Los obispos nunca se equivocan


Algunas personas me han preguntado legítimamente estos días lo que creo y lo que pienso sobre los obispos y sus palabras sobre ciertos temas. Como habitualmente hago, prefiero la conversación personal, larga y tendida, que dé pie a malentendidos y a correcciones. Soy de los que se equivoca mucho, y tiene que reconocer su error con frecuencia. ¡Todo con tal de escucharnos por encima de nuestros prejuicios! Dadas las insistencias, aquí está este post, buscando siempre el bien. Me he alarmado al constatar que algunas personas siguen pensando que los curas somos (o tenemos) la Palabra de Dios. Y he tenido que hacer matices importantes para no rebajar mi vocación y ministerio a la nada. Con lo que tengo y soy, ¡ya tengo bastante! No soy la Palabra de Dios, pero vivo de ella.

Con el título está dicho todo lo que quiero decir. Si te gusta bien, y si no, a seguir caminando. Aunque la verdad es que mi primera intención ha sido poner el titular al revés, moderadamente. Los obispos se equivocan, y no pocas veces. De hecho, el fin de semana pasado uno me dijo que iba a ganar el Barcelona, y esta semana ha perdido. Y otro me dijo, no hace mucho otra cosa, más personal, que no me acabo de creer. Auunque seguiré confiando. Pero el caso es que nunca he oído decir a un obispo que no se equivoque nunca. Eso lo dicen en otros sitios sobre ellos. Y de ahí el título del post. Porque el catecismo no lo recoje. Si acaso, algún periódico y esa opinión popular tan afianzada en las entrañas del pensamiento único. Es más, anoto que en el texto final del último Sínodo se recoge que una de las dificultades para la fe es el testimonio de los ministros. Y en esto no les dejo solos. También me incluyo. Pero esto no lo dicen aquellos que nunca se equivocan, sino quienes saben que pueden equivocarse. Y mucho. De ahí, por otro lado, su responsabilidad.

  1. A mí lo que me preocuparía sinceramente sería que los cristianos nos tomásemos en serio, y sin pensar y sin conciencia, que en todo tienen razón. O que confundiésemos la parte por el todo. Cayendo entonces en la trampa que nos quieren tender. Y dejásemos entonces de ser libres, y de vivir con fe en el Señor, puestos los ojos en Él. Esto sólo puede darse cuando no hay formación, ni información ni nada por el estilo. Me parece que es una actitud que en nada ayuda a la Iglesia. Y que a mí, de partida, me hace inútil, porque no tendría nada que aportar. Ojalá pudiésemos aportar más, cada vez más. Y nos tomásemos en serio que nuestro servicio principal al obispo es acoger sus palabras y servir a la comunión de todos. Si viviésemos así, con frecuencia hablaríamos de otro modo. Mis obispos, como mis superiores en la vida religiosa, lo primero que se merecen de mi parte es que les estime como lo que son. Y eso incluye el proyecto de Dios para sus vidas, y no sólo sus cualidades y sus debilidades.
  2. O que no se escuchasen en materia de fe o de vida cristiana, con una palabra autorizada y de peso. Como también me preocupa el prejuicio y la sinrazón de quienes todo lo rechazan, sin dialogar, sin saber escuchar, sin atender, enterándose por terceros o cuartos. Esos me preocupan mucho. Porque ellos sí que acogen para sí el dogma de “siempre tengo razón”, y además lo imponen ridiculizando a otros. Esos me preocupan. Los que se hacen a sí mismos falsos-obispos, y no asumen la tarea de dar la vida, y su responsabilidad. Y aquí anoto también que existe una falsa opinión muy difundida según la cual todos tienen verdad sobre todo, aunque unos digan blanco y otros negro. A la que se suma que todos tienen opinión, y que eso hace válido todo. Lo cual, cuando ocurre algo grave, nadie lo acepta con sincero corazón. Es más bien lo contrario. Nos importa la verdad, como nos importan las personas; y en esto lo tenemos claro, acogida siempre al otro, por muy diferente que sea, sin que eso signifique dejar de ser fiel.
  3. También me parecería preocupante que no nos dejásemos acompañar, ni aceptásemos sus mediaciones. O que andemos seleccionándolas, como se escogen libros en una librería según el momento. No lo que queremos, sino lo que Dios quiere. Sería el mejor modo para comprobar que nos queremos hacer, no un dios a nuestra medida, sino dioses a nosotros mismos. Y hablo de mediaciones, que son muchas en la Iglesia, y que son para todos. Al tiempo que, por supuesto, diría que algunos prefieren montar sus propios “chiringuitos”, con sus propios instrumentos, con sus propias lecturas e interpretaciones.

Y en este equilibrio, está la gracia.

Alguno pensará que no me he mojado mucho, otros que demasiado. Espero, como decía al principio, hacer bien. Y si tengo algo que corregir, por favor, decídmelo y dialoguemos.

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