No es que me gusten “los contrarios”, sino que la vida está llena de sus paradojas


Perdonad que no me calle, ni permanezca en silencio con el bozal inhumano que conforma a tantos. Perdonad si lo que digo hoy nace de la imprudencia, de la insesatez, de la pasión. Perdonad si no os gusta, porque siempre intento que os guste. Si no el contenido, al menos la forma. Si no la forma, al menos el contenido. Perdonad, insisto nuevamente, si no digo lo acostumbrado, lo que hay que decir, lo común al universo.

Es cierto. Muchas veces comienzo un artículo diciendo con sensatez algo, haciéndolo atractivo y atrayente, para devolver al final del artículo justo lo contrario, con más bondad si cabe. La vida está llena de contrarios y opuestos, que a la larga se convierten igualmente en paradojas.

No hablo del bien y del mal, que más que opuestos son enemigos, y a los que ni de lejos equiparo. Hablo, por ejemplo, de la libertad y del diálogo, de la amistad y de la soledad, de la vida fuerte individual y de la imprescindible comunión. Creo tanto en la autonomía y en el sano individualismo, y quienes me conocen lo saben, como en la incuestionable dependencia de las personas entre sí. Y los polos opuestos, cuando son polos bellos y agradables, se demandan mutuamente en su belleza para hacer entrar, en su arco y abanico, la grandeza de la existencia humana. No hay libertad por libertad, libertad de posibilidades infinitas e indeterminadas siempre nuevas, sino libertad humana que en su ejercicio se hace responsable, e incluso esclava, de sus mismas opciones, pasos y decisiones. Libertad empujada, en más de una ocasión, en lugar de libertad pretendida, libertad buscada. El reconocimiento y la alabanza de la infelicidad e insatisfacción del hombre es el motor más excelso de su vida, precisamente hacia una felicidad que se piensa perfecta. Con una perfección deseable, aunque un tanto aburrida, en la que no pueda existir “una felicidad” dicha en primera persona del singular; por la felicidad, o se conjuga en primera persona del plural, y se agradece entre todos, o no es aquello que verdaderamente queremos. Cuando los hombres odian, hacen ascos, apartan y se separan, lo que reclaman dentro de sí, lo que gritan a los cuatro vientos no es otra cosa que la comunión perdida, la herida del mal, la fractura y fragmentación que rompe con todo; por tanto, toda división habla de la unidad como lo perfecto, y toda unidad está compuesta a su vez de dimensiones, engrandecida en sus riquezas y tesoros, dignificada en su conjunto.

Así una y otra vez, en todo lo humano. La virtud por excelencia para muchos es la prudencia. En ella se conjugan estas tensiones, se elige con criterio, sin negar la complejidad. Pero una prudencia como término medio termina por ser inhumana, fría, insensible y aburrida. Cuando les comento esto a mis alumnos se quedan pensando, cuando piensan se ensimisman. Al final, nadie hace nada. Porque una prudencia sin pasión, sin preferencias, sin compromiso, sin amor, sin locura o sin valentía, es una prudencia que no pertenece sino a las piedras, o al cálculo fino y exacto que pretenden los matemáticos. Y ni mis abuelos ni mis padres eligieron la frialdada como camino hacia la felicidad. Sino la entrega, la confianza, el descaro incluso para reírse de ellos mismos y la libertad doliente de quien acoge a quien sufre, sabiendo que sufrirá igualmente por su presencia. La prudencia no soluciona nada cuando no hay nada que domar, cuando no hay persona que controlar, cuando no hay un impulso hacia el infinito, hacia lo perfecto, hacia lo grande con ánimos por correr, con desaro por llegar a la meta. La prudencia es la condena de quienes no saben dónde van, y se dedican a mirar hacia abajo, al suelo, mirando bien por dónde pisan. Toman opciones sin futuro, en las que no se equivocarán porque no les harán daño ahora. Pero sus vidas, ordenadas y cautelosas, sin tantos errores, debilidades, caídas y sufrimientos como las de otros que miran hacia lo alto, no habrán sabido mirar ni tan lejos, ni contemplar la belleza del mundo, ni saber lo que se esperaba para el hombre desde el día mismo en que nació. La felicidad y el amor son para los atrevidos. Entonces, sólo entonces, se les pedirá y educará en la prudencia. Cuando quieran llegar algo, cuando sepan que están hechos para lo eterno, para el infinito.

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3 pensamientos en “No es que me gusten “los contrarios”, sino que la vida está llena de sus paradojas

  1. Pingback: Entre contrarios y paradojas | Preguntarse y buscar

  2. !Hermosa reflexion!Sin pasion viviriamos quiza en un ” Mundo Feliz”(Huxgsley) ¿Cual seria el espacio para la verdadera vida?Y vida en abundancia Me siento justificada y feliz

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