Hacen falta profetas en la Iglesia


Esta frase tiene dos semanas, lo cual demuestra que no escribo inmediatamente de algunas cosas. Algún avispado dirá que él o ella la ha escuchado muchas veces. Y le felicitaré. Pero para mí tiene dos semanas, y no deja de darme vueltas por dentro. También la había escuchado antes, aunque no con tanta atención. En este caso me preocupaban muchas cosas, sobre todo la intención, que dicho sea de paso no puedo juzgar.

  1. Por aclarar algún problema lingüístico, profeta y protesta se parecen, pero no son lo mismo. Estuvo de moda decir un tiempo que el profeta denunciaba principalmente temas de justicia, pero esto ya pasó de moda. No la justicia, sino su equiparación con el profeta. Cierto es que en el ritmo del discurso a más de uno se le puede trastocar la consonante, dejando entonces al descubierto, esta vez sí, la intención del corazón. Si se trata de este tipo de profetas, de los manipulados a gusto de quien quiere alzar la voz y hablar de lo que piensan por sí mismo, le diría que eso no es más que un ejercicio legítimo y excelente que la iglesia ciertamente necesita. No ahora, sino siempre. Cristianos que piensen, que hablen, que expresen. Casi tanto como aquellos que escuchan, o incluso más esto segundo.
  2. Cuando utilizamos la palabra profeta en ocasiones creo que bastaría con decir algo así como “radical”. Pero nos meteríamos en un jaleo. Porque “cristianismo radical” es una expresión que no queda bien. No por desfasada o tradicional, de otros tiempos, sino porque chirría. Algunos sabemos lo que quiere decir, según el contexto. Y nadie dejará de prestar atención a qué se está refiriendo exactamente. Quizá sería mejor emplear otras como “intenso”, pero el profeta, como en ocasiones se entiende, no quiere otra cosa que no sea “puro”, y de ahí su misión de “purificación”, con fuego y a golpe de yunque. Y estos a mí me dan miedo, cuando no andan bien asentados ellos mismos, porque todos conocemos las pasiones del hombre. Dejan poco espacio a la misericordia con todos, encariñándose con unos pocos, que después se verá que respondern a “los de su grupo”, “los de su tendencia”, “los de su proyecto”, “sus destinatarios”. Y esto, a mí me resulta muy inquietante, más cuando dicen de sí mismos que son profetas, y que ellos sí viven ciertas cosas a diferencia de tantos otros.
  3. Según me enseñaron, y según lo que creo también, el hecho de ser profeta no viene dado porque uno quiera ser profeta, sino que es una vocación y por tanto respuesta a Dios. Y como toda vocación, sorprende al candidato. Digo que así me lo enseñaron, porque en ocasiones me doy cuenta de que se cambia rápido de parecer y esto puede haber cambiado. Lo cual, y ahora sí que pienso por mí mismo, me resulta terriblemente peligroso. Con más de un profeta legitimado por sí mismo me he encontrado, y verdaderamente cumple con la definición de un insolente incómodo y manipulador de Dios. Esto último no me lo enseñaron, lo he sacado de mi experiencia y acervo lingüístico. Dicho en positivo: un profeta habla de parte de Dios, y por tanto, no dice lo que le place, ni lo que le gusta, ni lo que él cree conveniente. Y hablar de parte de Dios suele ir parejo a dar la vida. Aquí lo dejo.
  4. Para quienes quieran un dato más, el don de profecía se concede en el bautismo. Aquí hay que repasar entonces más de una cuestión que puede ser desconocida. Por el bautismo los hombres, que pasan a ser cristianos en el seno de la Iglesia, son sacerdotes, profetas y reyes. Igual que hay una teología del sacerdocio común, también la hay del profetismo común de los fieles. Lo que hay que hacer es desarrollar el bautismo en la vida cristiana, y responder a esta universal vocación. O dicho de otro modo, profetas tenemos muchos, tantos como bautizados, y los que renuevan su bautismo, actualizan también y viven cada vez en mayor plenitud este don. No me atrevería, y Dios no lo ha hecho, a dejar esta responsabilidad en manos de unos pocos.
  5. Este don, como todo don, no va encontra de nadie sino a favor de muchos, en la construcción del Reino, y principalmente, si tuviera que señalar o significar una orientación precisa, creo que sería “hacia Dios.” Cada profeta en su época habla de parte de Dios, como antes he dicho, después de escucharle. Y me preocupo al escuchar esto de “se necesitan profetas” como quien cava una trinchera preparándose para la guerra o se expone en la plaza pública a hablar de cualquier modo, impulsado por un “telele espiritual”. El profeta no mantiene oposición y enfrentamiento por sí mismo, deseando la condena o el mal al otro, sino precisamente su máxima bondad, y que dé a través de su propia vida el mejor fruto posible.
  6. Y por último, no creo que sea tampoco correcto equiparar el lenguaje referido a la profecía, y la profecía misma dentro de la Iglesia, con el lenguaje que nos hemos creado nosotros mismos relativo a las fronteras. Tengo amigos en las fronteras, como ya dije en un post anterior con este mismo título; amigos de verdad, por quienes me preocupo seriamente, y a quienes valoro con todo el alma, y sé el esfuerzo y sacrificio que están haciendo. Es una cuestión muy personal, pero le tengo alergia a quienes utilizan lenguajes exclusivistas y fragmentarios como ése, de los que dividen la realidad. Prefiero señalar el centro, o el norte o el fundamento, como se quiera. Quizá esto sí que nos haría mucho bien a la Iglesia, y a los cristianos. Poner en el corazón del hombre y del mundo aquello que tiene capacidad por unirnos a todos. No las tareas y trabajos particulares, tan diversos, sino al mismo Señor. Puesto en el centro todo resulta más fácil, y no se habla tan fácilmente, ni nadie se apropia de nada en particular.

Si alguien cree que estoy haciendo de profeta, no se equivoca. Al menos, así entiendo yo este asunto. Pero no profeta como alguien que ve el futuro, sino que quiere escuchar a Dios y hacer de Él el centro. Pero no profeta al modo como creo haber entendido a quien hablaba de ese modo de “su necesidad”, sino como un reconocimiento a un don que comparto con muchos cristianos, con todos los cristianos.

La Iglesia necesita muchas cosas. También el ejercicio de la profecía. Sin duda alguna. Aunque me atrevería a señalar que algo que hecho mucho en falta es que nos conozcamos más, porque somos muchos, y hablemos más, porque tenemos que decir, y compartamos proyectos, en los que estamos repartidos multitud de personas. En la Iglesia lo primero que me sorprende encontrar es muy buena gente, y muy buenos creyentes. A lo mejor es que he tenido “suerte”. Y fuera de la Iglesia, también hay muy buena gente, con sus creencias. Si nos conociéramos un poco más… descubriríamos que ya tenemos profetas entre nosotros.

Anuncios

3 pensamientos en “Hacen falta profetas en la Iglesia

  1. Pingback: Hacen falta nuevos profetas | Preguntarse y buscar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s