Una vida sin examen no merece la pena ser vivida


Esta frase es de Sócrates. Y en la época de Sócrates no había exámenes al modo como tenemos ahora. Los exámenes son un suplicio, un martirio, que en no pocas ocasiones incluso distraen de lo verdaderamente importante en la vida. Lo que el maestro de Platón, lo que este referente de la cultura y de la sabiduría afirma es que no merece la pena vivir si no es a través del examen de uno mismo, sabiendo qué estoy viviendo, cómo lo estoy viviendo, en qué estoy confiando mi propia vida. Además, cuando nos damos cuenta de que la frase proviene de su Apología, del tramo final de su historia en el que está siendo probado al máximo por la democracia ateniense y sus concuidadanos, la sentencia cobra un vigor mayor. No habla de exámenes, insisto, sino de una forma de cuidado de sí mismo que nos lleva a reflexionar, a preguntarnos, a buscar, a dialogar, a poner sobre la mesa las cosas con claridad. Hablamos de una filosofía que es amor al saber, principalmente cuando este saber pone en marcha la vida misma de las personas, y provoca una forma de relación, un juicio sobre el mundo y la realidad, un impacto sobre el único tiempo del que disponemos.

  1. Este examen nos lo debemos tomar con una máxima seriedad, y la preparación mejor será la propia desprotección e iluminación de la propia vida. Como luego dirá su discípulo, el esfuerzo necesario para salir de la caverna de nuestras ideas y de las limitaciones de lo que ya hemos considerado como invariablemente cierto, firme y seguro. Un examen que debemos afrontar y ante el que nos debemos situar sin complejos. Pero con un examinador que no sólo sepa mucho, sino que además sea sabio para conjugar la verdad y el amor, un verdadero maestro a quien no le importe al mismo tiempo corregirse, un pedagogo que no vaya detrás con la vara sino al lado haciendo camino.
  2. Las preguntas surgen, aunque algunas las sabemos de antemano, porque nos va en ello lo fundamental. Quizá utilizando palabras de otros, conceptos y representaciones que pululan en la sociedad, que marcan referentes, que deben ser provistas de sentido y cargadas de vitalidad. Unas preguntas clave, en forma de corazonadas no pocas veces irracionales o impulsos motivados por los sueños de la infancia y de la juventud. Unas preguntas certeras, como flechas propulsadas desde los arcos de aquellos que no se amedrentan ni ante el mal, ni ante el sufrimiento, ni ante la verdad ni el bien. Preguntas, en definitiva, capaces de desdoblar la realidad, de revolverla, de aderezarla.
  3. Sí hay respuesta exacta, y por eso la pregunta. Sí que hay verdad, y desea ser alcanzada. Quizá no se podrá obtener toda hoy, pero lo de hoy servirá para mañana. Quizá no se pueda formular con palabras, ni en frases, y eso será también parte de su maravilla. Quizá sea a través de la vida misma como descubramos qué es, y qué no es, generosidad, entrega, libertad y vida. Quizá sea en el encuentro con el otro, en su misma pregunta, donde encontremos la verdad que ya llevábamos dentro, y dejando salir nuestra respuesta impresionemos la mirada del examinador atento. La respuesta exacta nos preocupa, como también nos inquieta el error, la mentira creída, la vida echada por tierra. Corregir será girar y convertir, y no borrar lo que ya está escrito. Desdecirnos a nosotros mismos, de algún modo. Y aprender a curar las heridas causadas anteriormente.

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