Soy deudor de tus palabras


Cuando escribo no pienso en quienes me enseñaron ni a leer, ni a escribir. Debería hacerlo, pero se me olvida. Así de torpe soy, o somos, si a ti también me pasa. Pero sí me vienen a la memoria muchas personas de quienes he copiado palabras, de quienes se me han pegado frases y giros, o aquellos en quienes me sumergí de joven para jugar con sus posibilidades, voltearlas y disfrutar combinándolas, o aquellos con quienes comparto esquemas, pensamientos, sentimientos, formas de nombrar la vida, las cosas y el mundo. No fue un robo, sino una acogida. No quise nunca hacer mío lo que en verdad era de otros, pero las comillas son difíciles de introducir en la vida, junto con las citas y referencias que, en los artificios y los trabajos, serían obligatorias. No plagié, tampoco pedí prestado. No supe cómo hacerlo para defenderme de su encanto y me engatusaron, y desde niño vengo haciendo lo mismo. No me presenté al darme cuenta, ni entregué mis respetos. Hoy, sin más, se lo agradezco. Y valga este post, y sirva esta entrada, a todos aquellos que supieron sembrar su propia experiencia en otros. Cada persona grande es una atalaya desde la que otear, con sus palabras, si te fijas bien. Y cada persona pequeña es una oportunidad, brillante y única, para aprender de nuevo.

Cuando leo un buen libro, un artículo genial, un post de aquí o de allí, hasta un tweet o estado en facebook, o escucho una conferencia, una clase, me contagio. No lo puedo evitar. Son pegadizas estas experiencias de realidad, siendo realidades derivadas. Aunque no me guste todo, algo se me queda. Aunque lo deteste, y nunca quisiera haber aprendido algunas de ellas, no por malsonantes sin más, sino por su contenido, aquí conviven conmigo. Unas palabras me engrandecen, otras me estropean el alma. Cuando las he escuchado, o leído, ya es tarde para corregir. Están aquí conmigo, viven dentro de mí. Por su bondad, entusiasman, tanto como diría que otras nublan la inteligencia, pervierten el pensamiento y distraen de lo esencial. Ojalá pudiésemos hablar del amor, sin referirnos a sus contrarios, poque no conociéramos nunca sus opuestos. Ojalá sólo existieran palabras bellas para hablar de los demás, y el mismo lenguaje nos impidiese decir algo diferente a lo mejor y sublime que pueda haber en el otro. Ojalá las mentiras estuvieran prohibidas en los libros o en las conversaciones como lo están, o así lo creo al menos, en los labios de los amigos, en los abrazos de los amantes, en los guiños de la vida que nos despiertan. Pienso un mundo sin determinadas palabras y creo que, sin duda alguna, sería tremendamente mejor. La palabra aprendida se hace vida, y no siempre la vida devuelve una palabra con la que conquistar su realidad.

Las palabras tienen el poder de relacionar la vida de la gente. Y yo sé lo que digo y en quién pienso al tratar la confianza al modo como lo hago, o la fe al modo como escribo, o el amos mismo junto a las palabras que para mí describen su contenido y su globalidad. Sé, más o menos, a qué personas se refiere en mí todo lo que comporta la educación, la amistad, la alegría, la esperanza, la seriedad, la frescura. Del sufrimiento, del dolor, de la tristeza, del agobio y del fracaso digo lo mismo. No me refiero en exclusiva a las positivas y Las palabras se pegan. Y yo soy deudor, en cada una de mis líneas, de muchos maestros de la vida y padres en tantas otras experiencias. Las palabras se enseñan, se comunican, se entregan. Y generan, en su misma dinámica, deudas impagables, que permanecerán para siempre vivas en el agradecimiento de quienes sepan, o quieran saber, que si escriben o hablan no es porque son genios, sino porque tuvieron amigos, porque otros antes que él se dedicaron a pensar, reflexionar y vivir, y escribieron lo que pensaron, reflexionaron y vivieron. Y utilizaron los recursos, las herramientas que estaban a su disposición: las palabras.

Hoy pienso que la palabra no es lo que se enseña en la escuela, como conjunto de letras, como combinación de fonemas, como significante con significado. Hoy pienso, y quiero creer y agradecer, que la palabra es vida. Mucho más que vida en general o en abstracto, que es vida personal, vida en persona, vida que recuerda a otros que también la pronunciaron y les une, les encuentra, les aproxima en los buscadores como buscadores, les encuentra de algún modo, siempre incierto, sin que ellos se den cuenta. Hoy, en el mundo de internet y de las redes sociales, subrayando hahstags de una u otra manera, o con etiquetas en los artículos, pienso que hay palabras que unen a toda la humanidad, sin que quizá se estén dando cuenta. Palabras básicas, como básicos son los sentimientos. Palabras fundamentales, que les enraízan y les alimentan de igual manera, de igual modo. Palabras con lógica, con motor. Palabras que impulsan, provocan y convocan, resuelven y envuelven según corresponda. Palabras misteriosas cuyo origen todos desconocen. Me pregunto hoy quién fue quien pronunció la primera gran palabra. Y le agradezco esta hazaña. Esa palabra, que sin duda fue “amor”, o “ser”, o “luz”, o “vida”, o “verdad”, o “bien” nos une a todos los hombres en diversas lenguas, con diferentes historias, con rostros de lo más variopinto. Y esa palabra, que nos une, sigue aquí, con nosotros, y nos contagia. Esa palabra quiero pensar que sea nuestra esencia.

Descubre otro artículo, que te hará comprender qué estoy diciendo realmente.

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5 pensamientos en “Soy deudor de tus palabras

  1. Pingback: Deudor de tus palabras | Preguntarse y buscar

  2. Me sorprende la gradeza de tu pensamiento enfocado a algo tan cotidiano, ya que en la prisa de vivir, dejamos de ver las maravillas del Señor en cada día… Que Dios te siga llenando de gran objetividad y sencilles para hacernos valorar lo que tenemos y para quien lo tenemos; “la Palabra nos hoy nos une y nos llene de fe y valor”

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