Anunciáte, ¡gratis!


Hoy me ha llegado un correo fabuloso, con una propuesta extrañísima en los tiempos que corren. Me ofrecen espacio en una web (no haré propaganda) para colgar este blog y otros. El argumento que me ofrecen es “anunciarme gratuitamente“. Así de sencillo, sin más. Cogerán un logo que lo identifique, y lo enlazarán. Sin mayor trabajo, sin mayores implicaciones, así de cómodo y fácil en la era de la tecnología. Para los que sepan algo de esto, no hay ningún misterio escondido.

Y luego he pensado que mi vida debería ser así para el Señor. Y que la oración es decirle a Dios, muchas veces y de muchas maneras, ¡anúnciate en mi vida gratuitamente! Como una especie de palabra repetida: “¡Señor, anúnciate, muéstrate a los hombres!” Yo tengo el placer de conocer la calidad del producto, no tengo ningún reparo en “ser utilizado”. El producto se llama “Evangelio”. Pero Dios nunca usa, siempre pregunta, siempre invita, siempre sugiere. No deja, de ningún modo, indiferente pero no fuerza. Quizá condicione, como también condiciona el amor, como también condiciona saber quién es mi padre y mi madre y mis hermanos.

Y que vivir cristianamente sería mostrar esta capacidad que el Espíritu tiene para enlazarnos con el Señor, y que viéndonos le puedan ver a él, y que si alguien hace “clic” en mis clases, en mis obras, en mis tiempos, en mis reuniones, en mis relaciones, dé con el mismo Dios. Y que para esto he venido al mundo, para ser anuncio, no portada, de Dios en una web en la que existen otros muchos rostros que van a parar al mismo tiempo. Y he pensado que la Iglesia es lo contrario que un macroportal que te lleva a diversas realidades, porque pinches donde pinches encontrarás lo mismo si está bien enlazado todo, y todos los cristianos independientemente de su vocación deberíamos llevar con nuestra vida a Dios. Así se simple.

Y también me he parado a pensar que todo esto lo hacemos gratis. Pero no es cierto. Recibimos mucho a cambio. No se trata, en cualquier caso, de un intercambio equitativo. Doy mucho menos de lo que recibo. De verdad, casi infinitamente. Lo que doy se queda en una minucia en comparación con lo generoso que es Dios en la historia.

Gracias de antemano a ese portal y a los que están en Twitter y siguen el blog, y a quienes les llega por email, y a quienes participan en la página de Facebook, o comparten en esta gran red algo de lo que aquí hay. Todo lo escrito aquí es de cualquiera que pase. Si pide permiso, que sepa que es por educación, no por necesidad. Y que sin conocerte, escrito para ti, y para ti, y para los tuyos también. Aunque, por favor, no te quedes en las letras. Busca detrás de ellas, bucea si es necesario, sumérgete. Están aquí para ir más allá de ellas. ¡Siempre!

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Será Navidad. Hagas lo que hagas, vendrá la Navidad


Ayer aprendí una gran lección de labios de una joven universitaria. Todos compartíamos sobre el sentido de estos días. Aunque tendría que decir que hablábamos del sinsentido de estos días. Unos se quejaban del consumismo. Otros ponían mala cara porque en su familia había tal o cual tensión, y les tocaría verse las caras de nuevo a pesar de los esfuerzos de todo el año por no cruzarse. El de más allá no entedía lo que pasaba. Con la que está cayendo un año más, con la crisis que tenemos encima, y luces por aquí, despilfarro por allá. Había quien no entendía cómo hemos llegado a parar a esta forma insulsa de celebrar, sin prepararnos bien, sin esperar la llegada. Otro apostillaba que, como todo se adelantaba, lo único que se favorecía era la comodidad; nos dan la Navidad hecha, y la ponen delante para que la compremos. Todos, de una u otra forma, se contagiaban la desesperación y el cansancio, e iban añadiendo críticas y más críticas, comentarios tristes y lanzando las pobrezas de la sociedad en la que vivimos por los aires. Sus palabras sonaban a bombas capaces de destruir este tiempo. ¿Prepararnos para la Navidad? En absoluto. Estábamos justo al revés, peor que cuando empezamos. Y aquí apareció una voz discrepante, que casi pidió perdón, para decir a su manera que hagamos lo que hagamos, se proponga lo que se proponga, ¡será Navidad! No al modo del hombre, sino al modo de Dios mismo. No como en las casas en las que vivimos, con una Navidad acostumbrada y sometida a rutina, sino en los belenes de hoy, en los pesebres de hoy. Hagamos lo que hagamos, igual que Dios no pidió hace 2000 años a la humanidad permiso para nacer, Él vendrá preguntando a una mujer sencilla, en un hogar humilde. No se entrevistará con unos cuantos reyes, sino que acogerá a los que se dejen guiar por una estrella, a los que sepan escuchar el canto de los ángeles, a los que reciban una Palabra en sueños.

¡Claro que sí! ¡Será Navidad! No depende de nuestra fiesta, ni de nuestra alegría, ni de nuestra capacidad. La Navidad está en manos de Dios. Y lo estará siempre. Sin que puedan adueñarse de ella ninguno de los príncipes de nuestro mundo, ninguna de las cadenas de montaje, ninguna factoría de apariencias, ninguna novela ensimismante. Será Navidad, vendrá el Señor. Será Navidad allí donde Dios quiera, allí donde los hombres acojan. No donde los hombres preparen y esperen, no donde recreemos a nuestro gusto la Encarnación, sino allí donde Dios vuelva, allí donde se pongan en camino. Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, Dios ha decidido un año más que será Navidad.

Y brillará la Navidad, ¡ya lo creo! Y habrá un inmenso regalo, ¡ya lo creo! Y nos sentiremos en familia, ¡ya lo creo! Y tantas otras cosas grandes hechas pequeñas, y tantas otras cosas sublimes vueltas hacia lo pequeño, y tantas otras cosas bellas reveladas en lo pequeño, ¡ya lo creo!