Ver “Los juegos del hambre”


Crueles y despiadados. Competitivos asesinos que luchan por darse mutuamente muerte en unos juegos planificados dentro de un mundo dividido en sectores ricos y pobres. Estos jóvenes que posan sonrientes en la foto son los protagonistas encargados de llevar a la pantalla el libro escrito por la norteamericana Suzanne Collins. Ni lo he leído, ni lo leeré probablemente. Así que me limito a comentar la película.

Por un lado, presentan un mundo escandalosamente parecido al nuestro. Dividido por la riqueza, donde los poderosos viven cómodamente, mientras otros les abastecen de todo lo necesario. En este mundo creado por Collins, una voz de ultratumba explica una versión depauperada de un conflicto primigenio de clases como también aparece en El Señor de los Anillos. De aquel pecado de división, esta situación y la “necesidad” de ofrecer anualmente un motivo para no olvidar aquello, tener siempre presente la sumisión. Y así, ingeniosamente, se les ocurre convocar “Los juegos del hambre”, en los que un joven y una joven de cada sector, elegidos al azar, lucharán a muerte entre sí. Batalla que es retransmitida y manejada al igual que los Reality Show de nuestras pequeñas pantallas.

Lo dicho. Demasiadas coincidencias.

Lo peor de todo sigue siendo el final. Aquí no hay buenos contra malos, que “justifique” un final feliz en la victoria del bien. Sigue siendo, pese a que lo hayamos olvidado, la injusta lucha entre inocentes condenados a matar para vivir, cómplices y competitivos por el capricho de unos pocos.

Ver “La soga”


Ya en 1948 se hacían películas verdaderamente estupendas. Tendríamos que aprender de la sencillez de un escenario sin efectos especiales ni comienzos de vértigo en aviones. Y aceptar humildemente la lección de la trama maestra, al filo de lo ambiguo, con palabras que nos traen una y otra vez infinidad de finales posibles. El discurso final, las palabras del viejo profesor atento a todos los detalles, que causa emoción en sus alumnos y despierta las luces y sombras que llevan dentro, tiene algo magistral que sólo podrá entender aquel que ha empezado a pensar en serio y a necesitar de las palabras para expresarse y dialogar.

La película nace con una angustiosa escena. No te la revelo, pero no te la pierdas. Ya desde el primer momento se perfila en los rostros de sus dos protagonistas las dos grandes personalidades del crimen y del mal. El uno está presa del otro, se dependen mutuamente y necesitan. El uno utiliza la seguridad del segundo, y el segundo quiere ser visto por alguien y así utiliza al primero. Tristemente se desviven, y montan una fiesta cargada de falsedad que nunca llegará a ser tal ni a cumplir sus sueños. El crimen perfecto no existe.

Ver “Young adult”


Con este nombre puedes esperarte cualquier cosa. Pero esta película es para todos los públicos, especialmente adultos que se van viendo cómo otros, de su misma generación y con quienes comenzaron a vivir, se han quedado anclados en las cosas de los adolescentes sin dar un paso adelante hacia su vida adulta. En cualquier caso, sólo es una película para pasar un rato. Ni siquiera diría que un rato divertido.

La protagonista es una adolescente crecida en años, que se ha cuidado, y por la que el tiempo no ha pasado. Según dicen sus compañeros de infancia, sigue igual incluso físicamente. Lo preocupante se revela cuando descubren que cuerpo, mente y corazón van al unísono. Quien no crece, no crece de ningún modo. Ella misma se da cuenta. Comparte paranoias, pasiones. Sufre altibajos, mantiene la esclavitud de las dependencias propias de quienes comienza a “jugar a ser adultos”. Y así una y otra vez. Su vida contrasta duramente con la de otros dos personajes masculinos, con vidas más serenas, estables y comprometidas que la suya. Uno de ellos, con discapacidad, se convertirá en una especie de ángel de la guarda, aquel que fuera el “marginado y apartado” en los tiempos de los grupos y las pandillas valientes. El otro, el amor que va buscando, acaba de tener un hijo con una de las chicas del pueblo que les vio crecer a todos. Más que amor, diría objetivo al que van dirigidas todas sus “armas” y sus “planes”. Aquello que funcionaba en la adolescencia, ahora se muestra incapaz de dar un amor sincero y vivir en reciprocidad.

Como casi siempre, en las películas, tenemos final feliz. Ella cambia de rumbo, su vida se transforma. Algo que, dicho sea de paso, quizá no podemos esperar en la vida real. Y menos creyendo que sucederá en poco más de una hora.

Dos muchachos

Ver “Crimen perfecto”


De nuevo, una excelente traducción. Inteligentes ellos, para que pique el gusanillo desde el principio. Se conoce que el título de Hitchcock, basado en la novela de Frederick Knott, no les parecía suficientemente bueno. Y como nosotros no somos capaces de hacer cosas como esas, entonces apuntamos en los títulos nuestra creatividad y originalidad.

La película debería verla todo aquel que se cree tan listo, tan listo como para engañar a todos. Aquí la sabiduría queda a la altura del betún. De hecho, no hay sabiduría en el protagonista, sólo engaño, manipulación, soez burla. Pero ni su mujer, ni quien se revelará que es su amante, andan muy lejos de sus sendas. El único que sirve con su inteligencia, que no tiene nada que ocultar, va de frente, con prudencia, entrelazando cabos sueltos, fijándose en detalles, dialogando con unos y otros sin dejarse llevar por prejuicios e impresiones. Me encanta el papelón que hace el policía viejo, con libreta y lápiz, que solicita indagar y profundizar más en cada cosa que se dice. Cuando todos piensan que está resuelto el crimen, él persevera hasta cerrarlo todo. Cuando todos creen que han vuelvo a empezar y que tienen nada entre las manos, él ya abrió y atravesó una nueva puerta.

Al terminar la película, si la ves por primera vez, ¿como cuál de ellos te habrás comportado?

Por otro lado, parece que Hitchcock, y otros, tienen claro que una trama como ésta no puede comenzar de otro modo si no en la ambición y el dinero. Matar a otra persona, atentar contra ella, sólo es posible cuando se la rebaja tanto que se considera que es una cosa más entre otras muchas. ¡Vergonzoso!

Ver “El jovencito Frankestein”


El argumento de esta película en ByN proyectada en los años ’70 se resume rápidamente: una parodia de Frankestein, a través de la vida del nieto. A mi entender, no tiene mucho más. Ahí lo dejo.

La gradeza de esta película, como la mayor parte de las obras de humor, está en los “puntos”, “giros”, “juegos” que se van sucediendo. A unos les hacen más gracia unos, a otros otros. Y de vez en cuando todos los espectadores ríen a la vez y comentan juntos. ¡Así es el humor! ¡Tan necesario para unir, y diversificar personas! En cualquier caso, ¡deberíamos reírnos más!

Considero que la segunda vez que se ve, esta película gana. Es como si fueses riéndote con el director, sentado junto a su silla de dirigir películas, sabiendo lo que va a suceder, captando las imágenes de otra manera, y entendiendo lo que no “cogiste” a la primera. Insisto de nuevo, ¡así es el humor! Que a veces te despista, otras te centra. En cualquier caso, siempre recrea y, si es buen humor, también reconcilia. Esta forma de ver cine, alejándote de lo cotidiano algunas veces, y hay que decirlo, cae en lo soez, redundante y malicioso. Parece que los temas tabú de la época se mantienen y siguen provocando risas, con palabras cultas a las que poco acostumbrados andamos frecuentemente, curando alguna que otra herida de la historia. Ayudan, dicho sea de paso, a no dejarlos en el baúl de los recuerdos para siempre como si no existieran en sociedad, y a no tratarlos de cualquier manera, ni a desprotegerlos de su capacidad y recursos. Por mucho que se trivialicen, haciendo recuento rápido en la película, lo que hace gracia en el cine suelen ser cuestiones radicales de la persona. Estén o no escondidas, tengan o no tengan una superficialidad visible y dialogable. Llegan a lo íntimo de las personas. Y pueden transformarlas.

Después de ver la película, si los espectadores soportan su humor, lo suyo sería pasar a considerarse contertulios. Entonces comentar durante unos minutos qué les ha parecido. No más de cincuentaynuevesegundos cada uno. Para no cansar. Y dar paso a otras cosas más interesantes que prolonguen de verdad la comunión.

Ver “Memorias de una Geisha”


Estas son otra clase de memorias. No son las memorias de una emperatriz, ni de una reina. Sino de una medio esposa, la esposa del anochecer, tratada con amabilidad y educada en rigor. Memorias de una vida que ha sido escuchada en oración, que susurró su primer gran deseo al abrigo de un puente, conservándolo hasta que la memoria ya no tenía razón de ser, ni motivo para ser única. Entonces, y sólo entonces, pudo la memoria hacerse pública y transformarse en libro y película que nada, o muy poco, tiene que ver con el resto de los mortales del siglo en el que fue estrenada en la gran pantalla. No encanta mirar, por otro lado y hacia otros lados, las vidas existosas de los demás, nacidas en la miseria, creadas con tesón y celebradas sin soledad. La cuestión sigue siendo si estamos dispuestos a sacrificios menores cuando nacemos de otro modo, crecemos sin tanta debilidad como la que protestamos, y celebramos algo común.

¡Cuánto me alegra que hayan desaparecido las geishas! Que ya no existan esta categoría para mujeres encerradas en su destino de por vida. Y cuánto me gustaría que desapareciera definitivamente la prostitución, el uso de las personas, el comercio de vidas enteras o parte de vidas. ¡Cuánto me gustaría! En la película, creo que veladamente, se dejan entrever historias preciosas, y se reviste todo de una hermosura desigualmente desproporcionada a la injusticia que existe. Lo siento mucho, pero creo que la película debe ser considerada un homenaje justificativo, una poesía embellecedora. Y también debería suscitar un deseo de libertad mayor, de justicia mayor de la que representa. Ambas cosas unidas, sin quedarse en el engaño de la trama, porque lo que refleja es excesivamente escandaloso y duro. Miremos al pasado descubriendo personas, pero construyamos sociedades con criterios renovados en atención, precisamente, a los más débiles, también humanos.

Ver “Maktub”


Hay cine que hace pensar. Te regala una preciosa reflexión sobre la vida mientras estás en tu butaca. Suele tener algo de incómodo, provocador y agresivo. Rescata lágrimas que se habían guardado en hondos pozos cavados en corazones heridos, y ayuda a pagar este humano tributo. Otras películas que entran en esta categoría serían aquellas que cantan hazañas de héroes. Otras, las que tratan temas espinosos y enredados con humor y frescura. Y Maktub convoca todas esas perspectivas.

No es que te haga pensar, soñar con lo imposible y alegrarte. Sino que lo pretende desde el momento cero, a través de estos dos protagonistas desconocidos entre sí, reunidos en la sala de espera de un hospital cualquiera del mundo. Un niño cara dura de corazón blanco, y un calzonazos y desesperado adulto cargante y roto. La enfermedad no creo que sea el tema, sino el motor, el pretexto para el amor, que sin dejar de estar en primer plano y sin sepultarla para que se olvide cobra una dimensión nueva. Sitúa ante lo último, lo definitivo, empuja la luz y claridad, desvela horizontes, impide que retrasemos lo que deseamos y que seamos cobardes en los miedos.

Invito a todos a verla. Nunca solos. Sería una traición a una película hecha para reunir, conmover, dialogar, mirarse y sonreir. Propongo que al final de la película cada uno diga una palabra. La mía, muy trillada algunas veces, cobra mayor sentido aquí: “Amor.”