Criticarse a uno mismo


Si alguien dijo alguna vez que “criticarse a sí mismo era fácil“, creo que se confundió de plano. Lo fácil, cómodo y simplón es hacer juicios sobre los demás, meternos en sus vidas nos pregunten o nos pregunten, con o sin permiso. Desde la superficie de la falta de complicidad entre ambos, todo responde a patrones más claros y nítidos, de modo que comentar la vida de otras personas con dos o tres cosas que podemos conocer se convierte incluso en una especie de juego infantil, o puzzle de diez piezas grandes. Todo cuadra, cuando nos cuadra con lo que pensamos. Y cuanto más desprovistos de caridad y de humanidad, yendo a lo personal y a las líneas débiles, más facilones aún serán los comentarios. Y si dejamos que entren otras personas a darnos su parecer y prejuicios, se hace todo incluso más rápidas serán nuestras conclusiones. Pero hablar en verdad, buscándola y preguntándola, ¡cuánto cuesta! Y dejar de ser objeto dejándose manipular sin ser persona que humaniza el mundo y lo dignifica, para ser objetivo, ¡mucho más! ¡Infinitamente más!

  1. Respecto de nosotros tenemos una información y unos datos que el resto del mundo desconoce. Da igual aquí si son puramente objetivos o subjetivos, porque son constituyentes. Algunos serán más externos que otros, que son sentimientos, pensamientos, vivencias. Da igual, porque no nos jugamos aquí el asunto. El caso es que tú sabes y tienes “más” que los demás. No podrás ser objetivo, pero dispones de un material que a otros les costaría años escuchar, incluso sin entender. Manejamos nuestra historia con cierta capacidad y soltura, podemos ir y venir de un acontecimiento a otro, reconstruir allí donde otros deben preguntar porque ignoran. Lo cual nos descubre que somos una especie de “caja de secretos” con patas que andan, boca que habla, ojos que ven… Pero misterio al fin y al cabo. Saber esto te ofrece la posibilidad, siempre brindada a tu libertad, de reconocer la misma dignidad en otros, el mismo misterio. Quien no lo sabe, ¡qué peligro tiene!
  2. Criticarse a sí mismo es difícil porque somos conscientes de nuestra debilidad. No entro aquí en si la sociedad nos ha enseñado, o no, a protegernos adecuadamente de las heridas que otros puedan causarnos. Ni en cómo son nuestras múltiples máscaras y caras. Pero sí me parece importante reconocer que el grito que toda persona experimenta hacia su propia debilidad es la búsqueda de alguien que sea capaz de acogerle tal y como es, antes incluso de decirle nada al respecto de sus mediocridades, necesidades, caídas, errores, o como se quieran llamar. El caso es que la propia finitud, que para nosotros no tiene ningún misterio y con la que vivimos a diario, en cada persona se concreta de forma diferente. Para unos está aquí, para otros allí. Y así seguimos viajando por el mundo, y seguimos viviendo, y queremos ser amados y valorados como personas. No de otra manera, no por méritos, privilegios, condiciones alejadas de nuestro ser persona. Así es como nos tratamos a nosotros mismos, por eso también somos más condescendientes, imagino, con la propia debilidad.
  3. Disponemos de estrategias para defendernos incluso de nosotros mismos. Es curioso, y cierto. Defendernos en el más puro sentido de la palabra. Como si viniésemos a habitarnos con un cierto ánimo agresivo, y con necesidad de una lucha y combate contra uno mismo por dominar y ordenar la propia morada personal. Distracciones que nos alejan en tierras lejanas y castillos ajenos, tareas que nos justifican y nos invaden impropiamente, y ocupaciones de nuestras estancias más íntimas sin ser verdaderamente compartidas. Hay personas a las que su propia verdad les asusta y da miedo. Y prefieren pasar por el mundo de puntillas sin entrar en sí mismos. Han aprendido a nombrarse a través de los éxitos que les han reflejado, de lo que otros han visto. Pero esa mirada, penetrante y profunda, que uno puede lanzarse sobre uno mismo, provoca un cierto pavor.
  4. Tenemos metas, que no tienen por qué ser las mismas que las de otras personas, y establecemos criterios de relación y valoración. Es decir, cada persona establece su propia estructura y red de elementos que serán o no determinantes en su vida. Y que, insisto, no tienen por qué ser los mismos que en otras personas. Aunque a la fuerza, por aquello de participar de una cultura y de una sociedad común, sí que establecemos asociaciones y similitudes con otros. Añado, como matiz, que si bien búsquedas profundas en el ser humano se mantienen desde siempre y para siempre, otras que modifican todos los puntos de referencia, incluso cuestiones puntuales en el tiempo, hacen que varíen radicalmente prioridades, esfuerzos. Y no todas son objetivamente perceptibles. Dicho con un ejemplo, la situación personal en un momento dado hace girar toda la realidad, o atravesar por una semana dura en cuanto al trabajo. La cuestión es si después se retoma todo de igual manera o no. Porque las personas también cambian.
  5. Hablar con uno mismo, como digo en otras ocasiones, supone emplear un lenguaje que otros no pueden escuchar. Hablar, hablamos. Cotidianamente. Y especialmente cuando todo alrededor se acalla y se silencia. La persona que se hable con interferencias continuas no se dirá las cosas con la claridad necesaria. Se confundirán sus palabras con las de otros, o con el ruido que aporta el mundo en el que vivimos. Hay tiempo, a lo largo del día, lo suficientemente elocuente como para que no podamos vivir sin nuestras propias palabras, o en las que nos demandamos con fuerza un toque de verdad. Hay tiempo más que suficiente. Aunque en ocasiones, no somos tan sinceros ni empleamos palabras tan claras.
  6. El justo equilibrio y moderación tampoco se vive en ocasiones con mesura. Quien ha entrado a criticarse una vez, volverá a hacerlo. Algunos caen en la continua reprensión de sí mismos, tachándose y negándose bondad alguna al ver una mancha, siendo implacables e inmisericordes, como gritando “sin piedad” cuando querían y buscaban algo así como “seamos sinceros”. La verdad que va suelta de la mano del amor termina por engañar a su amo y señor. No hay verdad real desprovista de caridad, termina siempre mintiendo. Y si no, ¡haz la prueba!
  7. Lo más difícil, en cualquier caso, para una buena crítica a uno mismo me parece que es poner palabras y expresar fuera de uno mismo, ante otra persona, aquello que llevamos dentro y vivimos dentro. Esta es una prueba de fuego. Dejar que otros escuchen, aunque quizá sin participar. Permitir que otros estén al tanto, aunque sólo velando por ello. Quien vive así durante un tiempo, sabiéndose escuchado, al final termina por reclamar algo más, abriendo la puerta, dejando pasar. Pero eso será con paciencia, y siempre poco a poco.

Creo que aprender esto, primero en uno mismo, nos hace hablar de los demás con mucha mayor prudencia de la que habitualmente se usa en las calles. Se lo recomiendo a toda persona, primero “conócete”, “quiérete”. Luego, si te dan la oportunidad, y siempre con humildad, “habla de lo personal en otros.” No inviertas papeles, ni creas que conociendo muchas historias de los demás llegarás algún día a saber algo de ti mismo.

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