Derecho al descanso


Así lo recoge la declaración universal de los derechos humanos que se escribirá en 2020, por redondear un poco, en el marco de las celebraciones del final de la reestructuración mundial que vivimos. Lo cual presupone, como todo derecho, la obligación de cansarse con sentido, como contrapartida. De tal modo que a un cansancio denodado y generoso corresponda un descanso de igual proporción o mayor, capaz de cubrir las necesidades elementales de todo ser humano, independientemente de su sexo, puesto de trabajo, edad, méritos o sexo.

Incluye, lógicamente, el derecho a ver la vida pasar, al tiempo libre, a los planes azarosos, a la escapada desprevenida, al ocio personal, al desarrollo de los propios gustos, a las relaciones gratuitas, a los espacios cómodos, al libre ejercicio de no tener nada que hacer, a la sentada prolongada… Y también a dejar las tareas cuando se da menos de lo esperado, a buscar el alimento del cuerpo y del espíritu necesarios, a la reconciliación, a la expresión plástica de la recreación personal, a la preparación del día siguiente, a la esperanza de un mundo mejor, al ensoñamiento idílico, a la comunicación por hablar nada más, a la semana retirado, a las vacaciones sensatas y prudentes, a las fiestas comedidas, a las amistades reconstituyentes, al esparcimiento isotónico, a la diversión unificante…

No figura, como bien sabes, en el top 10 de los derechos humanos. Le superan otros en grandeza porque es también humano señalar grados y prioridades. Pero su inclusión en la lista significará el reconocimiento universal de quienes llevan luchando durante siglos por construir la paz en el mundo desde el corazón del hombre, desde el cuidado y prevención de su cuerpo, velando antes que nada por una humanidad que no llegue a la extenuación ni pueda tocar fondo en sus refuerzas. A tal efecto se instituirá un galardón paralelo al Nobel, llamado “Premio Respiro” a quienes, con su dedicación e ingenio, renueven las fuerzas y las esperanzas de los hombres. Por lo tanto, viene a erigir en hacedores y centinelas de una verdadera humanidad a quienes sirven de consuelo, de alivio, de suavidad en la agitación humana.

Nos hará tomar conciencia, por otro lado, de su pareja elemental: la consideración de “sociedades desarrolladas” como aquellas en las que sus individuos -llamados personas, sin faltar a nadie, sin faltar nadie- sean sabios a la hora de medir sus fuerzas, responder a lo necesario por encima de lo urgente, centrarse en aquello que deben hacer, y disfrutar enteramente de la vida que llevan entre manos. Así como su contraria “sociedad subdesarrollada”, en la que las personas pierden fuelle y tornillos, desmontan sus vidas y se rompen en pedazos, soportan tensiones por encima de sus fuerzas y capacidades, se ven exigidos a dar aquello para lo que no valen ni pueden, sin encontrarle sentido a cuanto hacen. El valor de la vida, por encima de la tarea y del trabajo, y el valor del sentido y corazón en lo que hago, por encima del mucho y de la cantidad de actividad que se pueda desarrollar.

Decía por ahí alguien importante para mí que sólo el amor no cansa, ni cansa.

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