Las “mirillas” de la vida cotidiana


Las “mirillas” con esas lentes incrustadas en las puertas de las casas a las que asomarse cuando algo sucede fuera. Su visión, extremadamente limitada, nos dará pie a abrir o cerrar aún más la puerta. Se pueden oscurecer, y no servirán para nada. Y siempre muestran el mismo escenario, tan repetitivo, tan elemental y simple. Nos asomamos a ellas para sentirnos seguros, para tomar una decisión. Recuerdo bien que los mayores se acercan sin hacer ruido, queriendo mirar sin ser mirados, ver sin ser vistos, como dando a entender que quizá no haya nadie en casa. No toda visita, gracias a la mirilla, tiene que ser atendida, recibida. Podemos seleccionar incluso el tiempo de los amigos, o más aún, el tiempo para nosotros mismos.

Todo aquello, creo yo, que nos impida acoger el mundo como mundo, en su variedad, diversidad, amplitud, complejidad, riqueza, dificultad, nos impedirá al mismo tiempo, instantáneamente y al segundo, ser personas como personas, estar en el mundo con dignidad de personas, dotar a otros de esta misma dignidad de personas. ¡Qué peligrosos son los micromundos!

Esas mirillas históricas, tan simbólicas, nos sirven para hablar hoy de nuestras cegueras tanto como de esos lugares seguros desde los que mirar sin pasear ni mojarse, y de cómo nos sentimos dueños de la vida permitiendo o no el paso de unos y otros al interior de nuestras moradas. Son un signo de poder, representan una imperiosa necesidad en el mundo de las seguridades, evitan dar la cara innesariamente ante el desconocido, tanto como al conocido. Quizá fueron hechas para los niños abandonados en casa por sus padres, pero se han convertido, intuyo, en un modo habitual de proceder en innumerables ocasiones. Las llevamos incorporadas, no sé de qué marca; las llevamos cuando andamos y creemos estar fuera de casa.

Las mirillas no son miradas, porque mirar significa estar delante de alguien, y tampoco es otear, porque esto se dice de quien está a campo abierto delante el horizonte, haciendo camino. Las mirillas son inmóviles, te mueves donde están las cosas, no donde hay personas, aunque intuyas que más allá de ellas encontrarás a alguien. Las cosas, como tantas veces, se colocan entre los hombres haciendo imposible la espontaneidad, como también lo harán los prejuicios, las mentiras, la posición que ocupe cada uno. Al otro lado de la mirilla, alguien observado no sabe bien cómo ponerse, ni qué se le dirá, ni si tendrá la oportunidad de explicar su situación ante la puerta. Al otro lado del teléfono ocurre lo mismo, también al otro lado de la mesa, o al otro lado del portal, o en la calle aledaña, o en el asiento de delante o detrás del metro. Da igual, las cosas siempre entre medias, significado la desnaturalización del encuentro. Las mirillas de nuestra historia reducen los campos de visión, como en tantas ocasiones de la vida cotidiana, y nos facilitan centrarnos sin ver con amplitud. Una gran mirilla crea un pequeño micromundo en el que puede aparecer algo que no queramos, pero habitualmente veremos lo de siempre. Nadie se acerca a la mirilla, en principio, para mirar sin más, porque no es un telescopio con un universo que campa a sus anchas y que no dominamos, ni un microscopio que nos amplia la visión de la complejidad de la vida. La mirilla limita, claramente. Incluso la oportunidad de asomarse a ella.

Es también signo de un conocimiento curioso, como también he comprobado. La mirilla puede ser la agresiva involucración de otras personas en tu vida, al entrar en tu propia casa. La vecina de toda la vida mira, sin ser mirada, para saber cuándo, qué, cómo, con quién entras en casa, sin preguntarte ni dejarte hablar. Es conocimiento fruto del ocio, de una curiosidad malsana, chismosa, que ignora realmente cuanto sucede más allá de la imaginación.

Intuyo que las mirillas han dado paso a otros complejos y sofisticados instrumentos. Digitales, como no puede ser de otro modo. Que ven incluso con mayor distancia, y ponen la barrera más allá de la puerta. Pero mi preocupación sería que, pese a toda tecnología, no hayamos descubierto que todos, de una u otra manera, corremos el riesgo de llevar incorporados en nuestro propio mirar, en nuestro propio pensar, en el mismo creer, mirillas débiles, incapacitantes, reductoras. El problema sería que, después de haber escuchado tanto, sigamos sin salir de nosotros mismos al encuentro del otro, y permanezcamos aún mirando sin ser mirados, creyendo hacer algo sin dejarnos hacer, ni tocar, deseando acoger de forma selectiva la vida que sucede alrededor y que con tanta fuerza y pasión golpea las puertas de nuestra existencia.

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