Heráclito de Twitter


Como cada año por estas fechas estudio una vez más la filosofía griega. Comienzo por los grandes presocráticos, apoyado habitualmente en el mismo libro de referencia, al que sumo algún pequeño texto más que puedo permitirme. Después me entrego con pasión a Sócrates, Platón y Aristóteles. Con ellos cambió todo. Tengo mis preferencias, y nada cambiará que comience con la Apología, siga con Protágoras, alguna carta, el Banquete, el Menón y el que trata sobre la Amistad. Poco a poco voy sumando algún que otro diálogo. Nunca me he atrevido a subrayarlos, son una joya. Sólo disfruto con su lectura y hago mis anotaciones en folios nuevamente en blanco, casi como mi pobre memoria. Por último, Aristóteles, y todo deviene complicación. Con los últimos capítulos de su Metafísica nunca hago recortes. Una vez finalizada esta ruta intensa, la Carta a Meneceo, carta magna del epicureísmo cuyos placeres se desconocen en la actualidad, y el Manual de Epicteto se hacen muy ligeros. Comienzo ahora un itinerario apasionante, que me lleva algún tiempo diario.

El caso es que este año, por primera vez, siento que Heráclito vive en Twitter todavía. Lo suyo son las sentencias, de menos de 140 caracteres. Palabras dichas con total contundencia, rotundas y enigmáticas. No en vano se le llama Heráclito el Oscuro, pero en mis clases le he desplazado su localización. Ahora será Heráclito, el de Twitter. No cualquier tuitero, sino uno de los buenos, de los implicados en las cuestiones políticas, incisivo en sus apreciaciones, y disfrutando de las máximas elaboradas. La sabiduría de Heráclito no es su sabiduría, ni su inteligencia, ni sus frases maravillosas. Para él la sabiduría es una especie de RT del Discurso, con mayúsculas, que aunque los hombres no lo comprendan está presente en todo, y conforme al cual todo sucede. Este Discurso, Palabra, Logos pone a los hombres sabios de acuerdo entre sí, porque acalla lo que tienen que decir para escuchar en común. Así todos los hombres viven en el mismo mundo. A diferencia de los que escogen, porque es posible, seguir en lo suyo y crear su propio mundo. Los sabios están despiertos, pero los otros, los que no escuchan, viven cada uno en su propio mundo.

Por muchas palabras diferentes que veamos, aunque nuestras líneas de tiempo tengan continuo movimiento, siempre subyace a ellas una única realidad. La única realidad existe, frente a las apariencias. La única realidad que interesa al sabio. Incluso detrás de cada hombre que escribe, de cada mujer que teclea, o de cada niño que se inicia. Detrás de todos ellos existe una Palabra que los unifica, que les sostiene y da sentido, que sustenta cuanto hacen, y rige con gobierno eficaz todo movimiento y cambio, en el que nos enfrentamos al ser y dejar de ser constantemente. Lo que realmente ocurre, por lo tanto, se oculta ante nuestros ojos, y debemos estar muy atentos para no conformarnos con él. Nuestra vista, que recrea a las mil maravillas lo que aparece ante nosotros, también hace de velo que cubre lo que verdaderamente importa.

Los muchos, que no son sabios, se dedican a dar su propia opinión. Dicen que piensan, y debe ser verdad. Pero no escuchan el Discurso, se conforman con poco, hacen pequeño todo cuanto existe ante ellos para controlarlo y dominarlo, a placer. Y establecen diferencias. Oyen sin comprender, y entonces se hacen los sordos. Prefieren lo suyo, que entienden. Lo que parece que ven, lo que parece que saben. Se esfuerzan por parecerse también, en ese sentido a la Palabra última, aunque sólo consiguen ser sombra y opinión. Los sabios, por el contrario, se ponen de acuerdo fácilmente entre sí. Porque sus palabras no dominan en ellos, sino que escuchan y responden, sin inventarse un mundo cómodo en el que vivir, sin hacerse los sordos, preguntando cómo puede ser esto que todos tienen en común. Pero ser sabio significa estar despierto, en un mundo que no es propio y no domino, preguntar qué hago aquí en mitad de todo esto y qué parte conformo en el conjunto, cuál es mi misión al reconocer que se participa de la vida. Sin repetir, porque los sabios no repiten sin más, las palabras de los mayores, ni hablan como dormitando. Resulta curioso que a los muchos aquello con lo que más trato tienen, su propia vida y su propia búsqueda, les resulte ajena, pequeña e insignificante, se extrañen ante ella. La verdad se les oculta a los muchos, que se hacen los sordos, y nada consigue despertarlos fácilmente.

Los mejores escogen una sola cosa a cambio de todas: la gloria imperecedera, en vez de todas las cosas mortales. Los muchos, en cambio, están saciados como un rebaño [29]

Una sola cosa es lo sabio: conocer el saber que pilota todas las cosas a través de todas las cosas [41]

Me investigué a mí mismo [101]

Si no espera lo inesperado, no lo encontrará, dado que no es rastreable ni accesible [18]

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Razones por las que no leo ciertos libros y no escucho ciertas conferencias


Hay mucho libro escrito, y mucho escritor. Mejor navegar sobre algunas de sus letras. Yo al menos, no me considero un buen escritor, y mucho menos alguien que tenga mucho que enseñar. Disfruto el placer de escribir, eso sí. Pero acepto correcciones en todos. Sin embargo, comparto la dificultad por conseguir aclararse en este universo fantástico de libros y palabras (gente editada, por tanto, no meros blogueros, y personas que dan conferencias, no simples amigos tomando una caña o café en un bar) no resulta nada fácil.

Hoy, a propósito de una conferencia dictada por ahí por una persona nada anónima (a la cual no nombraré bajo ningún concepto, aunque él sí se permita hablar en público de otros grupos, personas con nombre y apellido, y otros a los que ni siquiera conoce ni conocerá), me pregunta un buen amigo qué opinión me merecen sus palabras. Me pregunta porque soy amigo, también porque soy educador, y también porque soy sacerdote. Tres razones de peso para mantener una buena conversación con alguien. Mi respuesta ha sido clara: “Ni le leo sus libros, ni le escucho sus conferencias.” Pero por no parecer dogmático, doy mis razones, que no son sólo mías:

  1. Porque puedo escoger. Ya pasó el tiempo en el que los profesores del colegio seleccionaban las lecturas. Cuando eran obligatorias, siempre resultaban pesadas y tediosas. Recuerdo que años después de que me mandasen para el verano “Fray Perico y su borrico” volví a dedicarle algo de tiempo, y me resultó totalmente distinto. Lo primero, entonces, por lo que no leo a determinadas personas y sí a otras es porque lo considero un ejercicio saludable de libertad y de responsabilidad con mi vida entera.
  2. Porque leer es un placer, y dialogar placer y medio. Y ciertas personas lo único que consiguen es convertir el estómago en un nido de víboras feroces, cabrearte y hacer perder los nervios. Pensamientos poco constructivos, donde todo está mal y es negativo, no los quiero cerca. Pero ni en cuestiones de teología y de iglesia, ni en relación a los jóvenes, ni hablando de sexo, ni de economía, ni de sociología, ni de nada en esta vida. Una cosa es que encuentres libros que busquen la verdad y la muestren, y otra cosa muy diferente es que te la impongan como lo único fuera de lo cual estás perdido y no hay remedio para ti. No conozco ningún documento del Magisterio en un tono similar al del autoritarismo que demuestran algunas personas.
  3. Porque soy un ignorante en determinadas cuestiones, y tengo que aprender. Y siendo así, pregunto. Porque si ya supiese mucho, no tendría que leer. Pero como no sé de determinadas cuestiones tengo que seguir preguntando. Ahora bien, no pregunto a cualquiera. Porque conozco algunos que saben menos que yo, y lo demuestran abiertamente. Me fio de aquellos que saben, y además son gente que me merece crédito. No he empezado, por ejemplo, a leer Ulises de Jamen Yoice porque no tengo nada mejor que hacer en mi vida. Lo leo por razones afectivas, entre otras muchas curiosidades intelectuales.
  4. Porque leer algunos libros resulta peligroso. Como ir por determinadas calles. Al menos en mi caso, intento respetarme al máximo y no descuidarme de cualquier manera. Poner mi vida delante de un libro cualquiera puede significar que me insulten, que me desprecien, que no deseen lo mismo que yo. Hay libros que son maliciosos y malos, no sólo literariamente hablando. Hay gente que escribe con ánimo decidido por insultar a otros. Pues de esos libros, conferencias y discursos, personalmente prescindo. Mis lecturas, entre otras cosas, me tienen que ayudar a ser mejor, es decir, a querer más y confiar más, a ser autocrítico y ejercer misericordia, a buscar la comunión y el bien común. Otras cuestiones me parece que vienen sólo a sembrar cizaña en campos que ya habían sido previamente sembrados. De igual modo, no me merece la pena un libro religioso, por ejemplo, que no sea abiertamente dialogante y tenga fundamento.
  5. Porque conocemos a las personas, y a las corrientes en las que beben. Unos en ríos apacibles y puros, otros en aguas contaminadas. ¿Qué diríamos de alguien que adopta posturas similares a las de los hitlers y los stalins de la vida, cuyas acciones han demostrado odio decidido a la humanidad? Curiosamente, somos más permisivos, creo, con unos que con otros. La diferencia entre uno y otro está en los medios empleados, simplemente, para eliminar a sus semejantes. Algunas de las personas que con más decisión desean la separación de poderes, de la iglesia y el estado, son las más ideologizadas. Y se nota, con un poco de criterio. Con leer una vez algo es suficiente, porque el resto será una simple repetición de lo ya sabido. Utilizando otros moldes, exactamente igual que lo de antes.
  6. Porque se pueden diferenciar libros en tres categorías: los actuales, los clásicos, y los que se perderán en la historia. Y no quiero confundirme en esto. Puedo leer de los primeros y de los segundos, pero no paso por sostener con mi pensamiento y con mis criterios algo que sé que ha pasado ya a la historia. Hay libros que pertenecen a otros contextos, a otras perspectivas, a otras personas por tanto. A mí me toca lo de ahora, y nutrirme bien, eso sí, de lo que la historia ha seleccionado. La historia es una grandísima maestra que nos pide leer a Shakespeare, a Lope de Vega, a Calderón, a Platón y a Aristóteles… y a tantos otros por algo en concreto. Serán lecturas más exigentes, probablemente. Pero no puede comerse un buen chuletón cualquier persona. Quien prefiere potitos y golosinas toda su vida, pues… El caso es que yo no. En lo de ahora me puedo confundir, y tendré que ser paciente. Quizá algo que me parezca maravilloso no lo sea. O lo sea sólo para mí. Pero lo que “ha pasado”, y huele a que no ha dejado vida tras de sí, no lo leo, ni le presto atención. Espero saber explicarme bien.
  7. Por último, por no alargarme, por sus frutos. Posturas que parecían de lo mejor han resultado ser de lo más destructivo. Y otras, menos agitadas y manipuladas, han servido de otro modo.

Querido amigo, no te cabrees demasiado. Siempre hemos tenido de esos que defiende sólo lo suyo, su verdad y su perspectiva, y se aferran al poder que otros le dan escuchándole y hablando de él. Mejor, en cualquier caso, seguir pasando página de la historia. De lo suyo, no quedará casi nada.

El día que conocí a Madre Teresa de Calcuta


Hoy celebramos su memoria. Hace quince años que dejó este mundo, aunque ahora que lo escribo me suena a demasiado. Nos hacemos eco profundo, agradecido, y festivo. No sólo en la Iglesia, sino todo el mundo.

Muchos todavía sabemos de ella, de su vida, seguíamos sus noticias, incluso se viajaba a Calcuta para mayor proximidad, para colaborar en sus casas de acogida para los más pobres y solos de la India. De hecho, creo que desde siempre he asociado Calcuta con Madre Teresa, y espero no ser el único. Pero cuando hablo en la escuela y entre los jóvenes, ya no la tienen presente. Nos hemos olvidado, no sé bien por qué ni a quién le resulta incómodo su recuerdo. Junto a ella, el siglo XX, como todos los siglos, han estado plagados de personas que consideramos “personajes”, “vidas célebres”, “adelantos de una humanidad plena”. Tengo miedo de que olvidemos a los buenos, y mantengamos sólo el recuerdo de los malos.

Aquella mujer pequeña vestida con la ropa tradicional de la India, natural de Albania, de mirada reservada e intensa, rodeada siempre de gente a quien servir. Las imágenes que conservo de ella son casi de una anciana encorbada, con múltiples arrugas en la frente, y activa entre las camas del hogar del moribundo. Curando heridas, cargando con los niños, saludando amablemente a todos. Mujer que respiraba a Dios por los cuatro costados. No tenía tiempo para grandes discursos, por lo que sus palabras se condensaban. Sin excesivas teorías, excesivamente práctico, llegando al alma. Aunque hablase a toda la humanidad se puede decir que llegaba a cada uno. Escuchar su historia era todo un privilegio. Qué testimonio vocacional, qué fidelidad al Espíritu. Aquella mujer cautivaba por su radicalidad y total entrega. Era un ejemplo vivo, palpable. Santidad encarnada, sin hacerse más que nadie. Humildad, sencillez, cercanía. Nadie sobraba a su lado. Todas las manos resultaban insuficientes. Un corazón gigante donde todos tenían un lugar, con preferencia para los últimos. Siempre buscando querer más que ser querida, refugiándose en el silencio y la oración, huyendo de las cámaras. Su casa, un rincón pobre, un hogar para el Reino. Jesucristo siempre presente y recordado, en cada esquina, en cada persona, en cada detalle y gesto. ¡Qué privilegio haber conocido a Madre Teresa! ¡Qué privilegio poder recordar, hacer memoria, saber y creer que es posible!

Ojalá no olvidemos. Sería triste su memoria, aunque no invalida su legado. Universal, para todos, por todos, sin resquicios a la división. Continúa actuando. Su ropa, en sus monjas. Sus pobres, siempre estarán con nosotros. Encontró su lugar, respondió a su vocación por entero. Este totalmente significa en toda su vida, también en todo espacio y tiempo. Por eso llega hasta ahora.

Había oído hablar de Madre Teresa en la televisión y en mi casa. Mis padres no ahorraban alagos. ¡Qué mujer! Mi tía me regaló un pequeño libro con su firma unas Navidades. Incendiario, apasionante, plagado de más amor que indignación, con la esperanza propia de quien sabe que lo está dando todo sin reservas e incondicionalmente, sin esperar nada a cambio de aquellos a quienes amaba. Deseé lo mejor, lo más grande en cada página. También yo quería que Dios me llamara para algo así; tiempo después he comprobado que se había hecho realidad esta deseo, que Dios sueña así a todo hombre, mujer, niño y anciano. Leerla resultaba impactante. Las palabras grandes no se hacían pesadas, sino posibles. Aquella mujer estaba viva, dando vida en medio de la muerte y del sufrimiento, como fermento en medio de la humanidad, en una pequeña casa de un pequeño rincón del mundo. Recuerdo que pensé entonces que cambiar el mundo era posible, lo compartí con uno de mis profesores en clase, y mi maestro se rió de mí llamándome ingenuo. ¡Qué pena de adulto! Madre Teresa creció e hizo posible, sin plegarse al orden establecido, sólo encorvándose ante los que amaba.

Lo dicho, conocí a Madre Teresa a través de un pequeño libro, que ojalá hoy conservase y pudiera regalárselo a alguien. Me lo regaló mi madrina de bautismo. Una monja pequeña, de aspecto parecido al suyo. También seria y alegre al tiempo, profunda y cercana. Amable con su ahijado, pendiente de mi fe. Me lo regaló por Navidad, y ese mismo día comencé a leerlo. Por lo que creo que conocí a Madre Teresa el día de Navidad, 25 de diciembre. Yo tenía 16 años. Un año después Madre Teresa pasó al cielo. Es todo el trato que pude tener con ella, y no caerá en el olvido. Si hubiera ido a Calcuta os podría contar más. Todavía quedan testigos directos. Tengo el privilegio de conocer a dos, cuyas vidas cambiaron.

Leer a Unamuno


Si tuviese libros de Unamuno, especialmente algún título excesivamente provocador y llamativo, en las estanterías de mi casa habitada por personas que padecen y sufren, que lloran y dudan, cuyos ojos llorosos enturbian, empañan y desgarran el universo con su mirada, los retiraría al minuto. Por si acaso, tengo controlados dónde andan cada uno de ellos, que no son pocos.

Las sabias letras, fruto del esfuerzo de un espíritu asolado por una historia de carne y hueso, cultivadas en tantos diálogos con vivos y con las letras de otros, desprotegen la fe para encontrarla pura y confiada, y desviste la razón (o múltiples razones) de ilusiones y fantasías para dejarla en armazón asequible. Las sabias letras de Unamuno arrojadas contra quienes flaquean en sus cimientos creo que sólo les llevaría (perdonad el singular, pero esto va de uno en uno) al derrumbe más estrepitoso, a sentir derrocada una morada que, quizá y muy probablemente, hayan levantado demasiado a la ligera y moren excesivamente despreocupados. Las sabias letras de Unamuno se asemejan a un terremoto, a un huracán, a una oleada violenta e implacable para cuantos viven felices (¡pobres infelices abstractos!) en su ignorancia en los limbos de la realidad. No cualquiera, a mi entender, está en disposición de ahondar en el hombre de carne y hueso que él es hasta el punto en el que este sabio español parece haber cumplido el sueño verniano llevado ahora a lo más humano y lo más divino. Me parece por ello una barbaridad terrible creer que lo suyo son letras, sin más, ordenadas sin más al placer de la lectura y de su diálogo. Considero un error fatal que almas débiles soporten estas cargas, y creo que Unamuno incluso evitaría este diluvio, por amor, a aquellas personas que tanto ama. Porque Unamuno se revela a sí mismo como amante fiel del hombre, de la mujer, del niño, del mayor, del enfermo, de quien desea, de los esposos, de los amigos, de los estudiantes, de todos aquellos que son de carne y hueso, aunque no lo sepan, y deseen la inmortalidad en cada paso, aunque no lo sepan. Unamuno les evitaría el trance a los alumnos obligados a leer sus obras, por no conocerles y por no ser en nada amante de la imposición que no dejará comprender, ni preguntar, ni seguir haciendo camino al terminar.

De las obras de Unamuno una brilla con especial resplandor entre mis libros. Es pequeña, comprada antes de poder leerla de paso al parque de El Buen Retiro, en la cuesta del Moyano. Allí adquirí esta pequeña obra, sin notas eruditas, en una edición barata y desconocida, que nunca pude citar en la universidad por no ser digna de los registros académicos. Pero como el español sigue siéndolo en toda edición española que se precie, conmigo sigue viajando. Porque sí, y porque ahora está totalmente llena de los guiaburros que el autor también utilizaba (incluso en plan irónico, en más de una ocasión Unamuno anotaba al margen de sus lecturas cosas del estilo de “esto no te lo crees ni tú.”) y sembrada de subrayados, redondeados, flechas e indicaciones. Por eso no puedo deshacerme de ella. ¿Qué haría otro leyendo en mi lugar? ¡Imposible! El caso es que esta obra, Del sentimiento trágico de la vida, reservó y consumió mi tiempo durante noches y noches seguidas, porque las mañanas y las tardes estaban consagradas a otras tareas. Y lo hizo por párrafos como los dos que ahora cito seguidos:

No hay verdadero amor sino en el dolor, y en este mundo hay que escoger o el amor, que es el dolor, o la dicha. Y el amor no nos lleva a otra dicha que a las del amor mismo, y su trágico consuelo de esperanza incierta. Desde el momento en que el amor se hace dichoso, se satisface, ya no desea y ya no es amor. Los satisfechos, los felices, no aman; aduérmense en la costumbre, rayana en el anonadamiento. Acostumbrarse es ya empezar a no ser. El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene. Al venir al mundo, dásenos a escoger entre el amor y la dicha, y queremos -¡pobrecillos!- uno y otra: la dicha de amar y el amor en la dicha. Pero debemos pedir que se nos dé amor y no dicha, que no se nos deje adormecernos en la costumbre, pues podríamos dormirnos del todo, y, sin despertar, perder conciencia par no recobrarla. Hay que pedir a Dios que se sienta uno en sí mismo, en su dolor.” (Para quien desee investigar de qué edición hablo, está en la página 217, comienza arriba a la derecha. ¡Qué forma de citar más indigna! ¡Lo que nos ahorramos con los criterios del buen estilo de la universidad!)

Lo dicho, que si no te provocan congoja estas palabras, ¡saca tú la conclusión! Y si no entiendes lo que dicen, ¡saca tú la conclusión! Por si no te has enterado, al menos decirte que no sabes lo que es el amor. El amor que Unamuno conoce y desea, que es para siempre, inmortal y eterno, que es el amor humano en grado sumo y el amor divino encarnado. Son los únicos posibles, a decir verdad. El resto, meros subterfugios que planean en la existencia sin vivirse siquiera, abstractos nunca concretados, ideas no realizadas, verdades a medias tintas incapaces de confiarse en cuerpo y alma.