¿Qué te impide lograr tus sueños?


Cuánto me alegro de que se haga esta pregunta muchas veces por la red. A mí me ha llegado en forma de anuncio, en esta ocasión y este día. Y me ha hecho pensar. No ha sido nadie de iglesia, ni la cosa va de fe. Bueno, quizá sí de “fe en uno mismo”, y de “confianza en uno mismo”. Esta fe sí está extendida, y es aceptada. Nadie se atreve a replicar contra sus dogmas. Pero de verdad que me alegro porque resulta clave. También, o especialmente, en el día de hoy. Porque hoy es un día de contrastes. Por un lado se vive la resaca post-halloween, que ha dejado tras de sí la espantosa noticia de lo sucedido en Madrid. Y por otro, la iglesia católica se levanta para celebrar y reunir en su celebración la memoria de todos los santos. Hoy es un día de contrastes, y ante la diversidad, esta pregunta me parece que incide en algo fundamental. ¿Qué nos impide realizar nuestros sueños? ¿Nosotros mismos, los demás, la sociedad cruel en la que vivimos, la crisis, espíritus ocultos en las sombras, la falta de libertad, no tener dinero? ¿Dios?

Me da miedo que quienes se hacen esta pregunta busquen culpables a los que machacar. No es, ni de lejos, mi intención. Sería terrible por mi parte si esta fuera la intención en todo este asunto. ¿De qué sirve al hombre un análisis más, sin ningún paso posterior? Algunas veces somos demasiado críticos para no mirar con libertad o con autenticidad, o para no comprometer la vida verdaderamente en las presguntas que nos hacemos.

  1. Cuando he visto el anuncio, rápidamente me he dado cuenta de que faltaba algo, lo esencial. Soñar, querer más, diseñar el futuro, aspirar a ello. En ocasiones dirigimos palabras grandes a aquellos que nunca han pensado en ellas. Es más, que tampoco quieren darse cuenta, o se ven encerrados en una normalidad abrumadoramente estable y excesivamente hipotecada por los sueños de otros. Ya no hablo de los que se han topaco con la cruda realidad, sino de los indiferentes. Que no se reconocerán como tales, también es verdad. Nadie quiere protegerse bajo su paraguas, aunque repita muchas, muchas veces que esto o lo de más allá le da igual, con palabras o con su propia vida. La indiferencia mata los sueños.
  2. En segundo lugar diría que otro impedimento grande para lograr los sueños es la cultura de la justificación permanente y de las excusas continuas. Siempre tenemos una bonita palabra para huir de la responsabilidad, como la falta de tiempo, la edad o la madurez, el no valgo, la desconfianza en las propias posibilidades. Todo esto cae para mí dentro de la cultura del olvido, porque queremos olvidar tantas y tantas cosas que no podemos amar ni aceptar, que tiramos al olvido también muchas grandezas. Desaprovechamos la oportunidad que nos ofrece saber en qué punto nos encontramos, el punto de partida, que siempre es humilde y sencillo, lleno de cosas por mejorar. Nos abruma, o al menos así lo veo en muchas circunstancias, la sinceridad que nos piden los sueños para con nosotros mismos. Soñar, cuando es soñar por soñar sin más, genera un mundo triste e inalcanzable. Pero los verdaderos sueños, que quieren ser vividos, vienen a ponernos en marcha sin excusas, sabiendo además el sacrificio que comporta dar el primer, segundo y tercer paso. La cultura de la justificación es la cultura de la esclavitud.
  3. En tercer lugar, la inmediatez y la falta de esfuerzo. Hemos equiparado la felicidad a aquello que no requiere demasiado esfuerzo ni sacrificio. En lugar de una vida feliz, ante la que el escéptico se reiría, hablamos de momentos felices, y de “hay de todo” en nuestro caminar. Hacemos revisión del año contemplando la complejidad de la misma, sin darnos cuenta de su rumbo y horizonte, sin un sentimiento global y general, sin una perspectiva paisajista sino de análisis fraccionario y minucioso. Quizá, sólo eso, una cosa nos iba llevando a la otra, y trazando una línea más allá de los pequeños puntos que la conforman. Y la línea, no los puntos, será lo que señale el siguiente paso, lo que conforme el dibujo general. Para lograr los sueños debemos retomar una cultura más fuerte, más humana, más del más del corazón del hombre, afincada no en la insatisfacción que necesita nuevas experiencias, sino en la grandeza de lo humano. Insisto mucho en este aspecto. ¿Cómo nos hemos dejado convencer para no vivir con intensidad todos los días de nuestra vida, creyendo que se trata de reservar fuerzas y alegrías sólo para algunos momentos? Con demasiada frecuencia frenamos la marcha al principio, o esperamos llegar al final cuando ni siquiera hemos salido.
  4. Dentro de la cultura de la individualidad, se ha hecho del sueño otro aspecto más de la vida personal, de lo más propio y de lo más escondido. De nuevo, por tanto, más de lo mismo, más de lo de siempre. Encierros y limitaciones de partida, que condenan a los sueños. Descubrir sueños es algo así como entrar en uno mismo, y dejar que fluya un no sé qué de ilusiones y de aspiraciones… Creo que una de nuestras primeras limitaciones es tratar todo esto, y siempre y repetidas veces, sólo en primera persona del singular. Como si los sueños que valen fueran sólo “mis sueños”, o “mi sueño”, o “mi capacidad de soñar”. ¡Basta ya de memeces! No hay nada mejor para vivir y para realizar sueños que escuchar a otros y contagiarse progresivamente de un horizonte común. ¡Qué importante es la comunidad, el grupo! Vives con alguien con buen tono, y te tonifica. Vives con alguien que sufre, y puedes darlo todo. Vives pensando que los demás pueden ser felices, y tú contribuir en algo a ello, y terminas viendo cómo tu vida también está llena de felicidad. Y así sucesivamente….

Todo esto, y mucho más, gracias a una pregunta y un video. Evidentemente, yo no iré al encuentro que proponen en el anuncio que ha llegado con esta pregunta. Evidentemente, soy de los muchos que han comprobado que esto de la fe en uno mismo y de la positividad extrema es una gran mentira, insuficiente para el hombre. Que quien cree, y sabe que necesita creer, debe preguntarse por qué lo hace y qué busca. Y quien es positivo se debe preguntar por el fundamento y la raíz de su mirada alegre, que en ocasiones no tiene ni pizca de realismo, ni un ápice de esperanza. Pero la pregunta ha merecido la pena. ¡Gracias de nuevo por recordarme que estoy en el este mundo para algo!

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