Enfocar la memoria, para que no nos roben lo vivido


Lo del “fin de año” es puramente artificial, un pacto y acuerdo entre los hombres, una fecha señalada para hacer memoria y mirar al futuro, situándonos a caballo de una realidad nada imaginaria llamada tiempo, que el hombre intenta controlar en sus calendarios y relojes. Se aproxima final de diciembre para contarle al ser humano una verdad que acepta en pocas ocasiones en su cotidianeidad: todo pasa. Y se espera con enero lo que no se puede esperar, que también es en cierto modo verdad aunque no podamos demostrarlo con los hechos: todo llega. Así, entre el pasar y el llegar, entre el dejar atrás y seguir lanzados sin poder detenernos, vamos viviendo. Y en este gozne se nos obliga, casi por imperativo social, a un recuerdo que no estaría mal cultivar con mayor frecuencia. Mirar la vida, más allá de un año, para saber decirnos dónde estamos, quiénes somos, qué estamos haciendo, qué no hemos hecho y podemos hacer, y qué nunca más volverá porque fue un tren perdido o una oportunidad que no tuvimos el valor de acoger, y qué nos hace disfrutar, qué nos mantiene vivos, qué misterio se esconde en este puzzle que hemos ido contruyendo paso a paso, y qué brilla con especial esplendor, qué se ilumina, y qué oscuridades persisten. Mirar hacia atrás, haciendo memoria, nos enfrenta a nuestro recuerdo y nuestros olvidos, a lo grabado en el ser y a lo que lastramos cada segundo, y a lo que hemos soltado o nos hemos despojado. Lo vivido propiamente no es pasado, como tampoco lo es la memoria. Quizá el recuerdo, quizá exactamente lo que pasó, quizá lo que se vivió quede ahí atrás de alguna manera inalcanzable de nuevo a nuestras pobres manos. Quizá el recuerdo sea un lazo largo que nos mantiene unidos, como anclados y sostenidos en las mareas de hoy. Quizá el olvido sea lo contrario, como si no hubiésemos acertado con nuestra intención de permanencer siempre vivos.

Ya que es obligada la memoria, entiendo que también debe ser educada. Recordar, por recordar, nunca fue sano. Quedarse con el recuerdo, sin reconstruirlo o sin purificarlo, mucho menos aún. Una buena memoria tiene en cuenta que no es sólo su propia vida la que está en juego, ni sólo el pasado. Una buena memoria tiene presente que su acción provoca hoy y cuestiona hoy y libera o cautiva hoy. Una buena memoria, verdaderamente digna del hombre vivo y del hombre libre y propia de nuestra grandeza no trata de detalles, sino de vida, ni de nombres, sino de personas, ni de cosas, sino de acontecimientos. Una buena memoria reconstruye y da sentido a aquello que sólo pudimos ver fragmentariamente día a día, y recompone piezas, y cura heridas, y contempla la carrera por entero del final al principio o del principio al final. Una buena memoria, excelente, sabe agradecer y reconoce su fuerza. Una buena memoria es libre, porque libera, y sostiene la experiencia para decirnos quiénes somos y por qué estamos vivos. Una buena memoria entiende más de lo que entendimos, y revive, añade vida por tanto, en todo lo que pasó, en todo cuanto floreció, en todo lo que surgió, en todo lo que iba sucediéndose. Una buena memoria nunca podrá mirar la vida en soledad, y se dará cuenta de cuántas vidas intervinieron, y cuántas personas se cruzaron, y cuántas se fueron distribuyendo armónicamente en los días y en los meses, en las horas y en los tiempos. La memoria concentra en un momento la exuberancia de la vida, y conecta series de elementos que tardaron mucho en producirse, que fueron pacientes con nosotros. Los conecta para mostrarlos rápidamente, como un beso tras otro beso, un encuentro tras otro encuentro, una prueba junto a otra y otra y otra. Y esas series, que nunca estuvieron juntas, ahora así nos aparecen curiosamente sin que lo hayamos pedido, guiados por la similitud de éste y este otro recuerdo. Y se comprime todo al recordar, como haciéndolo más puro de lo que realmente, más noble y más valiente de lo que aconteció. La memoria engrandece al hombre de hoy, cuando es recta. La memoria agota a querer atrapar todo, sin llegar a entenderlo todo, y decirnos de nuevo algo más de lo que podemos saber, y hablarnos de lo que nos sigue interrogando. Una buena memoria, sin embargo, nunca da nada por finalizado. Creo que una buena memoria sigue siempre recomponiendo, y que quien no recuerda vive roto, desmembrado, debilitado por sus huidas. Creo que una buena memoria obliga a no perder el rumbo. Creo que una buena memoria nunca debería dejarnos estar solos, ni hacer de lo de hoy un absoluto, ni engañarnos. La memoria, en sí misma, nos cuenta una verdad enorme, que como digo antes, no aceptamos en muchas ocasiones. Nos dice que no estaremos solos, nos habla con paz, nos pide que agradezcamos por entero o que reconciliemos, nos hace destacar y subrayar la vida, nos devuelve completamente al futuro, nos enseña, nos educa, nos revela misterios.

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Un pensamiento en “Enfocar la memoria, para que no nos roben lo vivido

  1. preciosa es memoria
    cuando me ayuda a
    solucionar lo relativo
    siguiendo
    la trama de aquel que no quisiera
    haber experimentado
    que hoy es experiencia
    para la vida y que dará fundamento
    para el futurox que Dios quiera que sea

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