Cuando las palabras hieren


Si tienes amigos, hermanos, compañeros, familiares, o animales de compañía o de carga, que son capaces de decirte que de vez en cuando-espero que no siempre- tus palabras hieren, déjame decirte que eres doblemente afortunado. Si no te dicen nada, o bien eres perfecto -que no lo dudo-, o ni son amigos, hermanos, compañeros, familiares. Quizá animales de compañía.

Lo de doblemente afortunado es sencillo de explicar: por un lado, porque tienes alguien capaz de sincerarse contigo sin fingimiento, a pesar del dolor que pueda causar a ambos, porque será una verdad compartida; y por otro, por la frescura que aporta dejar de escucharse a uno mismo y atender lo que otros tienen que decir. Para curar se requiere alcohol (que bien puede ser vino, cuando no hay mucho más) y protector para que no infecte (que en caso de no encontrar nada más, tendrás seguro a tu disposición un poco de aceite).

¡No nos engañemos! Las palabras, afiladas espadas o más bien flechas lanzadas, traspasan las armaduras que con más esmero han sido capaces de construir. Y vuelan con excesiva frescura, en ocasiones sin dibujar arco en el cielo siquiera, desde los labios al corazón.

  1. Hoy conversaba por la mañana con una persona, mientras viajaba en coche a realizar un encargo para un hermano, lo eficientemente que cumplen su tarea. Lo decíamos en positivo. Viendo la transformación que provoca en los jóvenes la palabra cautelosa, cariñosa y cercana, ante la sequedumbre en la que muchas veces se hayan y lo necesitados que se encuentran de alguien que pronuncie sobre ellos, y de ellos, algo digno de ser guardado como un tesoro precioso y valioso. Poníamos casos, con nombres y apellidos, de este mismo curso, pero que no vienen al caso. Seguramente, a ti también se te vienen a la cabeza unos cuantos.
  2. Por la noche, cuando el día parecía que había concluido, se habían cerrado carpetas y sesiones, estaba el trabajo hecho y todo organizado para empezar con fuerza el día siguiente, resultó la conversación a la inversa: lo traicioneras que se vuelven las palabras mal dichas, tanto en su forma como en su contenido. Está bien que nos excusemos con eso de “no lo he dicho del mejor modo posible”, “podía haberlo comentado de otra manera”, “no utilicé las palabras adecuadas”, “debí ser más prudente”, “me dejé llevar por los sentimientos”, y otras miles de frases parecidas. Es verdad que los modos, según que contextos, no son los adecuados.
  3. En otros, sin embargo, lo realmente perjudicial se encuentra en el contenido mismo, envuelto entre pañales y expresiones comprensibles, incluso aceptables. ¡Qué riesgo! Atrapados en la mentira, en el caso más extremo, o en la sed de venganza, recompensando con el gusto de soltarlo el mal que nos han causado. Presa de la media-verdad, que siembra a su paso la duda de lo que queda por decir, o deja mediocremente parado a alguien o algo. O simplemente ofuscados y encerrados en los límites de nuestra comprensión de la realidad, fuera de la cual todo se atribuye a un misterio que no me interesa conocer, o a una ignorancia personal enorme que no deseamos aceptar.
  4. Y, más allá de estas, además hieren igualmente las palabras dichas a la virulé sin considerar prudentemente, con los ojos abiertos y el corazón desplegado, cómo está la otra persona, qué capacidad tiene para escucharlas. Aquí lo que ocurre, también sencillo de explicar, se traduce en que nos dejamos llevar exclusivamente de nuestra situación, nuestras ideas, nuestros juicios y prejuicios, y terminamos sentenciando donde hubiera sido excelente palabra el silencio acogedor y respetuoso.

Lo dicho. Que nuevamente, quien ha encontrado un amigo, ha encontrado un tesoro. Que rompe la soledad, verdaderamente, y que hoy brinda la oportunidad de amar nuestra humanidad, necesitada siempre, universalmente, de un perdón que sólo puede nacer más allá de nosotros mismos. Que las palabras hieren, lo sabemos. Que no las podemos dirigir siempre a placer, y se escapan, escabullen y serpentean, a veces, también. Que entre las palabras más bonitas de nuestro vocabulario personal, privado y público, religioso y relacional deberíamos incluir algunas como “perdóname”, “ten misericordia”, “justifícame”, “sopórtame”… ¡también!

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3 pensamientos en “Cuando las palabras hieren

  1. Buen día Padre! Que buena reflexion! Gracias por compartirla. Es dificil tratar con el tema de las palabras hirientes… principalmente cuando se reciben, porque llega un momento que uno ya siente que le pasaron el limite y se pone nervioso o hasta estalla en un arranque de enojo y nervios… Me podria dar un consejo por favor de cómo manejar la situacion de recibir palabras hirientes??? Muchas gracias. Marilyn desde Argentina

  2. Pues sí, hay palabras que hieren y algunas incluso matan. También hay palabras que dan vida. ¡Qué enorme poder el de la palabra! Y lo tenemos nosotros. ¿Y quién nos lo dió a nosotros? Estaba loco? Porque las que dan vida, normalmente no vienen de los hombres.
    Bueno, a veces sí. Lo digo por el post anterior que he comentado.
    ¡hay esperanza!
    Gracias por la esperanza.

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