El secreto de mi Navidad es hacerte feliz


Comencé la Navidad así. Una Navidad que siempre supe que no era mía. Este tiempo, como cualquier otro, debería ser para regalar enteramente. Qué torpe es quien pretenda quedárselo, y qué lección de vacío le dará a todo aquel que piense en manipularlo. Algún día podre decir por qué intuyo que este es el camino por el que se anda en paz. Una Navidad sencilla, orientada, centrada. La Navidad no es mi navidad. ¡Claro que la Navidad es tiempo de felicidad! ¡Claro que es tiempo de alegría! De la felicidad que pueda dar, aquella que esté dispuesto a poner en personas y no en las cosas, y de la alegría que sepa compartir a tiempo y a destiempo. Qué importante es saber que hacemos lo que podemos cuando el deber y las obligaciones nos muestran nuestra incompetencia. Qué importante es creer en lo que vivimos, y que estamos vivos en Navidad con lo que esto significa. Qué importante me resulta ahora, y tan evidente, que Navidad tiene tanto de espíritu que nada podrá contenerlo por entero más allá del corazón de un niño que mira con los ojos perdidos en el horizonte y tiene el rostro calmado y en paz, como antes de dormirse.

Si me pides más de lo que soy, tendré que quedarme a las puertas de Belén. Me veré humillantemente humillado, y no sabré qué hacer más que mirar. La Navidad también nos muestra que la felicidad está en el perdón y la reconciliación, y que se pueden curar muchas heridas. Si no puedo darte más, te diré que te lo he dado todo. Hasta entonces, hasta que no haya tocado límite y me encuentre rebasado, estaré guardándome una carta tontamente. Lo que quiero es poder ponerlo todo a tus pies, segundo a segundo. Tú eres el centro de la Navidad, al menos de mis días. Y ti me saben todos los manjares dulces y amargos de estas fechas. Y a ti huele mi propia presencia. Hasta entonces, hasta haberlo dado todo, hacer feliz al modo que sea, de la manera que tenga que ser y se pueda, con las fuerzas de las que dispongamos. Bien con la típica sonrisa, y con los juegos. Bien con la mirada, o viendo algo entre nosotros. Bien con el esfuerzo que pueda hacer por ti, después de preguntarte qué necesitas. Bien con lo que llevo entre brazos y sé que puedo compartir. Bien poniendo a tus pies aquello que tú mismo me diste hace ya mucho tiempo. Bien en las tareas, en los cortes, en las interrupciones, en los bostezos. Bien solos o acompañados, aunque siempre cercanos. Incluso mi tristeza puede ser motivo de felicidad en este caso. Bien en la esperanza o la nostalgia, al pasar fotos de otro tiempo que no es ahora o al programar el tiempo que hará mañana. Bien en tu casa o en las calles, o en los móviles y mensajes. Bien en los cantos típicos de las fechas o en los que siempre serán inolvidables por otros motivos. Bien en la  Bien con mi silencio durante el día y la noche, o bien con mi palabra preferida. En el juego en el que desvanecen las presencias y las ausencias claras, sabiendo quiénes somos y de dónde venimos.

Navidad no soy yo. Navidad tienes que ser tú, y salir a tu encuentro. Y poder decir desde el hondo corazón que hacerte feliz es mi secreto, y que es el único motivo que tengo para sonreír como un niño, y dejarme enternecer como un pequeño, y mirar la debilidad y la fragilidad sin arrugarme, y que sólo por ti sería capaz de olvidarme de mí, de todo lo vivido hasta este encuentro, y seguir hablando durante días y noches enteras, y seguir preocupándonos de todo el mundo juntos. Y que sólo en ti, y sólo por ti, estos días pueden ser llamados días grandes, mágicos y celestiales, más propios de otro mundo y de la vida nueva. Y que sólo tú has roto el hielo y frío que lo envolvía. Y que esto que hoy te digo no se lo podré contar a nadie.

Seres capaces de dejar hueco, y por tanto, de hacerlo


Todos los días hay algo en este sinvivir llamado vida que me resulta llamativo. Puedo asegurar que no hay día que haya pasado en balde enteramente. Aunque tengo que reconocer que en toda esta maraña que se intenta ordenar poco a poco sin poder frenar el tiempo hay cosas que nunca hubiera querido haber visto ni oído, mucho menos protagonizado en primera persona, y que otras daría exactamente igual que hubieran o no sucedido, al menos en apariencia. Hoy, con prudencia, me limito a afirmar que todo día ha traído su propio afán (o mal, según se lea), con su tesoro escondido. Nada del otro mundo, o sí, según de qué estemos hablando. Y hoy ha sido sobreabundante, sin quererlo.

Hoy me voy a dormir con la inteligencia despierta. Le decía a un amigo por la tarde que quizá un tanto agitado, quizá un tanto nervioso e inquieto. Hay días para todos los colores. Y donde reina la paz, surge igualmente el temor a la tempestad con las primeras gotas que anuncian la tormenta. Hoy compartía con un amigo, yendo yo de viaje, que las personas somos capaces de dejar hueco, y no sólo huella. Y debemos atender, por tanto, a su respectiva capacidad en el otro, que es la de disponerse para recibir. Y nos parecía tremendamente significativa la metáfora del “hueco” en tanto que espacio propio, en tanto que lugar que fue habitado un día, en tanto que marca de una presencia. Quizá alguno se imagine el hueco, como también nos lo hemos imaginado este amigo mío y yo, en forma de espera redonda, que es la figura más perfecta. Pero no debería ser así porque cada uno lo hace a su manera. Hay quien deja el hueco de una puñalada, a su paso por nuestro camino. Hay quien deja el hueco de una mano bien puesta, o de un abrazo. Incluso de una palabra que nunca más será igualmente pronunciada, por mucho que pueda ser repetida. Hay huecos en los hombres, no al modo de los quesos de tebeo. Hay huecos en los hombres provocados. Y esos huecos, curiosamente, caíamos en la cuenta de que siempre han existido, y que estaban antes de ese mismo encuentro. Un hueco causado donde ya había un hueco.

Terminábamos nuestra conversación con una sencilla despedida. Y al partir notaba su ausencia, la de su presencia y a la de sus palabras. Y sobre todo, por encima de ellas, la del amor y la de su mano tendida. Hoy rozamos sin querer lo eterno con nuestras palabras envueltas en poesía. No sé si volveré a verle, y si volviera a verle no sé cómo estaría, ni quién será, ni si trataremos de nuevo de todo esto justo donde lo dejamos. No sé qué ocurrirá y a esto que ahora vivo es a lo que precisamente nos referíamos.

Una escena que siempre me llamó la atención


Hay una escena, casi al final de la película “El indomable Will Hunting” que siempre me llamó la atención. Lo recuerdo perfectamente desde el primer día que la vi. Y van muchas repeticiones. Se trata del diálogo entre estos dos “mejores amigos”, en su descanso de media mañana acompañados por cerveza. Toma la palabra Chuckie para hablar con una sinceridad desmedida a su amigo Will, en forma de terapia de choque improvisada. Está bien encuadrado todo, porque se dedican precisamente a la demolición, e instantes antes están derribando juntos una pared a macetazo limpio. Chuckie posee un tono insultante y agresivo, con la nitidez y frescura de los que han aprendido qué es la vida metidos en la vida misma de las calles, de las historias de la gente que anda defendiéndose en ella como buenamente puede. Me chocó tanto que nunca se me olvidará la sensación que dejó en mí. Un buen amigo, el mejor de los amigos, no te querrá siempre con él ni para él. Y eso, sabiendo que el amor en cualquiera de sus formas es siempre amor posesivo, apropiante. El mejor amigo querrá siempre lo mejor para el otro. Y en no pocas ocasiones esto significará separar sus caminos, desprenderse, abrir espacio en medio, atravesar mares, cruzar orillas. El mejor amigo del mundo dará libertad por encima del amor. Y no habrá mayor expresión de su fidelidad que ésta. El resto será sólo una preparación para un dejar marchar pronunciado con entereza. El joven Chuckie se atreve incluso a dar un paso más, apostando por la muerte misma en su diálogo. El amigo matará al amigo que no sepa aprovechar su don, si la amistad es más fuerte que aquello que debe hacer en el mundo. Será un insulto a la amistad misma, a la gente de carne y hueso que anda por las calles de la vida, que alguien de la altura de semejante don no haya descubierto que la distancia no quiebra ni un ápice el amor entre aquellos que verdaderamente se quieren. La distancia, de la que tantas veces hablamos, no es óbice para el amor verdadero. Si la distancia mata, no había amor. Si la distancia impide la relación, no existía relación. Lo mejor de la amistad es no llegar a necesitar del amigo. Será otro el criterio de su cercanía, de su diálogo, de su intercambio.

No estoy de vacaciones


El mundo se divierte descuadrando personas. Unas trabajan para que otras crezcan. También para que se diviertan. El bien de unos se asienta sobre la entrega de otros, sobre su buen hacer, sobre su sacrificio. Hoy paseé de nuevo, en mitad de la Navidad, por los pasillos de un hospital, y vi mucha gente en pie, de guardia, con atención. Algunos vestidos para la ocasión con traje de faena de diferentes colores, y otros con ropa cómoda para aguardar al pie de la cama del amigo, del hermano, del familiar querido, junto a otra cama que va dejando de ser ocupada poco a poco por una persona anónima. Y de este paseo, a otros paseos, con la espinita esta vez bien clavada. Hay gente en nuestro mundo que nunca descansa, que siempre sabe estar, que su vida se engendra y gesta en el trabajo, o más bien servicio a los demás. Una vida sin vacación sólo puede ser sobrellevada como vocación. Así las madres en sus casas, así los padres, así los esposos, así los amigos, así otras ricas y apasionadas vocaciones de nuestro mundo que se mantienen cuando otros descansan y para que otros crezcan.

Me ha hecho un bien enorme darme cuenta de esta situación. No hablo de la necesidad de descanso, siempre necesaria, sino de otra cosa, a otro nivel y de otra dimensión. Espero que lo comprendas porque hay personas a tu lado que, efectivamente, nunca se cogen vacaciones en lo que son. Y éstas, intuyo, son las que sostienen el mundo con su amor. Son aquellos que no dejan nunca de ser, los que nunca paran en su hacer, los que donde van siembran, los que son llamados y están, los que andan con cien ojos en mil cosas. Estos hombres y mujeres de diversas edades no tienen papeles que acrediten su historial, sino arrugas en las manos y una sonrisa asimétrica en la cara. Una verdadera maravilla, ante la que hoy, quizá como en pocas ocasiones he sido consciente, me quito el sombrero. Son para mí una lección viva de aquello que sé que deseo interiormente alcanzar, compartir y vivir. Los que no son de hoy sí, mañana no, sino que permanecen por siempre en humildad, sin excesivo reconocimiento, yendo y viniendo de un sitio a otro, sin firmar entrada ni salida.

Aquello que en tantas ocasiones vivimos como castigo o como condena, como un sufrimiento, con la terrible angustia del no parar, de vivir siempre atareados, ellos lo saben llevar con dulzura, con encanto, contagiando. A mí algo se me ha pegado hoy de quienes he visto, y se distinguen bien de los que están de otro modo en el mundo. Hoy han brillado, sin llamarlos, ante mis ojos. Hoy me he dejado sorprender, como un niño al que se le cuenta uno de los secretos mejor guardados. Los hombres, que parecen todos iguales, no lo son verdaderamente. Los hay de colores para despistar, y tampoco en esto radica la diferencia. Los podrás colocar por edades sin alcanzar su corazón, allí donde están escritas sus intenciones, allí donde el hombre y la mujer tienen la oportunidad de vestirse de lo que son, sin dejar de serlo nunca, con traje que no desgasta la vida.

Creo que esta es la mejor entrada para compartir el trabajo de todo el trimestre en un único archivo. Aquí tienes todos los post, tal y como fueron escritos. Si algún día los reviso, también te los daré gratis. Porque aquello que fue recibido así, como el amor, no se puede ser motivo de comercio por mi parte. Si en algo te ayuda, me alegraré. Si no fue así, tendré que mejorar. Y si en algo empeoré tus pasos, o te hice tropezar, te pido mil disculpas.

Me hubiera encantado, como puedes comprender, ofrecer una versión un tanto revisada y más cuidada. Ni índice he hecho. Ojalá sea, en cualquier caso, motivo de diálogo. 

ARCHIVO ONLINE – Si alguien lo quiere de otro modo, sólo tiene que pedirlo.