Sólo cuando estés loco comprenderás algo de esto


https://i1.wp.com/4.bp.blogspot.com/-oPiycLODkFA/TYpYDd_eDcI/AAAAAAAAADM/2NnimIIwH44/s1600/amor_ciego.jpg¡Qué digo! ¡No sólo comprender, sino vivir! Lo siento, pero hay un grado en el amor, en la felicidad, en el disfrute de la vida, en la fraternidad y en la amistad, en la libertad, en el compromiso que sólo está disponible para quienes están tan locos que han perdido el miedo a fracasar, a perder, para quienes arriesgar significa no reservarse y dar sin medida. Sentiría mucho que fueras un joven a medias, o un adulto a medias, que tu vida fuera mediocre. Sentiría mucho que te hubieras tragado aquello de la prudencia que no acoge la sobreabundancia, o aquello de los héroes de las películas, o calcules matemáticamente lo que de por sí no tiene. Lo siento, pero hay escalones y peldaños, y para crecer toca desvivirse, sentirse desvalido, y confiar. Lo siento, pero aquellos que creen que todo lo pueden solos sólo han alcanzado la falda de la montaña, y los que no abrazan, los que no sufren, los que no se conmueven, los privados de la compasión están solos en su escalera. Se habrán asegurado muchas cosas, menos una: vivir en plenitud. La locura de quienes se apoyan con todas sus fuerzas fuera de sí mismos, la locura de quienes aguardan con esperanza atravesando con su mirada el sufrimiento y el dolor, atravesando con su vida cualquier distancia, atravesando con su palabra la pesadumbre. La locura de quienes aman, y no se puede decir mejor, como el amigo fiel, como el hermano, que da de su sangre. La sangre hace hermanos, crea lazos de fraternidad. Sangre que es vida derramada, pasión encarnada. La locura de quien se mantiene de pie, y sabe arrodiarse cuando conviene. Hay cosas que sólo la locura puede alcanzar, y hacer presentes. Y serán absolutamente ciertas, e innegables. La locura de quienes han sido desquitados de sí mismos, sacados de sí mismos, que miran con unos ojos que no son los suyos, ni vuelven a mirarse “a su manera”. Locos que no quieren escuchar de prudencias vanas, ni seguridades construidas por hombres, ni fortalezas que pasan.

Tu locura te hará encontrarte con otros locos. Los cuerdos no permitirán que nadie entre a formar parte de su camino. La locura te atrapará y dirás cosas que nunca has pensando. No tendrás miedo a contradecirte, cuando esto signifique que tienes mayor claridad. Ni a reconocer que no lo sabes todo, pero eres sabio por ello. Ni a dejarte amar hasta el extremo, dejarte perdonar hasta el extremo, dejarte acoger hasta el extremo. Los extremos, los radicalismos de nuestro mundo tienen piedras en las manos. Pero no son radicales. Más allá de la violencia y del enfrentamiento está la locura de la paz, de la aceptación del diferente, del amor al enemigo. De eso sólo sabe quien está loco. Lo otro son caricaturas de todo lo que el hombre puede llegar a dar de sí. Sólo los locos albergan en su corazón rostros sin fin, y un mundo infinito, un horizonte eterno.

Cansado de hacer homilías


https://i2.wp.com/www.portafolioblog.com/wp-content/uploads/2009/07/escribiendo.jpgLa semana pasada un cura, muy amigo mío, más que amigo hermano, me dijo algo por el estilo. No recuerdo bien la frase, pero venía a decir esto. Como le conozco, lo primero que me alegra saber es que las prepara. Es un buen maestro que lo que dice, lo ha rezado y pensado. No todos lo hacen, la verdad. Y éste hermano mío habla muy bien.

Cuando escucho frases así a mí me sale decir, casi inconscientemente, que yo también me canso y temo cansar a la gente “obligada a escuchar” sentada en sus bancos. El primer impulso, de esa mala humildad aprendida, de esa vulgaridad que en ocasiones se ha colado en la Iglesia, de ese testimonio que muchos quisieran dejar sin palabras y así silenciar. Pero no. ¡Soy feliz predicando el Evangelio! ¡Muy feliz, mucho más cuando lo vivo! Pero no me harán pensar que la palabra y la vida van desconectadas, aunque algunas palabras me adelanten, y mucho. Es un placer hablar con grandeza y con libertad, y no con la mediocridad que en ocasiones toca vivir, incluso a pesar nuestro, sufriéndolo también nosotros. Es un placer anunciar y abrir los ojos, despertar a la gente. Un placer que entusiasma, que anima, que esperanza, que fortalece. Un regalo que no puede nacer de mí mismo, porque si algo tengo claro como cura es que no me anuncio a mí, sino a Cristo Jesús, y si algo tengo claro es que el anuncio lo recibo yo primero. Dentro de poco tendré en mis celebraciones un diácono, a quienes también se confía la predicación de la Palabra, y sentiré con lástima tener que dejar de hacer homilías. Las seguiré preparando, y escribiendo, como hago en mi blog de la Palabra. Pero no será lo mismo. Los curas vamos aprendiendo, o al menos quienes quieran, que lo que el Señor nos dice no es sólo para nosotros, igual que todo cuanto sucede en la vida no es sólo para nosotros. La homilía también es signo de desapropiación, de exposición, de testimonio.

Todos los días predico. Siempre que celebro la Eucaristía, predico. Si son dos veces en el días, pues dos veces. Si son más, pues más. Puede parecer cansado, y en ocasiones lo es. Pero no tiene por qué ser pesado, aunque algunos días así sea. Ni todos los días puedo preparar con igual entusiasmo y dedicación, ni todos los días estoy igualmente lúcido. Lo cual, a mi entender, sólo consigue realzar el don del Espíritu los días en los que se está espléndido. Lo normal, dado el ritmo de vida que llevamos y los ajetreos y vueltas de la vida, sería no tener tiempo para nada, ni dedicarle suficiente pasión y entusiasmo. Dicho sea de paso, cuando leo el Evangelio y pienso que este ya me lo sé, lo vuelvo a leer hasta que consigo entenderlo de otra manera. No permito, nunca, que pase por mí como simple memoria. O me toca, o le pido al Señor que me toque. Él, en primera y  última instancia, y no yo, es quien ha elegido esta responsabilidad para mí. Pues si es cosa suya, me dejo cuidar. Los curas que preparan sus propias palabras para la homilía, o la gente que escucha las palabras del cura, creo que todavía no han descubierto del todo de qué va esto. Se trata de hacer el eco de Dios, la actualidad de Dios, las noticias de Dios hoy. Porque hoy, no mañana, Dios se hace presente en nuestras vidas.

Mis preparaciones son muy sencillas y rutinarias, por otro lado. Nada especial. No hago el pino, ni escucho el Evangelio sentado de forma especial, ni cambio las cosas de sitio. No sé si alguien lo hará, pero yo no. Cojo el evangelio donde estoy, y a él me dedico. Leo, principalmente en internet, el Evangelio. Lo leo, queriendo escuchar. Reconozco qué me toca, qué puedo decir. Amplio, un poco, leyendo otras cosas. Habitualmente, leo de dos fuentes, al menos. Disfruto la pluralidad. Sin embargo, son siempre secundarias para mí en relación a la Palabra misma. Y por último, escribo, del modo que pueda. Todos los días desde hace tiempo, la misma rutina. Una media hora, quizá más. Antes todo era en papel, ahora tengo el privilegio de anunciar también en la red, y compartir mi blog de este modo. Cuando no puedo escribir en el blog, lo hago en papel. Pero internet ha conseguido cuidar un aspecto que antes hacía en forma de esquema. Ahora son dos párrafos, sencillos.

Por último, la homilía del domingo, que es más especial, tengo también el privilegio de compartirla con un grupo de matrimonios justo antes de celebrar. Los laicos no preparan homilías, pero sí deberían prepararse para escuchar la Palabra y vivirla. Ya que vivimos en un mundo que nos enseña tanto, ¡cómo no leer a Dios mismo! Y ellos, no sé si lo saben, me ayudan mucho en esto. Lo que digo nace de la comunidad que escucha, en oración, con sencillez. Lo que después digo sé bien que surge de mi ministerio, y del suyo, de mi presidencia de la Eucaristía y del pueblo de Dios. Animaría a todos los laicos a ayudar a sus sacerdotes en esta tarea. Creo que todos escucharíamos mejor.

Lo importante, en cualquier caso, y para quien no lo sepa, viene después. La eucaristía sólo está empezando. El regalo de Dios está por venir. ¡Qué propio del Adviento es este saber esperar, atender, y estar despiertos, velando!

Aprovechar lo que puedo disfrutar


https://i1.wp.com/2.bp.blogspot.com/-40DnNztNYKs/T3F6S9P2acI/AAAAAAAAIOo/blfemikjN4E/s640/soccer10.jpgSi hay algo verdaderamente malo en la vida es escuchar a quienes no quieren nuestro propio disfrute, ni felicidad, a quienes son incapaces de alegrarse y sonreír, y todo lo miran de reojo, desde arriba o desde abajo, con la sabiduría de los muy listos o la bajeza de los muy pobres. Si hay algo que me cuesta entender es cómo hemos llegado a renunciar a la posibilidad de disfrutar, y nos hemos condenado en tantas ocasiones a la amargura de la pasión. Disfrutar es la segunda manzana de la historia de la humanidad, pero si metafóricamente la primera significó la ruina y condena, ésta está en el mundo para nuestra salvación. No cualquier manzana, como tampoco cualquier disfrute. Porque cuando hablo en positivo siempre hablo del bien y de la verdad, no de cualquier cosa, ni de cualquier pasión, ni de cualquier antojo.

Agradezco mucho, antes de nada, mi primera cyberconversación de Adviento. Una persona al día, según surja y sin muchos planes ni búsquedas. Y se van cumpliendo las promesas, porque en lugar de dar mucho y aparentar lo que no puede ser, he vuelto a recibir un quintal de entusiasmo. Hay personas desbordantes, cuyas palabras contagian, con sabiduría y locura integradas. Ver y saber esto no tiene precio. Son refugio en la adversidad, y sus vidas edificarán algo más que catedrales. Hemos hablado de aquello que en la vida nos hace disfrutar y estar despiertos. Muy bien no sé cómo ha surgido el tema, porque todo comenzó con un saludo fraterno y una pregunta poco inquietante. “¿Qué haces en la vida?” Si hubiese preguntado sobre la felicidad, nos habríamos enfrascado en disquisiciones, y no habríamos llegado a nada. Pero no, la pregunta sencilla, como aquellos frascos de veneno, mantienen condensada y en esencia cuestiones radicales para la existencia, que aunque nunca son fáciles de responder siempre nos apasiona poder hablar de ellas.

Después de la conversación me he quedado pensativo.

Quisiera pensar que la inteligencia del hombre está hecha para esto, o también para esto. Para escudriñar y escrutar la esencia misma del momento presente, y poner rumbo a lo que sucede sin aparente sentido. Para adentrarse de forma sublime más allá de las apariencias, y tocar de este modo aquella pizca de realidad que se muestra capaz de contener el alma de las cosas, capaz de hacer vibrar nuestro ser y sostener una sonrisa en el tiempo. Para no permitirse caer ni ceder ante las circunstancias más imponentes, y saber guardar los detalles con los que podemos decirnos a nosotros mismos que estamos realmente vivos. Una inteligencia así, tan entusiasta, conjugan un poder demoledor con la ternura de los abrazos, saber apartar tanto como acercar, es ágil para moverse entre las muchas posibilidades que la existencia nos brinda, carentes de interpretación.

Aprovechar aquello que podemos disfrutar en la vida.” Me parece hoy el mejor de los consejos posibles. Algo práctico, concreto, dinámico. Algo que nos despierta, y a la vez es esperanzador: “Siempre hay algo que poder disfrutar.” Considero que su lenguaje sobre las posibilidades es más fuerte que el de las renuncias, y a la vez, se toma en serio que no podemos pasar por aquí de puntillas. Está dado, ante nosotros, entregado, alguien lo ha puesto. Y no disfrutar hoy de ello puede ser sinónimo de no disfrutarlo jamás de los jamases. Está presente en la vida. Está, y hay que mirar, tenemos la obligación de hacerlo. Por nosotros, por la vida, por quienes nos rodean. Está, porque alguien lo ha puesto. Está, y espera darnos una lección, provocarnos una sonrisa, despertar una ilusión, o simplemente entretenernos. Está, así de simple, así de sencillo. Aunque hay que buscar. Se encuentra parado y quieto en nuestro camino. Nos hemos topado con ello.

Renunciando, que no es poco


https://i0.wp.com/blog.pucp.edu.pe/fernandotuesta/files/u5/Renuncia.jpgYa sé que las renuncias son necesarias en la vida. Lo sé bien, al igual que toda persona que haya tenido que hacer una buena elección en la vida. Son connaturales a cada gesto, paso y palabra, consecuencias del mismo ejercicio de la elección siempre sola y única, y frutos de la asombrosa generosidad de la existencia y de la vida. Tienen poco de contingentes, son necesarias en grado sumo; una mezcla de aquello que llega y pasa, y de lo que siempre quedará ahí para recordarnos lo que, quizá, podría haber sido. La cuestión es, como siempre, quién las hace, quién las permite, cómo llegan y cómo van, cómo se presentan ante nosotros con aire de posibilidades, mendigando ser abrazadas, y cómo nos quedamos al verlas partir, sabiendo que nunca más llegarán a ser lo que un día fueron. Cuando regresen a nosotros, si se diera ese hipotético caso, en un mañana siempre futuro, serán aún más mendicantes de lo que en su día fueron o traerán ínsuflas de sabiduría, porque deberíamos haber escuchado su lamento. Diría que aquellos que no han hecho nunca ninguna renuncia tampoco han tenido la oportunidad de agradecer la sobreabundancia de la vida misma, el don de existir en el mundo al modo como toda persona debiera caminar. Leer la propia historia desde las renuncias es absurdo. Una ruina para el hombre. Las renuncias sólo existen, como fantasmas, para los que han sido libres. Serán espejismos meramente, pero ellos sabrán que son libres, que tuvieron motivos para elegir, que fueron fuertes en su decisión, que avanzaron.