Las heridas provocadas por la Iglesia son heridas profundas


Esto nunca me ha dejado indiferente. No lo digo como una afirmación, sino como constatación de múltiples historias. Como voy “de cura”, aunque a otros curas les siga extrañando, hay quienes no pierden oportunidad para hablar de estas cosas de la Iglesia. En más de una ocasión la historia de otras personas, desconocidas para mí hasta ese momento han conseguido dejarme sin dormir, o hacerme pasar una noche en vela.

Constato que las personas que se sienten heridas por la Iglesia mantienen esa huella casi toda su historia. Se trata de alguien que le dijo, de un cura que le habló mal, de si se sintió o no acogida o acogido, de si fui tratado de esta u otra manera, de si pudo hablar o fue silenciado, de si encontró su lugar, de si fueron desplazados, de si supo poner al servicio de los demás lo que tenía, de situaciones que no se supieron acompañar o que pusieron tierra de por medio… En otras, confusiones y malentendidos, posturas cerradas, encontronazos fuertes, caracteres opuestos, reconocer que no se podía vivir juntos, falta de conocimiento. Y, en otras, no poner a Dios y a las personas por encima de tareas, actividades, liturgias, compromisos, opciones, preferencias, gustos, criterios… Múltiples razones, nada fáciles en ocasión, que han marcado la historia de muchas personas. Conflictos, en muchos casos, que son puramente humanos, de relación. Pocos de los que encuentro, tienen que ver directamente con Dios. Es más, entre los alejados de la iglesia hay personas que siguen sosteniendo su fe y atenticidad de vida como buenamente pueden, en ocasiones solos o apoyados en otros grupos. Esto que describo, sinceramente, me encantaría poder solucionarlo, y sin embargo veo que no está en mi mano, al menos del todo. El reencuentro ya tiene un valor, el diálogo es un gran paso. Pero falta algo más, que sólo podrá darse en el encuentro con Dios, nuevamente, y en la posibilidad de perdonar a aquellos que hirieron.

No puedo pasar de largo por estas heridas, porque no soy ajeno a ellas. ¡Ya quisiera yo! Pero a mí también me ha ocurrido, y me ocurre, encontrarme con gente de Iglesia en posesión de la verdad, poco acogedoras, sumidas en su propio dolor, u oscuras en sus intenciones. Me temo que yo también he causado, y ojalá pudiera decir que no sucederá nunca más, heridas en otras personas. Como siempre decimos de nosotros mismos, no era mi intención. Lo cual me lleva a confiar en que no era la intención de otros, ni mucho menos. Me temo, incluso, que forma parte de la vida misma cristiana, y de la vida misma. Y deberíamos explicarlo cuanto antes. Que existen diferentes tipos de heridas, y que no podremos evitarlas todas, aunque sería deseable: heridas de la vida, heridas causadas por acercarse los unos a los otros, heridas del amor, heridas de nuestra propia grandeza, heridas por aceptar el mal de otros, heridas por muchos pecados, heridas por muchos desengaños, heridas sociales. Si viviésemos lejos, y no tuviésemos nada que ver los unos con los otros, ¿sería más fácil? Deberíamos explicar que la herida, que se pone como causa de tantas cosas y que para algunos parede justiciar que las personas se siguan haciendo daño, no tiene necesariamente que ser de este modo. Deberíamos explicar que la herida no es el final del camino, y que tocará seguir andando aunque ésta sea en la punta del pie. Deberíamos explicar, y abrir los ojos, para no hacernos las víctimas fácilmente, y reconocer que hay pocos ángeles en nuestro mundo. Deberíamos explicar que la distancia, hiere, y que el silencio, ofende. Deberíamos explicar que antes las heridas existen diferentes posibilidades, y que la mejor es que no se infecte, que se cure, que cicatrice. Deberíamos explicar a no pasar de largo por las heridas que llevamos. Intuyo que en muchas de ellas, al menos de las que voy escuchando, se esconde una oportunidad para crecer en la fe, para purificarnos a nosotros mismos, para construir una fraternidad más furete y un mundo más justo y más humano.

Dios mismo quiso acercarse a los hombres, y mira tú por dónde, Él también terminó herido, dolorido, en la Cruz. Esto, a mí, no me puede dejar indiferente.

¿En qué has pensado últimamente?


Lanzo esta pregunta al aire, a ver dónde cae. Dando por supuestas dos cosas: la primera, que todas las personas piensan, y mucho, y lo hacen corriendo, viajando en metro, sentados en una conferencia, sentados en el sillón o solos en su habitación; pensar es un ejercicio tremendamente complicado que ejercitamos a diario; la cuestión es en qué pensamos, y con qué herramientas contamos; la segunda cosa que doy por supuesta es que toda persona está interesada en responder a esta pregunta. A mí me la acaban de hacer en Facebook, y me he quedado sorprendido.

Hasta Harry Potter en la película, con toda su magia y efectos en otro mundo paralelo, se dedica algún que otro rato a pensar. Espero que los adolescentes y jóvenes se hayan dado cuenta en esto. Y los padres que les acompañaban cuando eran niños. Y los adultos que también la vieron.

  1. Muestra si estás centrado o no, en las cosas del día a día. Se puede pensar en el futuro, en el mañana, en lo de después y en muchas otras. Pero también se puede pensar en aquello que llevamos entre manos, en el presente. O quedarse anclados en el pasado, dándole vueltas y vueltas a lo que sucedió. ¿Dónde estás realmente? Te lo dirá aquello a lo que hayas dedicado tiempo, consciente o inconscientemente. Pensar, como sentir, sale solo, en esa especie de diálogo interior con nosotros mismos.
  2. Marca el nivel de vida. No cantidad, sino calidad. Te dirá si has salido o no de la superficie, si te has anclado en algo más hondo, si te has colado por alguna rendija profunda de la existencia. Si te han forzado a crecer o te han obligado a descender en tus entrañas. O si ha sido libre, si algo te está hiriendo. Entiendo que este nivel de vida es el que hace difícil que en ocasiones algunas personas dialoguen y se entiendan, porque da la sensación de que están en mundos paralelos, para unos más conocidos que para otros.
  3. Dónde has pensado, qué lugar ha ocupado tus pensamientos en tu vida. Tengo amigos que piensan ante un cuaderno de notas, otros ante un cuaderno de dibujos, otros delante de una imagen, otros simplemente donde toca, sin guardarse ni esperar a después, ni a mañana. Creo que hay lugares que, de por sí, dan motivos para pensar, igual que si nos viésemos involucrados en determinadas circunstancias de golpe y porrazo, cubriéndonos por entero. Uno de esos lugares es el último momento del día, antes de irnos a dormir, en la cama y desconectados de todos. Otro, en interner y las redes, para no creernos cualquier cosa. Otro, pero aquí no lo tengo claro, debería ser la universidad y la escuela; espacios creados específicamente para ellos. Aunque no sé si cumplen o respetan su gran misión en el mundo. Otro, que también sé que da mucho que pensar, aunque andemos dormidos, es la calle, con otra gente, viendo sus rostros. Y otro, y con esto termino, es la iglesia misma; en la iglesia, sinceramente, debemos pensar y seguir pensando.
  4. ¿Solo, acompañado? ¿Con iguales o con diferentes? ¿Qué sucede cuando hablas con alguien de lo que vas rumiando, de lo que masticas, de lo que te preguntas? Yo elejo intentar hablar con la mayor parte, sabiendo que no escucho a todos de la misma manera, consciente de que hay quien tiene un peso más profundo en mi vida, o personas a las que “sigo” con más o menos decisión. Cuento, en esos diálogos, con el increíble valor de la diversidad, sin poder lograr que mis círculos se cierren al modo como se bloquean y candan los grupos en facebook. Esto de vivir siempre es insuperable.
  5. También me parece importante responder a otro lado de la cuestión, en qué no has pensado, a todo aquello que no queremos pensar, que queremos olvidar, que queremos que no nos afecte, que queremos retrasar con mayor o menor claridad por nuestra parte. Y qué, de todo esto, sabemos que tarde o temprano tocará afrontar, o nos pedirá dar la cara.
  6. A qué te lleva, qué haces después. Pensar por pensar… ni la filosofía. Pensar por pensar sin más… es que no sé si es posible siquiera. Quizá no podrás hacer todo, aunque en algo cambia el rumbo seguramente. Nadie piensa, sin más. Como tampoco nadie cree, sin más. Siempre nos lleva más allá de donde estábamos, y más allá de donde estaremos. Siempre pensando, siempre en camino. De los pensamientos derivan muchas acciones, para bien propio y ajeno, o para sus contrarios.

Escuchar una charla


Hoy me ha tocado darla a mí. Mejor dicho, casi diariamente. No tanto por las ponencias, como por las clases. Las clases y las ponencias se parecen en algo, y se diferencian en muchas cosas. Si me dan a elegir, siempre elegiré las clases de cada día, donde todos tenemos la oportunidad de entendernos a largo plazo, en lugar de la obligación de brillar y transmitir la esencia de algo en dos o tres horas, o en media si el ponente es genial, o el tema escaso. Pero si tuviera que elegir algo, escogería siempre o casi siempre ser de los que están sentados aprendiendo, y más si he podido seleccionar a la persona que puedo escuchar, o el tema, o si hay diálogo, o si voy con alguien con quien poder compartir. Necesito aprender. Y esto significa que alguien tiene que enseñarme. Pero, ¡claro!, soy de los que quieren aprender, de lo que sea, de la forma que sea. Cuando no hay ponente en directo, los busco en youtube, o en sus blogs, o en sus libros. Siempre aprendiendo.

Tampoco hay que confundirse. Quien da una charla no sabe exactamente los tipos de oyentes que hay. Verá caras. Que no siempre dicen la verdad. Sólo quien escucha puede hacer una taxonomía real, incluso a partir de su propia experiencia. Pasividad, o escucha activa, o indiferencia supina; cuando sabes más que quien habla, o cuando quieres aparentar más, o cuando desearías saber más, o cuando reconcoes tu ignorancia y te empapas del todo; cuando te entran ganas de hablar, de preguntar, de sentarte a hacer propuestas, o cuando te ves mudo; cuando atiendes porque es graciosa, o cuando lo que se dice te parece excesivo, o cuando supera tus posibilidades. Quien escucha tiene la oportunidad de hacer esta clasificación. Y yo, que me lo sé un poco, y que disfruto siendo alumno, he visto caras de todos los tipos. Atentas, distraídas, en sus cosas, en mundos paralelos. Lo curioso es que estando allí, cara a cara, todavía algunos se planteaban si internet era una realidad paralela, o una virtualidad desconexa de la vida corriente. Insisto, estaba allí, delante, igual que ellos estaban, y algunos, en sus propios mundos. Heráclito, que no conoció ni la red ni las redes sociales, ni tuvo cuenta de Tw y de Fb ya lo dijo. El problema es antropológico, y debe responder a la pregunta: ¿En qué mundo vives? ¿Un mundo común, de todos, o en tu propio mundo, en lo tuyo?

Quienes hablan de internet a la ligera, me parece, siguen en lo suyo. Son “los dormidos”, que diría Heráclito.

Por suerte creo que la mayoría estaba escuchando, como entre mis alumnos. Y la próxima me voy de alumno. Siempre aprendo algo, porque sé lo que busco. Si no aprendo algo, aprendo mucho. Pero nunca me voy de vacío, como si nada. Y no me permito nunca decir eso. Porque no lo es. Si puedo, mañana mismo escucho una conferencia en youtube, o busco algún podcast interesante para seguir aprendiendo. Aunque siempre hay libros en el montón de los retrasos.