por el Espíritu, abrió verdaderamente las puertas del nuevo mundo a los niños pobres en los tiempos de la conquista de los nuevos contienentes. Para él la fe y la razón estaban unidas, cuando son humanas y cuando hay amor en cada una de ellas. Para Calasanz hay futuro esperanzado si hoy tocamos, con mino, paciencia y cuidado, el presente de los más pequeños y sabemos acompañar su camino en docilidad. Para él, gran amante de la libertad y de lo sencillo, la meta del hombre está más que clara: la felicidad, que es esperable cuando imbuimos a los niños en lo más humano y en lo más divino.

Hablando así no es de extrañar, y no me extraña ni lo más mínimo, que la tarea de educar diligentemente en piedad y letras fuera estimada, en los tiempos en los que ser maestro era equiparado con dejar de ser alguien, un ministerio, y no un oficio, de carácter sublime. Un ministerio que él definió como: Muy digno por girar en torno a la salvación. Muy noble por ser menester angélico y divino. Muy misterioso por establecer y poner en práctica con plenitud de caridad en la Iglesia un remedio eficaz del mal. Muy beneficioso por ayudar a todos en todo. Muy útil por los numerosos cambios de vida efectuados. Muy necesario para esa corrupción de costumbres y ese predominio del vicio. Muy enraizado en la naturaleza de todos los hombres. Muy conforme a razón para príncipes y ciudadanos, a quienes trae mucha cuenta tener vasallos pero también para promocionarse a si mismos y a su patria obteniendo puestos de gobierno y dignidades aquí en la tierra. Muy de agradecer por parte de los hombres, que lo aplauden unánimes y lo desean en su patria. Muy agradable para quien sea llamado a laborear en esta viña y a trabajar en esta mies tan abundante. Muy glorioso para los religiosos y para aquellos que lo favorezcan y promueven con su autoridad y mercedes.

Con todo lo que hoy se habla de escuela y educación a mí me tiemblan las piernas. Porque me reconozco un privilegiado, con uno de los mejores trabajos del mundo, no exento diariamente de muchas dificultades y contratiempos, con una vocación hermosa que tiene por primer número hacer feliz a los niños y a los jóvenes, y colaborar con sus familias, y que considero que además es camino para hacerme mejor día a día y alcanzar la santidad.

Benediciencia, como cada jueves


Me agrada saber que he comenzado las clases un jueves. Si los viernes son para #FF, los jueves también tienen algo de especial, la #benedicencia. Seguramente conoces su contraria, la maledicencia, más que la primera. Se trata de darle la vuelta a la cultura de la crítica, el comentario fácil, la palabra hiriente, y transformar todo ese potencial humano en su opuesto diametral. El ejercicio de la bendición (hablar bien de alguien) enriquece a la persona, le da una consistencia diferente, educa la mirada, aporta una seriedad y responsabilidad que hasta el momento no tenía. Mientras que su antónimo, que sólo sabe decir mal, hablar con despotismo, tratar a los demás por debajo de sus posibilidades, rebajar la humanidad a chisme y sacarmo, no puede conducir en ningún caso a la felicidad. Recuerdo todavía que mi primer tweet bajo el hashtag de la benedicencia lo dediqué a una persona que acababa de conocer, en una situación en la que no me encuentro habitualmente, acompañado por dos personas a las que estimo mucho.

La vida, con sus rincones y pasillos y escaleras y ascensores y recovecos ofrece continuamente la oportunidad de bendecir. En ocasiones, también es cierto, lo fácil sería lo contrario; incluso sería más inmediato y directo. Pero en el esfuerzo primero por la palabra amable, la palabra que reconozca la bondad del otro, la palabra que saque del aislamiento el tesoro escondido de cada uno, la palabra que apueste y confíe en el otro se producen un cambio, una sonrisa y complicidad, una transformación que no podemos imaginar de otra manera. Hay gente, y no poca, que desea ser bendecida. Porque la bendición no se la puede otorgar uno a sí mismo. Y quiere ser bendecida porque tiene la sensación de que todo a su alrededor es condena, pesimismo y desastre, falta de vínculo y de relación humana. Llevo pocas horas entre mis alumnos y percibo, entre sus intervenciones y sus miradas, que han deseado que hablase bien de ellos. No puede ser de otro modo, ellos se saben personas y quieren ejercer como tales. Hay mucha gente que quiere, espera y aguarda esta bendición, aunque no le ponga este nombre.

Por lo tanto, como es jueves, aporto mi benedicencia enriquecida por la experiencia de esta semana:

  1. A quienes me han sabido perdonarme, porque lo necesitaba. Fruto de la imperfección, de las meteduras de pata, de la falta de amor y compromiso, de los descuidos e impertinencias. ¡Qué grandes son aquellos que ofrecen, además, un perdón mayor que el suyo! ¡Un perdón que no olvida, sino que recuerda, y recordando, sigue apostando por la unidad, la comunión, la fraternidad!
  2. A mis amigos, y los amigos de mis amigos. Como en Facebook, según parece. Nos hemos juntado en dos ocasiones en una semana, ¡genial! Con ellos aprendo lo que no sé, y escucho que no sé sobre cosas que creía que conocía. Han sido dos encuentros fabulosos. En los que me he encontrado como invitado. Dios reconoce a los que aman, los vuelve a hacer suyos. Mi presencia entre ellos, un tanto extraña en ocasiones por eso de tener un cura en su mesa, se convierte en una verdadera bendición. Hablamos de todo, y nos reímos. Sé que esta presencia marca.
  3. A los nuevos y viejos alumnos. Algunos repiten, también para ellos es la bendición. Los conozco, pueden con el curso, pero se dejan atrapar en ocasiones por redes de pereza y lo van dejando y dejando hasta no poder con el peso de todo. Quiero hablar muy bien de los que más dificultades tienen. Sin olvidar a aquellos que han sido ya regalados por Dios con una familia que les ha educado y se preocupa por ellos, y con inteligencias excepcionales.
  4. A mis compañeros, los profesores. En tiempos de crisis, además. Ayer mismo estuvimos de broma, riendo con humor y esperanza. No se dejan amedrentar fácilmente, ni contagiar por el pesimismo. Se saben llamados por el Señor a compartir la mies de los jóvenes, y sembrar en ella el Reino. Son especiales. Algunos fueron mis profesores cuando estudiaba aquí, y conocerles y aprender de ellos supone una riqueza incomparable.
  5. A quienes hacen planes con sus vidas, planes que saben a novedad y continuidad, planes arriesgados que proyectan un futuro nuevo. Los conozco valientes, decididos, libres, fuertes y grandes. Me sorprende que alguno no se vea así. ¡Es tan claro! Estar con ellos es épico, me carga las pilas. Con ellos comparto el impulso que el Espíritu ofrece a la humanidad en este mundo.
  6. A quienes se preparan para casarse en breve. Esta semana me he juntado con varios, he soñado un proyecto para ellos y lo he compartido, lo he podido decir libremente. A aquellos que se han acercado a la Iglesia con humildad, sin decir lo que se debe hacer o dejar de hacer, y han escuchado. A quienes se casarán este fin de semana, y al siguiente, y al otro.
  7. A quienes se preparan con su vida para la consagración religiosa. Dentro de una semana, el nuevo obispo de Getafe, si Dios quiere. Pero me hace especial ilusión los votos solemnes, la consagración definitiva, de dos de mis hermanos de comunidad, que formarán parte de la Orden para siempre. Para todos ellos pido la bendición del Señor. Al nuevo obispo, no lo conozco. A mis hermanos sí, y son muy queridos por Dios, sus vidas están llenas de servicio, de entrega, de fidelidad.
  8. A mi comunidad, que sabe confiar y es muy ordenada en sus tareas. Una bendición especial, y mucho, porque son mi familia nueva, el Reino prometido. He compartido muchos momentos durante esta semana en su compañía. Pero siempre me hace especial ilusión saber que celebramos juntos la Eucaristía, que compartimos la fe y la palabra, la misión y el esfuerzo en la misma dirección.
  9. Por último, a mis compañeros de los proyectos de internet. Este año me parece que va a estar lleno de red, lleno de comunión, lleno de evangelización y de Buena Noticia.

Los sacerdotes no salvarán el mundo


Los laicos entregados tampoco. Ni los obispos, ni el Papa. Ni la legión de religiosas y consagrados que hay repartidos por el mundo, en infinidad de tareas y carismas. Ni los que viven en familia, o en comunidad, se organicen como se organicen. Tampoco salvarán el mundo quienes poseen grandes y magnos colegios, hospitales donde se asiste fervientemente a los enfermos. Aquellos que trabajan entre obreros, luchando por la justicia social, y aquellos que acogen en sus monasterios y lugares de oración recónditos y silencios, también saben que ellos no salvarán la humanidad, la sociedad, el mundo. Quienes estudian, quienes dan la vida, quienes enseñan, quienes dan de comer, quienes predican, quienes bautizan, quienes anuncian y denuncian, haciendo de sus vidas un sacrificio humilde y pequeño dentro de toda la historia, en su foro interno saben que, pese a la grandeza de su deseo, no son ellos quienes salvarán a la humanidad.

Si alguno se arroga este poder y esta fuerza dentro de la Iglesia, engaña a los hombres. Cualquiera que hable ante el mundo como si los hombres pudieran salvarse a sí mismos, ofrece una promesa vacía y exige más, mucho más, de lo que la humanidad puede darse a sí misma. La herida es muy profunda. Ahora bien, el hombre no está solo. Y no tiene por qué permanecer encerrado en sí mismo, queriendo lo que no puede lograr con sus fuerzas y con su inteligencia y con su vida. Puede escoger el camino que le conduzca a la reconciliación y la paz que desea, al amor y la entrega. Puede entrar dentro del torrente que hace fértil y que da frescor y esplendor. Puede situarse en el mundo como si no fuera “su mundo”, y con humildad saber que no es él quien se salvará, quien se dará la paz, quien construirá el mundo feliz y justo y bondadoso que todos desean y quieren y sueñan.

¡Cuánto daño hacen aquellos que dividen y que rompen la comunión, la unidad! ¡Cuánto dolor y sufrimiento, con su falta de misericordia e inteligencia aquellos que piden a otros más de lo que pueden dar y no comprenden y acogen la debilidad y el pecado! ¡Cuánta mentira siembran los que falsean los argumentos y las palabras, y unas veces dicen que con Dios y otras que sin Dios!

Los sacerdotes, insisto, no salvarán el mundo. Son administradores de la gracia, aproximan con su vida al Señor que salva. Ahora bien, no están al servicio de cualquier señor o dueño, sino del Señor y Creador de todo, ni de cualquier manera. Dios los llama como amigos, pronuncia su nombre, los asocia a su Misterio, les invita a compartir su todo lo que Él es y todo lo que tiene. ¡No son dignos de lo que hacen, sino dignificados! Ellos son los primeros en recibir. Y reciben mucho: Palabra, Perdón, Misericordia, Libertad, Amor, Dignidad, Servicio.

Al menos así me entiendo, así comprendo lo que Dios ha hecho conmigo. No seré yo quien salve a nadie. Aunque quiera, no puedo hacerlo. Yo no, Dios sí, en Jesucristo. Podré pedir perdón a los hombres tantas veces como sea necesario por la debilidad de la vida y la infidelidad que en ella puede haber. Pero no puedo pedir perdón por no salvar a nadie, porque eso no puedo. No soy el salvador del mundo. El Salvador tiene un nombre que empieza por J, pero no es el mío. No me confundo con Él, Él me asoció consigo. Ahora bien, ¡qué grandeza la de Dios que me permite colaborar en esta historia de la salvación, meterme en el curso de la historia al modo de Cristo, y brindar la oportunidad concreta a todos los hombres de conocer al Señor, de amarle escuchando su Palabra, de recibirle en la Eucaristía y los sacramentos!

No hay para mí nada mayor en este mundo, ni alegría más grande, que aproximar, acercar y servir en el encuentro de la humanidad con Cristo, el Señor, que salva, que es el Reino, que es la Justicia, que es la Paz, que es la respuesta última a las preguntas radicales del hombre. Acojo con libertad de espíritu, también con dolor y sufrimiento, las críticas que quieren una iglesia santa y cerca del Señor, servidora de la humanidad y del Reino. También las comparto, me las apropio. Tienen razón quienes afirman que no somos perfectos, aunque quisiéramos serlo; que no hacemos todo bien, aunque lo desesamos; que no alcanzaremos todo, sin pasar por dejarlo todo menos a Dios, lo único necesario. Lo sé, lo saben. Es vox populi. Ahora bien. Lo que algunos desconocen es el Misterio que inunda y penetra la Iglesia, el Misterio que le da vida y consistencia, que la estructura por dentro, que permite a la Iglesia escuchar y amar, hacerse humilde. Lo que algunos desconocen es que la Iglesia está primeramente al servicio de Dios, y que el mismo Señor la quiere y se sirve de ella, y que Él se hace presente muy especialmente en su ella entregándose a sí mismo. Esta es una diferencia grande, muy importante, que algunos con sus palabras desconocen. Pero que yo celebro, en la debilidad e imperfección, y comparto mi alegría con otros.

4 peligros del idealismo


Quien me conozca un poco sabrá que soy un idealista, a la vez que bastante práctico. No renuncio a los ideales. Quienes lo hacen, empequeñecen sus vidas, y pierden gran parte de la grandeza de la humanidad, que es aspirar a lo mejor, a algo más continuamente, y a sufrir el deseo y la continua inconformidad. Los ideales generan peregrinos, y en este mundo estamos indefiniblemente de paso. Algo que no nos hace “de menos”, sino que provoca asombro y esperanza. Pero los idealismos, tomados por sí solos, aislados e idolatrizados, están cargados de peligros.

Pienso este post a propósito de una conversación con un joven que está esperando el romance y el amor perfecto de su vida. Y que, continuamente se queja de no encontrar lo que aspira. De paso, mientras aguarda que llegue, también reconoce que se dedica incomprensiblemente a “otras cosas”. Para él especialmente, aunque también para muchos otros, va dirigido este post, con sus cuatro peligros. No sólo en relación al amor, también a la vocación personal, al trabajo, a la transformación del mundo… Espero que te haga pensar, aunque ya hablamos ayer un rato sobre el asunto:

  1. El primero de ellos, que sepas que tener ideales es cansado, un tanto agotador. Da consistencia a los actos, los profundiza y dota de sentido, los hace más valiosos y enriquecidos. Pero todo eso significa que la vida “pesa más”, adquiere densidad, ya nada es puramente “relativo a la nada”, sino que mantiene una vinculación con algo que porta algo de lo absoluto.
  2. El segundo, que tengas presente que lo ideal confronta continuamente la realidad. Y establece puentes con ella. Sueña posiblidades, novedades y diferencias. Se trata de una especie de continuo juego, en el que habitualmente siempre pierde uno de los lados: lo real. Así que, ¡ojo con alejarte demasiado de ella! Porque si la dinámica del ideal nace en la realidad y tiende a su transformación, conviene no perder su retroalimentación. Sin desesperarse, sin desesperanzarse, comprometiéndose duramente con ella, dispuesto a sufrir. Aunque, dentro de este punto, te recomiendo que no “taches todo de negativo”, porque a los idealistas se les acusa de estar siempre presentes delante de la insuficiencia de la realidad y ser incapaces de disfrutar nada en ella. Si la realidad no es perfecta, y lo sabemos, conviene tener presente que más vale pájaro en mano que ciento volando.
  3. El tercero, que estés pendiente de la conexión entre el idealismo y el pesimismo, y la depresión y la melancolía. Los referentes de esta situación que tenemos en la historia de la humanidad son sobreabundantes. Aprende de ellos antes de entrar en un bucle capaz de devorarlo todo, y de tragarse a su paso a cualquiera que se ponga delante. Una vez en el mundo de Yuppi (no de las ideas, sino otro más edulcorado e falso, que no es humano) no hay puerta fácil para escapar de sus garras. Atrapado en él, verás que no es tan bonito como te lo pintabas.
  4. Por último, no aguardes inúltilmente esperando que se cumplan sin apostar fuerte por conseguirlos. Si renuncias en tu vida práctica y concreta a ellos, tú mismo estás haciendo inútiles e inservibles lo que te predicas a ti mismo con el pensamiento. No podrás llegar a la perfección, ¡cierto! Pero no renuncies ni a la dirección, ni al horizonte, ni a lo que proyectan. Da pasos en ese sentido, con firmeza y decisión. Habrás, al menos, validado por la experiencia si merecen tanto la pena como piensas en tu imaginación. Y esto último es muy importante, porque en el ideal y la perfección humana, en su búsqueda real, ninguna persona está sola.

El día que conocí a Madre Teresa de Calcuta


Hoy celebramos su memoria. Hace quince años que dejó este mundo, aunque ahora que lo escribo me suena a demasiado. Nos hacemos eco profundo, agradecido, y festivo. No sólo en la Iglesia, sino todo el mundo.

Muchos todavía sabemos de ella, de su vida, seguíamos sus noticias, incluso se viajaba a Calcuta para mayor proximidad, para colaborar en sus casas de acogida para los más pobres y solos de la India. De hecho, creo que desde siempre he asociado Calcuta con Madre Teresa, y espero no ser el único. Pero cuando hablo en la escuela y entre los jóvenes, ya no la tienen presente. Nos hemos olvidado, no sé bien por qué ni a quién le resulta incómodo su recuerdo. Junto a ella, el siglo XX, como todos los siglos, han estado plagados de personas que consideramos “personajes”, “vidas célebres”, “adelantos de una humanidad plena”. Tengo miedo de que olvidemos a los buenos, y mantengamos sólo el recuerdo de los malos.

Aquella mujer pequeña vestida con la ropa tradicional de la India, natural de Albania, de mirada reservada e intensa, rodeada siempre de gente a quien servir. Las imágenes que conservo de ella son casi de una anciana encorbada, con múltiples arrugas en la frente, y activa entre las camas del hogar del moribundo. Curando heridas, cargando con los niños, saludando amablemente a todos. Mujer que respiraba a Dios por los cuatro costados. No tenía tiempo para grandes discursos, por lo que sus palabras se condensaban. Sin excesivas teorías, excesivamente práctico, llegando al alma. Aunque hablase a toda la humanidad se puede decir que llegaba a cada uno. Escuchar su historia era todo un privilegio. Qué testimonio vocacional, qué fidelidad al Espíritu. Aquella mujer cautivaba por su radicalidad y total entrega. Era un ejemplo vivo, palpable. Santidad encarnada, sin hacerse más que nadie. Humildad, sencillez, cercanía. Nadie sobraba a su lado. Todas las manos resultaban insuficientes. Un corazón gigante donde todos tenían un lugar, con preferencia para los últimos. Siempre buscando querer más que ser querida, refugiándose en el silencio y la oración, huyendo de las cámaras. Su casa, un rincón pobre, un hogar para el Reino. Jesucristo siempre presente y recordado, en cada esquina, en cada persona, en cada detalle y gesto. ¡Qué privilegio haber conocido a Madre Teresa! ¡Qué privilegio poder recordar, hacer memoria, saber y creer que es posible!

Ojalá no olvidemos. Sería triste su memoria, aunque no invalida su legado. Universal, para todos, por todos, sin resquicios a la división. Continúa actuando. Su ropa, en sus monjas. Sus pobres, siempre estarán con nosotros. Encontró su lugar, respondió a su vocación por entero. Este totalmente significa en toda su vida, también en todo espacio y tiempo. Por eso llega hasta ahora.

Había oído hablar de Madre Teresa en la televisión y en mi casa. Mis padres no ahorraban alagos. ¡Qué mujer! Mi tía me regaló un pequeño libro con su firma unas Navidades. Incendiario, apasionante, plagado de más amor que indignación, con la esperanza propia de quien sabe que lo está dando todo sin reservas e incondicionalmente, sin esperar nada a cambio de aquellos a quienes amaba. Deseé lo mejor, lo más grande en cada página. También yo quería que Dios me llamara para algo así; tiempo después he comprobado que se había hecho realidad esta deseo, que Dios sueña así a todo hombre, mujer, niño y anciano. Leerla resultaba impactante. Las palabras grandes no se hacían pesadas, sino posibles. Aquella mujer estaba viva, dando vida en medio de la muerte y del sufrimiento, como fermento en medio de la humanidad, en una pequeña casa de un pequeño rincón del mundo. Recuerdo que pensé entonces que cambiar el mundo era posible, lo compartí con uno de mis profesores en clase, y mi maestro se rió de mí llamándome ingenuo. ¡Qué pena de adulto! Madre Teresa creció e hizo posible, sin plegarse al orden establecido, sólo encorvándose ante los que amaba.

Lo dicho, conocí a Madre Teresa a través de un pequeño libro, que ojalá hoy conservase y pudiera regalárselo a alguien. Me lo regaló mi madrina de bautismo. Una monja pequeña, de aspecto parecido al suyo. También seria y alegre al tiempo, profunda y cercana. Amable con su ahijado, pendiente de mi fe. Me lo regaló por Navidad, y ese mismo día comencé a leerlo. Por lo que creo que conocí a Madre Teresa el día de Navidad, 25 de diciembre. Yo tenía 16 años. Un año después Madre Teresa pasó al cielo. Es todo el trato que pude tener con ella, y no caerá en el olvido. Si hubiera ido a Calcuta os podría contar más. Todavía quedan testigos directos. Tengo el privilegio de conocer a dos, cuyas vidas cambiaron.

Buscando la voluntad de Dios


Todas las noches encuentro mensajes en la bandeja de Facebook a los que responder. Personas que conozco en persona o por la red, y otras que desconozco. Ayer me sorprendieron dos preciosos mensajes a propósito de unos post de mi blog que ha publicado catholic.net. El primero de ellos, con agradecimiento, me contaba su vida entera. No es el primer caso, ni el décimo. Sucede muchas veces. Existen dramas inconfesables en nuestras sociedades modernas, y soledades increíbles, que pugnan por espantar de sus vidas el sufrimiento, el miedo, las heridas de la historia. Y también otras personas que han sido colmadas de dicha, felicidad y bendición. Ambos tienen necesidad de contarse. Es humanamente esencial. Es personalmente indispensable.

El segundo mensaje, sin embargo, iba por otros derroteros. Me preguntaba por la voluntad de Dios en su vida. Tenía claro que Dios quería algo de él. Había llegado a preguntárselo en más de una ocasión. Curiosamente, para ello me exponía -con gran detalle- sus búsquedas en diversos ambientes, sus interrogantes, sus deseos, sus esperanzas, y llegado un momento, en el que reconocía que últimamente esta pregunta estaba siendo muy intensa, confesaba sus miedos, sus temores y sus resistencias. Cuando terminé de leer el mensaje tenía la sensación de que él mismo se había dicho todo, con bastante claridad. No es la respuesta lo que le preocupaba, sino haber encontrado respuesta. Por no dar detalles particulares, entiendo que me estaba reconociendo (1) que comprometer su vida le haría feliz y le aportaría tranquilidad, sin ir picoteando de un sitio a otro, cambiando continuamente, (2) que Dios le hablaba con suficiente claridad en la Palabra y a través de personas, que le decían que le veían feliz estando en “aquel lugar” y “con aquella gente”, y (3) que lo que en otras ocasiones le costaba esfuerzo y sacrificio, allí le resultaba más fácil de lo normal, incluso él mismo se sorprendía de su capacidad para  amar, para servir, para estar alegre, para acercarse a la gente.

Dado que él mismo se respondió, sólo tuve que escribir un saludo, con dos palabras. La primera, que se sintiera feliz y dichoso. Lo que contaba eran signos claros de que Dios quería algo, y que estaba moviendo su corazón. Incluso el miedo y el respeto por ello forman parte de la universal experiencia de predilección y de amor. Lo segundo, que no perdiera ocasión de hacer experiencia, con confianza y libertad, y dejarse acompañar por una persona con experiencia. Nadie abraza una vocación (la que sea) siendo perfecto. Si te consideras perfecto y el mejor de todos, mejor déjalo. Pero con sencillez, con pobreza y dispuesto a aprender y dejarse guiar la carrera se hace más ágil.

Soy consciente de que Dios habla con claridad. De hecho pude que muchos jóvenes sientan miedo a preguntar a Dios qué quiere de ellos, y entablar así un diálogo personal. No puedo forzar nada, somos libres. Pero de verdad que encuentro muchos testimonios en la misma dirección. Dios llama a la felicidad. Lo único que te puedo decir es que te lances y seas feliz. ¡Atrévete! ¡Sé valiente! Vas, pruebas. Como aquello de “ven y verás”, porque hay cosas que sólo se conocen sobre el terreno. Además, se escucha mucho mejor de ese modo.

Había leído este post que escribí en 2008 con el título: Señor, ¿qué quieres de mí? Aquí lo dejo, para quien quiera volver a leerlo con calma. Cuatro años después cambiaría algunas cosas, claro está.

Excelente pregunta. Es una oración completa. Una buena pregunta para tener permanentemente en el corazón, para pegar a la vida, para llevar a donde quiera que vayas. Buena pregunta por dos cuestiones: porque empuja a la vida hacia lo mejor, y porque es un diálogo continuo con Dios. Y además, vale para cualquier cosa que suceda, para cualquier acontecimiento en el que se mueven las personas, para cualquier situación o diálogo, para cualquier instante en el que la libertad de la persona se quiere hacer responsablemente personal y religiosa.

Señor, ¿qué quieres? Y “qué quieres” no es qué te apetece, sino qué te parece más amable. Señor, ¿qué amas tú?  Porque lo que no quiero, aquello que no amo, aquello que no deseo, es que tú dejes de amarme. No quiero alejarme de tu amor. Es más, Señor, te pregunto qué quieres porque lo que deseo sinceramente es ser testigo de tu amor en el mundo, que amando las personas pregunten y eso por qué lo haces, y eso quién te lo ha dicho.

Es más, Señor, estoy convencido de que tu amor da una fuerza especial a mi vida. Es más, Señor, tu amor empuja, impulsa, enciende, dilata, desarrolla.

Hace unos años ya que comprendí que el lugar donde no había amor tampoco era un buen lugar para que viva cualquier persona. Porque una persona sin amor no puede vivir. Los niños pequeños lo saben, los mayores muchas veces sufren por eso. Los adultos, y más los matrimonios, son testigos de que algo que merece la pena es algo perpetuado a base de amor, de entrega y generosidad, de vida común. Y sinceramente vivimos gracias a ese amor.

Quizá lo menos comprendido sea que una persona que el amor no tiene por qué salir del corazón de los demás hacia mí, que no tengo por qué ser un “receptor” meramente, pasivo y deseante. Quizá lo más maravilloso es que tengo la oportunidad, del modo como he sido creado y como he nacido, de colocar en medio del mundo un amor más grande que cualquier otro soñado, un gesto de amor lo suficientemente significativo como para cambiar el mundo, un detalle amoroso que rasgue el mundo de tal manera que el niño herido sea capaz de sonreir y el que sonríe siempre sin motivo tenga una nueva esperanza por lo que seguir siendo así.

La pregunta es fácil: ¿Esto es difícil? Pues… tú mismo. ¡Atrévete! Pero si empiezas, hazlo de corazón y con la verdad por delante. Algo sencillo es dejarse llevar por el Espíritu, hacer nacer en nosotros un diálogo intenso y sincero con Dios. Él fue el primero que, antes de recibir amor, amó hasta el extremo. Señor, ¿qué quieres de mí?