Toda pregunta llevará a una decisión


Tarde o temprano, hoy o mañana. Mejor esperar. Tanto tiempo cuanto importante sea la respuesta, y poder ser contestada en paz. Pero será una decisión, comportará y confiará a la libertad su respuesta. Tampoco conviene demorar. Porque entonces la pregunta se siente insignificante, como despreciada, como despedida y sin valor para quien la acoge. E igual que el mensajero, un buen interrogante es capaz de abandonar la casa de quien le recibió en principio sorprendido y marcharse a otro lugar.

La pregunta no tiene por qué ser ni una duda, ni nada por el estilo. Puede ser también una afirmación. Estas son las preguntas más fuertes, no tanto las que desmontan como las que construyen, las que lanzan, las que afianzan y dar firmeza. Esas preguntas que con el paso del tiempo, al leer la propia historia, ves que están en el origen de todo. Cuando alguien te vuelve a preguntar: “Oye, ¿y tú por qué…?” Y entonces le respondes: “Un día me pregunté, creí que debí hacerme esta pregunta, y así empezó todo.” No con una gran respuesta, ni con la respuesta en la verdad y seguridad absolutas. Todo comenzó con esa llamada a la puerta de alguien que quería invitarse a sí mismo a entrar y colarse en la vida. Le dejé pasar, dialogamos, discutimos, planteé entonces esto y lo de más allá, me dio pistas, me dejó en libertad. No me lo había cuestionado nunca, y mira, aquí estoy ahora mismo. Ahora sé que vivir, en parte, es responder.

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