7 cosas que no son pecado


Esto del “pecado” es una cuestión redundante, que alcanza prácticamente todo. No deja en paz ni lo más sagrado. Se oculta entre apariencias y confunde lo bueno y lo malo. Sobre esto hay muchas preguntas, pareceres, opiniones, criterios, opciones. En ocasiones tengo la sensación de que, diga lo que diga, no se va a entender bien, ni se quiere tener en cuenta o escuchar. Es como si viviésemos de espaldas a su realidad, no quisiéramos mirar, y nos conformásemos con “el traje” que recibimos de pequeño. Como algunos dicen, con “no matar”, “no robar” parece que está todo lo grave salvado. Del “no mentir” o del “no ponerse en el lugar que no nos corresponde”, intentamos no decir nada. Sabemos, en el fondo del corazón, que esto va mucho más allá. Aunque como no queremos mirar demasiado, nos vamos por la tangente. Ayer, de hecho, en una de tantas conversaciones al respecto, pasé a hablar de lo que no es pecado. Así resulta ser más serio todo el asunto. Visto por lo grande, en su grandeza, y no desde lo pequeño. Todo estamos llamados a l libertad, a la grandeza, a lo sublime, a lo justo, a lo bello, al amor. Por ejemplo, estas siete de entre otras muchas:

  1. Quererse bien. Muy bien. No un amor ni egoísta, ni acomodada. Sino amor del que permite al hombre alcanzar su propia perfeccción. Un amor que nace del conocimiento propio, que escudriña en el interior el don, y es capaz de darse primero a sí mismo la excelencia que en tantas ocasiones reclama a otros. Un “querer” impregnado de voluntad, de esfuerzo, de aceptación.
  2. Hablar después de pensar. Digo después de pensar porque quien piensa rectamente, en no pocas ocasiones, permanece callado, sabe que no sabe, o sabe que lo que dirá no hará ningún bien. No se trata sólo de pensar lo que se va a decir, sino cómo se va a decir y quién lo va a escuchar. La palabra es un arma poderosa, de las más poderosas que hay. Y no hay verdad humana sin amor.
  3. Mirar de corazón a corazón. Dejando a un lado la apariencia, la impureza en la mirada, los prejuicios, lo oído a otros. Atender en profundidad, con toda el alma. Mirando el presente, conociendo el presente, sin dejarse llevar por la historia. O, dicho de otro modo, dejar de mirarse a sí mismo y atender a los demás en plenitud. Es verdad que aquí encontramos la limitación de nuestra propia ignorancia y desconocimiento; porque quien no sabe qué es el hombre no podrá reconocer la humanidad en otros. Así de simple y sencillo.
  4. Dar todo lo que podamos. Unos días será una vida al 100% y otras al 20%, pero cada día se puede dar todo cuanto se tiene. Quien da todo lo que tiene, sin duda alguna, no peca. Porque pone todas sus fuerzas, toda su voluntad, y toda su inteligencia, al servicio.
  5. Pedir perdón y perdonar. Reconocer el pecado y su fuerza en los hombres, y acogerlo y cargar con él, ayudando a quienes no han podido vencer su mal, y sin embargo saben pedir perdón. Esto, sin duda alguna, no conducirá al hombre al daño, ni a dañar, ni le daña a sí mismo. Más bien al contrario, repara, endereza. Cuando hay arrepentimiento y libertad de corazón.
  6. Hacer justicia. No ajusticiar, sino hacer justicia. Empezando por compartir lo que tenemos, sin mirar demasiado y sin atarnos a las cosas. Ya sé que se puede compartir tiempo y esfuerzos en las tareas. Pero también es necesario compartir aquellos privilegios del norte que siguen atrapando al sur. Esto de compartir hasta el extremo, sin duda alguna, no nace del mal ni del pecado. Sólo es posible semejante disposición para darse en lo más santo.
  7. Potenciar la unidad. Lo he reservado para el final, porque hoy celebramos al Señor del Universo. Pero no sólo por eso. La unidad en nosotros, por un lado, sin división entre nuestra voluntad, pensamientos, sentimientos. La unidad en nuestros lugares de trabajo, en concordia y comunión. La unidad también en la Iglesia, en la fraternidad. Unidad que nos haga sentirnos hermanos, de una pieza, miembros del mismo cuerpo.

Ahora bien. Y con esto termino. Esfuérzate todo lo que quieras en cualquiera de las siete anteriores, o en otras tantas que hay, como la alegría, el servicio, la diligencia máxima en el propio trabajo, la acogida incondicional del otro. Esfuérzate y verás que, aunque quieras lo mejor no podrás alcanzarlo. A eso, y no a otras cosas, es a lo que llamamos pecado. Que se refuerza con los miedos, con la mentira, con las envidias, con los grupismos… Espero haber sido claro y elocuente. Ya me dirás si el asunto es serio o no, y qué podemos hacer para que no gobierne, semejante mal, nuestro mundo y a la gente que en él vive.

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