Curas que se conocen en la casa de una familia común y amiga


Podría parecer la crónica de una conspiración, descrita como una salida al amparo de la oscuridad de la noche para subir a un piso distante en el centro de la gran ciudad. Sin embargo, mejor la compararía con las antiguas hospederías de los monasterios medievales, en las que los peregrinos encontraban reposo para el cuerpo y satifacían el alma con la conversación, con la oración, con el intercambio. Me imagino aquellos rincones antiguos como cruce de caminos sostenido por los que no paseaban por el mundo, ni viajaban en él de un sitio a otro, sino por aquellos cuyos tránsitos tenían más que ver con el alma, con el espíritu, con la persona entera, que con las fatigas razonables del cuerpo.

¡Cuánto me alegro de que hayamos sabido, por los aires del Espíritu, mantener la calidez de aquella acogida y aquel espíritu en algunas casas de algunas familias de algunas grandes ciudades! Lo importante, pase lo que pase alrededor, mutando de forma si es necesario, siempre permanece vivo y con fuerza. Su mesa, su rincón, su mano abierta y tendida, su invitación es todo un signo. Su interés, su preocupación, su capacidad para entrelazar la vida de unos y otros, su generosidad, y su abrazo de despedida deseando una buena marcha. Estas familias son una bendición para el aire que sopla moviendo los corazones. Lejos de ser sótanos para la conspiración, iluminando con una lámpara baja una única mesa tendenciosa, son signo de apertura, de reconciliación, de sinceridad. ¡Cuánto agradezco sus pasillos, que tan lejos nos llevan, y la ausencia de prisas, que tanto ahoga! ¡Cuánto agradezco que ya no se rijan por los horarios precisos, que olvidan a quien llega tarde, y sepan flexiblizar el tiempo de la espera, sazonando todo con paciencia! ¡Cuánto agradezco que, charlando y charlando, no intentemos debatir y ponernos de acuerdo, sino reconocer cuál es el centro mismo del mundo, qué une a todos los hombres, qué esperanza nos empuja, qué anhelos albergamos!

Cuando se da lo primero, y todo empieza bien, concluimos de igual modo que será posible un elegante y digno final, un feliz transcurso de la vida. Cuando lo primero, que antes era directamente la acogida rostro a rostro, el primer encuentro, se da, todo lo demás viene “como por añadidura”. Hoy, sin embargo, fruto de las modernidades y avances de nuestro tiempo se produce un fenómeno extraño a través de las redes sociales, de la web. La gente se conoce ante, habla antes, comparte mucho antes. Cuando se ven, sin embargo, todo parece nuevo. Cuando se sientan en común, sin ordenador y sin móvil, todo parece nuevo. El camino recorrido no descarta la novedad del rostro amigo, de la sonrisa sin emoticones y admiraciones, sin los “lol” automatizados. ¡Qué maravilla de iniciativa a través de iMision (#iEncuentro)que pretende reunir a aquellos que en la red ya están conectados! Algunos, por azar o por entusiasmo, ya ha comenzado.

De nuevo estoy, o así lo siento, ante algo que es “lo de siempre”, y con esa familidad, con ese trato afable lo digo. “Lo de siempre” que roza, sin serlo del todo, lo eterno. Rostro a rostro, cara a cara, dándose la mano y despidiéndose con un abrazo.

Muchas gracias a @CasanuevaE y familia, por tanto interés, molestia y paciencias. Y, de paso, gracias a los de siempre, cuyas puertas abiertas son espacios verdaderamente eclesiales, en toda su riqueza.

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