Perdí la fe que tenía


Casi he estado por felicitarle, darle un abrazo, e invitarle a tomar algo. Pero he sido comedido, prudente, sabiendo escuchar y dejando hablar, acogiendo lo que tenía que contarme, y queriéndole en la medida de mis posibilidades. Creo que una leve sonrisa, en más de un momento me salió por la boca, y una de esas miradas jocosas que nos dedicamos de vez en cuando. A algunas personas, perder la fe que tienen es lo mejor que les puede pasar, porque hay trajes de primera comunión que se ve que ya no les valen, ni infantilismos simplones que no les caben como zapatos para protegerse del suelo que pisamos todos, ni idealismos baratos y poco costosos que no comprometen de verdad la vida, ni permiten sufrir ni permiten amar de verdad. Al final del diálogo, cuando ya no podía aguantarme más, le he felicitado por lo que está viviendo y por cómo lo está viviendo. Entiendo que pueda ser doloroso, como el niño que llora al nacer para poder respirar. “No sabes cuánto me alegro de todo esto que me cuentas. No sabes hasta qué punto me hace ilusión que te dejes ya de tonterías, y abras los ojos de verdad.”

  1. A mí me dijeron en su momento que “una crisis es una oportunidad”. Luego he madurado, he crecido, he pasado por más de una, y me he dado cuenta de que es mentira. Una crisis, ante todo, es un sufrimiento en el que se necesita ánimos, compañía, y sinceridad. Pero una crisis personal duele, y duele mucho. Hace llorar, desconcierta. Revaloriza en ocasiones algunas cosas, y otras las tira a la basura para perderlas para siempre de vista. Rompe, quiebra. Si alguien pasa por una crisis de estas, nunca saldrá de mi boca aquella palabra simplona. Es más, prefiero acompañarle en su sufrimiento hasta que pase, que sacarle antes de tiempo con los deberes medio hechos.
  2. Cuando alguien está así, las palabras fáciles no aclaran nada. Siembran más confusión, porque parece que se está jugando la vida en un deporte de niños, ante una persona que todo lo sabe. Las palabras facilonas lo único que consiguen es empequeñecer la vida del que está viviendo desde el asiento cómodo de quien atiende lo de otros, sin mojarse demasiado. Sin embargo, lo que se dice, dada la situación, suele ser de crucial importancia. A mi amigo y compañero de hoy le he felicitado, sobre todo, por cómo lo está pasando, porque se da cuenta de hasta qué punto su vida está apoyada en la fe, porque reconoce con valentía que todo, o casi todo, se le está removiendo. Le he felicitado por la dignidad con la que está sufriendo y la entereza de plantarle cara y seguir buscando. Además, sin aspavientos, sin locuras, sin llevarse por delante todo. Está, como dice él, ¡que no es poco!
  3. En concreto, en la conversación sublime de esta mañana, lo crítico se centra en la cuestión de la fe. De verdad, no toda fe vale para siempre. Al igual que las matemáticas de infantil se hacen insuficientes para los niños de primaria, y cuánto menos para los niños más grandes. Al igual que nadie se conformaría con las ciencias naturales que todo lo reducen al átomo, sino que buscan más y más. Al igual que nadie se abandona en el primer beso, queriendo hacer de él el único. Lo grande de esta persona es que crece. No por los golpes de la vida, ni por las razones de otros, sino por su propia búsqueda, por sus preguntas, por la escucha atenta de la Palabra, por la participación en los sacramentos, por la vida cristiana que lleva. Es el propio dinamismo de la fe, que le pide una relación mayor, una comunión mejor y más perfecta, una incorporación en la Iglesia más abundante. Más mojarse, por la fe. Más entrega, por la fe. Más amor y más confianza, por la fe. E insisto, como muestra de la misma fe. Al igual que nadie puede estar ante Dios, y quedarse indiferente o ser el mismo un día y otro día y otro día, como dando por terminada la relación. Por eso mi alegría, por eso también su sufrimiento. Por eso el que hoy hayamos compartido ambos, e intercambiado papeles, y él se haya llevado una sonrisa y yo sienta lo delicado de su momento. Ahora le queda seguir haciendo camino, con preguntas y con menos respuestas que ayer, para darse cuenta de la Vida que se le regala. Es un don de la misma fe estar viviendo este tiempo.
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6 pensamientos en “Perdí la fe que tenía

  1. Josefer, esa búsqueda constante ¿no tiene un riesgo que es la insatisfacción permanente? Produce ansiedad e intranquilidad entre los que todavía no nos hemos convencido que sólo llegando hasta Dios se van a encontrar todas las respuestas…
    Dónde está el camino del medio para nosotros? Una situación híbrida es falsedad de vida?
    Te sugiero un post… algo así como “las medias tintas… bla bla…” espero tu maestría ;-))

  2. Mira, porque se que el blog es tuyo y esta entrada está escrita por ti, que sino pensaría que la ha escrito una personita que tú también conoces (Carmela). Leía y tenía la sensación de estar escuchándola a ella en todo lo que dices.
    Ojalá cuando uno está en “crisis” pudiera encontrarse con quien hablarlo, quien “le felicitara” por ello, dejándose mimar y cuidar…¡Es tan complicadico!

  3. A mí me pasa mucho, pero con mucho silencio de Dios y a la larga me doy cuenta que Dios hace las cosas así para hacerme más fuerte y lo mejor es que al final aparece EL que lo sabe todo y sabe lo que necesito. Creo que sin crisis jamás hubiera tenido una experiencia de Dios y crisis claro que es oportunidad, como dices y duele como dices, pero nunca creí que iba a llegar a decir como dije este año “bendito sufrimiento”, porque si no, no se crece, no se madura, no se llega a estar con Dios. Algo importante en esta crisis es luchar contra el demonio, que está allí esperando dar el zarpazo y ¿cómo se lucha? rezando, pero en las crisis (no se si le pasa a todos) las “ganas” de rezar se van, por eso hay que tener cuidado y no permitir que entre en la crisis el diálogo con el demonio. Dejo de divagar, pero gracias siempre…

  4. Pingback: Perdí la fe que tenía | Preguntarse y buscar

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