Seres capaces de dejar hueco, y por tanto, de hacerlo


Todos los días hay algo en este sinvivir llamado vida que me resulta llamativo. Puedo asegurar que no hay día que haya pasado en balde enteramente. Aunque tengo que reconocer que en toda esta maraña que se intenta ordenar poco a poco sin poder frenar el tiempo hay cosas que nunca hubiera querido haber visto ni oído, mucho menos protagonizado en primera persona, y que otras daría exactamente igual que hubieran o no sucedido, al menos en apariencia. Hoy, con prudencia, me limito a afirmar que todo día ha traído su propio afán (o mal, según se lea), con su tesoro escondido. Nada del otro mundo, o sí, según de qué estemos hablando. Y hoy ha sido sobreabundante, sin quererlo.

Hoy me voy a dormir con la inteligencia despierta. Le decía a un amigo por la tarde que quizá un tanto agitado, quizá un tanto nervioso e inquieto. Hay días para todos los colores. Y donde reina la paz, surge igualmente el temor a la tempestad con las primeras gotas que anuncian la tormenta. Hoy compartía con un amigo, yendo yo de viaje, que las personas somos capaces de dejar hueco, y no sólo huella. Y debemos atender, por tanto, a su respectiva capacidad en el otro, que es la de disponerse para recibir. Y nos parecía tremendamente significativa la metáfora del “hueco” en tanto que espacio propio, en tanto que lugar que fue habitado un día, en tanto que marca de una presencia. Quizá alguno se imagine el hueco, como también nos lo hemos imaginado este amigo mío y yo, en forma de espera redonda, que es la figura más perfecta. Pero no debería ser así porque cada uno lo hace a su manera. Hay quien deja el hueco de una puñalada, a su paso por nuestro camino. Hay quien deja el hueco de una mano bien puesta, o de un abrazo. Incluso de una palabra que nunca más será igualmente pronunciada, por mucho que pueda ser repetida. Hay huecos en los hombres, no al modo de los quesos de tebeo. Hay huecos en los hombres provocados. Y esos huecos, curiosamente, caíamos en la cuenta de que siempre han existido, y que estaban antes de ese mismo encuentro. Un hueco causado donde ya había un hueco.

Terminábamos nuestra conversación con una sencilla despedida. Y al partir notaba su ausencia, la de su presencia y a la de sus palabras. Y sobre todo, por encima de ellas, la del amor y la de su mano tendida. Hoy rozamos sin querer lo eterno con nuestras palabras envueltas en poesía. No sé si volveré a verle, y si volviera a verle no sé cómo estaría, ni quién será, ni si trataremos de nuevo de todo esto justo donde lo dejamos. No sé qué ocurrirá y a esto que ahora vivo es a lo que precisamente nos referíamos.

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