Tomar decisiones, siempre difíciles


Lo fácil es elegir entre lo bueno y lo malo, conociendo lo bueno y lo malo. Cuando las cosas van turbias, porque se haya agitado la realidad o porque tengamos lágrimas en los ojos, todo parece difuso y se rompen los límites; entonces lo bueno no nos parece bueno, y lo malo no nos parece tan malo, y todo se ha complicado sin querer. Puede darse el caso, además, de que nos veamos entre la espada y la pared, y la elección ya no sea entre las cosas buenas, sino entre las cosas malas. Allí aparecen los agoreros a condenarnos tempranamente, pero no deberíamos hacerles caso. Porque qué sabrán ellos, que tanto dicen saber sin ni siquiera habernos escuchado antes, o sin haberse preocupado en los tiempos que eran mejores. Pero también, sintiéndolo mucho, no es nada fácil elegir entre lo bueno y lo bueno. Claro que, como en el caso de lo malo y lo malo, tendremos a los superlistos que dicen que hay que escoger o bien lo mejor, o bien lo menos dañino. No les falta razón, aunque son un tanto simples. Siempre nos quedará el recurso aquel, muy famoso, de quienes dicen una de las grandes verdades de la existencia: “¡Claro! ¡Como tú no te la juegas, y no es tu libertad, a ti todo te parece fácil y simple!” Quien tiene que tomar la decisión, y hacerse responsable de lo que suceda, a ése que está despierto para considerar las posibilidades, a ese no le parece nada sencillo.

Si lo de arriba, dadas las opciones, te parece sensato y prudente, tendrás que estar necesiamente de acuerdo en lo siguiente:

  1. Hablar de libertad y de sus gemelas, nos puede despistar y ser entretenido. Todo resulta más fácil y claro cuando nos paramos a tratar qué es lo bueno y qué no lo es, o directamente es malo. Nos ahorraría mucho sacrificio, y nos conduciría con mayor seguridad en la vida. Para quienes preguntan, como si fueran sabios, qué es lo bueno, les pediría que respondiesen ellos mismos. Seguramente tienen más de una idea al respecto, y, mejor aún, son capaces de discernirlo en su propia vida. La pérdida de la bondad y del bien como un referente e ideal en las sociedades modernas nos ha llevado a hablar de otras cosas menos relevantes para la vida. Y lo sabemos, aunque cueste reconocerlo.
  2. Dialogar por dialogar, tampoco. Lo de llegar a acuerdos puede ser también interesante, pero quedamos a merced de nuestras propias decisiones. No es el grupo el que mejora o empeora, simplemente. Son las personas las que avanzan o retroceden. De modo que los acuerdos, cuando van en buen camino son interesantes, pero cuando todo se vierte sobre las decisiones de los demás o del grupo estamos perdiendo aquel elemento esencial que es “me la estoy jugando yo”.
  3. Por último, aprendes a callar ante lo que otros tienen que decidir y a dar recetas fáciles. El mejor consejero en todos estos asuntos es un consejero prudente, con dos o tres cosas bien aprendidas. Un consejero mayor, diría yo, de los que ya han renunciado a grandes ilusiones, y se han centrado en lo crucial y conocen las trampas en las que todavía otros caen. Las sociedades antiguas, que de primitivas tenían más bien poco, escuchaban con devoción a sus mayores por lo que habían vivido, y sobre todo, por lo que habían superado y construido. Un hombre mayor, como un atleta, ha atravesado parajes de todo tipo, y ha aprendido de sí mismo y de los otros, que también lo intentaron aunque quizá no lo lograron. Un mayor ha demostrado, a ciencia cierta, ser sabio en algo de la vida. La cuestión entonces es saber las preguntas que tenemos que hacerles, para hacer de ellos consejeros de nuestra juventud.

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