No dejaré que Facebook cuente mi 2012


Me parece un abuso increíble que “una máquina” se pueda dedicar a estas cosas, a urgar en mi memoria y a seleccionar lo más importante de mi año, que es mi tiempo vivido y no sólo mi tiempo, con mis cosas que habrán sido en la mayor parte de las ocasiones compartidas y que precisamente por ese motivo son tan importantes. Además, actúa dando por supuesto que lo fundamental está escrito en la red, o fotografiado en la red, o compartido con todo el mundo. Me parece algo terrible y exagerado a todas luces, el colmo de la comodidad y de la pereza. A este paso no vamos a poder contar ni nuestra propia vida con libertad, haciendo saltos si conviene o adentrándonos en los sucesos según nos parezca. Saldrá un calendario del año con las doce fotografías con más votos, y a eso le llamarán vida. Ya no vamos a poder ni reflexionar sobre nosotros mismos, ni sufrir de olvido porque nos lo recordará, ni divagar en nuestro pasado sin las muletas de la tecnología. Sinceramente, me parece una ingerencia terrible, de mala educación que además malcriará a las nuevas generaciones, a esos llamados “nativos digitales” tan desacostumbrados a lo que no es efímero.

Lo tengo claro. Y os invitaría a hacer lo mismo. Si quieres contarlo, cuéntalo. Pero que no te lo cuenten, que no cuenten tu vida, que nadie tenga sobre ella una palabra más alta que la tuya, que seas tú quien decida, que seas tú quien opte. Que nos eduquemos en esta forma de estar en la red, de impedir que todo sea tan fácil, tan cómodo, tan ligero, tan superficial como en ocasiones se muestra.

La locura de la Navidad


Hoy puede sonar el post a crítica ácida, sin que sea mi intención directa. Tampoco busco hacer una denuncia de lo que probablemente todos sabemos. Ojalá seas capaz, y no lo dudo por eso escribo, de leer entrelíneas. Un saludo. De verdad, y sin repetir absurdamente palabras, FELIZ NAVIDAD.

No lo tengo todavía muy claro, aunque me aventuro a pensar y decir que no es cuestión ni de la Navidad, ni de estos días, ni de la decoración navideña (a lo mejor tanta luz, contribuye un poco, pero no mucho), ni de las reuniones familiares, ni de las cenas con amigos, ni de otras quedadas, ni de las felicitaciones, ni de los regalos, ni de viajes, ni de sorpresas, ni de turrones o polvorones, ni de bombones, ni nada de eso. Quizá sea el exceso de tanto en tan poco tiempo. Aunque tampoco es para tanto.

La locura de estos días viene con nosotros durante todo el año. No nace por generación espontánea, ni se contagia socialmente. Lo estamos deseando, darle rienda suelta. Por si no te habías dado cuenta,  es como si sonara la campana de diciembre -ya se adelanta a noviembre incluso- y todo el mundo se pone a correr, como si nos dieran aviso de última vuelta, de la última oportunidad. Los mayas inventaron un final del mundo una vez, pero la cultura occidental enloquece una vez por año, por lo menos. Esta locura que “disfrutamos” todo el año se desborda sin control estos días, porque todo tiene que salir estupendo, todo parece que debe ser maravilloso, todo se supone que será mirado al detalle, todo debería contener la esencia de estos días. Me parece que la locura es precisamente esa, la de la expulsión durante una temporada de todo lo normal y de lo más cotidiano, la de lo artificial por lo artificial sin fundamento ni sentido, la buena cara, o incluso falseante maquillaje, encima de los sufrimientos, de las adversidades, de las contrariedades. Quisiera saber acompañar mejor a quienes en estos días sufren por lo que sea. ¡Eso sería Navidad al modo como Dios se la plantea al hombre!

Si nos dejan a nosotros… Si nos dejan a nosotros Dios no nace en un pesebre sin luces. Ni llega así como así. ¡Una estrella era poco! Nada de mula ni buey, por supuesto, como poco una manada de poderosos caballos, y a la puerta esperando para volver a casa el Ferrari que más ruido hiciera del mercado. Con María tendríamos que haber salido de compras por las calles más lujosas en busca del traje por excelencia, que no sería “azul y rojo”, que eso ya no se lleva, sino de lentejuelas doradas. Y a José en lugar de un silencioso cayado me imagino que, como mínimo, le hubiésemos puesto un sofá para que reposara, y una buena televisión para que siguiera la Gran Noticia. Entre tanta historia navideña no sé cómo hubiera quedado el Niño, el único hombre que ha decidido nacer, y así ser obediente.

La locura navideña es lo más contraria a la Navidad misma. Es una locura ajena a las fiestas que lo contagia todo, lo enmaraña todo, lo complica todo. Lo que es un absurdo y lo que hace de todo esto ridículo es querer pasar unos días locos cuando se nos presenta un tiempo de mayor sencillez, de mayor humildad y de mayor pobreza. Los locos imaginan lo que no hay, y quizá es lo que ocurre estos días, que se “fuerza la máquina” para producir una felicidad inexistente en lugar de arriesgar el propio corazón para acoger lo que se nos presenta. Es muy difícil para el hombre, según parece, no considerarse el creador y el hacedor de las cosas, incluso de la Navidad, que por definición es un tiempo en el que Dios hace lo que quiere, lo inesperado, lo sorprendente, lo que descuadra al hombre, lo que le saca de donde está. En estos días, en los que comprobamos que por mucho regalar y regalar lo que esperamos es que alguien se acuerde de nosotros y sepa lo que nos conviene y nos hace felices, todavía me pregunto por qué no levantar la mirada un poco más allá de nuestras narices.

Me parece de lo más normal que haya quienes no se sienten en consonancia con la Navidad según se pinta. Es más, creo que son los que mejor se están preparando para ella, armándose de valor para llevar la contraria al estilo divino, que prefirió lo más pequeño en lugar de llegar al son de trompetas, armándose de paciencia para soportar las inclemencias que resulten de los excesos humanos, y disfrutar así del desbordamiento del amor, de la tranquilidad del nuevo nacimiento, de la alegría por contemplar un mundo nuevo.

Tú, a tu ritmo


¡Qué difícil es respetar el ritmo de las personas! Lo normal es decirle “a tu ritmo” a los lentos, quizá haciéndolos más torpes y culpables. Así demostramos nuestra falta de paciencia, los nervios, las agitaciones interiores y exteriores, las inquietudes, las prisas, la carencia de sensibilidad con los otros… Lentos hay de muchos tipos, unos que caminan despacio porque no pueden ir más deprisa, por ser “paticortos”, y otros que no quieren acelerarse y mantener las revoluciones de todos. Mucha diversidad en nuestro vocabulario, según parece, y en nuestras propuestas sociales. Pero en el fondo pensamos que al mismo ritmo nos iría mejor. Quizá así lograríamos por fin ser “máquinas” dentro del mundo tecnológico. Entre los que no quieren ir rápido existen muchos y muy distintos. Porque existen personas que voluntariamente se calman para lograr alcanzar la velocidad de otros, como los hay perezosos. No sabría con cual de todos quedarme. En cualquier caso, recuerdo aquello que decía “lento pero seguro” frente a quienes son incapaces de disfrutar de lo que tienen, frente a quienes no puede estar cómodos en ningún sitio, frente a quienes navegan más rápido que cualquier para llegar a no se sabe dónde, frente a quienes hacen por hacer y confunden velocidad y cosas con estar vivos.

Los deseos para 2013


Dentro de poco comenzarán a llover los típicos “informes” de “deseos para 2013”. Ya sabes que va cobrando fuerza lo de acabar con la crisis y encontrar trabajo, en lugar de ir al gimnasio o aprender un idioma. Todo esto es la otra cara de la moneda correspondiente a la memoria de 2012. Van automáticamente parejos. Mirar al pasado para buscar un futuro mejor, contándome lo que no ha funcionado, aquello que no pudo ser, sin quedarme estancado. La inauguración de un año nuevo hace significativamente presente que andamos a la caza de una vida nueva, renovada.

Cuanto antes piense en lo que es importante, no necesitaré las típicas listas de entre las que escoger.

Me parece estupendo, dicho sea de paso, que toda la humanidad se proponga algo ese día como mejor manera de comenzar el año, todos al unísono, deseándolo fuerte, cerrando los ojos y apretando los puños para después abrirlos de golpe y darnos cuenta de que todo sigue igual. Unos comen uvas, otros se dan besos, otros hacen otras cosas. Todo aderezado con cantidad de fuegos artificiales. Y nos deberíamos recordar que todo lo que estamos haciendo es precisamente “artificial”. Porque no lograremos nada de esa manera.

Si bien me parece genial que todos deseemos simultáneamente algo, cada uno a su aire, mejor para todos resultaría que nos pusiéramos antes de acuerdo para caminar en la misma dirección. Aunque los medios nos dicen que “deseamos lo mismo”, la trampa está en que cada uno quiere para sí mismo algo, de la forma más egoísta e individualista, luego no quiere lo mismo que el vecino, que desea también para sí. La trampa que las estadísticas esconden está en caminar hacia algo en solitario, seguir mirándose el ombligo haciéndonos creer que esto es precisamente vivir. Si todos deseásemos lo mismo, lo buscaríamos todos para todos, no cada uno para sí.

Y como todavía no está demostrado que si cuentas un deseo, antes de apagar las velas, éste deseo se pierda, os cuento lo que yo desearía en 2013.

  1. Ver el final de la crisis. No creo que llegue, pero ojalá podamos ver adelantadamente su final y una salida para tantas personas. Mejor aún, lo que realmente quiero es que todo el mundo se transforme en un lugar más humano donde nadie sobre por ser pobre o por razón de injusticia o discriminación, ni por otra razón, sea la que sea. Creo que hay mucha gente que quiere lo mismo que yo. Así que, si alguien se anima, hagamos algo más por cambiar todo esto. Me gustaría encontrarme entre aquellos que, desde  lo que hago o puedo hacer, ha contribuido a un mundo mejor. Lo mío es educar a la siguiente generación, y qué duda cabe de que este camino ayuda.
  2. Encontrar la manera de hacer felices a unas cuantas personas. Lo siento, pero aquí soy selectivo. El motivo es que no daré mucho de sí y me agotaré pronto si el objetivo es mayor de lo que pudo realizar. Ahora bien, si todos deseásemos esto de verdad seguramente seríamos las personas más felices del mundo. Todo lo contrario sucederá cuando en el momento de pasar al nuevo año nos lancemos a alcanzar una felicidad egoísta en primera persona del singular.
  3. Centrarme en lo importante. Cuesta años vivir para lo esencial, mientras van pasando los años, que según avanzan nos van enredando en una maraña de situaciones. Pero estoy firmemente convencido de que esto de “vivir” tiene que ser algo más sencillo.

Sea como sea, sinceramente, no necesito esperar el 2013 para buscar todo esto. Llevo tiempo en ello. Si verdaderamente lo quiero tendría que preguntarme qué he hecho hoy para lograrlo, y si mis pasos van por buen camino.

Supongo que tú tienes tus propios deseos. Si en alguno coincidimos, vamos a ello, colaboremos. Si no sabes todavía lo que quieres, búscalo. Te va la vida en ello. Y sobre todo, no dejes que otros vivan tu vida, decidan por ti, utilicen tu necesidad de querer para consumir y gastar tus años.