Ya veo que me conoces


Suelo utilizar esta frase, tan corta y tan clara, de forma irónica, contra quienes llegan a las fronteras que traza mi vida creyendo conocer cuanto hay dentro. A los que me conocen de verdad les digo que me conocen bien. El “bien” marca la diferencia, como en tantas otras ocasiones y momentos. A los primeros, cuyas palabras nacen de dos o tres cosas unidas habitualmente a la intuición y a una solemne ignorancia, les suelo dar además una pista para demostrarles que yo tampoco les conozco. Porque cuando dos personas se conocen, lo hacen mutuamente, si están atentas. A los segundos, a los del “bien” les dejo que hablen aunque se equivoquen en ocasiones. Ellos tienen derecho, porque ya están dentro, y saben que todo se vuelve tremendamente complejo cuando están implicadas las personas por entero, y no fraccionadas y a trocitos. Estos segundos, que suelen más bien acertar que intuir, tienen también el derecho de hablar con claridad, y contundencia. Los primeros no, los ignorantes se defienden en sus brusquedades de la fragilidad propia de la naturaleza humana. Por eso, además, nunca tendrán la oportunidad de saber algo en plenitud.

Parto de que nadie piensa que ser conocido, por ser conocido, es un bien ni es algo bueno. Ser conocido, sin más, sería como quedar desprotegido, como si alguien invadiera la vida de otra persona, como si se hubiera colado por alguna ventana mal cerrada o hubiera forzado alguna puerta. Ser conocido, de este modo, es rebajar y quitar la dignidad a alguien. Y eso, no tiene nada que ver con el hombre, ni con lo humano, ni con nuestra vida misma. Si alguien roba de esta manera la oportunidad de hablar, de contarse y de expresar a otro tampoco se ofrece a sí mismo, como quien llama a la puerta para presentarse.

Buscamos ser conocidos, y queremos que ocurra, en la medida en que nos dan permiso para expresarnos, para dialogar, para entrar en relación, para tener trato cercano. Tanto más tiempo y tanto menos espacio entre las personas, como si fuera una regla de proporcionalidad inversa. Más tiempo, menos espacio, más proximidad. Mejor conocimiento mutuo, vinculante, que ama y es amado. Un conocimiento hondo, íntegro, casi puro, que no surge de la curiosidad sino de la sorpresa, que no reconoce sino que hace nuevo, que no juzga sino que busca comprender y explicar más allá del mismo hombre con su historia y con el rostro que la historia le ha ido dibujado. No se trata por tanto de conocer, sino que se sabe que alguien te conoce cuando es capaz de amarte. Ante quien no ama o no puede amar, sólo cabe separarse, alejarse, ocultarse y huir. Luego quien no ama, tampoco podrá conocer jamás. Y lo digo en absoluto. Y cuanto menos amor tiene, más será rechazado y alejado, y tanta más rabia nacerá en su interior, y por tanto se inventará, imaginará y pensará ciertas cosas que nada tienen que ver directamente con la verdad del hombre. Para conocer al hombre, hay que amarlo por entero, sin medida, casi siendo su fiel y leal esclavo. A mayor amor, mayor conocimiento. Y no tanto a la inversa. Porque el hombre en su libertad puede dejarse ver o ser sabio para ocultarse en lo hondo de las cavernas que, en no pocas ocasiones, se ven silenciadas las historias, las luchas, los sufrimientos, las tensiones. Y allí, una vez que se entra, todo se vuelve oscuro y apagado, incluso para el hombre mismo que puede olvidar qué le llevó a alejarse de semejante modo, y a quedarse sin aire para la cerilla que portaba como estandarte, y a sentir que la cueva es laberinto sin salida posible, de la cual sólo una palabra de amor le invitará a salir a ciegas.

Buscamos ser conocidos, indiscutiblemente. Y más, siempre más. Y ser mirados nos da la oportunidad de mirar. Y ser entendidos, de entender. Y ser perdonados, de perdonar. Y recibir es el único camino por el que el hombre podrá dar, y sólo puede dar por entero y totalmente aquel que reconoce que lo que tiene es don regalado, vida compartida. Y sólo puede salir de la soledad quien tiene un rostro amigo a quien mirar. Y sólo amará quien es amado. Y sólo tendrá misericordia quien conoció la fuerza y templanza de la justicia. Y sólo rompe y cambia la historia quien ha dado un paso adelante, un salto de vértigo, quien tendió la mano al futuro y sintió la tensión de todo lo pasado. Y sólo se sabe vivo, verdaderamente vivo, quien vive, en gerundio “viviendo”. Algo me dice, y no puedo justificarlo mucho, que sólo nos descubrimos así cuando alguien ha compartido con nosotros verdadero camino, y ha pisado nuestras huellas, y nosotros hemos pisado las suyas, y en ocasiones han ido al lado, otras un poco delante o un poco detrás de nuestros pequeños adelantos, y que se han tenido que girar en no pocas ocasiones para hablar cara a cara, o dar un abrazo, o mostrar una sonrisa, o compartir humildemente el llanto.

“Una luz brilló.”

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3 pensamientos en “Ya veo que me conoces

  1. Regalazo de Navidad que nos has hecho, Jose.

    Estoy totalmente de acuerdo contigo. El conocimiento no depende del tiempo que se pase con alguien, ni del interés que se tenga en conocerle, ni de lo listo o inquisitivo que sea uno, sino de cuánto se le ame. Porque solo el amor es capaz de romper los prejuicios, las etiquetas, lo que creemos que sabemos. El amor acoge sin hacer preguntas, sin condiciones, y solo en esa acogida es donde cabe la persona en toda su complejidad. Sin ella, solo se comprende a trozos.

    ¿Sabes? En mi vida he conocido psicólogos muy profesionales y muy formados, personas inteligentísimas y con una gran técnica. Pero la primera vez que hablé a nivel personal con un sacerdote me quedé estupefacta. Me impactó. Aquel hombre parecía conocerme de siempre… ¡habiendo hablado cinco minutos! Jamás había vivido un encuentro así. Un curilla de pueblo, ni especialmente listo ni especialmente nada. Solo con un inmenso amor. Y ese amor, fíjate, hizo toda la diferencia…

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