Sobredosis de positividad


No sé si tenéis alguien cerca que habitualmente está sonriendo y, pase lo que pase, todo le parece bien, especialmente ante lo crudo y difícil. Uno de esos amigos que tiene por jaculatoria existencial que la vida es maravillosa, y sabe ver el lado amable de la realidad, y permanece -no aguanta ni resiste- tranquilo y en paz ante las vicisitudes y avatares de esto que llamamos vivir, y no para de hacer aquí y allá algo por todos y por él mismo, y de moverse inquietantemente, y sigue adelante sin percibir aparentemente los obstáculos, y en cuyo vocabulario la palabra cansancio no dice mucho, y sorprende con sus salidas y venidas, y sugiere soluciones permanentemente soluciones. Uno de esos amigos que siempre suma. Si es así, si esta compañía os dice algo y tiene que ver con vosotros, dejadme que os felicite: “¡Felicidades! ¡Qué afortunados sois!”Por muchos motivos. En parte, porque este ánimo y fuerza se contagia y pega. En el fondo, te enseña y muestra que quieres eso que él o ella puede disfrutar y que parece vetado para la mayoría. Algo de envidia sí que genera. De la envidia que se torna excelente y complaciente; y en lugar de robar lo que yo le pertenece, acoge y recibe todo cuanto se desprende.

Tanta positividad tiene otra cara. Alguna que otra vez -hay que reconocerlo, porque resulta evidente- pueden ser un poco cargantes y no den tregua a las lágrimas, ni al dolor, ni al sufrimiento, ni a la soledad, ni permitan coger un respiro y pausar el ritmo de la vida. Entonces, y sólo entonces, tanta positividad falsea la realidad y mata por sobredosis. No deja lugar para la duda, ni el fracaso, ni la dificultad. Por lo tanto, tampoco tendrá sentido entonces ni el pensamiento, ni el sentimiento profundo y ni la fe. En parte, creo que esta positividad extrema y permanente, agobiante hasta puntos insospechados, nada tiene de verdad. Hay quienes ensalzan esta actitud demoledora ante la vida. ¡No seré yo! Aquí descubro más falsedad y engaños que verdad y esperanza. Llega el día, sin tardar mucho, en que no vale para absolutamente nada, se ve arrinconada sin poder decir ni una palabra, y es expulsada por el desánimo. La sobredosis de positividad es cruel. Me refiero a aquellos que van por la vida diciendo cosas del estilo de:

  1. No te preocupes, todo irá bien. Como si fueran adivinos, más expertos que ninguno, o nunca les hubiera pasado nada malo. Como si el futuro estuviera en sus manos, y pudieran controlarlo. No saben de qué hablan, y dicen lo primero que se les viene a la cabeza, queriendo no considerar todas las posibilidades, o la realidad misma.
  2. Sacarás algo bueno, ya lo verás. O su variante, “será por algo“. Ni siquiera dejan llorar, parecen no comprender el sufrimiento. Hay que escapar lo antes posible del dolor. ¡No es humano! ¡No son humanos estos seres superpositivos! De todo tienen que obtener beneficio, sin fracasar jamás. En lugar de pensar y ver, carecen de memoria íntegra.
  3. Sonríe, tú sonríe. Diferente de alegrarse y saber esperar una sonrisa, todo el rato repiten que hay que estar alegre, ser divertido y simpático. Continuamente, siempre y siempre. ¡Abajo las lágrimas! ¡Acabemos con las caras tristes! ¡Luchemos contra el fracaso! Parecen gritos, si lo piensas bien por un momento, increíblemente irrespetuosos, forzadoras de situaciones y excesivamente discriminatorias. Como si una parte de la sociedad debiera no existir, ni poder mostrarse como es.

Sea como sea, no llega a disgustar en el presente, ni ser tan mortífera, como la versión contraria, la del pesimista que tartamudea bondades porque se le atraganta cualquier maravilla del mundo, especialmente las que son de los demás.

Si me dan a elegir, quiero estar junto a los eternamente amables y simpáticos, con quienes se puede construir sin necesidad de demoler todo a su paso. El único problema ahora deriva de su no seleccionabilidad. Pero, insisto, si pudiera, lo haría por diversas razones. Aunque diría que, más que positivos, son seres esperanzados. Y la esperanza permanece y acompaña de una manera diferente. De momento diría que estas personas con esperanza están en el mundo para cumplir una misión, tienen algo que hacer por otros.

  1. La vida se comprende como vida, no como un valle de lágrimas. Y la vida, supone algo maravilloso y grandioso. Si lloras es porque estás vivo, la verdad, y te interesa seguir viviendo. ¡Quiero decírtelo! ¡Que te quede claro! Algunas veces se nubla la vista, otras veces directamente está todo oscuro. Pero quien se mantiene en su corazón firme en esta certeza, sabe sonreír y puede hacerlo sinceramente.
  2. Son seres imparables. Se me antoja pensar que el optimismo tiene mucho de salvaje y guerrero, parace un espadachín invencible o un arquero al que nada puede rozar para hacerle daño. El optimismo aplastante que lo soporta todo. Tanto que parece sencillo cargar con las penas y penurias de otros. Tienen para sí y para otros.
  3. Recuerdan y tienen memoria selectiva. No almacenan datos, ni historias. Lejos de los cálculos y las medidas, sitúan la realidad en planos diferentes. Seleccionan y guardan en compartimentos variados lo que han vivido en su propia carne y lo que han visto en los otros.
  4. Creen en la bondad del ser humano, de las personas. Cierto es que sufren, como el resto, y conocen el mal y su alcance. Articulan lo bueno y lo malo. Lo primero como lo propiamente humano. Lo segundo, como su condena y destrucción. Por eso, no tiene la última palabra en sus vidas. No porque no exista, sino porque no permiten su libre circulación.
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