San José de Calasanz, patrono de las escuelas populares


Pequeña biografía. Nace en España, 1557, crece en familia, estudia mucho, es ordenado sacerdote, sirve aquí y allí, y se marcha a Roma allá por 1592 en busca de honores eclesiásticos. Hombre recto, sabe aprovechar el tiempo de su estancia allí ayudando a unos y otros, hasta que se encuentra con los niños pobres en las calles de la ciudad santa, y con ellos permanecerá para siempre. Pensando en hacerles el mejor regalo posible del mundo, e inspirado por Dios, les regala su propia vida, les construye una casa llamada escuela para todos donde aprenderán a navegar en el mismo barco como miembros de una misma familia, funda la última Orden de la Iglesia, los PP. Escolapios, y les dotará de dos remos espectaculares para el viaje a su propia felicidad: la piedad, la fe, el Evangelio; y las letras, la ciencia, la cultura, la razón. En 1648 emprende su viaje definitivo a la Casa del Padre, el 24 de agosto.

Hoy celebramos su memoria, como patrono universal, tanto religiosos como laicos, creyentes y no creyentes de todo el mundo. Sé que hablo con pasión y enamorado, como escolapio. Y no pienso negarlo. El amor hoy no me ciega, sino que me abre los ojos. Amor por Calasanz, amor por los niños y los jóvenes, amor por su vida y su felicidad, amor por la escuela y la educación, enamorado del Evangelio y de Jesucristo. Este amor lo pueden comprender bien todos los creyentes y los no creyentes, los cristianos y no cristianos, los escolapios y los no escolapios. Estamos ante Calasanz, que dejándose mover por el Espíritu, abrió verdaderamente las puertas del nuevo mundo a los niños pobres en los tiempos de la conquista de los nuevos contienentes. Para él la fe y la razón estaban unidas, cuando son humanas y cuando hay amor en cada una de ellas. Para Calasanz hay futuro esperanzado si hoy tocamos, con mino, paciencia y cuidado, el presente de los más pequeños y sabemos acompañar su camino en docilidad. Para él, gran amante de la libertad y de lo sencillo, la meta del hombre está más que clara: la felicidad, que es esperable cuando imbuimos a los niños en lo más humano y en lo más divino.

Hablando así no es de extrañar, y no me extraña ni lo más mínimo, que la tarea de educar diligentemente en piedad y letras fuera estimada, en los tiempos en los que ser maestro era equiparado con dejar de ser alguien, un ministerio, y no un oficio, de carácter sublime. Un ministerio que él definió como: Muy digno por girar en torno a la salvación. Muy noble por ser menester angélico y divino. Muy misterioso por establecer y poner en práctica con plenitud de caridad en la Iglesia un remedio eficaz del mal. Muy beneficioso por ayudar a todos en todo. Muy útil por los numerosos cambios de vida efectuados. Muy necesario para esa corrupción de costumbres y ese predominio del vicio. Muy enraizado en la naturaleza de todos los hombres. Muy conforme a razón para príncipes y ciudadanos, a quienes trae mucha cuenta tener vasallos pero también para promocionarse a si mismos y a su patria obteniendo puestos de gobierno y dignidades aquí en la tierra. Muy de agradecer por parte de los hombres, que lo aplauden unánimes y lo desean en su patria. Muy agradable para quien sea llamado a laborear en esta viña y a trabajar en esta mies tan abundante. Muy glorioso para los religiosos y para aquellos que lo favorezcan y promueven con su autoridad y mercedes.

Con todo lo que hoy se habla de escuela y educación a mí me tiemblan las piernas. Porque me reconozco un privilegiado, con uno de los mejores trabajos del mundo, no exento diariamente de muchas dificultades y contratiempos, con una vocación hermosa que tiene por primer número hacer feliz a los niños y a los jóvenes, y colaborar con sus familias, y que considero que además es camino para hacerme mejor día a día y alcanzar la santidad.

2+2=5


No se puede comulgar con ruedas de molino.

Hoy me he alegrado mucho al ver que un padre ha puesto a prueba a su hijo. Le intentaba convencer a la salida del colegio de esta fórmula matemática. Y el niño no se lo ha tragado, ha dado la cara y ha presentado batalla. Porque si no es así, no es así, y punto. Y el pequeño, aguerrido y armado con tus propias manos, le ha enseñado al padre los cuatro dedos que le daban como resultado final. Las cuentas estaban claras. Allí no salían cinco por ningún lado.

El ejemplo me ha parecido luminoso. El niño defendía lo que sabía. Si no supiera, y estuviera convencido de ello, pisando con pies firmes, su padre le habría engañado. Porque es más fácil confiar en la autoridad y en quien te da de comer, que en otras fuentes de conocimiento. El niño, además, hablaba con criterio, buscaba estrategias para sacar a su padre del error. Se tomaba en serio aquello que él podía hacer por otro. Algo que, dicho sea de paso, ya sabemos que es tremendamente difícil en la vida ordinaria. También es cierto que el niño no dudó ni un solo instante, lo cual me parece sorprendente. Estaba grabado a fuego en él que aquello era así. Y en este momento se me hizo un nudo en el estómago. Porque pienso que otros saberes de la vida no son tan ciertos como las matemáticas, y no pueden, de hecho, ser ni la mitad de contundentes gracias a Dios, porque hay verdades que no se adelantan en los libros, sino que se realizarán o no dependiendo de las personas y su libertad. Y entonces me quedé desconcertado, porque enseñar a un niño a defender lo que piensa no significa que no sea capaz de hablar, de dialogar, de mostrar con más sencillez incluso lo más básico, o de abrirse al diálogo.

Me alegró que aquel niño nunca hubiera existido, porque nunca vi la imagen que he descrito. Me preocupó a su vez que probablemente se repita entre jóvenes y adultos en tantas ocasiones, en las que unos y otros se dicen lo que saben como si fueran verdades incuestionables y mostrándose a sí mismos incapacitados para hablar con un poco más de seriedad de las cosas que verdaderamente importan. Me inquietó que la dinámica en la que entre la sociedad con motivo de la crisis sea la de intentar educar a los otros en lugar de una pregunta mucho más próxima a los hombres, como por ejemplo… y eso, ¿por qué lo dices?

Heráclito de Twitter


Como cada año por estas fechas estudio una vez más la filosofía griega. Comienzo por los grandes presocráticos, apoyado habitualmente en el mismo libro de referencia, al que sumo algún pequeño texto más que puedo permitirme. Después me entrego con pasión a Sócrates, Platón y Aristóteles. Con ellos cambió todo. Tengo mis preferencias, y nada cambiará que comience con la Apología, siga con Protágoras, alguna carta, el Banquete, el Menón y el que trata sobre la Amistad. Poco a poco voy sumando algún que otro diálogo. Nunca me he atrevido a subrayarlos, son una joya. Sólo disfruto con su lectura y hago mis anotaciones en folios nuevamente en blanco, casi como mi pobre memoria. Por último, Aristóteles, y todo deviene complicación. Con los últimos capítulos de su Metafísica nunca hago recortes. Una vez finalizada esta ruta intensa, la Carta a Meneceo, carta magna del epicureísmo cuyos placeres se desconocen en la actualidad, y el Manual de Epicteto se hacen muy ligeros. Comienzo ahora un itinerario apasionante, que me lleva algún tiempo diario.

El caso es que este año, por primera vez, siento que Heráclito vive en Twitter todavía. Lo suyo son las sentencias, de menos de 140 caracteres. Palabras dichas con total contundencia, rotundas y enigmáticas. No en vano se le llama Heráclito el Oscuro, pero en mis clases le he desplazado su localización. Ahora será Heráclito, el de Twitter. No cualquier tuitero, sino uno de los buenos, de los implicados en las cuestiones políticas, incisivo en sus apreciaciones, y disfrutando de las máximas elaboradas. La sabiduría de Heráclito no es su sabiduría, ni su inteligencia, ni sus frases maravillosas. Para él la sabiduría es una especie de RT del Discurso, con mayúsculas, que aunque los hombres no lo comprendan está presente en todo, y conforme al cual todo sucede. Este Discurso, Palabra, Logos pone a los hombres sabios de acuerdo entre sí, porque acalla lo que tienen que decir para escuchar en común. Así todos los hombres viven en el mismo mundo. A diferencia de los que escogen, porque es posible, seguir en lo suyo y crear su propio mundo. Los sabios están despiertos, pero los otros, los que no escuchan, viven cada uno en su propio mundo.

Por muchas palabras diferentes que veamos, aunque nuestras líneas de tiempo tengan continuo movimiento, siempre subyace a ellas una única realidad. La única realidad existe, frente a las apariencias. La única realidad que interesa al sabio. Incluso detrás de cada hombre que escribe, de cada mujer que teclea, o de cada niño que se inicia. Detrás de todos ellos existe una Palabra que los unifica, que les sostiene y da sentido, que sustenta cuanto hacen, y rige con gobierno eficaz todo movimiento y cambio, en el que nos enfrentamos al ser y dejar de ser constantemente. Lo que realmente ocurre, por lo tanto, se oculta ante nuestros ojos, y debemos estar muy atentos para no conformarnos con él. Nuestra vista, que recrea a las mil maravillas lo que aparece ante nosotros, también hace de velo que cubre lo que verdaderamente importa.

Los muchos, que no son sabios, se dedican a dar su propia opinión. Dicen que piensan, y debe ser verdad. Pero no escuchan el Discurso, se conforman con poco, hacen pequeño todo cuanto existe ante ellos para controlarlo y dominarlo, a placer. Y establecen diferencias. Oyen sin comprender, y entonces se hacen los sordos. Prefieren lo suyo, que entienden. Lo que parece que ven, lo que parece que saben. Se esfuerzan por parecerse también, en ese sentido a la Palabra última, aunque sólo consiguen ser sombra y opinión. Los sabios, por el contrario, se ponen de acuerdo fácilmente entre sí. Porque sus palabras no dominan en ellos, sino que escuchan y responden, sin inventarse un mundo cómodo en el que vivir, sin hacerse los sordos, preguntando cómo puede ser esto que todos tienen en común. Pero ser sabio significa estar despierto, en un mundo que no es propio y no domino, preguntar qué hago aquí en mitad de todo esto y qué parte conformo en el conjunto, cuál es mi misión al reconocer que se participa de la vida. Sin repetir, porque los sabios no repiten sin más, las palabras de los mayores, ni hablan como dormitando. Resulta curioso que a los muchos aquello con lo que más trato tienen, su propia vida y su propia búsqueda, les resulte ajena, pequeña e insignificante, se extrañen ante ella. La verdad se les oculta a los muchos, que se hacen los sordos, y nada consigue despertarlos fácilmente.

Los mejores escogen una sola cosa a cambio de todas: la gloria imperecedera, en vez de todas las cosas mortales. Los muchos, en cambio, están saciados como un rebaño [29]

Una sola cosa es lo sabio: conocer el saber que pilota todas las cosas a través de todas las cosas [41]

Me investigué a mí mismo [101]

Si no espera lo inesperado, no lo encontrará, dado que no es rastreable ni accesible [18]

Aprender a discutir


En el mundo moderno hay que saber de todo. Incluso hay que ser buenos discutiendo, que según el diccionario de la RAE no es cualquier cosa, aunque recoge sólo dos denotaciones. Por un lado puede referirse a “examinar atentamente un tema”. Por otro, “contener y alegar razones contra el parecer de alguien.” Tanto en el primero como el segundo, la acción no puede realizarse individualmente ni solo. Si alguien puede discutir contra sí mismo algo debería visitar urgetemente a un especialista en la materia, ponerse en buenas manos, y seguir a rajatabla el tratamiento indicado.

Creo que la mayor parte de la gente diría que la diferencia que hay entre ambas es esta: en la primera, los participantes en la discusión tratan un tema, y establecen un punto en común, mirando en la misma dirección y con interés por todos; en la segunda, sin embargo, aparecen posturas encontradas, por lo que podemos suponer que no atienden a lo mismo. Algo en lo que personalmente estaría en desacuerdo, o pienso que no tiene que ser necesariamente así. Porque puede existir discusión y enfrentamiento de razones en personas que miran en la misma dirección. O mejor aún, la mejor discusión posible es la de aquellos que están preocupados por lo mismo, como la Verdad, el Bien, la Justicia. Palabras que escribo en mayúsculas para realzarlas y darles fuerza. De hecho, creo que el verdadero problema de nuestro mundo se encuentra precisamente ahí, en comprender que las discusiones provocan separación, división y diferencias, en lugar de unir en las búsquedas y en los planteamientos. Y con esto un deseo, de cara a renovar la forma en la que se discuten las cosas -sobre todo en público, en asuntos que afectan a todos, o en privado, en temas personales y que nos afectan como tales-: no dejarse llevar por el modo de discusión que causa enfrentamiento y conflicto.

De todos modos, como lo anterior sólo es un deseo, doy tres claves para una buena discusión:

  1. Comprender las razones del otro en profundidad. Quizá así se puedan superar malentendidos. Y de igual modo coger con pinzas las palabras que se escuchan. Porque la mayor parte de personas, cuando hablan, no utilizan tecnicismos. Mucho menos en las conversaciones usuales. A este respecto decir que lo excelente por tanto es preguntar antes de discutir, informarse antes de criticar, y acoger antes que rechazar. Quizá estos tres movimientos produzcan, como mínimo, una relación y respeto intenso y mutuo que a la hora de mostrar pareceres contrarios nos haga ver que las razones no son todo en la vida, y no se ponen habitualmente por encima de las personas. En este conocimiento y examen del otro tendremos la brillante oportunidad de escuchar lo que no conocemos, y de descubrir que toda razón no es razón científica e intelectual, y que no puede ser de este modo.
  2. Comprender las propias razones. Esas que según el diccionario, se tienen “contra el parecer de alguien”. No es serio no haber revisado lo que uno piensa, con gran radicalidad, o decir lo primero que se viene a la cabeza en un momento determinado. No se trataría entonces de una discusión, sino de otra cosa mucho más vulgar, dejando la conversación a la altura del bigote. Si nos atenemos a razones, con un cierto carácter de objetividad (que dicho sea de paso, no tienen que ser despersonalizadas, ni desentimentalizadas, ni desconcretizadas), examinadas por nosotros mismos previamente, podemos llegar a la conversación con otros de modo mucho menos pretencioso. Porque reconocermos que la mayor parte de las veces sólo disponemos de opiniones. Que siendo las nuestras, con todo el valor que eso tiene, no dejan de serlo. El grado de verdad siempre es recibido, y confirmado por otros. Y en la verdad los sabios se unen.
  3. Participar sólo en la medida en que el interés sea, para todos, encontrar la Verdad, el Bien, la Justicia. El resto de discusiones -como muchas veces muestran los políticos- son pantomimas que no conducen a nada, donde ponerse en contra, criticar, juzgar o desprestigiar está revestido de otros intereses. Incluso en la vida diaria, para superar esos momentos en los que no se trata de una verdadera discusión, sino palabras que nacen de un mal día o de una ofensa, deberíamos desarrollar otro tipo de estrategias mejores. Esta participación activa, de este modo concreto, y con este horizonte, es responsabilidad de cada uno. En otras discusiones creo que no merece la pena ni siquiera entrar “a discutir”, aunque quizá sí a valorar y escuchar a otros. Para alcanzar este punto maduro de una discusión dirigida en la misma línea y con un mismo objetivo, son necesarios los dos puntos anteriores. O al menos eso creo. Y además añadir una diferencia, dentro de uno mismo, respecto a la Verdad, el Bien y la Justicia, que se defienden por sí mismas cuando hay interés por buscarlas.

Creo que el orden en el que tendría que haber escrito los puntos es precisamente el contrario. Pero lo dejo así, para quienes lleguen al final del post.

(Añadido final, que se me olvidó al publicarlo: Este post es enteramente discutible, y estoy abierto a cambiarlo; no puede ser de otro modo.)

Demasiada gente luchando por el primer puesto


Demasiada gente luchando por el primer, el segundo, el tercer puesto. Lugares exclusivos reservados a unos pocos, de los que todos hablarán y a los que mirarán con lupa. Lugares en los que sólo entran solos, sin querer compañía que les haga sombra, remarcando sus hazañas, sus proezas, sus maravillas para conquistarlos. Obviando y olvidando a los que han dejado atrás, e incluso han pisado. Lugares forjados sin entusiasmo para ser ocupados en la triste soledad. Lugares desde los que presumir con palabras vacías que nadie quiere escuchar, lugares que no serán admirados por los hombres. Lugares de dominación, desde los que alzarse y en los que fortificarse para que nadie más ascienda. Lugares desprovistos de responsabilidad hacia otros, de amor hacia otros, lugares vestidos con trajes con coderas y rodilleras, teñidos con zancadillas. Lugares en los que se ponen placas para acallar la vergüenza de la crítica a sus semejantes, a los débiles, a los que se retiraron a tiempo en la carrera salvaje. Lugares fastuosos, que llevan el signo del odio.

Si te parece, ¿por qué no nos retiramos a un rincón más tranquilo y alejado, donde podamos compartir espacio, en el que quepamos muchos más? Quizá allí seamos más felices, estemos más contentos. No quiero la mirada de todos, con la de unos pocos, a quienes quiero, me basta. No quiero estar pendiente de uno solo, vendido en escaparates. Quiero mirar aquello que quiero, a quienes quiero, a quienes se dejan querer. Quizá allí escuchemos mejor al otro cuando hable con sinceridad, y seamos capaces de estirpar la aparente cara de felicidad impuesta por la competitividad y el engaño. Allí podremos ser quienes somos, sin reservas ni miramientos. En ese lugar apartado de la carrera por el título que nos dirá lo que no somos, podremos convivir apaciblemente, donde los niños se engenden amados desde el principio y con responsabilidad hasta el final. En aquel lugar velaremos para acoger, no para expulsar. Pondremos esmero y mimo en los detalles para otros, y no sólo en los que son para uno.

Cuando contemplo el mundo, en su barbarie y maldad, en ocasiones me entran ganas de retirarme, alejarme, cerrar los ojos y callar. Entiendo que la respuesta ante lo insoportable sea en repetidos momentos la huida, el desaire, la dejadez, el desmadre incluso. Comprendo a quienes abandonan, tiran la toalla, dan paso a otros, y siguen manteniendo todo intachablemente igual, impolutamente intacto a su paso. Porque los que abandonan cuando las fuerzas escasean no se esfuerzan en construir nada nuevo. Pero esa no puede ser la salida, ni la única salida, ni la gran salida, ni la búsqueda del hombre en los tiempos que corren. Estamos llamados, por la vida, por las cosas, por la gente, por los gritos de los últimos, por la humanidad entera a no permitir que se sigan repitiendo las mismas cosas, a salir de lo injusto y la división en la que nos encontramos, a ser listos para escapar a tiempo de las malas palabras que pueden contaminar nuestros labios, no los de otros, nuestras miradas, no las de otros, nuestra responsabilidad, no las de otros, nuestra libertad, no las de otros, nuestra paciencia, caridad y esperanza… no las de otros. Podemos esforzarnos, no desde el odio, el rechazo y la ira, no desde el dolor y el cansancio, en una nueva línea de vida. Podemos tejer, no solos, lo que buscamos. Tenemos muchas razones, ocultas pero clavadas y grabadas a fuego lento. Porque otros quieren lo mismo, cuando se lo explicamos. Porque la gente no sabe lo que quiere, hasta que lo ve, y en ocasiones es tarde para rectificar. Hemos creado hábitos. Porque no bastan las buenas intenciones, ni las buenas palabras, ni los buenos deseos, ni las grandes visiones. Necesitamos realidad, queremos entusiasmarnos. Porque no estamos solos, ni debemos estarlo. Quienes dicen eso, mienten y lo saben, es falso. Porque las fuerzas que no tenemos, las podemos acoger humildemente de lo alto.

Post dedicado al amigo, porque se sabe amigo, que se cansó de pelear por los primeros puestos y no supo encontrar refugio y acogida ni siquiera en los últimos, con los últimos, entre los últimos. Porque no supo retirarse a tiempo, porque puso su esperanza donde no había vida, alegría, canto, juego. Ya sabes lo que pienso, y que tus sueños eran ciertos, aunque no en ese camino. Post dedicado a nuestro mundo, que promete lo que no puede dar, y engaña y confunde a los hombres para que compitan absurdamente entre sí, sabiendo de antemano que el plano del tesoro al que conducen ha sido creado en rincones de los que nunca salieron sus hacedores. Post dedicado a los maestros, profesores, educadores, sea cual sea su asignatura y compañía, sea cual sea su clase. Ojalá convirtamos las aulas, las calles, las ciudades y los campos, las anchuras de la tierra en mares por los que navegar con hermanos en la misma barca.

Jóvenes de los que no se habla en las revistas ni en televisión


Acaba de llegar a mi mesa una revista que sigo mensualmente. Conozco a la persona que hace las fotos de portada, y siempre son un motivo para, como mínimo, ojearla, echar una sonrisa al aire, pasar las páginas y aprender. Habitualmente la foto tiene algo mordaz y provocador, como la que ofrezco en este post, que es de una edición anterior. Como no quiero plagiar de Septiembre, que no ha puesto la portada tovía en la web, os la cuento: “Son varios jóvenes talluditos, superando la veintena corta de años, que adornados con sus correspondientes pendientes, gafas y gorras, juegan con pistolas de agua.” En la parte inferior, el título del mes: “¿Siempre adolescentes?” Una pregunta interesante, sin lugar a dudas.

Esto me recordó que, el año pasado, tuve un taller con jóvenes titulado “Los jóvenes que sois”, y una de las claves que empleaba era precisamente esa, la de la necesidad de renunciar a la adolescencia para poder vivir, incluso, una verdadera juventud. Porque jóvenes y adolescentes se diferencian, por los menos en los libros de Psicología Evolutiva, en los libros de Pedagogía, en los libros de Sociología, en los libros de Medicina, en los libros de Espiritualidad… en todo. El derecho a votar, por ejemplo, lo puede ejercer un joven y no debería dejarse en manos de un adolescente esa responsabilidad. Pueden estudiar todos, pero trabajar no. La cuestión es que se ha vendido la eterna juventud por doquier a los adultos, y como si un desplazamiento migratorio similar al de los bárbaros que arrasaron Roma y conquistaron la Península, los jóvenes han pasado a ser adolescentes permanentes. Un “tapón” evolutivo les impide avanzar, superando en madurez a sus mayores.

Siento ser mordaz, como las portadas de mi amigo. El párrafo anterior no es del todo cierto. Lo reconozco. Aunque no del todo. Porque no hace mucho, antes de estos análisis despellejadores sobre los NI-NI y la generación Y, con comentarios y subtítulos televisivos, antes de esto nos sorprendíamos al comprobar que los jóvenes estaban perdiendo la referencia de los adultos, de modelos de vida que pudieran iluminar su camino, de ideales que alcanzar pero encarnados. Dicho de otro modo, es tarea de todos y responsabilidad de todos conducir a las generación que llega, abriendo camino en la selva y el asfalto, en el mundo laboral y familiar, en las relaciones personales y vida de fe.

Cuando el año pasado di el taller, lo estructuré de modo que uno de los primeros momentos fuese el de “Críticas a los jóvenes”. Formamos grupos, y cada uno de los grupos se encargó de uno de los cinco grandes bloques. Les pedí que leyesen, que compartiesen un rato entre ellos, y finalmente que intentasen defenderse por ellos mismos de lo que allí se decía. La cuestión no es que “allí se decía eso”, sino que pulula en la sociedad contra ellos, formando un ambiente en el que, sinceramente, se le hace difícil a cualquiera poder respirar. Mi sorpresa fue comprobar que, aplastados por la losa y habiendo tragado tantas veces las mismas palabras, los mismos contenidos, la misma imagen de lo que es o deja de ser un joven, no encontraron demasiados argumentos, ni teóricos ni prácticos para defenderse. Alguno se limitaba a decir “yo no soy así” y poco más, porque enseguida alguien de los otros grupos le presionaba para que lo aceptara. Porque es, a día de hoy, mucho más fácil ser “del montón” que ser un joven de los que no aparede ni en revistas ni en televisión.

Dicho lo cual, comparto con vosotros el material que utilicé con ellos. Por si alguien se anima a comprobarlo. Pero más importante aún, por si algún adulto se anima a hablar a los jóvenes, con los jóvenes y de los jóvenes como si no fueran eternos adolescentes, añiñados y cargados con la culpa y crítica permanente de una sociedad que no les ofrece ni una educación potente (cf. el principio de “La educación prohibida”), ni un trabajo digno (que no es un trabajo fácil, como hemos venido haciendo hasta ahora, donde prime el dinero), ni un ocio sano (porque miramos demasiadas veces hacia el otro lado como si nada pasase), ni una conversación y cultura equilibrada (porque las series que ven en televisión sólo vienen a fomentar esa adolescencia de la que tantas veces renegamos). Todo lo dicho es matizable, evidentemente.

Os paso, sin más, el texto.

PRIMERA CRÍTICA – RELATIVISMO MORAL

Moralidad. La palabra, de por sí, no invita a pensar demasiado en los jóvenes. De hecho, se considera que es algo antiguo, obsoleto y pasado de moda. La modernidad eliminó, entre otras, esta palabra; pero no se puede negar su realidad. Moralidad es la capacidad de decisión en función de unos criterios, opciones y principios personales, o de grupo. Y con ella, por lo tanto, la capacidad de elección, fuerza de voluntad, esfuerzo, sacrificio,
Lo relativo y lo absoluto. Se entiende por relativo todo aquello que depende de circunstancias, situaciones, personas, momentos, contextos. Y por lo tanto, ofrece diferentes posibilidades de actuación. Es innegable que muchas cosas pueden ser buenas siendo relativas, o que hay que atender las circunstancias si se quiere acertar con la decisión más humana y correcta en determinados casos. Lo absoluto, es decir, lo opuesto a lo relativo, sería aquello que es incondicional, innegociable, imprescindible, cuyo grado no pertenece a lo matizable y variable. Es así, ahora y siempre. Y no sólo para “una persona”, sino para el conjunto de la sociedad, para todos.
Relativismo. La exageración de las circunstancias. Hacer que todo, absolutamente todo, “dependa”, se pueda someter a juicio y se critique. Cada uno puede hacer lo que quiera, ejercer su libertad al máximo… Quizá el límite sea la libertad de los demás, pero el relativismo ha demostrado que es tan potente que no permitirá disensiones, generará conflictos y división. No hay verdadero diálogo en la medida en que cada uno quiere hacer lo que quiere, se cree poseedor del bien y no necesita preguntar, mucho menos escuchar otras voces. Es decir, que todo se ha hecho “subjetivo y dependiente” del sujeto, y la realidad objetiva no existe, ni para lo bueno ni para lo malo.
Causas y consecuencias. En la medida en que se ha potenciado el individualismo y el derecho a “decir lo que pienso” en cualquier momento, sin más referencia, hemos llegado a optar socialmente por un relativismo tal, que han desaparecido los puntos comunes y absolutos. Es la exageración de los derechos individuales, al margen de las obligaciones que comportan; entre otras, la de “ganarse” ese derecho por madurez, por criterio, por razonabilidad. Al menos en lo más importante. Carencia de diálogo, de búsqueda de la verdad porque nace de “la mayoría” y de “lo democrático”, haciendo que todo sea opinable, pero sin criterios reales. El relativismo moral concluye en un aislamiento enorme de cada persona en sí mismo, y en la dificultad de iniciar proyectos y procesos comunes, donde los sujetos se comprometan con esfuerzo y paciencia. Si todo se hace en función de algo que no sabemos bien qué es, si no queda claro y no puede ser compartido, si no hay referencias para valorar las cosas como buenas y malas, entonces la vida en sociedad se hace sencillamente imposible. Mucho más la comunión. Y termina haciéndose molesto, y condenando como “dogmático e intransigente” a quien piensa que no todo da igual, que no se puede hacer de cualquier manera, y que algunas fronteras y límites nunca se deberían cruzar. La tolerancia, dicho de otro modo, se vuelve intransigente. El relativismo moral sólo es posible cuando los sujetos creen que saben “mucho” sobre la vida y nadie tiene por qué enseñarles nada. Aquí están ellos, siendo sus propios dueños, decidiendo sobre un mundo que no tiene valor y al que tienen que dar sentido.
Hacia el pensamiento único. Curiosamente, al mismo tiempo que observamos que se produce este fenómeno moral, por otro lado asistimos a la realidad del pensamiento único y la dificultad de mantener los propios principios y valores. La presión social, que ha desintegrado al individuo, al mismo tiempo ha propiciado una serie de principios que son deben ser aceptados universalmente, marginando las voces que opinan de diferente forma, causando enfrentamiento y conflictos insalvables por cualquier camino que se busque. Y esto es así porque el relativismo moral pierde la referencia de la objetividad, de los hechos, y aspira más a las interpretaciones y a los “gustos”.
Cristianamente. Es maravilloso que las cosas sean matizables, porque no todo se puede medir por el mismo rasero. La Ley se ha mostrado como la mayor condena de la libertad, de la humanidad y de Dios. La Ley fue capaz de matar al Inocente. “Publicanos y prostitutas o adelantan en el camino del Reino.” “Dejad que los niños se acerquen a mí.” Todo es relativo para el cristiano, es decir, relativo a Dios. Lo cual hace que muchas cosas, siendo manejables y adaptables, con gran libertad, también se conviertan en excesivamente importantes. Adquiere un gran rostro toda la realidad: la imagen de Dios en todo hombre, los signos de Dios en todas las cosas, la llamada a saber usar para el bien toda la realidad. Y siempre está el deseo de Dios de atraer a todos hacia Él, que no es nada relativo por otro lado.

SEGUNDA CRÍTICA – HIPERSENSIBILIDAD

Sentidos y afectos. Lo creamos o no, durante una gran parte de la historia de la humanidad, y en muchas culturas actualmente, los sentimientos personales y los afectos entre personas, no tienen gran valor ni representan algo decisivo. La vida afectiva ha sido cultivada casi en exclusiva por el pensamiento occidental, de raíz cristiana, y a la sombra de la Biblia y de los padres de la Iglesia. El corazón era el lugar de los deseos, y de la voluntad. Y portar sentimientos era referirse no tanto a “un presente” como a un futuro como inicio de una acción, de un camino, de la toma de decisiones. Si me siento así, si siento esto, haré y arriesgaré por este camino. Sentimiento era intuición profunda, más racional que cardiaca, y más voluntarista que acomodaticia. Por otro lado, la afectividad estaba puesta al servicio de la comunión, de la unión entre personas, creando lazos intensos y duraderos. Lo afectivo ejercía lazos más allá del sentimiento, como un compromiso con alguien concreto.

Situación actual. Decimos que vivimos en una sociedad hipersensible, que ha elevado lo emocional a la cumbre de lo real. Y todo lo que “es” tiene que ser obligatoriamente “sentido”, haciéndose dependiente de sus emociones. Absolutizando el sentimiento, por encima de la razón, cegándose por lo tanto a cualquier capacidad de objetividad. Provoca sujetos inestables, que a todas luces están a merced de lo que viven, e intentan saciarse con lo que pillan a su alrededor. Van de un sitio a otro buscando y pretendiendo alcanzar emociones “fuertes”, que les hagan sentirse bien. Y bajo ese ritmo de consumo, ya no valen los sentimientos de “siempre” sino que se miden en intensidad. Lo verdadero será aquello que provoca euforia al máximo o lo que haga que se salten las lágrimas hasta rabiar. Hacer frente, por otro lado, a la vida, es pesado y rutinario. Y por consiguiente, despreciable. Hay que romper, salir, huir, hacer lo diferente, ser original… aunque sea un camino transitado por muchos.

Prevalencia de lo irracional. Detrás de todo esto se esconde, como no puede ser de otro modo, la ceguera de lo irracional. Ya no somos personas porque “pensemos y reflexionemos”, tarea ardua y pesada, sino porque sentimos. Nos sentimos vivos cuando sentimos. Lo real se siente, padece y provoca. Los sentimientos no se pueden negar. Lo irracional es la pérdida de referencias

Altibajos emocionales. Ya no son sólo una situación adolescente, sino de todos los grupos de personas. Hoy me siento bien, mañana mal. Y cuando me encuentro incómodo por algo, casi incapaz de dominarme y por el malestar que me provoca, decido, obro e intento huir. Hay días que no tendríamos que habernos levantado, según esto, porque todo fue un desastre que se venía venir. Y hay otros que estoy mermado para pensar correctamente, que todo me hace daño. Y mañana, lo contrario. Y así sucesivamente. Y uno no saben bien qué pensar, qué hacer, cómo estar.

Cristianamente. El descubrimiento de nuestra dimensión afectiva, con la importancia del amor, es radical para el cristiano. Nada es, casi, tan importante en este mundo como amar y sentirse amado. Y ser capaces de amar es una gran responsabilidad y un enorme derecho. Tan es así que sufrimos cuando no amamos, y descubrimos el amor cuando somos capaces de sufrir, entregar y donarnos por alguien. ¡Ésa es la grandeza! A Dios, también le podemos sentir. Mantenernos a la escucha, que nos pueda tocar el corazón, y hacerlo tan dentro, con tanta fuerza que parece que se reconstruye todo y toma una nueva cara, nuevos matices, y una grandeza desconocida. Los sentimientos son un don de Dios que nos ponen en comunicación a unos con otros: sufrir con quien sufre, sentir compasión; alegrarme por éxitos de otros, sentir curiosidad, dar un paso valiente confiando en la vida. Pero en medio de una sociedad hipersensible, que exige sentir a toda costa y en cualquier momento, lo cierto es que reina la confusión, también respecto de Dios, de la iglesia y de nuestra propia misión. Y peligran cosas importantes entre tanta maraña.

TERCERA CRÍTICA – SIN ASUMIR RESPONSABILIDADES, NI RIESGOS, NI DIFICULTADES

Responsabilidad y limitación. La persona se construye. Es cierto que nace dotada de grandes dones y virtudes, pero sobre todo, se construye. Nuestra cultura y sociedad ha tenido esto claro siempre, por lo que abrir el campo de las posibilidades, y ofrecer justamente las mayores posibilidades posibles a todos los individuos de la sociedad, ha sido siempre valorado como positivo. A mayor número de posibilidades, capacitando para la libertad, también tendremos personas más comprometidas, justas, que hagan aquello para lo que realmente valen y quieren ser.

Dificultad para asumir responsabilidades. A todos los niveles: familiares, académicas, relacionales, afectivas… La responsabilidad es vivida como una carga, pesada y fastidiosa. Lo mejor es tener personas que lo hagan por nosotros, y que además podamos criticarlas en sus fallos, comentar porque sabemos más y  somos mejores que los demás. La dificultad para asumir responsabilidades está relacionada con nuestra falta de libertad, clarísimamente, y también con nuestra incapacidad para el sufrimiento y la crisis. Hemos dado el paso a considerar al responsable como un pringado, como alguien antisocial, como alguien aburrido, tedioso y poco vital. Tenemos que ir despacio con las “cargas” porque somos más pequeños y limitados de lo que creemos. Y somos libres cuando disponemos de “tiempo libre” para salir, ir, hacer y deshacer. El compromiso es la tortura social por excelencia, y su secuaz es el horario, ladrón despiadado de las horas del día. La responsabilidad, míralo de este modo, me coloca “por debajo de algo”, y no estoy dispuesto a que esto suceda; me somete a la voluntad de otro, que tengo que obedecer, atender y escuchar, o de la tarea que llevo entre manos; me desapropia de mí mismo, para dejarme al margen y sin tanta importancia como al principio pensé que tendría. Y lo que nos gusta es seguir soñando que las cosas pueden ser de otro modo, y que otros tienen que hacer las cosas de esa manera. La falta de responsabilidad me sitúa en el mundo de Yuppy y allí todo es maravilloso.

Libertad como ausencia de esclavitud y compromiso. Libertad significa sin ataduras, y por lo tanto con las posibilidades siempre abiertas y calentitas. Creyendo que puedo dar marcha atrás cuando quiera, que vivir esto o esto otro no causa nada, que puedo hacerlo porque no pasa nada, porque no pasará nada, porque se podrá olvidar, borrar, desmemorizar. O porque lo de hoy no tiene que ver con lo de mañana. Nos hemos hecho demasiado frágiles al considerarnos “demasiado solos” y por lo tanto sabemos que nuestra debilidad puede dar al traste con cuanto queremos realizar y queremos alcanzar. Quizá desearíamos comprometernos, pero nos da miedo que tenga que ser para siempre, lo que pueda venir.

La dificultad se identifica con el fracaso. Hoy se evitan las cosas complicadas (facilidad, todo hecho) hasta que no queda más remedio. Somos sobreprotectores, hay que eliminar riesgos y problemas de seguridad, encontrar soluciones antes de las encrucijadas y de que todo termine mal, o damos rodeos para no caminar por las zonas peligrosas (metáfora de la vida). Aislamos nuestra vida en una pequeña burbuja, que dentro del mapa global es más que pequeña, donde no existen los problemas de otros lugares, sin enfermedades, sin preocupaciones, sin hambre, sin conflictos, sin tensiones, sin problemas graves, sin desasosiegos, sin desencantos, sin exigencias, sin motivaciones… Todo para no contar con la dificultad ni enfrentarnos a ellas con libertad. Entendemos que la dificultad es mala, indeseable, la asociamos a la equivocación y al fiasco, aunque digamos que es normal, que es parte del camino, y que hay de todo. La actitud cotidiana más ordinaria es evitarla.

La dificultad lleva a la ruptura. Si algo me parece difícil tengo que abandonar, lo antes posible para no hacerme más daño. Es una rendición antes de tiempo, pensada y sopesada, prematura y pactada con la realidad. En cuanto no sea fácil, abandono, ahí te quedas, yo por mí camino y tú por el tuyo, sin que volvamos a cruzar miradas ni a encontrarnos en este mundo. No quiero volver a ver lo que hace sufrir, ni el dolor, ni la crisis. Tras una crisis, que normalmente provoca crecimiento y madurez, lo que tenemos en los jóvenes de hoy es un regreso a su infancia, sin querer saber nada de “ser mayores” salvo unas cuantas cosas que son de hombres y mujeres.

Sin responsabilidad conmigo mismo, ni con otros. Ya no hablo sólo de la falta de responsabilidad con los demás, también evitamos la responsabilidad con nosotros mismos. Sentirnos culpables por algo parece lo peor del mundo, un límite que nunca deberíamos haber cruzado, que nos va a traer la peor de las condenas posibles y que hará que seamos infelices y estemos insatisfechos. Los suspensos hay que afrontarlos con dignidad. Y si alguien es culpable, siempre es el hijo del vecino, el compañero de clase, el ambiente, y no sé cuántas cosas más. Todos menos yo. Porque el camino es el de la irresponsabilidad personal, no tener que dar cuentas a nadie de lo que hago, ni de por qué lo hago, ni de si lo hago por algo o no.

Cristianamente. La libertad no es ningún fin, sino un medio. La vida cristiana exige mucha responsabilidad y compromiso. Decir “cristiano” es decir que “es imagen de Jesús+ en el mundo”, que los demás verán en él a Cristo+ con todo lo que eso significa. Es la renuncia a la propia vida, y es dificultad. El amor no es egocéntrico, sino exocéntrico. No se centra en uno tanto como en los demás, en ellos. Se descoloca, vive para otros. Y la libertad es compromiso y comprometida.

CUARTA CRÍTICA – JÓVENES MEDIATICOS MEDIATIZADOS

Los medios de comunicación. ¡Qué maravilla tan grande! Podemos comunicarnos casi con cualquier persona, en cualquier lugar el mundo. Y eso sin renunciar a casi nada, sin estar dependiendo del lugar, del momento. Puedo lanzar un mensaje hoy que será visto por millones de personas, o puede ser visto por muchos. De igual manera estoy al tanto de todo lo que sucede en el mundo casi al instante. Tengo información por todos los sitios, tanto que no alcanzamos a

Filtros comunicativos. Toda comunicación que recibimos está filtrada y pone la atención sobre algún aspecto, más o menos importante. Nos oculta algo, para mostrarnos la realidad a su manera, con sus intereses y con sus peculiaridades. De algún modo, esos “medios de comunicación”, que hacen de intermediarios también se convierten en “la fuente” de la verdad, del bien y de la humanidad. En dichos filtros se enarbolan algunos temas que se convierten en lo principal, en la causa justa que hay que defender, y en la injusta que hay que combatir. Frente a ellos, la mayor parte de individuos se siente desprotegido, a merced y carente de criterios para hacer un juicio sereno y general.

Exceso de información. Tanto que provoca saturación, desinterés y falta de impacto de algunas noticias. De otras, a las que ni siquiera prestamos atención, ya no sabemos ni siquiera qué decir o si son importantes o no. Y entre la abundancia, sucede igualmente la falta de memoria. Hoy ya no se recuerdan las noticias de hace unos días, por muy importantes que fueran, se carece de historia que permita englobar y sopesar todo adecuadamente, y además, se hace difícil la relación entre unos y otros conceptos. Tanta información –como demuestran buscadores como google- motiva conformismo con las primeras palabras que encontremos y con dos o tres matices, sin importancia. Sabemos que hay más, pero no hacemos uso de otras opciones. Tendemos a la comodidad y lo fácil, por lo que lo primero será suficiente. Con lo que me digan, y cuatro cosas que aprenda por ahí, tengo todo dicho.

Secuestro emocional. Los medios de comunicación ya no son sólo los noticiarios, la radio y la prensa escrita, periódicos o revistas. Ya en su tiempo, la sustitución de los libros por este tipo de prensa generó una gran revolución y malestar. Ahora, las verdades se reciben de las series de televisión, de los anuncios que prometen belleza, de las noticias impactantes que dejan “tocados” a los usuarios. Algo particular es el fenómeno de las series, donde en escasos 20 minutos o menos de una hora, aparecen mini-historias entrelazadas en otra macro-historia con personajes de todo tipo, y que son vistas para “dejar de pensar” y “pasar un buen rato”. Sin embargo, esas series traen consigo una imagen de la sociedad, unos valores determinados, una opinión de la vida, unos deseos, proyectan imágenes, crean expectativas, dan opiniones sobre cosas, y en otros casos, ocultan juicios, ridiculizan escenas, minusvaloran personajes. Las series, bajo el aspecto del ocio y del tiempo libre, secuestran emocionalmente para impedir la reflexión y el pensamiento. No se dialoga sobre el “contenido” sino sobre las formas. Y entre tanta belleza, también se generan “deseos”, “identificaciones”, y conexiones sentimentales con unos personajes o con otros, con unas situaciones o con sus contrarias.

Internet y las redes sociales. Una nueva forma de consumo, continuo y constante. Se ha abierto nuestro mundo a posibilidades que todavía hoy no controlamos, pero nos controlan. Perfiles en redes sociales donde los jóvenes dicen “lo primero que se les ocurre”, suben fotos “sin calcular las consecuencias”, crean imágenes y perfiles que no les corresponden “en la realidad”, y se expresan sin los tapujos y limitaciones de la vida ordinaria. Donde tienen acceso, más allá de lo negativo que se quiera hacer ver, a vivir una vida paralela a la realidad, en la penumbra y en la ocultación. Intenet es un mundo abierto, sin personas, y sólo con imágenes. Es fácil hablar, decir, escribir, opinar, pero ¿dónde quedó la acción y la creación? Sin olvidarnos, por otro lado, de que estamos creando nuestra propia imagen a través de las opiniones de los demás, de las frases que encontramos, y de las limitaciones de un mundo tan virtual como fantástico.

Cristianamente. Todo lo que sean medios, deberían ser considerados como tales, no como fines en sí mismos. Es impresionantemente positivo que podemos acceder a tal grado de comunicación e información. La cuestión es en manos de quién está, si la información sirve a la verdad y se remite a ella y a lo profundo del corazón, si genera dependencias, si potencia mentiras y engaños, si aisla y condena opiniones por el hecho de no ser “como gustaría o quisieran”.

QUINTA CRÍTICA – INDIVIDUALISMO MENDICANTE

Individuo. Es maravilloso que nos hayamos dado cuenta, en la historia de la humanidad, que cada persona es individual, es decir, única e irrepetible. Y por lo tanto que seamos conscientes de que es portador de un gran valor para todos. Podemos asociarnos con otros, hacer grupo, sin que eso signifique que dejemos de ser “quien soy”. El “yo” ha sido puesto en el centro de la historia, y sobre él sobreviene la responsabilidad de construir el resto, de hacer, de elegir, de ofrecerse o quedarse al margen. El individuo lo es todo. De ahí, el individualismo: cuando en el mundo existen demasiados centros, cuando no hay nada que sea realmente compartido, cuando todo se someta al juicio y criterio de cada uno.

Yo vivo, yo elijo, yo decido. Todo lo mío acaba siendo lo primero. Y por lo tanto, estamos sometido al más cruel de los egoísmos. Sin más salida que la de intentar ser yo mismo, crearme una imagen, y ser valioso para ser querido sin perder el centro ni descentrarme de mis propios criterios y opciones. El “yo” situado al principio significa que lo mío es intocable, que acabo creyéndome que soy portador de una fuerza cuasi-omnipotente que me hace estar por encima del bien y del mal, y con capacidad para dar sentido a la realidad que me rodea como si la fuente estuviese en mí.

Único e irrepetible, es decir, el mejor. Porque de lo que se trata finalmente es de demostrar la propia valía y el propio acierto. El individualista presume de quedar por encima de los demás siempre, compite por ser el mejor. Que es la mejor forma de mostrarse necesitado de otros, aunque no lo reconozca. Oprime a otros para quedar por encima, juega sucio hablando de los demás, miente para estar en los primeros puestos. Al final hemos confundido, con tanta jerga maravillosa, que ser únicos significa reconocimiento por parte de los demás. Y si no se consigue, problema al canto, decepción, fracaso y más combate, lucha y

Es mi mundo, el mundo. Nada hay más allá de lo que vivo, y vivo pensando para mí y en mis cosas, en tener y conquistar a toda costa y con todo lo que comporta. Mi mundo lo construyo yo. Con mis relaciones, de las que soy el centro, y con mis cosas, de las que soy el dueño. Y va creciendo y va aumentando. Y nadie tiene derecho a entrar en mi mundo, salvo que yo le dé permiso. Ni esos otros lugares del mundo donde se sufre, ni esas otras personas que se preocupan por mí. Yo voy a lo mío, con lo mío. Me lo guiso y me lo como. Es incluso difícil querer a estas personas, que al final se vuelven insensibles, indolentes, o consumen los sentimientos e ideas de otros haciéndolas suyas para poder vivir. E igual que nada entra sin su permiso, nada sale de su mundo salvo que lo considere desecho, porque lo suyo es maravilloso, envidiable, y así se siente un rey. Nada sale significará que nada compartirá, que no se preocupará de ayudar salvo por medio de un intercambio en el que salga ganando.

Mendigos de amor y aprobación. Paradójicamente, tanto individualismo conduce a unas dependencias brutales a cambio de amor y aprobación, y el ideal de ser único e irrepetible pasa a ser una ola de jóvenes iguales con una senda marcada de la que nadie se puede salir “demasiado”. Algunas cosas se permiten, pero no todas. ¡Cuidado! ¡Peligro! De entre todos los individualismos posibles, el mendicante es el más lastimero. Es el que ha hecho la prueba de la soledad que comporta ser diferente, y se ha estrellado contra un muro que es insoportablemente duro, que no puede atravesar, y vuelve cabizbajo y sin dignidad en busca de apoyos, malherido. La búsqueda de amor, de aprobación, de estima, de aplausos y de palmaditas en la espalda algunas veces es beligerante y exigida a otros. “Soy libre… pero dime que soy bueno.” “Soy único, y hago lo que quiero, pero apláudeme en mis decisiones. Te guste o no.” Y otras veces, es un viaje tan difícil de recorrer por uno mismo, el del individualismo, que deja sin dignidad ni autoestima a las personas que lo emprenden, haciendo que regresen por otros caminos de mayor dependencia y necesidad, con más carencias que nunca en busca de cualquier amor fácil que se deje conquistar. El amor mendicante, sin dignidad ni prestigio, da lo único que le queda por entregar a cambio de algo que le haga sentir mejor: se da a sí mismo, se pierde.

Contrastando con los otros. Los demás no son una amenaza, hasta cierto punto. Vivo los contrastes como confrontaciones, y la diversidad como una fatalidad porque no vamos todos al unísono.

Cristianamente. Claro que somos únicos. Pero únicos en relación, en igualdad en tanto que todos somos personas, y en comunión. Ser único no es aislarse del mundo, montarse un universo paralelo donde poder ser el rey, olvidándome de los demás y de Dios. Hoy necesitamos recuperar un sano individualismo, para jugar contracorriente nuestras mejores bazas y aciertos.

La sonrisa, en la sociedad actual


Para todos, como de costumbre. Pero muy especialmente dedicado a los que comienzan las clases, vuelven al trabajo, tienen familia y amigos, se esfuerzan en la vida. Para los alegres y para los tristes, para los que se levantan a tiempo y los rezagados, para los que alcanzan sus sueños y quienes los ven lejos, para los que son bendecidos y los maldecidos por las circunstancias, para los que aman y los que son amados, para los grandes y para los chicos, para quienes sufren y quienes hacen sufrir, para los que viven y quieren vivir.

Cuando en el día a día nos encontramos una sonrisa, nos sentimos en casa. Motivos para sonreir nos sobran en la mayor parte de los casos, como para estar satisfechos en lo cotidiano. O, al menos, no tenemos tantas justificaciones ni estamos tan legitimados como para no mostrar una expresión amable y cordial.

Las sonrisas lo cambian todo. De esto, como sujetos “pasivos” que las aceptamos de buen grado y que nos ayudan, tenemos experiencia sobrada. También de lo contrario, de aquellas ocasiones en las que somos “agentes” contagiosos de “buen ambiente” para con otros.

Hoy me gustaría agradecer expresamente la sonrisa de ciertas personas que, durante este día, que en absoluto ha sido especialmente triste ni nada por el estilo, sino simplemente normal, han marcado la diferencia:

  1. A todos los alumnos que pueden sonreír en clase. Sobre todo en aquellos momentos en los que la clase se pone especialmente costosa. Por la hora, por la materia, por el cansancio, por el esfuerzo que hay que hacer. ¡Gracias!
  2. A quienes por los pasillos del trabajo saludan y hacen alguna broma que genera buen ambiente. Por la sonrisa de complicidad que implica, por romper barreras institucionales a favor del trato entre las personas y del reconocimiento de la mutua humanidad en espacios muy deshumanizados. ¡Gracias!
  3. A quienes afrontan dificultades con espíritu positivo, sin buscar enfrentamientos y valorando que hay algo más importante que llevar la razón. Porque su actitud favorece el diálogo, la toma de decisiones no pocas veces costosa y difícil. ¡Gracias!
  4. A quienes se ríen de las noticias tal y como las cuentan en los medios de comunicación, fomentando el espíritu crítico, la libertad de pensamiento, los criterios personales por encima del “rebañismo de masas”. ¡Gracias!
  5. A quienes hacen del deporte y del ocio un tiempo para la distensión, para la salud, para el compañerismo, aparcando competitividades destructivas y demoledoras, procurando que todos encuentren su lugar en el juego o en la conversación. ¡Gracias!
  6. A quienes entran por la puerta de su casa procurando contar lo más amable de su jornada, riéndose con educación de lo que sucede a su alrededor. Por hacer de su familia y entorno cotidiano un espacio para la libertad y el crecimiento, para la expresión confiada y la visión creativa y positiva de la realidad. Por la buena educación que ofrecen, desde lo más práctico: la sonrisa. ¡Gracias! Gracias, muy sinceras y especiales, por respetar el crecimiento de los más pequeños, acompañar sus tratadas con educación y seriedad, y saber reírte con tu pareja al ver crecer el fruto de tus entrañas. Y gracias a los hijos, niños, jóvenes o no tan jóvenes, que saben compartir con sus padres de forma agradecida unas palabras que alienten y animen en tiempos de tempestad. ¡Gracias!
  7. A quienes saben distinguir entre reírse y mofarse de alguien, y no permiten ni el ensañamiento y las bromas fáciles contra otros. A esos que tienen un humor ingenioso, algunas veces casi oscuro y sutil, que además hace pensar en cosas grandes. ¡Gracias!
  8. A quienes comparten sus chistes por la red, sin llegar a convertirse en spam y con mesura, y dan este toque diferente a las bandejas de entrada, a las TL de las redes sociales. ¡Gracias!
  9. A quienes crean sus propios chistes y bromas, y comienzan riéndose ellos mismos cuando no entienden lo que dicen. Sin ellos el mundo sería terriblemente más simplón y vulgar. ¡Gracias!
  10. A quienes, por último, aceptan la sonrisa de Dios sobre el mundo, en lugar del permanente lamento y pesadez. Sabemos que Dios, por encima de todo, nos mira como hijos amados, queridos. Gracias por aceptar su sonrisa, su gracia, su talento y su alegría. Por dejarte contagiar por ella y traslucirla en servicio, amor, transformación de la realidad, compromiso con los de cerca y los de lejos, pasión por el trabajo de cada día, superación de dificultades y cansancios, creación de grupo y animación de los demás, motivación para continuar siempre y empezar cuantas veces sea necesario, aceptación del otro tal y como es, aceptación de uno mismo en sus muchas capacidades y límites… ¡Gracias a Dios por crear tanto bueno, y tanto muy, muy bueno!