Cuando los demás son mejores


Hay días en los que levantarse ya cuesta sacrificio. Y no ha hecho nada más que empezar el día. ¡Imagina lo que queda por venir! A estos momentos de la vida no les quiero dar ni nombre, y ojalá estén lo más lejos posible de mí. Aunque no se los deseo a nadie. Por muy fuerte que pida no les puedo restar ni un ápice de importancia en la vida. Estos tiempos fuertes del corazón, de la cabeza, de los sentimientos y de las decisiones, constituyen la clave de todo un camino que es de por sí largo y plagado de acontecimientos. Por otro lado, son difíciles de olvidar. En estos días, todos te parecerán mejores, te lo advierto, a pesar de que no lo sean o sea una mentira. Los demás, siempre más felices, más contentos, más alegres, con más posibilidades, a quienes todo parece salirles bien. A diferencia de a ti, que te ves sumido en la miseria absoluta y en la mediocridad campante. Estos días, que se abalanzan sin permiso mordiendo las entrañas, carecen de cualquier respeto humano ni no tienen la más mínima compasión. Donde pisan, destruyen. Lo que tocan, lo descomponen. Cuanto se pone a su alcance, termina en la basura. Por lo tanto, resérvate con agrado, permanece en la prueba. Esos días, insisto, cualquier persona te parecerá a simple vista que recibe mejor trato, más atención y consideración, y que su vida es realmente feliz. Pero insisto en reclamar que tu inteligencia me escuche atentamente: “No es verdad. No sé si él es feliz o no, si está alegre o no, si su sonrisa es sincera o no, si lo que vive lo está disfrutando o no, si es mejor valorado o no que tú. Esos días lo que importa verdaderamente es que tú estás mal, y tu mirada se yergue desde demasiado abajo. En estos días, no te escuches demasiado. Desearás tu propia muerte -metafórica, espero- en lugar de elegir naturalmente la vida.”

Lo mejor de los días anteriores nace de la experiencia. Sabemos que terminan cuando ya hemos pasado más de uno con una cierta dignidad, esfuerzo prometeico y cercanía de alguna persona sensible. Lo mejor, perdonad que insista, es que tienen un final. Y también que son los menos en el cómputo general de la existencia. Aunque no lo sepamos ver cuando estamos metidos en el ajo, y se nos pegan como lapas los sinsabores del mundo y las tristezas de la condición humana.

Aunque mi intención en el post trataba más bien de lo contrario. Esos días en los que todo comienza con tanta pasión, ganas y entusiasmo, que se desbordan los caudales que contienen las palabras para regalar saludos, chistes graciosos y palabras de ánimo por doquier. En esos días, también podemos ver a los demás con su grandeza, mejores que nosotros mismos. Pero la mirada se vuelve, de lo grande a lo pequeño, mucho más sencilla y humilde. Si en los días de desánimo miramos con tristeza nuestra pequeñez, aquí contemplamos con verdad la grandeza de los demás. Entonces sí podemos pronunciar algunas palabras grandes respetando su inmensidad. En estos días todo parece revestirse del color del cielo. Nadie duda que en la claridad todo se ve, deslumbra. Sinceramente, quien ha vivido un día de su existencia, sólo uno es suficiente, con este sentimiento como base y fundamento, no sé para qué quiere el realismo de la vida, ni por qué se empeña en la prudencia, el equilibrio, el sosiego y la ecuanimidad. ¡Viva la locura de quien enloquece a los sanos! ¡Viva la juventud que rejuvenece a los mayores! ¡Viva la alegría que alegra a los tristes!

Esta manera de ver a los demás mejores, no nos empequeñece; antes bien, nos mejora. A la par que hablamos bien de los demás, sentimos la fortuna de ser “algo” de ellos. Al unísono se provoca la simpatía y cercanía entre lo que se piensa y se vive, cuando se pone voluntad por conseguirlo. De donde fácilmente se pueden sacar unas cuantas conclusiones, y formas de considerar a los demás mejores que a uno mismo. Unas veces porque realmente lo sean, otras porque, sin serlo, queremos que lo sean y hablamos así de ellos, y las mejores de todas son aquellas en las que nuestra forma humilde de ser ante ellos les haga ser mejores de forma real. Si alguien me preguntase hoy si podemos hacer que las personas sean buenas, respondería claramente que sí. Y que además tengo la fórmula: amarse bien a uno mismo, y compartir ese mismo amor sin encerrarnos en nosotros mismos, y dejarnos querer sin buscar nada más.Quien tiene oportunidad de vivir de esta manera, comprobará fácilmente lo siguiente:

  1. Aprendes rápido, como quien quiere ser alumno de sus amigos, sentarse en sus clases, escuchar sus palabras y saborearlas sin esfuerzo. Palabra que se pierde, oportunidad fallida. No hay que cumplir expediente, ni alcanzar ninguna meta, ni proponerse y conquistar objetivos. Partes desde abajo, y todo se mira hacia arriba. O a la inversa, cautivado por los detalles de lo pequeño. Sin dar lecciones, ni hablar por hablar. Se aprende más, se aprende mejor. Y todo retroalimenta la propia grandeza del momento.
  2. Pides perdón con absoluta sinceridad, porque comienzas a darte cuenta de que si algo puede ir mejor, no es por lo que otros hacen, sino por lo que probablemente has perdido de ti mismo. Comenzamos a entender que podemos amar aún más, querer más, acoger más, respetar más, tolerar más. Y esto sólo es posible cuando alguien te enseña la medida de la humanidad verdadera.
  3. Todo se justifica en el otro. Lo ubicas perfectamente. Sabes que lo dice por algo. Y sobre todo, porque encuentra en disposición de ser libre ante ti. Para justificar, piénsalo bien, requieres llegar a la intención y a la motivación de la otra persona. Y ambas, en bondad, sólo tienen cabida en su interior. Pisas, sin querer y sin darte cuenta, terreno sagrado.
  4. Cuando piensas que los demás son mejores que tú, el propio silencio duele menos, aparece nuestra verdadera ignorancia ante la vida, esa que tantas veces hay que maquillar con frases hechas y tomadas de los libros que otros, también en ignorancia, han escrito para enseñar lo que no saben o no pueden compartir. Ese silencio, ese reconocimiento supone un paso sublime. Tanto tiempo tapado, y has encontrado alguien con quien puedes sentirlo sin que te deje mal.
  5. La obediencia, la fidelidad y el compromiso, incluso aquellos que requieren esfuerzos poderosos, surgen sin cansancio alguno. En el fondo, es un privilegio mantener la cercanía con aquellos con quienes puedes mejorar cada día, y temer perderlos supone implicarse en la no-distancia, al igual que otros proponían socialmente la no-violencia. Bajo ningún concepto se responde alejándose. Todo lo contrario. Quien lo ha vivido sabe de qué hablo, y de que todo se convierte en motivo para una mayor aproximación, comunión, intimidad y reflejo.
  6. La felicidad que se experimenta al ser un segundón, a los pies de alguien, por amor. Responsabiliza de forma diferente a como se tienden a entregar responsabilidades en el mundo, que más bien carga fardos pesados en hombros sin compañía. Aquí hay un estilo nuevo, asequible a todo aquel que esté dispuesto a vivir acompañado.
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