Yo también le voy a hacer un par de preguntas a Dios en cuanto pueda


No creas que por ser cura lo sé todo. Las monjas están en las mismas. Y muchos laicos, casados y comprometidos, comparten situación, dudas e interrogantes. Los obispos no están exentos de las preguntas, tanto cuando llevan solideo como cuando no lo llevan. Forma parte de la naturaleza humana, en todo tipo de asuntos, cuanto más geniales y más abarcantes mejor.

De hecho, me encuentro habitualmente con gente -por gente entiendo todo tipo de personas, incluso las que en principio me dicen que ellas de fe poco, de iglesia nada, o que han perdido aquello que tenían en la infancia y que les hacía ser tan ingenuos- que me pregunta a mí, como si yo fuera Dios, alguna cosilla interesante sobre Dios mismo. Por qué esto, por qué aquéllo, por qué permite que suceda tal cosa, cómo es posible que no lo veamos con mayor claridad…. temas de los de siempre, temas de fe, que al tiempo que nos están permitiendo hablar de Dios, lo esconden o lo oscurecen un poco. Mejor que hablar de Dios es siempre hablar con Dios. Y cuando vas respondiendo por ahí que pregunten directamente a Dios, frente a la Cruz por ejemplo, todavía alguno pone cara de “no se me había ocurrido” y responde con sorpresa “qué gran idea, gracias”.

Aquí nadie se queda al margen, de verdad. Sería interesante en algún que otro momento, que pudieras escuchar cómo viven su fe esas personas de referencia que tienes alrededor. Si no se hacen preguntas, no tienen mucha fe. Si van muy seguros por el mundo, quizá tampoco. La cuestión es que creen, con fuerza, por encima de todas esas dificultades. En un mundo, además, que no se ahorra ocasión para soplar, como el lobo, intentando probar la morada que habitamos.

En cuanto pueda, yo también pienso preguntarle a Dios un par de cosas. De hecho, os recomiendo estas dos preguntas para empezar: la primera, qué puedo hacer por mi hermano, por mi prójimo, por mi compañero, por el que tengo cerca, pegado, al lado, el inseparable, el imprescindible en mi vida, el que siempre está ahí; la segunda, un poco más fuerte, la verdad, qué puedo hacer por ti, dicha con sencillez de corazón y llaneza de espíritu, así de simple. Si estas dos preguntas no dan de sí toda una vida, no sé cuál puede ser. Al final de mis días, supongo que todo cambiará, y me preguntaré cosas del estilo de qué podría haber hecho, y no hice, qué oportunidades dejé pasar, y por qué. Aunque también voy descubriendo que se van abriendo paso otras, más potentes si cabe, por qué he tenido la dicha de conocerte y quererte, de conocer a tanta gente buena y quererla, de estar acompañado tan divinamente.

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¿Quieres algo más de lo normal? ¡Felicidades!


Si sientes esto dentro de ti me nace decirte dos cosas. La primera, felicidades, porque has superado la media normal del mundo y este empuje no te dejará ni vacío ni anodinamente colocado en cualquier parte del mundo. Si ya se ha clavado dentro de ti la necesidad de “salir de lo ordinario”, buscar “lo extraordinario” es porque algo te ha tocado muy profundamente. Luego también eres una persona sensible, abierta e intensa. Hay algo en ti que te ha defendido de la mediocridad reinante. La segunda, ánimo. No tengas miedo y sé valiente. Has emprendido ya un camino que te llevará lejos. No dejes que pase la oportunidad de encontrarte con otras personas que, como tú, quieren ese “más”, buscan ese “más”.

  1. Recuerdo cuando yo comenzaba a tener esta pregunta “dentro” de mí. No se podía evitar. Estaba anclada, sólidamente colocada en el centro de todo. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, venía conmigo. Fueron muchos sitios los que visité por entonces, y en muchos de ellos deseaba quedarme. Quería permanecer en los lugares en los que me sentía realmente feliz, acompañado y comprendido. Porque uno de las grandes dificultades de esta pregunta es creer que estamos solos y no buscar también a compañeros de camino con quienes compartir las mismas inquietudes. ¡Los hay! ¡Y son muchos!
  2. Recuerdo que la relación con esas personas que compartían mi sueño era diferente a la del resto. Hablábamos de todo, como con todos, y de “algo más” que hacía que todo fuera tremendamente especial. Además, no formábamos un guetto aislado de los demás, tampoco nos gustaba “cerrarnos” en nosotros mismos. Eran tiempos de ganar en intensidad en la vida que nos impulsaba. Juntos parecíamos más valientes.
  3. Recuerdo que fue un gran don encontrar a la persona que me escuchaba por entonces, con quien podía encontrar sentido a lo que me sucedía y poner palabras a lo que buscaba. Fue un descanso cuando me atreví a decirle a alguien lo que intuía, y no encontré ni caras ni rechazo, sólo una llamada a buscar, y esta vez acompañado.

Te invito a buscar, porque estoy convencido de que quedan muchos jóvenes por despertar en el mundo, por compartir su vida y sus experiencias, por atreverse a hacer las cosas de forma diferente, muy diferente. A soñar, a ser positivos, a crear, a iluminar, a estar cerca, a hacerse presentes donde se les necesita, a dar una palabra de ánimo, a ser cercanos, a proyectar, a ser generosos, a dar vida, a construir la paz, a ser fermento de esperanza, a ser sal y luz…

Somos más, y más


El título del tema de hoy refleja una actitud que es profundamente humana. Insaciables, insatisfechos permanentemente, en camino y en cambio, seres intermedios y “en construcción” por muchos pasos que demos en la vida, por muchas experiencias que acumulemos y por cuantas decisiones que tomemos. Siempre queda más.

Todo cuanto emprendemos y hacemos se impregna de ese “más” que somos. Incluso nos damos cuenta de que lo hecho podría haber sido más y mejor, o no corresponde ni siquiera con lo que queríamos y deseábamos. Queremos que sea así, y nos gusta que sea así. Porque el “más” que ponemos en todo es el verdadero sentido que tiene y que queremos vivir. Estudiar es siempre construir nuestro futuro y descubrir mundos que no conocemos; no sólo enfrentarse a un temario. La amistad es permanentemente una exigencia para ir “más allá” de lo cotidiano y rutinario, que no puede caer en la desidia ni la comodidad; no sólo un grupo de personas con las que comparto tiempo. Escribir es expresar lo que somos; no sólo juntar letras. Leer es abrirse a otros mundos; no sólo pasar páginas. Comer es compartir y relacionarse, por eso son tan importantes en nuestra cultura las cenas, las comidas de trabajo; no dejamos que caiga en una necesidad básica a cubrir. Y todo es siempre más y más. Sin embargo conviene distinguir bien, discernir y dividir: lo que me corresponde a mí y lo que está ahí antes que yo. Evitará confusiones toscas y frustraciones innecesarias.

Las “cosas” (todo ese mundo que nos rodea y que no son personas) se cargan de sentido, igual que se cargan las baterías, o pierden el que tenía. Esa carga de sentido pasa a estar unida de tal manera a la realidad que no podemos obviarla ni diferenciarla fácilmente. Sea visible o no, la sentimos. Y, de hecho, es lo que va a dar sentido a todo lo que gire a su alrededor. Es nuestra verdad sobre la vida, que no tiene por qué se individualista; en muchos casos será compartida y construida con otros, por todos.

Será el sentido el que nos abrirá a la verdad, y nos completará del todo en nuestra vida e investigaciones. ¿Podrías decir que alguien que describe con precisión el genocidio en Ruanda y Burundi, pero que no se duele ni se cuestiona, es alguien que ha llegado a saber lo que ha sucedido realmente? La realidad se completa en la medida en que el sentido es alcanzado. ¿Cuál es el sentido de lo ocurrido en Burundi? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué me ha sucedido esto? ¿A dónde me conduce esto otro?

Esa capacidad de la realidad para asumir una dimensión personal y comunicarse, de alguna manera, la constituye en un símbolo para el hombre. De ahí que un trozo de tela con unos colores determinados tenga la capacidad de identificar un pueblo, o que una música concreta sea parte de la identidad de un grupo, o que algo que yo tengo en mi cuarto y que pasa desapercibido para el resto del mundo sea para mí algo fundamental en mi historia. Un símbolo recuerda, en la medida en que fue cargado de sentido en el pasado, y también impulsa a ir más allá, se abre al futuro. Pero no a todos de la misma manera.

En definitiva, hemos llenado de “sacramentos” nuestra existencia y seguiremos haciéndolo indefinidamente. La palabra sacramentum, de origen latino, significa misterio. Para ser capaces de conectar con estas realidades cargadas, se deben dar unas condiciones: (1) Aprender a mirar de otra manera, no sólo atendiendo al “sentido de mi vida” sino al proceso que otras personas han hecho. Al menos mantener una actitud de apertura. Por ejemplo, un día nefasto vas con tus amigos al cine, y a todos menos a ti la película les ha parecido genial; la razón es que no estabas “en lo mismo” que el resto, algo ocupaba tus inquietudes. (2) Acoger cuánto puede significar para nosotros, lo cual implicaría probablemente ordenar el resto de realidades. Al integrar algo, otras cosas deben variar. Igual que cuando entre el grupo de amigos alguien pasa a ser tu novia o novio, todo se ve modificado de alguna manera, sin que ello signifique que los demás dejen de ser amigos. Pero existen planos para las relaciones humanas. (3) El sentido crítico, que supone no aceptar sin más lo que otros dicen. Es decir, que lo que realmente da sentido es “vivir por uno mismo”, no simplemente repetir palabras o experiencia que otras personas han hecho.

.. y más

El “más” (plus) de la realidad no termina, siempre se engrandece, y puede ser modificado con el tiempo. Algo que parecía enormemente relevante durante la adolescencia, con una cierta madurez pasa a ser transformado en una inquietud de segundo plano. Pero fíjate en que lo que no varía es la necesidad de dotar de sentido a la realidad. No es suficiente con haberse sentido amado y querido por la familia, es necesario ser aceptado por los demás fuera de casa. Lo que ejerce tal presión que muchos “se visten” de lo que no son, y ven modificado su entorno, su actitud ante la vida, sus prioridades.

Entre las “cosas” que nos rodean destacamos hoy una muy importante, en la que reparamos poco normalmente. Nuestra propia historia. Está ahí, se puede ver, se puede sentir. Y ha sido cargada de significado y sentido por mí y por otros. En algunas ocasiones pesa más lo que yo viví de forma particular, en otros, lo que me dijeron. Pero sigue estando presente, y actúa.

  1. Símbolos de mi historia. El típico muñeco de la infancia que nos ayudó a dormir solos porque fue un regalo de nuestros padres, y por lo tanto era como si nuestros padres estuvieran con nosotros, todavía lo guardamos como “recuerdo” (y algo más) de nuestra infancia. Una foto, una carta, un libro… ¿Qué cosas han sido importantes para mí? Escoge una por cada etapa de tu vida.
  2. Personas de mi historia. Percátate de que todas las personas que te rodean han sido “dotadas” por ti de un “sentido” particular. Lo que han hecho por ti y contigo, cómo se han relacionado contigo, dónde las conociste y a qué dio pie todo aquello. Cada una está ligada a uno (o varios) momentos significativos de tu historia. Y todas las personas no tienen el mismo “rango” en tu vida. No es determinante de hecho, si te paras a pensarlo, el número de horas que has pasado con ellas, sino la calidad de lo sucedido entre ambos. Ni siquiera aquellos que te han aportado más o te han abierto más puertas tienen que ser necesariamente los que más sentido tienen en tu vida (actualmente). ¿Qué “carga” o “sentido” tienen para ti las personas que te rodean actualmente? De tu pasado, ¿quiénes todavía resuenan en tu interior cuando te detienes a pensar?
  3. Momentos y lugares. Jugando, un tarde de verano decidimos saltar la tapia del cementerio del pueblo. Éramos varios y nos armamos de coraje a plena luz del día. Y justo después de lograr superar el muro fuimos atacados por una “banda” de abejas por todos lados. Cada vez que volvemos por allí, aunque sea en bajito, nos reímos y recordamos las picaduras de unos y otros. Lo mismo ocurre con otros lugares o momentos de mi vida, donde despierta en mí algo nuevo. Por ejemplo, el retiro vivido en Cercedilla supone un antes y un después para mucha gente, y aunque no se conozca de antemano, sabe que aquel lugar es especial. O esa noche en la que siendo casi un niño me robaron porque iba solo y asustado. ¿Cuáles crees que han sido decisivos en tu historia por lo que te han aportado?

Todo lo anterior (momentos, personas, lugares, cosas) nos describen. “Soy” en la medida en que he vivido. Nadie puede ocultar, de una u otra forma, lo que le ha pasado en su propia historia. Y todas esas “cosas” seguirán llamando la atención.

No sabes cuánto te quiero


Me he encontrado esta frase mientras paseaba, de un sitio a otro. No era directamente para mí. Pero la robo, porque creo que los jóvenes que hablaban intensamente, y con quienes prudentemente no me he detenido, estaban diciendo una gran verdad aplicable a casi cualquier contexto. Ignorancia y amor unidas, misterio y entrega vinculadas en la misma frase, lo inmedible y lo inconmensurable junto a lo que, para ser comprensible, tiene que ser vivido. Quien no se deja amar, y esta es la cuestión, no sabe, desconoce, hasta qué punto es amado. Puede alguien entregarse por entero, hacer de todo por aquel al que ama, prestarle atención continua y estar siempre pendiente de lo que necesite, puede hacerse siervo y casi esclavo, y todo quedará en nada, pasará despercibido para quien no recibe, para quien no acoge, para quien impide el acercamiento. El amor no vence la libertad, el amor no puede imponerse. El amor, con toda su fuerza, alcanza muchos muros infranqueables y se estrella contra ellos una y otra vez mostrando la debilidad de sus arietes. El amor, no fuerza. Se puede hacer esclavo, pero no esclavizar. Se puede dar por completo, pero no pedir algo a cambio. El amor sigue siendo un misterio, al igual que su permanencia en el tiempo. ¿Por qué amar a quien no ama? ¿Cómo hemos podido llegar a esta contradicción? ¿Por qué hay amores que, a pesar de su belleza y generosidad, nos pueden hacer sufrir tanto?

Y dicho a la inversa, como expresión de alegría, también cobra sentido hondo. Podemos decir a quien nos ama que no sabemos cuánto le amamos, o reconocer en esta comunión que desconocemos el límite de su amor, porque todavía no ha llegado el tiempo en que seamos capaces de reconocer sus extremos, o vivamos todavía sospechando sus límites. Podemos agradecer de esta manera, con nuestra ignorancia, el misterio que encierra su entrega. O podemos asombrarnos, porque también el amor es extraño para el propio hombre, que hayamos sido capaces de encontrar alguien que acoja nuestro ser de semejante manera, y nos estemos perdiendo sin perder del todo, y nos estemos dando sin agotarnos, y vivamos para ese amor recibiendo vida. Y no sepamos, porque no sabemos, ¡cuánto queremos! ¡cuánto hemos avanzado! ¡cuánto nos hemos adentrado en su existencia! ¡cuánto de ligadas han quedado nuestras historias!

Las “mirillas” de la vida cotidiana


Las “mirillas” con esas lentes incrustadas en las puertas de las casas a las que asomarse cuando algo sucede fuera. Su visión, extremadamente limitada, nos dará pie a abrir o cerrar aún más la puerta. Se pueden oscurecer, y no servirán para nada. Y siempre muestran el mismo escenario, tan repetitivo, tan elemental y simple. Nos asomamos a ellas para sentirnos seguros, para tomar una decisión. Recuerdo bien que los mayores se acercan sin hacer ruido, queriendo mirar sin ser mirados, ver sin ser vistos, como dando a entender que quizá no haya nadie en casa. No toda visita, gracias a la mirilla, tiene que ser atendida, recibida. Podemos seleccionar incluso el tiempo de los amigos, o más aún, el tiempo para nosotros mismos.

Todo aquello, creo yo, que nos impida acoger el mundo como mundo, en su variedad, diversidad, amplitud, complejidad, riqueza, dificultad, nos impedirá al mismo tiempo, instantáneamente y al segundo, ser personas como personas, estar en el mundo con dignidad de personas, dotar a otros de esta misma dignidad de personas. ¡Qué peligrosos son los micromundos!

Esas mirillas históricas, tan simbólicas, nos sirven para hablar hoy de nuestras cegueras tanto como de esos lugares seguros desde los que mirar sin pasear ni mojarse, y de cómo nos sentimos dueños de la vida permitiendo o no el paso de unos y otros al interior de nuestras moradas. Son un signo de poder, representan una imperiosa necesidad en el mundo de las seguridades, evitan dar la cara innesariamente ante el desconocido, tanto como al conocido. Quizá fueron hechas para los niños abandonados en casa por sus padres, pero se han convertido, intuyo, en un modo habitual de proceder en innumerables ocasiones. Las llevamos incorporadas, no sé de qué marca; las llevamos cuando andamos y creemos estar fuera de casa.

Las mirillas no son miradas, porque mirar significa estar delante de alguien, y tampoco es otear, porque esto se dice de quien está a campo abierto delante el horizonte, haciendo camino. Las mirillas son inmóviles, te mueves donde están las cosas, no donde hay personas, aunque intuyas que más allá de ellas encontrarás a alguien. Las cosas, como tantas veces, se colocan entre los hombres haciendo imposible la espontaneidad, como también lo harán los prejuicios, las mentiras, la posición que ocupe cada uno. Al otro lado de la mirilla, alguien observado no sabe bien cómo ponerse, ni qué se le dirá, ni si tendrá la oportunidad de explicar su situación ante la puerta. Al otro lado del teléfono ocurre lo mismo, también al otro lado de la mesa, o al otro lado del portal, o en la calle aledaña, o en el asiento de delante o detrás del metro. Da igual, las cosas siempre entre medias, significado la desnaturalización del encuentro. Las mirillas de nuestra historia reducen los campos de visión, como en tantas ocasiones de la vida cotidiana, y nos facilitan centrarnos sin ver con amplitud. Una gran mirilla crea un pequeño micromundo en el que puede aparecer algo que no queramos, pero habitualmente veremos lo de siempre. Nadie se acerca a la mirilla, en principio, para mirar sin más, porque no es un telescopio con un universo que campa a sus anchas y que no dominamos, ni un microscopio que nos amplia la visión de la complejidad de la vida. La mirilla limita, claramente. Incluso la oportunidad de asomarse a ella.

Es también signo de un conocimiento curioso, como también he comprobado. La mirilla puede ser la agresiva involucración de otras personas en tu vida, al entrar en tu propia casa. La vecina de toda la vida mira, sin ser mirada, para saber cuándo, qué, cómo, con quién entras en casa, sin preguntarte ni dejarte hablar. Es conocimiento fruto del ocio, de una curiosidad malsana, chismosa, que ignora realmente cuanto sucede más allá de la imaginación.

Intuyo que las mirillas han dado paso a otros complejos y sofisticados instrumentos. Digitales, como no puede ser de otro modo. Que ven incluso con mayor distancia, y ponen la barrera más allá de la puerta. Pero mi preocupación sería que, pese a toda tecnología, no hayamos descubierto que todos, de una u otra manera, corremos el riesgo de llevar incorporados en nuestro propio mirar, en nuestro propio pensar, en el mismo creer, mirillas débiles, incapacitantes, reductoras. El problema sería que, después de haber escuchado tanto, sigamos sin salir de nosotros mismos al encuentro del otro, y permanezcamos aún mirando sin ser mirados, creyendo hacer algo sin dejarnos hacer, ni tocar, deseando acoger de forma selectiva la vida que sucede alrededor y que con tanta fuerza y pasión golpea las puertas de nuestra existencia.