Escuchar una charla


Hoy me ha tocado darla a mí. Mejor dicho, casi diariamente. No tanto por las ponencias, como por las clases. Las clases y las ponencias se parecen en algo, y se diferencian en muchas cosas. Si me dan a elegir, siempre elegiré las clases de cada día, donde todos tenemos la oportunidad de entendernos a largo plazo, en lugar de la obligación de brillar y transmitir la esencia de algo en dos o tres horas, o en media si el ponente es genial, o el tema escaso. Pero si tuviera que elegir algo, escogería siempre o casi siempre ser de los que están sentados aprendiendo, y más si he podido seleccionar a la persona que puedo escuchar, o el tema, o si hay diálogo, o si voy con alguien con quien poder compartir. Necesito aprender. Y esto significa que alguien tiene que enseñarme. Pero, ¡claro!, soy de los que quieren aprender, de lo que sea, de la forma que sea. Cuando no hay ponente en directo, los busco en youtube, o en sus blogs, o en sus libros. Siempre aprendiendo.

Tampoco hay que confundirse. Quien da una charla no sabe exactamente los tipos de oyentes que hay. Verá caras. Que no siempre dicen la verdad. Sólo quien escucha puede hacer una taxonomía real, incluso a partir de su propia experiencia. Pasividad, o escucha activa, o indiferencia supina; cuando sabes más que quien habla, o cuando quieres aparentar más, o cuando desearías saber más, o cuando reconcoes tu ignorancia y te empapas del todo; cuando te entran ganas de hablar, de preguntar, de sentarte a hacer propuestas, o cuando te ves mudo; cuando atiendes porque es graciosa, o cuando lo que se dice te parece excesivo, o cuando supera tus posibilidades. Quien escucha tiene la oportunidad de hacer esta clasificación. Y yo, que me lo sé un poco, y que disfruto siendo alumno, he visto caras de todos los tipos. Atentas, distraídas, en sus cosas, en mundos paralelos. Lo curioso es que estando allí, cara a cara, todavía algunos se planteaban si internet era una realidad paralela, o una virtualidad desconexa de la vida corriente. Insisto, estaba allí, delante, igual que ellos estaban, y algunos, en sus propios mundos. Heráclito, que no conoció ni la red ni las redes sociales, ni tuvo cuenta de Tw y de Fb ya lo dijo. El problema es antropológico, y debe responder a la pregunta: ¿En qué mundo vives? ¿Un mundo común, de todos, o en tu propio mundo, en lo tuyo?

Quienes hablan de internet a la ligera, me parece, siguen en lo suyo. Son “los dormidos”, que diría Heráclito.

Por suerte creo que la mayoría estaba escuchando, como entre mis alumnos. Y la próxima me voy de alumno. Siempre aprendo algo, porque sé lo que busco. Si no aprendo algo, aprendo mucho. Pero nunca me voy de vacío, como si nada. Y no me permito nunca decir eso. Porque no lo es. Si puedo, mañana mismo escucho una conferencia en youtube, o busco algún podcast interesante para seguir aprendiendo. Aunque siempre hay libros en el montón de los retrasos.

Ya no escucho recetas fáciles para salir de la crisis


Los primeros años todo el mundo, tanto los políticos como la gente de la calle, sabía lo que se tenía que hacer y defendía sus ideas hasta el extremo. Se mentían unos a otros, y lo que es peor, alguno llegó a creerse sus propias mentiras. Hoy, sin embargo, lo que se habla deja entrever el lamento triste y melancólico de quienes añoran tiempos mejores, aunque fueran mera quimera, en los que se estaba bien, pero no se era bueno. Y las recetas han sido silenciadas por cálculos y números contables. Por la calle se cuentan los años que tardará en pasar la crisis, como si esto fuera un huracán o un mal temblor de tierra. Sólo algunos, y calculo que no son muchos hasta el momento, se atreven a hacer otros planteamientos y toman partido por algo más que las insignias de los partidos. No creo que haya respuesta ni planteamiento firme en la indignación, aunque mucho menos aún en la resignación y el conformismo. Ahora, que todos parecen darse cuenta y enterarse de que esto va en serio, protesten contra quienes protesten, las propuestas se echan en falta.

Cierto es que hay “sabios” que pudieron predecir la crisis. Dentro y fuera de las universidades. Con o sin la cultura de los libros. Para muchos era más que evidente que todo lo que se estaba montando un día se vendría abajo. Demasiado cambio en tan poco tiempo, y sin fundamento. Pero, ¿estamos buscando ahora a quienes tienen algo que decir para superar este tiempo?

Pasó de moda lo de querer ser feliz


El día que esa frase tenga sentido, estaremos perdidos. No seremos capaces ni de disfrutar de lo que tenemos ni de lo que queda por venir, como tampoco estaremos dispuestos a corregir nuestro rumbo cuando éste esté equivocado. Mucho menos, por tanto, a pedir perdón, buscar justicia, apostar por la amistad en los malos momentos. Y aquellos que defienden la indiferencia absoluta habrán conseguido su objetivo. El peor y el más trágico de todos ellos, el más destructivo y desalentador.

Ese momento, en el que se haya colado semejante indefensión ante la nada y el todo vale, expresión de algo más exagerado que el relativismo, creo que nunca llegará.

Podremos proponer una felicidad falsa, y confundir a muchos. Se dará, si no se ha dado ya, el caso en el que la sociedad maree la perdiz para no afrontar con decisión la felicidad en sentido pleno, conformándose con felicidades fragmentadas y mediocres, hechas de cosas de cada día que sustentan vidas para ir tirando, a la espera de un día que no puede demorarse demasiado en el que hacer y vivir algo diferente, rompiendo con la rutina. Se dará, si no se ha dado ya, que la mayoría apueste por unas formas y modos, por la satisfacción de sus carencias al estilo de los parches que quitan el mono de algo más. O incluso se dará la situación, paradójica, en el que unos y otros, divididos como en sectores imaginarios de la sociedad aspiren cada uno por separado a una felicidad concreta, cada uno según su clase, según su especie, según su condición de partida, sin preguntarse más allá de las fronteras que impiden que lo de uno cuestione a lo de los otros, poniéndose de acuerdo en quién es verdaderamente feliz.

Podrá darse todo esto, y mucho más. Y, sin embargo, auguro y profetizo que nunca el hombre podrá renunciar a su sed de felicidad honda y definitiva, de vida bien vivida, de intensidad adecuadamente entendida. Y que, pase lo que pase, seguirá soñando, bien despierto o bien en vigilia, y existirán resquicios en los que el corazón reclame aquello que la razón se niegue a querer escuchar o comprender abiertamente. Esta batalla, la que pretenda negar u ocultar esta pregunta radical formulada universalmente y a cada uno en particular, nunca podrá ser extirpada de la vida de las personas. Haga lo que haga, permanecerá. Viva lo que viva, será elemento evaluador, que discierna la existencia, que la abra de par en par, que la descomponga sinceramente hasta encontrar algo que merezca la pena ser vivido hasta el punto de dar la vida por ello.

En internet también se dan relaciones sinceras, nada superficiales


Esta tarde debatíamos en mesa ovalada sobre el tipo de relaciones que se dan en internet, y del “modo de estar” en este espacio público tan amplio y diverso. Y el tema no resulta nada fácil, ni dedicándole tiempo. Podemos hacer un análisis detallado de la situación real de jóvenes y adultos en las redes sociales, y encontraremos a ciencia cierta de todo lo habido y por haber. Desde la falsa identidad hasta la relación más auténtica. Entiendo que para valorar ambas lo que hacemos es “verlas desde fuera”. Y aquí me parece que hay un criterio que puede ser clave y decisivo a la hora de pronunciar nuestro “juicio” al respecto: a mayor autenticidad, con más facilidad traspasará los muros virtuales de la red y se encontrará en un cara a cara directo, no mediatizado; lo digo porque la “falsa identidad”, la relación pobre y engañosa se ve encerrada y limitada a la red de forma exclusiva. De modo que, para que se puedan dar relaciones no superficiales ni efímeras, ni vulgares y simplonas, hace falta introducir en la red la propia vida, estar como en la vida misma, sin que existan las famosas dicotomías y diferencias que hacemos habitualmente en la teoría. Claro que, de máscaras y engaños, ya estábamos cansados de escuchar hablar antes incluso de la era de las redes sociales. Y, si bien entiendo que hay un modo nuevo, que aprender en tanto que nuevo, de estar en la red, también es cierto que ese aprendizaje sólo es posible hacerlo haciéndolo, aceptando limitaciones y equívocos, purificando y estando despiertos a las consecuencias que se provocan. Las posibilidades y los problemas no están en la red, sino en las personas que entran a formar parte de ellas, y de sus motivaciones e intenciones.

Por lo tanto, entiendo que internet es un espacio en el que es posible, sin duda alguna, conectar algo más que ordenadores entre sí, o perfiles entre sí, o palabras entre sí, generando una verdadera comunidad, una auténtica relación personal, sea de amistad, esa de compañerismo, sea de colaboración. Y esta autenticidad, como en todo, salvará a la red de la mediocridad. Otra cosa es que, dadas las dimensiones de la vida de las personas, quiera alguien hacer valer que con todos los “amigos de facebook” o “seguidores de twitter” o “lectores de blog” se establezca el mismo grado de intensidad. Algunos todavía preguntan sobre esto, si conoces o no conoces a todos. Y la respuesta, como en la vida misma, entiendo que es un claro y rotundo no. Se establecen, como no puede ser de otro modo, grados de relación y de colaboración, de diálogo y de discusión. E insisto, ¡como en la vida misma! Y siendo como en la vida misma, entiendo por tanto que es, como poco, normal, aunque yo lo valoro como de lo más humano. El problema está en que las personas no sean capaces de graduar estas relaciones, o la dejen en dos simples planos: el público y el privado. Sin aprovechar los medios de los que dispone la misma red para hacer seguimientos diferenciados de personas, o para compartir en grupos y niveles diferentes. Insisto en que muchos de los problemas que se ponen a la red y a las redes provienen de la falta de educación y de la carencia de conocimientos suficientes sobre el medio en el que nos movemos. Somos demasiado nuevos, y nos perdemos en ocasiones y cometemos fallos. ¡Como en la vida misma!

Por otro lado, mi experiencia no puede sino invalidar las críticas que tantas veces escucho. Parto de que no es oro todo lo que reluce. ¡Como en la vida misma! Sin embargo, me quito el sombrero ante ciertos diálogos que he presenciado y en los que he participado en internet, a través de Twitter o de Facebook, y de igual modo ante conversaciones en las que, de forma clara, directa y sencilla, más de una persona -a la semana- comenta en privado alguna situación personal en forma de mensaje de búsqueda. Incluso a través de la lectura de blogs, o páginas web. Existe un mundo completo aquí, en la nube, conformado por aquello que debajo de la nube se refleja. Al igual que hay tiendas, centros comerciales, y ocio por doquier, también existen casas y viviendas acogedoras, o espacios públicos en los que conversar. Y me parece muy significativo que, lo que mayor auge tiene, sin lugar a dudas, son las redes sociales. No los blogs, con entradas largas y tediosas, sedudas y reflexivas como este blog, sino el mundo de la inmediatez de la presencia de unos con otros a través de perfiles, de fotos, de estados, de frases, de comentarios, de links, de “me gusta”, de “comparto”, y de tantas otras cosas. Sin duda alguna, y ahí están los datos para comprobarlo, lo que engancha el corazón de la persona es otra persona, con sus palabras e interrogantes. E, insisto una vez más, ¡esto da mucho que pensar!

Mensaje del Sínodo para la Nueva Evangelización


Resumo en 10 frases el mensaje final del Sínodo:

  1. Toda persona está sedienta y quiere saciar su sed. Es necesario orientar la búsqueda del hombre. Conducir al los hombres y mujeres de nuestro tiempo al encuentro con Jesús. Una urgencia de todo tiempo.
  2. La situación social y cultural nos llama a reavivar la vivencia de nuestra fe, para anunciarla. No se trata de empezar de nuevo. La fe se establece en la relación personal que entablamos con Jesús, que sale al encuentro de todo hombre. Evangelizar supone proponer al corazón y a la mente de todo hombre la contemplación del Señor. La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo para el encuentro. Iglesia de comunión de personas, fraterna y acogedora, iglesia que celebra su fe e invita al banquete del Reino. Sigue leyendo

Con tu voz, suena mucho mejor


Toda la palabra rescata y libera. Ojalá supiésemos que esto es verdad.

Porque hasta el momento muchas cosas se podían confundir con la imaginación, y no saber si han existido realmente, si habían sido cábalas y cálculos de papel frágil. Voces bien sabemos que hay muchas, algunas que nos atrapan en las sombras de Platón o en lo accidental de Aristóteles, o enlas dudas y engaños de sueños y de ilusiones creadas por el miedo a soportar dudas con ritmo y sistematicidad. Hay muchas voces, bien lo sabemos. Y no todas son iguales.

Hay voces que rescatan y liberan, porque dejan de ser simplmente voces y se transforman en palabras, porque lo que se ha publicado en el teclado o con tinta o con lápiz de color, cuando se lee tiene un lector, y este ejercicio le da una nueva dimensión, una entonación nueva, un impulso variado, un acento propio. Porque ha rescatado de entre todo lo dicho  la esencia y sustancia, y entonces se hace luz en lo fundamental, en lo que es comprensible, en lo que es pensable, en lo que es sentido y consentido, sentimiento común que une, y pensamiento que unifica y dirige. Porque ciertas voces y palabras tiene la fabulosa cualidad de describir el alma y casi tocarla, haciendo un dibujo de sus límites y describiendo sus colores, sus pasiones, sus entusiasmos. Ciertas, y no todas, fueron escritas e introducidas en botellas que navegaron grandes mares pidiendo auxilio, y otras susurradas al oído con su presencia. Detrás de cada voz, hay una persona, solo una, y no dos. Aunque esa palabra los une, al primero por autor y responsable, al segundo por destinatario y receptor. Hay voces que son capaces, insisto, de palpar el alma y obrar como el espíritu hasta el punto de confundirse con ellas. Palabras que son alma, voces que son espíritu. Una frontera difícil de trazar, hermosamente difícil de ver. Dónde poner el límite si se parecen tanto entre sí.

Porque tu voz refleja y hace pensar, porque despierta al mundo común, porque aporta lo que no se ha visto ni se ha vivido, porque suele ser una palabra que nace de la experiencia concreta, de la vida vivida o deseada. No pienso en palabras que fueron guardadas en magnetofones, ni en palabras que fueron secuestradas en cintas, ni en palabras grabadas en músicas adolescentes. Pienso en las palabras serias, en las voces únicas, en las voces del momento. En el top ten de la existencia, en aquellos que están a tu lado, no en otro. Muy cerca, y no muy lejos. En voces, y palabras que puedes oír, sin descodificar, sin mandar callar la realidad, sin necesidad de ser gritado. Voces que se escuchan precisamente por no estar solo. Y voces, dirigidas hacia ti, que provocan diálogo. Otras voces, que no son para ti, no son ni siquiera palabras sino ruidos, cotilleos escuchados, ingerencias e intromisiones. La voz que es para ti, la voz a ti debida, ésa es la importante. Porque la realidad, creo, no se puede contar en soledad. Son muchos los fantasmas que aprecen en la soledad del hombre que permanece solitario y quiere hacerlo todo por sí mismo. Porque, en el fondo, sabemos bien que no es bueno que el hombre esté solo. Y esto, cuando es Dios quien lo dice, suena mucho mejor.