Te lo agradezco infinitamente


https://i1.wp.com/lh5.ggpht.com/_Xvd0E47LeKE/S8C-kZ6745I/AAAAAAAAE6M/4ZnBq02dBCk/MUCHAS%20GRACIAS%20-%20sorpresas%5B7%5D.jpgA los niños pequeños les pedimos, y medio obligamos, a que den las gracias. Supongo que también habéis sido niños, y os han dicho eso de “¿qué se dice?” al recibir un regalo, una alabanza. Una imposición externa, que nos sacaba un “gracias”, o “muchas gracias”, a regañadientes, susurrado más que surgiendo del corazón, sin intensidad, con timidez. Nos dábamos cuenta, creo yo, de lo desagradecidos que éramos. De ahí esa actitud alicaída, un tanto hipócrita, meramente circusntancial. Con el tiempo se convierte en rutina, sale con espontaneidad cuando la labor de los padres ha sido profunda. No hace falta un padre externo, existe un corrector interno que da respuesta rápida en las situaciones.

Sin embargo, la vida enseña que algunas cosas deben ser agradecidas infinitamente. Que no nos cansaríamos de mostrar nuestra gratitud, que lo que han hecho por nosotros no tiene precio, ni podrá pagarse, ni será correspondido nunca. Estamos ante lo más gratuito del mundo, ante el gesto de generosidad más absoluto. Y, ahora sí del corazón, nace la acción de gracias más elevada que exista. Los primeros sorprendidos somos nosotros, nos primeros en quedar sobrecogidos ante el vigor y el compromiso de nuestras palabras. No basta “muchas gracias”, ni “gracias” dichas muchas veces. No es suficiente que se note en el tono, ni en el gesto de la cara. Todo es nada, todo cuanto hagamos no consigue reflejar lo que estamos queriendo expresar. Daríamos la vida, comprometeríamos nuestra existencia, entregaríamos cuanto somos y tenemos, ofreceríamos, sin que nadie pudiera deternerlo, algo que haría, en cualquier caso, impagable lo recibido. Nos han hecho felicies, nos han hecho comprender que la felicidad se puede acoger, no pelear ni buscar ni alcanzar, sino que lo más precioso de la vida viene dado por otros y acogido humildemente, sin sabernos merecedores, sin creernos premiados por nada. A lo gratuito se responde con “te lo agradezco infinitamente”.

No lo esperábamos. Jamás pensamos que ocurriría. Nos creíamos a lo mejor libres y buenos, o condenados y enfermos, y ahora, con la gratuitud, se ve purificada nuestra imagen, se ha educados los sentidos, se muestra en su esplendor la humanidad, y algo más de humanidad, que llevamos dentro. Insisto en que, el primer sorprendido en el agradecimiento debería ser quien da las gracias, y no quien las recibe. Quien las recibe puede pensar del otro que es incluso bueno y excelente, sin conocer lo que lleva dentro. Pero quien sabe agradecer en este grado, quien sabe expresarse de esta manera tan débil y frágil, conoce bien su situación, de dónde parte. El primer sorprendido, de verdad y de corazón lo digo, es quien deja que la gratitud sin medida aparezca en su vida, ante aquello que es eterno, infinito, indebido e impagable. ¡Qué sorpresas nos da la vida! ¡Qué humanidad tan grande!

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