Día internacional de los Derechos Humanos


Como cada 10 de diciembre, multitud de actos y de recuerdos en diversas -no en todas- partes del Planeta. Una declaración que nace del escándalo y del sufrimiento y del mal constatado en la II Guerra Mundial, como promesa dada por la propia humanidad a sí misma de que las cosas ni se iban a olvidar, ni seguirían los mismos derroteros. Y, años después, exactamente los años que nos separan de 1948, estamos aquí, contemplando esta carta como ideal de las sociedades verdaderamente desarrolladas.

En mis clases, sin embargo, explico que lo que aquí hay escrito no se trata de un “máximo” que se pensó como utopía inalcanzable, ni de un sueño de un grupo de iluminados, ni de unos objetivos que se pensaban alcanzar cien años después, ni como expresión de la locura colectiva, sino como un mínimo a partir del cual cada hombre debería hacer su camino, procurando su felicidad y la de cuantos le rodeasen. La reacción ante la barbarie se encarnó públicamente de esta manera, volviendo a la dignidad de las personas, de toda persona, y no sólo de las personas cuyos países firmarían el papel final, el documento último. Insisto, un mínimo, no un máximo de humanidad, es lo que se pide. Que las personas que vienen al mundo no sientan que el mundo no las quiere aquí, o que el mundo no está hecho para recibirlas, o que su lugar está en otro mundo paralelo. Es un compromiso por una felicidad escrita en primera persona del plural, donde no hay unos y otros, sino que “somos nosotros” los felices o los infelices, los dichados o desdichados. Aquí hay un mínimo, no pretencioso y alocado, sino humano y básico. No se expresa en esta carta la felicidad, sino las condiciones mínimas de dignidad humana.

Explico también en mi clase, que la intención es describir que una persona en el mundo no puede ocupar, ni debemos dejar que ocurra, el lugar de lo-no-humano, de lo que no es una persona, de lo que son las cosas, los objetos, los animales, los dioses. Por lo tanto, la DDHH sitúa dos grandes límites, uno por abajo y otro por arriba, y debería servir para contemplar que en nuestro mundo no puede haber ni hombres que se crean dioses o sean endiosados, como tampoco pobres que sean empobrecidos. Nos preocupan los segundos, ciertamente, aunque también deberíamos entender que ambos extremos, por desgracia, van de la mano.

Aquí, como reconocimiento a este día, dejo el primer artículo. ¡Qué menos que aprenderlo de memoria! ¡Qué menos que masticar lo que quiere decir! ¡Qué menos que, en un día en el que celebramos el nacimiento de esta Declaración, ver cómo nacemos todos iguales en dignidad, aunque luego, por tantas circunstancias como portamos los hombres, esa igualdad básica, humana y natural, sea despellejada con tanta facilidad!

Artículo 1. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

4 virtudes para débiles


En más de una ocasión, cuando leo algo sobre “virtudes” lo primero que me pregunto al terminar es quién puede hacer algo así, llevar una vida de tanta radicalidad, entereza, coherencia, firmeza, compromiso, fortaleza, honor y grandeza. Las virtudes para fuertes, lo siento mucho, pero no puedo considerarlas como virtudes. Si ya son simpáticos, agradables, majos, estupendos, y maravillosos, que sigan como están. Las virtudes cardinales están también en otro orden, y si bien son para todos, al menos yo entiendo que necesitamos de ese más de la Vida para hacerlas nuestras. Las verdaderas virtudes, o por lo menos otra colección, deberían ser escritas para los débiles, los frágiles, los heridos, los que andan caídos, los pequeños, los que todavía tienen mucho que caminar, los que empiezan, los que no saben, los que fracasan incluso. Y pensando en esto, me he encontrado tres grandes virtudes para débiles, con un anexo que considero glorioso.

  1. La primera virtud es levantarse, después de caer, o despertarse. La gran lección de quienes no frenan, siguen adelante a pesar incluso de ellos mismos, y del mundo en el que vivimos. La sensibilidad que traduce en obras que no hay camino recto, ni viaje sin obstáculos. Al menos para quienes están vivos, y son pequeños. Los grandes encontrarán otras formas de existir más perfectas, quizá tropiecen menos, quizá no se caigan nunca. Pero los débiles tienen el inmenso privilegio de poder aprender de sus propios errores, conocer sus limitaciones.
  2. La segunda gran virtud, aprender de todos. Los grandes sólo aprenden en sus grupos selectos, muchas veces cerrados, a los que los débiles no pueden acceder o no se atreven siquiera, o son invitados en forma de especímenes raros. Los débiles, entre los fuertes, se encuentran fuera de lugar. Por eso tienen que aprender, si quieren saber algo de la vida y seguir adelante, de todos aquellos con quienes se crucen. Unos les darán la oportunidad de identificarse, y creer que puede llegar lejos, y de otros aprenderán lo que no quieren en la vida. Pero siempre se aprende. Siempre se recibe algo. Los mejores maestros, de todos modos, son los que más les aman, y a ellos siguen con docilidad, y también los que les incitan a soñar, a desear, a aspirar. Los mejores maestros, por esos dos caminos, educan su esperanza, les ofrecen una promesa que se cumplirá.
  3. La tercera, amar la debilidad. Ya que el punto de partida es pequeño, profundicemos entonces en la humildad, en la ignorancia, en lo que aporta de sensibilidad, de ternura, de paciencia y de lentitud, incluso lentitud, en esto que es vivir. No de cualquier manera, sino amando la debilidad. Por eso ciertos caminos son más transitados por los débiles, aquellos en los que se pueden mostrar tal y como son, en los que no están obligados a aparentar lo que no tienen, lo que no pueden, lo que no saben. Amar la debilidad se traduce en autenticidad de vida, en una libertad no encorsetada, en una valentía que no conoce el miedo a error, en una prudencia ágil poco acostumbrada a ciertos cálculos, en la inocencia y desparpajo de quien se va encontrado en el mundo con sentido, con razones, con vocación.
  4. Y la cuarta, en forma de anexo glorioso, la compasión con quienes también se saben débiles, fracasados, pequeños, en camino. Sólo quien sabe lo que es caer y estar herido comprende bien a quien se cae y está herido. Y le sale, naturalmente casi, la virtud de la compasión. O debería ser de este modo, mejor dicho. Que se traducirá en otras tantas grandes virtudes, como la escucha, la acogida, el auxilio, la disponibilidad. Los débiles, que no están pagados de sí mismos, salen con mayor facilidad del egoísmo, de las paredes de su propia realidad.

Comos siempre, se me ha quedado mucha tinta en el tintero mientras escribía. Espero que seas lo suficientemente inteligente como para completar y superar todo esto. ¡Tú vales más de lo que crees! ¡Tú tienes mucho que enseñar al mundo! ¡Tú no puedes quedarte en ti mismo! ¡Sal! ¡Aprende! ¡Vive!

Jesucristo te puede salvar


Antes de nada, aviso que este post es principalmente para creyentes, para quienes tienen fe. Nunca impediré que otros lo lean, pero quiero dejar claro que está escrito para personas como yo, en mi situación, que caminamos en este mundo sin apoyarnos exclusivamente en nosotros mismos, ni en la razón, ni en los otros, y que contamos con Dios en lo cotidiano. Es fruto de una de tantas conversaciones excelentes de alguien que me pedía que le salvara, que le sacara de donde está. Él tiene fe, desde hace tiempo. Y con cuya vida siento que estoy implicado. Dios hace estas cosas. No para que salvemos a nadie, sino para que descubramos, unos y otros, que Él es Salvador. 

Supongo que sabes que nadie te salvará, ni tu mejor amigo. No porque no quiera, sino porque no puede. Tu mejor amigo, la persona más excelente con la que te encuentres, está en las mismas que tú. Y además, no alcanza lo que desea. Quisiera, no lo dudo, porque también me pasa. Pero no puede. Yo, sinceramente, tampoco puedo. Ni conmigo mismo, ni con aquellos a los que más quiero en el mundo, ni con la gente que me rodea. No hablo de salvar a los que están muy, muy mal, sino de una salvación que es al tiempo reparadora y que da vida. Puedo “arreglar” algo este mundo, en la medida que me corresponde, pero “dar vida” está fuera de mi alcance. Y más la vida que desearía, para mí y para otros.

Por otro lado, el Dios infantil y simplón no te salvará. Cambiará tu vida, te la hará más fácil, tapará algún que otro agujero, cerrará puertas para que no te vayas lejos. El Dios imaginario de muchos hombres y cristianos, tampoco.  Ese Dios en el misterio, envuelto en su grandeza y esplendor, en su gloria y majestad, alejado y distante, que se plantea al hombre como el final de un largo viaje por no sé cuántas aventuras y peripecias. Ni el uno, ni el otro. La razón es que esos dioses no existen, por eso, no puede hacer nada más por ti. Quizá te tranquilice saberlo, o quizá te haya incomodado.

Jesucristo, Dios hecho hombre, sí. Lo primero que así descubrimos es que la humanidad no es una porquería, ni una basura, ni contamina nada, ni nada de eso. A ver si nos entra en la cabeza que la cuestión no es ni la limitación humana, ni la debilidad humana, ni la fragilidad humana. Porque Dios, insisto, se hizo hombre por nosotros. Jesucristo salva porque es perfectamente Dios, y porque es perfectamente hombre; y no hay contradicción como algunas veces pensamos, aunque quede envuelto en un misterio de santidad, para los ojos de la fe. Jesucristo salva porque se ha acercado a ti, y creo que en alguna ocasión incluso lo has podido incluso sentir. Y nunca se ha alejado, aunque en otras no lo sientas tan próximo. Porque además, Jesucristo no te ha dejado donde estabas, porque nunca deja indiferente a nadie, porque su Palabra transformó tu corazón o porque ya sabes que te ha entregado su propia vida. Otros dioses, a nuestra imagen, medio humanos y medio héroes de cómic, son dioses acomplejados o palabreros. Pero Jesucristo se hizo hombre, compartió tu humanidad para que supieras bien quién es, cómo mirarle, por dónde caminar. Otros dioses, de los que tanto se hablan, no. Y no te dio una lección de vida, al modo como se vende por ahí, no fue un Jesús estupendo y maravilloso, coherente y fuerte. Y tampoco se hizo pasar por hombre, jugando a ser dios con prepotencia, hablando del Espíritu ramplonamente. Era Dios y hombre, y eso es lo que te salvará. El resto, de verdad, no lleva a nada. No puede cumplir lo que promete, sólo te lanza una soga para que ahogues tu vida espiritual y tu misma vida humana esclavizando. Sólo Dios, en su humanidad, será para ti salvación.

Confesar en el metro


No sé cómo sentará esto en determinados ambientes. Algunos se pueden escandalizar fácilmente cuando cuente lo que me ha pasado hoy. Unos porque piensen que esto de la confesión está trasnochado y que no hay que “dar caña” a la gente con el tema del pecado. Y otros porque crean que el metro no es lugar para algo tan sagrado. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Éste es nuestro mundo! Pero cuando a un cura le piden confesión, éste está obliglado por su ministerio a prestar ese servicio, en actitud además de servicio, para bien de muchos.

Todo empieza con mucha sencillez. Entro en el metro, y me siento en un vagón. ¡Privilegio! No había demasiada gente. No era una hora de las de máxima afluencia. Algún que otro hueco incluso quedaba por ahí. Pero la actitud que se mantenía responde a lo que ya sabemos: unos leyendo, muchos con música, y la mayoría pensando en de todo un poco o durmiendo directamente. Como voy vestido con cleriman, alguien se acerca y me pregunta: “¿Es usted sacerdote?” Lo que me surge decir es: “¿No se nota?” Aunque lo piensas bien, y tiene razón con su pregunta, porque algunos seminaristas o diáconos también visten así. Respondí con un sencillo “sí”. Pero no terminá aquí el asunto. Se sienta a mi lado, y me pide confesión. Yo hago lo propio, y escucho, conversamos amablemente durante unas paradas, y doy la absolución. Reconozco que me impresionó verme metido en semejante circunstancia, que fue un encuentro asombroso, que la persona se fue verdaderamente en paz y reconciliada. Sinceramente, ojalá se vuelvan a producir otros encuentros similares.

Por doquier hay repartidos en nuestro mundo lugares de paso. Bisagras del tiempo y del espacio que cierran ámbitos y abren otros. Se quedan ahí, chupando el tiempo de nuestra limitación de nuestros cambios, de nuestros complejos movimientos, de nuestros desplazamientos, en todos los sentidos. Parece que son irrelevantes. Sin embargo, se me ha despejado la mirada para poder verlos de otro modo. Son necesarios, y convendría detenerse a conocer cómo los estamos viviendo, para qué los empleamos y cómo nos deja su paso por nuestro tiempo y nuestros espacios.

Te propongo una pequeña lista de posibles usos nuevos, y un poco de riesgo para hacer las cosas nuevas cada día, sin dejarse llevar a engaño por lo de siempre. Es posible que estos lugares de paso, en los que parece que ni vivimos ni queremos vivir, y por el contrario nos roban tanto, se puedan transformar en esas visagras esenciales. Por ejemplo, entiendo que pueden ser aprovechados de otro modo si los tomásemos como:

  1. Lugares para la reconciliación. Es el origen del post. La necesidad de cortar para no contaminar lugares con el mal o el daño vivido en otros sitios. En la situación narrada, el paso del trabajo a la casa, con ánimo de llegar “fresco y renovado”, sin querer contagiar la familia de algo que no le corresponde y poder abrir la puerta de casa después de vivir el perdón.
  2. Lugares para la serenidad. Para tranquilizarse, para seguir caminando en paz, para no desasosegarse innecesariamente ni ir corriendo a todos los lugares. Ya que el trayecto y el desplazamiento son necesarios, dado que es imprescindible utilizar los “medios” para llegar al “fin”, permitir esa bocanada de aire fresco y de limpieza de ideas.
  3. Lugares para el enriquecimiento. Si viviese en cualquier otra parte del mundo distinta al occidente que conozco, no me resultaría extraño hacer camino con desconocidos. Al modo como enseña peregrinar a Santiago de Compostela, saludando a la gente, compartiendo y hablando de inquietudes presentes, pasadas y futuras, y adentrándome en la experiencia de vida de otras personas. En nuestros medios de transporte es muy triste ver cómo los unos se alejan de los otros para caer en el rotundo anonimato sin rostro potenciado por la ciudad. Aquí no nos conocemos, y lo peor de todo, nos somos indiferentes. Si consiguiésemos, con normalidad, abrir otras puertas… llegar a otros corazones… escuchar otras historias… ¡qué riqueza más grande nos espera!
  4. Lugares para la diversidad. Si nos dejásemos contagiar un poco de las diferencias, y de algo más que esta palabra de moda… En los “pasos” siempre está a punto algo diferente a lo mío. Personas con otrros trabajos, con ropas ajenas a mi vestuario, con expresiones y palabras de otros mundos lejanos. Esa nota de diversidad que embellece las ciudades está presente en los lugares de paso de manera permanente o móvil. Y también en los mismos trayectos. Porque la vía más fácil y rápida decimos que es la línea recta. Y aprendemos una ruta que para siempre mantendremos, sin percibir otras posibilidades que hemos dejado a los márgenes y que podemos ensayar.
  5. Lugares para el examen personal. Un buen momento para mirarse a sí mismo y repasar lo que se ha vivido. Hacer examen, tomar conciencia, dejarse interpretar, buscar conconrdancias y coincidencias. Examen sin nota, pero evaluable, revisable, con contenidos diariamente repetidos y en los que poder mejorar. Un viaje, el transporte, ese lugar en el que no me quedaré y que me lleva de un sitio a otro de la vida supone tiempo muy valioso en este sentido. El examen también ayuda a cerrar y clausurar un periodo, y entreabrir otro en el que puedan ser diferentes las cosas de siempre.
  6. Lugares para la creatividad. Una de las tres grandes “b” de la Gestalt se refiere al autobús. Porque parece despejarse y nutrirse la mente en tiempos poco encorsetados. Las ideas fluyen, hay mucha diversidad, el movimiento ayuda… El transporte, como los viajes, parecen lugares propicios para ese punto de conexión con lo que todavía no existe y puede realizarse. Ámbitos de contraste, en contacto con la gente y sus intereses. Seguramente no he sido el único al que le ha venido una idea particularmente importante en un momento en el que no disponía de ningún papel donde reposarla, y he intentado retenerla en la cabeza, a pesar de sus resistencias. Un día a la semana, el viaje de ida al trabajo y del regreso a casa, deberían dedicarse por entero prácticamente a ser más creativos en ambos lugares.
  7. Lugares para la oración. También, y es verdad, que puede ser mediación del encuentro con Dios. Iniciativas al respecto hay en todos sitios. Me gusta especialmente la oración de RezandoVoy, por la actualidad y discrección. Aunque propongo algo más sencilló aún. Una frase, repetida como oración del corazón, desde que salgo de casa hasta que llego donde voy. Ininterrumpidamente, siempre presente. Un viaje de media hora acompañado de una petición al estilo de “Enséñame, Señor, a amar más y mejor”, o “Dame paciencia y capacidad de aceptación”, o “Muéstrame tu luz, acércame a ella en mis noches”. Quizá no todo el viaje, para no cansar. Pero sí en alguna parte especial del trayecto, o al ver algo en concreto, o encontrarme con alguien, o sentir necesidad de ella.

Bueno. Para terminar decir que ha sido un sueño, y sólo eso, la confesión en el metro. Un sueño soñado a propósito, que algún día ojalá se realice. Sin duda alguna aportaría a nuestro mundo mucho más de lo que creemos, esa confesión sencilla hecha por necesidad o para renovarse interiormente, evitando que pasemos de un sitio a otro como si tal cosa, de un ámbito a otro de cualquier manera, de una presencia a otra relación anclados en lo de siempre y pendientes de nosotros mismos. En mi sueño termino diciendo, porque veo el metro muy necesitado de paz y de reconciliación, y pidiendo: “¡Dos curas en cada vagón del metro, ya!” Me sumo a la experiencia, así que si alguna vez me ves, que sepas que estoy dispuesto y a tu servicio.

¿Quién cambia tu vida?


Unos habrán leído el verbo “cambiar” de forma positiva y con esperanza, como deseando que alguien les ayude y dé soporte. Es decir, mejorar, corregir, sacar más provecho, crecer. Otros, según sus circunstancias, por el lado contrario, como si sintieran la presencia de otros en su entorno de forma amenazante, crítica, inapropiada, hiriente, manipuladora. el tercer grupo de lectores, los más sabios, no se ceñirán a ninguna de los dos extremos, como siempre pasa en este mundo complejo, de relaciones variadas. Nadie está exento, por mucho que se esfuerce, de esta contrariedad y del esfuerzo que supone la presencia de algunas personas en su vida. Tampoco podremos escondernos de aquellos que, queriéndonos y viendo “más que nosotros”, otra alternativa a la debilidad y a la rutina de nuestras caídas y errores. En algunos casos la exigencia será para mejorar su vida, en otros, ciertamente, intentarán echarla abajo. Es como en el cuentro de los tres cerditos, donde también hay, al menos, un lobo soplador y dos hermanos acogedores.

Quizá nos ayude verlo a la inversa, dando un giro nosotros mismos en todo esto, y preguntándonos si hay alguien que desearíamos que cambiara, que se convirtiera, que fuera distinto a como es, que fuera otra persona. Y también preguntarnos cuál es el alcance del cambio que deseamos; si se trata de un alejamiento, de una distancia, de algo superficial, o de algo de mayor calado, que requiere más tiempo y visión de futuro. Si hay alguien que, además de querer ver de otro modo, también nos interesa tanto como para comprometernos en su cambio, implicarnos en su vida, complicarlos la existencia. Porque una cosa es desear que otros vivan de otra manera, y otra es vernos sumidos en la espiral de su crecimiento. Y también, siguiendo con las preguntas, cómo lo haces, con qué motivaciones, y con qué esperanzas. Hacia dónde quieres llevar al otro, sabiendo que tú mismo incluso estás también en camino.

La vida, cuando la contamos “al revés”, adquiere nueva relevancia. Mi conclusión es la siguiente: nos cambian la vida, en el mejor sentido de la palabra, aquellas personas a quienes deseamos ver mejores. La bondad, por tanto, es contagiosa. La grandeza, igualmente. Nos hace más humanos, porque descubrimos nuestros límites, fronteras, barreras, dejamos la perfección descrita en los libros y nos situamos a pie de calle, rozando lo más personal, lo más bello, la más grande. Y encontranos con alguien a quien echar una mano y ayudar, al tiempo que revela nuestra precariedad y vulnerabilidad, nos sitúa en el camino de nuestro propio crecimiento. Y así, comprender de la misma manera que en nada podremos solos.