Cambiar de mirada


Hoy iré a dormir con la firme convicción -renovada por el quehacer del día, con sus avatares y sus máscaras- de que la mirada de la realidad dista mucho de ser una mera recepción del mundo, para pasar a implicarse en su construcción e interpretación. Hoy me iré a la cama, además, con la seguridad de que es transformable, cambiable. Que los ojos de la cara no son los únicos ojos que tenemos, y que podemos, y esto es grandioso, mirar con los ojos de otros, e incluso mirarnos a través de otras miradas. Que la mirada puede inventar e imaginarse las cosas, y también profundizar, seleccionar, diseccionar, escucriñar, calar muy hondo. Una mirada a tiempo supondrá una victoria, igual que “verlas venir” en nuestro lenguaje ha quedado como estrategia de defensa.

La apariencia es oportunidad, sólo eso, para entrar en el corazón del mundo, para ir más allá de ella. Gracias a las apariencias, que no siempre engañan aunque nunca cuenten todo, damos un paso capaz de adentrarnos en mundos que no hemos visto, en corazones y vivas claras o confusas, en espacios habitales. La apariencias son como puertas, que diría el poeta, en ocasiones terminan en el mar. Las apariencias desean comunicar, a veces por medio de sus contrarios o como buenamente puedan, algo que debe ser desfrigado en cógidos humanos, personales, o en signos de lo más sagrado, de lo más divino. Un llanto infantil se puede atribuir, o no, a un niño. Y sólo con mirar nos basta. Lo mismo que una sonrisa puede venir a su existencia causada por la alegría o por el sufrimiento, por la sorpresa agradable y la dulzura de la vida, o por sus garras más feroces ante nuestra más débil impotencia. Todo aquello que posee apariencia quiere ser visto, mirado y contemplado, con pausa y detenimiento. Todo lo que es apariencia está para alguien y por algo, por eso lo peor de la mirada será siempre no querer ver, no querer mirar, pasar de largo sin detenerse. Todo, desde el jersey que alguien se pone por la mañana hasta el gesto del compañero con quienes compartimos aventuras, desea ser acogido. En ocasiones, para sorpresa de ambos. Tanto de quien lo porta, como quien lo recibe.

Las apariencias, por otro lado, también frenan las miradas. Impiden que vayas más allá. Las apariencias custodian tesoros, guardan bajo llave otras palabras y otros mundos en los que no desean dejarte entrar. Te dicen, en su imagen, que sólo en la imagen quedarás. Sin saber por qué, sin saber cómo, sin poder conocer para qué. La intución ahí se desenvuelve como el ladrón en la noche, que roba lo que no le permitieron nunca poseer, y roba algo de alguien que nunca quiso ser compartido. Te puedes dar cuenta, pero si no quieres ser un ladrón, no muestres que llevaste más de lo que te dejaron disfrutar o sufrir contigo. La intución revela aquellas personas, en nuestras vidas, que nunca invitaremos más a una segunda cena, porque no fueron valientes ni supieron llamar a la puerta, ni son pudorosas para taparse los ojos para ver lo que no quisimos nunca que fuera de otros.

Por último, las apariencias, con sus muros y sus puertas, forman parte de un todo. Aquí estoy, dando a entender en la apariencia de mis palabras lo que vivo, lo que pienso, lo que soy. Y no me queda otra. Para algunos puerta, para otros obstáculo. Vida, dentro de la vida, no en sus márgenes como algunos sospechan. Vida, en el conjunto de la historia.

Termino como empecé. Con el gusto de saber que la mirada poderosa tiene algo más que ojos, al modo como venimos entendiéndolos. Y que, para nada, se puede recluir en la pasividad de quien espera. Nos hace falta, primero, una mirada humilde y sencilla. Un tanto cándida incluso, para no imaginar con prejuicios ni adelantar futuros inexistentes. Antes que otras cosas, incluso que abrir los párpados, limpiar por dentro. Lo segundo, para cambiar de mirada hacia una mirada viva, fijarse en detalles, notar las diferencias, saltar al todo y al horizonte, quedarse impactado ante lo que suceda. Lo tercero, y con esto acabo, no considerar jamás que lo que veo es todo, porque queda mucho por andar; queda todavía mi palabra y mi reacción ante el mundo, sea éste como sea, lo perciba como lo perciba, lo acoja como lo acoja. Después de obrar, después de dialogar, después de consultar si fuera preciso, volver a mirar. Entonces, seguramente, todo habrá cambiado. Si no en las cosas, que no podemos transformar a placer, al menos en mi corazón. En mi mirada, puedo sentirme acompañado. En mi mirar, puedo reconocer, y no es poco, que nunca estaré solo. Mis ojos son ojos, porque tú los miras. Te interesa saberlo, porque cuando me miras, cambio.

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