Lo hice sin querer. Lo hice sin pensar.


De entre todas las excusas posibles, ésta es probablemente la más sincera y auténtica. Otras razones, más elaboradas y complejas dan vueltas sobre sí mismas sin rozar siquiera lo que aquí se muestra de corazón. Pero por otro lado, entiendo que deberíamos utilizar también en otras muchas circunstancias de la vida, no sólo para pedir perdón y reconocer nuestra culpa, sino para agradecer y descubrir que aquello bueno que sucede a nuestro alrededor en ocasiones nos atraviesa sin saber de dónde viene ni a dónde va. Me resulta sorprendente constatar que todo cuanto disfruto en mi vida de forma incuestionable no responde la mayor parte de las veces a una decisión de mi voluntad ni a un plan elaborado previamente por mí. Razón y voluntad parecen escudos para defenderme del mal, más que arcos de buena puntería para alcanzar el bien. Estamos en el mundo, sin querer y sin pensar. Y hacemos un bien incalculable, sin que seamos capaces de darnos cuenta de todo cuanto sucede gracias a la presencia de aquella persona, o de esta otra, o de la de más allá. El reino de las intenciones queda desbaratado ante la vida misma, que marca sus pautas, agiliza los encuentros, impide que alguien se quede tirado al borde del camino sin tener nada que aportar. Y esto no dejará de sorprenderme jamás. No normalizaré nunca aquella persona que viene a agradecerte algo que tú sabes que no has hecho ni con esa intención, ni con esa voluntad, ni pensando en estas consecuencias. La vida se escapa, y no en pocas ocasiones para bien. Fue sin querer, casi casual, pero estando. Si no hubieras estado, no hubiera ocurrido.

Fue sin querer, lo digo sinceramente, que nos cruzáramos en el camino, que paseásemos juntos, que viajásemos en aquel tren sentados en el mismo pasillo, que se te callera aquel papel en la acera, que se cruzasen nuestras miradas, que perdieras el autobús, que no sonara el despertador, que preguntases aquella calle. Fue sin querer llegar aquí cuando aceptaste la cena, cuando firmaste aquel curso, cuando nos tocó compartir convivencia, cuando leímos en mismo libro. Sin querer te seguí en Tw leyendo tus mensajes abiertos, o llegué a tu blog, o visité la foto de FB de aquel verano. Sin querer nos encontramos, queriendo sin embargo nos saludamos, charlamos, dialogamos sobre las cosas del día a día. Y todo comenzó así, sin esplendor ninguno, pudiendo dejar pasar aquella incómoda pregunta que me hacía pensar en las mañanas oscuras y en las noches luminosas. Y todo empezó casi en el absurdo, pidiendo perdón por hablar con quien creía conocer, y aquí estamos tiempo después. Y todo surgió por aquello que otros llaman azar y destino, pero que acumula coincidencias, marca dirección, señala una precisa ruta de avance. Podría decir, abandonarlo incluso a aquello que podría o no podría haber sido, y hablar de las contingencias de la vida y de sus complicaciones y contratiempos. Y me resisto a seguir pensando así. Yo lo hice sin querer, y queriendo al mismo tiempo aún sin saberlo. Y lo hice sin pensar, dejándome llevar por algo más hondo que las razones comunes de una sociedad adormecida en sus tranvías y paseos, impulsándome y creyendo más allá de lo que tantas veces damos por supuesto. Cierto que ni pensé que esto sería así, pero no puedo decir, de verdad, que hubiera rechazado esta hermosura. Si para llegar aquí tuve que dejar de pensar, o perderme o confundir mis pasos, ¡gracias! Sólo sirve para mostrarme que en mi aventura no me encuentro solo.

Anuncios

Y tú, ¿qué haces aquí?


Pintar, lo que es pintar propiamente, no pinto nada. La verdad. Hace años que abandoné los lienzos, que me acompañaron en la infancia. Ahora bien, pintar metafóricamente hablando, en ocasiones parece que tampoco mucho. Yo mismo me lo pregunto con frecuencia, intentando ser lo más sincero posible. Si todo marcha estupendamente en el mundo, si todo seguirá su curso, ¿qué pintamos aquí entre tantas preocupaciones, afanes, y desalientos? Pero el título del post es más extraño aún. Responde a la pregunta de un amigo quien, al verme en un funeral no hace mucho, me preguntó qué estaba haciendo allí. Responde también a sorpresa, casi ingenua, de otro amigo con quien me crucé al final de una boda, de otros amigos comunes, no hace ni un mes. Los dos respondieron de la misma manera, con la extrañeza ingenua e inocente, con la sorpresa candorosa de quien es capaz de preguntarse algo más que lo que ve. Que un cura esté en un funeral o en una boda, no me resulta nada extraño. Es como si mis apreciados alumnos, de quienes tantas veces hablo, pusiesen cara de espanto o de alegría desbordante al verme cruzal el umbral del aula cada vez que me corresponde por horario. Pero no va de eso. Se trata de algo más allá de lo fijado, de lo que se sitúa al borde de lo prudente incluso, de la certeza de que nos salimos de los carriles que, vaya usted a saber quién y cómo, nos han fijado. Hay algo en el hombre que le empuja, y hay algo también en el hombre que le lleva a preguntarse qué hago aquí, qué pinto en este mundo, en qué dirección sigo avanzando.

Te invito, como siempre hago, a considerar esa pregunta como dicha por ti mismo, o dicha para ti mismo. Sin que nadie más concurse en todo esto. Con nombre y apellidos, ¿qué haces aquí? De verdad que siento que todo hombre debería sentir la sorpresa de verse rodeado en el mundo, de poder compartir camino con otros, de descubrir almas gemelas, historias cercanas, redundancias y ecos de su ser en otros latientes cotidianos. De verdad que no comprendo cómo lo extraño se vuelve en ocasiones tan normal, tan chabacano, tan vulgar, tan despreciado, siendo impresionante la capacidad para hacernos bien, como triste la de provocar mal. Vivimos, les decía hoy a mis alumnos, en sociedad sin darnos cuenta de que esto corresponde, así pienso yo, a nuestra propia naturaleza, y que vivir es siempre un regalo, como lo es la vida que encuentro más allá de mí mismo, especialmente en la grandeza de los hombres grandes, en las historias de los hombres de la historia, en el tacto y el roce con el ser de carne y hueso, en la escucha admirable de aquel a quien puedo entender o incluso de aquel a quien no comprendo.

Cuando la pregunta te la hacen otros, importa sobremanera el tono. Nunca dejó de ser determinante, ciertamente. Porque puede significar tanto el encuentro como hacer presente la distancia. En cualquier caso, si te preguntan hay algo más que distancia, hay acercamiento. Puede sonar a qué haces aquí porque no deberías estar, porque te imaginaba allí, porque ese sitio, los demás, entienden o bien que está reservado para otros, quizá mejores o peores en cualquier caso distintos a ti, o porque querían dejarlo vacío. No sé. Pueden ser por muchas razones, y pensarlas todas da dolor de cabeza. Porque haber si nos damos cuenta de lo contrario, que si encontramos a alguien aquí o allí, siempre es por algo. Independientemente de si me extraña o no, o de si es o no lo correcto. Si está, por algo será. Y si alguien no te espera, en cualquier caso, piensa que ése es su problema. Y si ni siquiera tú sabes qué haces ahí, ya tienes una tarea. Porque estar, lo que es estar, si te han hecho esa pregunta, es porque alguien te ha visto.