No he podido leer en el tren


Siempre leo cuando voy de viaje. Por eso llevo un libro, que intento que sea ágil. Hoy me he tenido que conformar con no leer porque la conversación que llevábamos ha sido apasionante. Saltando de un tema a otro, sin parar en ninguna estación. Lo mismo que los trenes de alta velocidad, así nosotros. Igual que se lanzan en su camino deseando llegar al final del trayecto, disfrutando en la medida de lo posible del paisaje, pero sin quedarse estancado en ningún punto. Así ha sido la conversación, una de esas a las que me entrego con verdadero entusiasmo y pasión. Con el añadido de que creía que estábamos solos en el vagón, y al llegar a nuestro destino he comprobado que no era cierto. No sé por qué, pero he hablado como si no existieran más testigos que aquellos con quienes conversaba fraternalmente. Espero que hayan aprendido algo, de lo mucho que se ha dicho sobre la Iglesia, sobre la fe, sobre la vida religiosa hoy, sobre los colegios, sobre nosotros incluso. Y espero también que se hayan admirado de la pasión y entrega que hemos puesto en nuestras palabras, animados por nuestra pasión y vida de fe.

Este post se lo dedico también a una persona que repite muchas veces la misma palabra. Sabe quién es.

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