Si quieres poner orden en tu vida, tira cosas


Ordenar, y ordenarse, tiene sus secretos y misterios, a la par sencillos que difíciles de practicar. Para poner orden es necesario tirar cosas. Lo tengo cada día más claro. Tirar en ocasiones a la basura, despojarse radicalmente de ellas, haciendo que desaparezcan de nuestro mundo por completo. La basura es un lugar maravilloso para ello. E igual que encontramos diferentes contenedores para reciclar, también deberíamos cultivar en nosotros diferentes experiencias de “despojamiento”. Unas más poderosas que otras, unas más adecuadas que otras. Hablo metafóricamente. Aunque espero que te hayas dado cuenta, al menos una vez en la vida, que no podrás pasar el paño contra el polvo en una mesa atiborrada de papeles y de cosas, ni podrás colocar los libros de tu estantería cuando ésta está desborada, ni podrás barrer si por la habitación hay ropa arrojada como si fuera inservible, ni podrás fregar los cacharros de la comida y de la cena sin hacer un pequeño hueco. Si algo no es necesario, para qué cargar con ello eternamente. Qué manía nos ha entrado a los seres humanos con acumular y acumular lo inútil hoy pensando que será imprescindible mañana. Más aún cuando sabemos que “algo” daña nuestro entorno, que no le pega al conjunto. Todo eso, ¡fuera!

Por otro lado, lo de “tirar cosas” hay que tenerlo claro. Por favor, no tires personas, tampoco nada personal, que te refiera a otros. Las personas no se tiran. Recuerda que este verbo aplicado a hombres y mujeres constituye un delito, sin metáforas, una forma de señalar la muerte. Si acaso, como mucho, escóndelas durante un tiempo, arrincónalas, guárdalas en la agenda como poco, en las fotografías, en los recuerdos. Pero las personas, insisto, no se tiran. No se pone orden personal negando la existencia de nadie, ni negando la existencia a alguien.  Insisto, como me gusta señalar y repetir en cada post, porque esto es lo fundamental: las personas no se tiran, no se usan, no se administran al modo como se gestiona el resto de la creación. Poner orden es aceptar este principio fundamental, y por tanto llegar a la “limpieza” que es para mí asequible. No es ser dueño de la creación, sino colaborar con ella.

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Un cura normal, y poco más


Hay personas sencillas ante quienes me descubro, y que me hacen enamorarme más de esta vocación tan hermosa que Dios me ha regalado.Hoy por la tarde, un hombre sencillo se ha acercado para charlar. Ha sido él quien se ha acercado, aunque pronto le he reconocido. Con los años se acumulan las ganas de contar la vida, y ha narrado su historia. Al final ha terminado confesándose, pero esto no lo te lo voy a contar. ¡Cuánto he aprendido! Un cura normal, y poco más. Esa ha sido su presentación.

Me ha estado contando que él no ha tenido nunca ningún cargo, ni se lo han ofrecido, más allá de la atención a la gente de la parroquia. Ninguna cosa brillante ni espectacular. Ningún sueño en lanzamiento, nada asombroso que reseñar. No ha hecho el loco en nada, porque “no me veo valiente ni con fuerzas”, decía. Nunca lo fui, y no me engaño. Luego ha sumado que tampoco le han reconocido nada especial en la vida, sólo su estar de aquí para allá, haciendo esto o lo otro entre bambalinas. Nunca deseo otra cosa, y nunca se vio con cualidades para algo diferente. Ése era su lugar. No porque lo hiciera estupendamente, ni aquello fuera el paraíso, ni porque tratase a todo el mundo con excelencia, ni porque tuviera grandes dotes para la oratoria, ni para acompañar, ni para aconsejar… Iba enumerando cada una de las tareas que se suponen esenciales en la vida de un cura, y tan pronto le venían a la cabeza, se decía a sí mismo que en eso nada más que uno normal. “Como hay muchos por ahí“, me decía. Que pasan desapercibidos, y sólo han conseguido ser significativos e importantes para un puñado de amigos. “Eso sí -apostillaba- he visto mucho.” Aunque eso lo dan también los años. Y así, a cada nota interesante que escribía en la conversación, le restaba importancia, para terminar diciendo que él era sólo eso, un cura normal y poco más. Lo que había hecho, todo cuanto ha supuesto su vida, con rectitud o sin ella han sido sumando y sumando normalidades y normalidades. Una detrás de otra. Esto hoy, mañana aquello. Unos por aquí, otros que vienen por allá. Me ha contado que ha visto pasar muchas vidas por la suya propia, para nacer, para crecer, para comprometerse, para dejarnos, en oración, en silencio, en el trabajo, en las alegrías y en las esperanzas. Y volvía a soltar su cantinela, “eso lo dan los años”.

Al final de todo esto me ha dicho una gran verdad, que espero guardar para siempre: “Tú de esto todavía no sabes mucho. Pero sabrás. Si continúas, estés como estés, hagas lo que hagas, digas lo que digas, lo sabrás. Pero sé sincero.”

Lo comparto con todos porque hoy ha sido un gran tesoro, un encuentro simpar y único. La próxima vez le miraré diferente, como se contemplaba antaño a los ancianos hechos con la experiencia más que con los años, con la vida más que con el pasar del tiempo. Este hombre ha vivido. No me habló de aquel recuerdo, sino de toda su vida atrapada entre sus manos. Y le parecía poco aún, y deseaba más con corazón de joven. Se arrepentía de no haber sido mejor, pero lo decía ya reconciliado con la vida, aceptando pequeñez y haciéndose así verdaderamente “anciano”. No puedo contar para mis adentros la de veces que este hombre, que dice que es uno más, habrá celebrado la Eucaristía, habrá rezado, habrá llorado, habrá reído, habrá escuchado, habrá predicado, habrá soñado, se habrá caído y se habrá levantado, y cuántas personas, como él decía, se habrán cruzado de una u otra manera en su camino en momentos tan importantes. Este hombre es un cruce de caminos. Un hombre sabio, un hombre de Dios. Este hombre no estaba de vuelta, sino en camino. Para la humanidad será una joya, pero para la Iglesia es su tesoro.

En agradecimiento a este “cura normal”, y a tantos hermanos escolapios mayores, que nos abren el camino, que entregan y han entregado su vida en el sencillo trabajo que se les ha encomendado, sin hacer demasiado ruido. Infinitas gracias en este tiempo de Adviento.