Razones por las que no leo ciertos libros y no escucho ciertas conferencias


Hay mucho libro escrito, y mucho escritor. Mejor navegar sobre algunas de sus letras. Yo al menos, no me considero un buen escritor, y mucho menos alguien que tenga mucho que enseñar. Disfruto el placer de escribir, eso sí. Pero acepto correcciones en todos. Sin embargo, comparto la dificultad por conseguir aclararse en este universo fantástico de libros y palabras (gente editada, por tanto, no meros blogueros, y personas que dan conferencias, no simples amigos tomando una caña o café en un bar) no resulta nada fácil.

Hoy, a propósito de una conferencia dictada por ahí por una persona nada anónima (a la cual no nombraré bajo ningún concepto, aunque él sí se permita hablar en público de otros grupos, personas con nombre y apellido, y otros a los que ni siquiera conoce ni conocerá), me pregunta un buen amigo qué opinión me merecen sus palabras. Me pregunta porque soy amigo, también porque soy educador, y también porque soy sacerdote. Tres razones de peso para mantener una buena conversación con alguien. Mi respuesta ha sido clara: “Ni le leo sus libros, ni le escucho sus conferencias.” Pero por no parecer dogmático, doy mis razones, que no son sólo mías:

  1. Porque puedo escoger. Ya pasó el tiempo en el que los profesores del colegio seleccionaban las lecturas. Cuando eran obligatorias, siempre resultaban pesadas y tediosas. Recuerdo que años después de que me mandasen para el verano “Fray Perico y su borrico” volví a dedicarle algo de tiempo, y me resultó totalmente distinto. Lo primero, entonces, por lo que no leo a determinadas personas y sí a otras es porque lo considero un ejercicio saludable de libertad y de responsabilidad con mi vida entera.
  2. Porque leer es un placer, y dialogar placer y medio. Y ciertas personas lo único que consiguen es convertir el estómago en un nido de víboras feroces, cabrearte y hacer perder los nervios. Pensamientos poco constructivos, donde todo está mal y es negativo, no los quiero cerca. Pero ni en cuestiones de teología y de iglesia, ni en relación a los jóvenes, ni hablando de sexo, ni de economía, ni de sociología, ni de nada en esta vida. Una cosa es que encuentres libros que busquen la verdad y la muestren, y otra cosa muy diferente es que te la impongan como lo único fuera de lo cual estás perdido y no hay remedio para ti. No conozco ningún documento del Magisterio en un tono similar al del autoritarismo que demuestran algunas personas.
  3. Porque soy un ignorante en determinadas cuestiones, y tengo que aprender. Y siendo así, pregunto. Porque si ya supiese mucho, no tendría que leer. Pero como no sé de determinadas cuestiones tengo que seguir preguntando. Ahora bien, no pregunto a cualquiera. Porque conozco algunos que saben menos que yo, y lo demuestran abiertamente. Me fio de aquellos que saben, y además son gente que me merece crédito. No he empezado, por ejemplo, a leer Ulises de Jamen Yoice porque no tengo nada mejor que hacer en mi vida. Lo leo por razones afectivas, entre otras muchas curiosidades intelectuales.
  4. Porque leer algunos libros resulta peligroso. Como ir por determinadas calles. Al menos en mi caso, intento respetarme al máximo y no descuidarme de cualquier manera. Poner mi vida delante de un libro cualquiera puede significar que me insulten, que me desprecien, que no deseen lo mismo que yo. Hay libros que son maliciosos y malos, no sólo literariamente hablando. Hay gente que escribe con ánimo decidido por insultar a otros. Pues de esos libros, conferencias y discursos, personalmente prescindo. Mis lecturas, entre otras cosas, me tienen que ayudar a ser mejor, es decir, a querer más y confiar más, a ser autocrítico y ejercer misericordia, a buscar la comunión y el bien común. Otras cuestiones me parece que vienen sólo a sembrar cizaña en campos que ya habían sido previamente sembrados. De igual modo, no me merece la pena un libro religioso, por ejemplo, que no sea abiertamente dialogante y tenga fundamento.
  5. Porque conocemos a las personas, y a las corrientes en las que beben. Unos en ríos apacibles y puros, otros en aguas contaminadas. ¿Qué diríamos de alguien que adopta posturas similares a las de los hitlers y los stalins de la vida, cuyas acciones han demostrado odio decidido a la humanidad? Curiosamente, somos más permisivos, creo, con unos que con otros. La diferencia entre uno y otro está en los medios empleados, simplemente, para eliminar a sus semejantes. Algunas de las personas que con más decisión desean la separación de poderes, de la iglesia y el estado, son las más ideologizadas. Y se nota, con un poco de criterio. Con leer una vez algo es suficiente, porque el resto será una simple repetición de lo ya sabido. Utilizando otros moldes, exactamente igual que lo de antes.
  6. Porque se pueden diferenciar libros en tres categorías: los actuales, los clásicos, y los que se perderán en la historia. Y no quiero confundirme en esto. Puedo leer de los primeros y de los segundos, pero no paso por sostener con mi pensamiento y con mis criterios algo que sé que ha pasado ya a la historia. Hay libros que pertenecen a otros contextos, a otras perspectivas, a otras personas por tanto. A mí me toca lo de ahora, y nutrirme bien, eso sí, de lo que la historia ha seleccionado. La historia es una grandísima maestra que nos pide leer a Shakespeare, a Lope de Vega, a Calderón, a Platón y a Aristóteles… y a tantos otros por algo en concreto. Serán lecturas más exigentes, probablemente. Pero no puede comerse un buen chuletón cualquier persona. Quien prefiere potitos y golosinas toda su vida, pues… El caso es que yo no. En lo de ahora me puedo confundir, y tendré que ser paciente. Quizá algo que me parezca maravilloso no lo sea. O lo sea sólo para mí. Pero lo que “ha pasado”, y huele a que no ha dejado vida tras de sí, no lo leo, ni le presto atención. Espero saber explicarme bien.
  7. Por último, por no alargarme, por sus frutos. Posturas que parecían de lo mejor han resultado ser de lo más destructivo. Y otras, menos agitadas y manipuladas, han servido de otro modo.

Querido amigo, no te cabrees demasiado. Siempre hemos tenido de esos que defiende sólo lo suyo, su verdad y su perspectiva, y se aferran al poder que otros le dan escuchándole y hablando de él. Mejor, en cualquier caso, seguir pasando página de la historia. De lo suyo, no quedará casi nada.

El día que conocí a Madre Teresa de Calcuta


Hoy celebramos su memoria. Hace quince años que dejó este mundo, aunque ahora que lo escribo me suena a demasiado. Nos hacemos eco profundo, agradecido, y festivo. No sólo en la Iglesia, sino todo el mundo.

Muchos todavía sabemos de ella, de su vida, seguíamos sus noticias, incluso se viajaba a Calcuta para mayor proximidad, para colaborar en sus casas de acogida para los más pobres y solos de la India. De hecho, creo que desde siempre he asociado Calcuta con Madre Teresa, y espero no ser el único. Pero cuando hablo en la escuela y entre los jóvenes, ya no la tienen presente. Nos hemos olvidado, no sé bien por qué ni a quién le resulta incómodo su recuerdo. Junto a ella, el siglo XX, como todos los siglos, han estado plagados de personas que consideramos “personajes”, “vidas célebres”, “adelantos de una humanidad plena”. Tengo miedo de que olvidemos a los buenos, y mantengamos sólo el recuerdo de los malos.

Aquella mujer pequeña vestida con la ropa tradicional de la India, natural de Albania, de mirada reservada e intensa, rodeada siempre de gente a quien servir. Las imágenes que conservo de ella son casi de una anciana encorbada, con múltiples arrugas en la frente, y activa entre las camas del hogar del moribundo. Curando heridas, cargando con los niños, saludando amablemente a todos. Mujer que respiraba a Dios por los cuatro costados. No tenía tiempo para grandes discursos, por lo que sus palabras se condensaban. Sin excesivas teorías, excesivamente práctico, llegando al alma. Aunque hablase a toda la humanidad se puede decir que llegaba a cada uno. Escuchar su historia era todo un privilegio. Qué testimonio vocacional, qué fidelidad al Espíritu. Aquella mujer cautivaba por su radicalidad y total entrega. Era un ejemplo vivo, palpable. Santidad encarnada, sin hacerse más que nadie. Humildad, sencillez, cercanía. Nadie sobraba a su lado. Todas las manos resultaban insuficientes. Un corazón gigante donde todos tenían un lugar, con preferencia para los últimos. Siempre buscando querer más que ser querida, refugiándose en el silencio y la oración, huyendo de las cámaras. Su casa, un rincón pobre, un hogar para el Reino. Jesucristo siempre presente y recordado, en cada esquina, en cada persona, en cada detalle y gesto. ¡Qué privilegio haber conocido a Madre Teresa! ¡Qué privilegio poder recordar, hacer memoria, saber y creer que es posible!

Ojalá no olvidemos. Sería triste su memoria, aunque no invalida su legado. Universal, para todos, por todos, sin resquicios a la división. Continúa actuando. Su ropa, en sus monjas. Sus pobres, siempre estarán con nosotros. Encontró su lugar, respondió a su vocación por entero. Este totalmente significa en toda su vida, también en todo espacio y tiempo. Por eso llega hasta ahora.

Había oído hablar de Madre Teresa en la televisión y en mi casa. Mis padres no ahorraban alagos. ¡Qué mujer! Mi tía me regaló un pequeño libro con su firma unas Navidades. Incendiario, apasionante, plagado de más amor que indignación, con la esperanza propia de quien sabe que lo está dando todo sin reservas e incondicionalmente, sin esperar nada a cambio de aquellos a quienes amaba. Deseé lo mejor, lo más grande en cada página. También yo quería que Dios me llamara para algo así; tiempo después he comprobado que se había hecho realidad esta deseo, que Dios sueña así a todo hombre, mujer, niño y anciano. Leerla resultaba impactante. Las palabras grandes no se hacían pesadas, sino posibles. Aquella mujer estaba viva, dando vida en medio de la muerte y del sufrimiento, como fermento en medio de la humanidad, en una pequeña casa de un pequeño rincón del mundo. Recuerdo que pensé entonces que cambiar el mundo era posible, lo compartí con uno de mis profesores en clase, y mi maestro se rió de mí llamándome ingenuo. ¡Qué pena de adulto! Madre Teresa creció e hizo posible, sin plegarse al orden establecido, sólo encorvándose ante los que amaba.

Lo dicho, conocí a Madre Teresa a través de un pequeño libro, que ojalá hoy conservase y pudiera regalárselo a alguien. Me lo regaló mi madrina de bautismo. Una monja pequeña, de aspecto parecido al suyo. También seria y alegre al tiempo, profunda y cercana. Amable con su ahijado, pendiente de mi fe. Me lo regaló por Navidad, y ese mismo día comencé a leerlo. Por lo que creo que conocí a Madre Teresa el día de Navidad, 25 de diciembre. Yo tenía 16 años. Un año después Madre Teresa pasó al cielo. Es todo el trato que pude tener con ella, y no caerá en el olvido. Si hubiera ido a Calcuta os podría contar más. Todavía quedan testigos directos. Tengo el privilegio de conocer a dos, cuyas vidas cambiaron.

Leer “Glaubhaft ist nur Liebe”


Pongo el tíulo en alemán porque he leído sus dos versiones en español, y no se me ocurrirá intentarlo en su lengua original. Hans Urs von Balthasar escribe Sólo el amor es digno de fe sin darse cuenta de que al tiempo puede ser leída como prólogo y síntesis de toda su grandísima obra teológica. El superlativo anterior aseguro que no tiene nada de retórico en ningún sentido. Enorme en su extensión y gloriosa en su profundidad.

He preferido el título alemán para que nadie se lleve a engaño. A mí me sedujo rápidamente el castellano, y cuando comencé a leer el librito, pequeño en edición y de escasas 140 páginas, me quedé al final con un sabor de boca agridulde. Tenía entonces 20 años, pero me volvería a dejar seducir con unos pocos más como ahora tengo.

Sabía, porque estaba estudiando entonces, que tenía en mis manos a uno de los grandes de la época moderna que a mí también me ha tocado vivir. Y reconocía que no me estaba enterando de nada. De hecho, no hace mucho, una persona se quedó dormida mientras leía en voz alta, y con mucha pasión y encanto, alguna de sus páginas. Añado que ahora puedo entender un poco más gracias a la promesa que hice al finalizar mi último examen de Teología: leer la obra de este autor; algo que todavía no he conseguido, pero que desde mi escritorio me deja ver nada menos que 15 de sus volúmenes. No es, por tanto, a mi entender lectura fácil ni cómoda para nadie. Y por eso mismo, entre otras cosas, ¡merece mucho la pena y el esfuerzo y el intento y la paciencia! Mi primera edición está llena de subrayados con post-it, y la segunda la conservo casi intacta por el aprecio que tengo a quien la tradujo. Recomiendo encarecidamente la segunda, de 2004. En cuanto apareció en el mercado me lancé a su adquisición. Lo dicho, que he tardado años en comprender que aquí hay mucho dicho y muy concentrado. Se deja leer, ayuda sin duda alguna, ordena el pensamiento, lanza a la acción y al agradecimiento, te sientes perdonado, descubres qué es justificación, qué es gloria, qué es amor… pero queda plantado como semilla. Volver a su lectura, cada cierto tiempo (años), supone nuevos descubrimientos, compartir más diálogo con lo vivido, asentir todavía más que en el inicio. Y seguir confiando, seguir creyendo, seguir amando.

Algún amigo agnóstico, que se decía ateo en otros tiempos a la ligera, me ha comentado partes de esta pequeña obra en conversaciones que guardaré eternamente conmigo. Ojalá los creyentes dedicaran más tiempo a hablar entre ellos de este modo, cultivando el tesoro común que guardan y profundizando en él. Y también, ojalá, se atrevieran a dejarse impactar por esta recuperación de la esencia del cristianismo, poniendo el acento de tal modo en el Amor mayúsculo que Dios ha dicho de sí mismo que Él es. En esta pequeña obra, insisto, se ofrece un intento de llegar al corazón de Dios, del Dios que se ha comunicado y donado a sí mismo, del Dios que ha abrazado infinitamente a la humanidad en la Cruz salvado toda distancia, del Dios que ha mostrado su Gloria e invitado a participar de ella en Cristo Jesús+.

Leer a Mafalda


Quino debería haber sido prohibido hace mucho, mucho tiempo. Igual que en la frase anterior se agolpan verbos en sucesión, de la misma manera en sus viñetas simples y sencillas se refleja la técnica del dibujo, mediación para algo infinitamente mayor, de increíble arte, de aguda visión de pasado, presente y futuro. Son acciones, más que palabras.

La lectura del infantil cómic de Quino, en un mundo en el que lo adulto está cargado de color, de movimiento, de tensión y de lucha, queda reservada para quienes han sido punzados por la vida, tienen tiempo para detenerse a soñar y pensar un mundo más justo, y azuzan su conciencia y la ajena. En su tiempo hicieron gracia, como de costumbre, a unos pocos. Y sigue siendo fiel a su inclinación primera. ¡A unos pocos no hará gracia! De estos pocos hay que preocuparse porque no quieren pensar, ni poco, ni mucho, ni demasiado. Simplemente no quieren pensar. Y esto no deja de ser preocupante. Deberíamos llenar un día las redes sociales del mundo de Mafalda, y diagnosticar los males de nuestro mundo. Así sanará. Con cuidado, cariño e inteligencia.

Leer a Sófocles


De los tres grandes, probablemente sea injusta la comparación, se coloca el tercero en mi lista. Me refiero a sus otros dos compañeros, Esquilo y Eurípides. Y los tres juntos, a gran distancia de tantos otros que a pesar de distanciarme menos años de ellos, considero que no pueden llegar fácilmente a su altura. A Sófocles te lo puedes llevar de viaje en un libro pequeño, porque sólo conservamos de él siete obras completas.  Lo cual hace fácil entregarse, en sus relatos como en una buena película, al sueño de un final feliz que sería terriblemente injusto. De hecho, hacíamos de su lectura una tarea común en las clases de Cultura Clásica. Porque, sin duda alguna, todo teatro llega a su cumbre, y no puede en esencia prescindir de la multitud de voces cantando acompasadas y al unísono. Los coros se ponen de acuero para entrar en esena en su momento, las risas y los llantos de quienes asisten impasibles al trágico fluir de los acontecimientos permanecen prudentemente en la sombra sin interrumpir el desgarrador espectáculo final.

De entre sus obras, Antígona simboliza, detrás de un rostro y nombre femenino, la fuerza de oposición a las leyes injustas, aunque se plega dócilmente a su vez al modelo de las grandes tragedias. Una contradicción insalvable, como si sólo en pequeños detalles las microhistorias  portasen algo del destino de toda persona, alejándose a su vez del gran destino de la humanidad. Quiere ser libre, tan libre que no escucha, no atiende, no presta atención suficiente. No tanto a la Ley, que conoce, sino a las consecuencias por las que ésta se impone como lo mejor, lo recto, y maneja de este modo sus voluntades más íntimas, incluso familiares, privadas, personales.

Hoy siguen transmitiéndose ésta y otras historias narradas bellamente, descritas en su tiempo, en el nuestro y atemporalmente, porque no queda ninguna salida al margen de semejante fidelidad. Porque Antígona murió, y siguen existiendo irremediablemente, muchas más, todavía más, siempre más. Tramas narradas en acciones donde resurjan nuevamente el valor prohibido, el enfrentamiento noble, la insurgencia valiente, y el amor de fondo. Si has leído esta obra espero que hayas deseado guardarte palabras, que las hayas copiado incluso desprovistas de su contexto en tus cuadernos, en tus textos de anotaciones, en camisetas sin miedo a proponer alternativas carentes de las usuales consecuencias, y asumiendo noblemente incluso la terquedad de los muchos dirigidos en las sombras. Si has leído, y quieres volver a leer Antígona, hazlo en compañía, en diálogo, en conversación.

Leer a Pedro Salinas


Aprendí a leer a Pedro Salinas extramuros del colegio. Profesores de Lengua del mundo, ¡tenedlo presente! Una tarde, sin saber cómo ni por qué, llegó a mis manos un poema que me cautivó. El poema lo puedes encontrar entre La voz a ti debida y Razón de Amor. Suele pasarme esto, de repente y como por sorpresa. En no pocas ocasiones siento que miro con ojos de otras personas, que no son los míos, son los suyos. Viceversa en muchas menos ocasiones. En este caso, en algún que otro instante, siento que me ha robado algún que otro verso a mi vida misma, o a la vida misma. Como si los hubiéramos escrito juntos, con él o con otra persona, da igual. Ya sabes, “si la voz se sintiera con los ojos / ¡ay, cómo te vería!”

Lo dicho, que la poesía llegó a mi vida por casualidad. Compré un libro que agrupaba tres de sus obras. Me empapé de sus versos a ratos. Seguí aprendiendo a leer poesía, intenté no olvidar las primeras lecciones, aquella referencia esencial. Y a los dos años regalé el  libro a un alumno, no de Lengua, sino de Vida. Una asignatura que tampoco aparece entre las materias ordinarias. Me quedé un tanto solo, porque internet no ofrecía lo mismo que esas páginas que se contemplaban y pasaban. ¡Como la vida misma! Por cierto, creo en la escuela, y seguiré creyendo en ella, aunque no enseñen a Pedro Salinas, sino cosas de otros sobre Pedro Salinas.

Para cerrar el ciclo, ahora escribo prosa, artículos, reflexiones. Y fruto de una de estas publicaciones en una revista de bajo presupuesto, me preguntaron cómo podían “obsequiarme”. No lo dudé. Si es posible, les dije, ¿poesías completas de Pedro Salinas? (Nota: son 30€ en mi país, y el artículo era más bien largo y pedido con urgencia.) La respuesta afirmativa y todavía no me atrevo a decir que lo he leído entero porque voy saltando. Querida poesía: “Cuando tú me elegiste / -el amor eligió- / salí del gran anonimato / de todos, de la nada.”

Hoy quería hablar de mi libro, y ahí lo dejo. El tuyo, cuando lo leas, será seguramente diferente. Si ya lo has hecho, si lo estás haciendo, sabrás bien qué ando susurrando a los cuatro vientos.

aNobii


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