¿Por qué escribes? Mis razones para escribir.


http://nullpointerdruid.files.wordpress.com/2011/10/keyboard-teclado.jpgÚltimamente no hay encuentro en el que alguien no me saque a relucir alguno de los blogs en los que escribo a diario, o casi a diario. Con los años he asociado a mi vida este y otros espacios, con nombre propio, sin ocultar mi identidad, sin negarle a nadie ni quién soy ni desde dónde escribo. Esto hace que sea parte de mi realidad real, y no aquello de una realidad virtual, alejada y distante. Es un orgullo y un honor. Lo disfruto enormemente, y quienes son cercanos lo saben.

La cuestión que se plantea es por qué escribo, y luego, por qué escribo tanto. Hay días en los que disfruto mucho el alcance que tiene este blog, aunque otros se hacen difíciles y pesados, como si estuviera cargando con una responsabilidad. Hoy un amigo, entre los pasillos de la escuela y de la vida, me ha ayudado a poner claridad en este asunto. Mis mejores razones para escribir son las siguientes:

  1. Porque lo hago gratuitamente. No gano dinero. No quiero ganar dinero con las letras. Es expresión libre, que busca una gratuidad mayor que la del dinero. No quisiera recibir a cambio nada de todo eso con lo que los hombres reducen su vocación a trabajo, o les impide hacer de su trabajo una vocación.
  2. Sin miedo a equivocarme, sin buscar la perfección. Todos mis artículos son mejorables. Cuando pulso “publicar” me doy cuenta. Pero igual que no selecciono personas por su perfección y grandeza, sino por ser quienes son, y con eso me basta, de la misma manera me educo en la vida en este sentido. Si buscase la perfección, como algunos entiendo que quieran alcanzar, no empezaría siquiera. Con toda mi razón y coherencia puedo decir que estoy abierto a cualquier corrección sensata y a todo diálogo que surja.
  3. Porque hablo de la vida, cuyos temas, siempre que siga vivo y viviendo con pasión no serán agotables ni acotables, sino sorpresas y sorprendentes. Además, en cada post intento superar mis propios esquemas, los peldaños por los que voy subiendo hacia no sé bien dónde. Además, saber que después puedo escribir sobre lo que va ocurriendo, me hace fijarme en detalles, y estar en el mundo con intensidad creciente.
  4. Porque soy un enamorado de las letras. De las mías, no tanto. Ojalá llegue algún día a enamorarme de ellas, sin esclavizarlas a mí mismo, pudiendo reconocerlas también en otros. Sobre todo, soy un enamorado de las letras de otros, y no sólo de sus frases, sino de sus obras y libros, de sus poemas y colecciones; estoy prendado de las letras de los grandes. De modo que cada post es homenaje y alabanza, continuación de la existencia con todo aquello que no es de mi exclusiva propiedad, sino compartido.
  5. El primer agradecido, antes de que nadie diga o comente nada, soy yo mismo cada día. Me hace bien escribir, me provoca interiormente, me hace pensar en aquellas cosas en las que otros surfean en su cotidianeidad, y además tengo el privilegio en el siglo XXI de hacer de todo esto algo compartido, con otras personas y no con máquinas, sin que se quede arrinconado, algo que genera relación, letras que vinculan a una comunidad peregrina y que busca, causa de comunión en los encuentros, ayuda y servicio a otros. Esto sólo lo puede saber el que me conoce, no quien me ignora.
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Te lo agradezco infinitamente


https://i1.wp.com/lh5.ggpht.com/_Xvd0E47LeKE/S8C-kZ6745I/AAAAAAAAE6M/4ZnBq02dBCk/MUCHAS%20GRACIAS%20-%20sorpresas%5B7%5D.jpgA los niños pequeños les pedimos, y medio obligamos, a que den las gracias. Supongo que también habéis sido niños, y os han dicho eso de “¿qué se dice?” al recibir un regalo, una alabanza. Una imposición externa, que nos sacaba un “gracias”, o “muchas gracias”, a regañadientes, susurrado más que surgiendo del corazón, sin intensidad, con timidez. Nos dábamos cuenta, creo yo, de lo desagradecidos que éramos. De ahí esa actitud alicaída, un tanto hipócrita, meramente circusntancial. Con el tiempo se convierte en rutina, sale con espontaneidad cuando la labor de los padres ha sido profunda. No hace falta un padre externo, existe un corrector interno que da respuesta rápida en las situaciones.

Sin embargo, la vida enseña que algunas cosas deben ser agradecidas infinitamente. Que no nos cansaríamos de mostrar nuestra gratitud, que lo que han hecho por nosotros no tiene precio, ni podrá pagarse, ni será correspondido nunca. Estamos ante lo más gratuito del mundo, ante el gesto de generosidad más absoluto. Y, ahora sí del corazón, nace la acción de gracias más elevada que exista. Los primeros sorprendidos somos nosotros, nos primeros en quedar sobrecogidos ante el vigor y el compromiso de nuestras palabras. No basta “muchas gracias”, ni “gracias” dichas muchas veces. No es suficiente que se note en el tono, ni en el gesto de la cara. Todo es nada, todo cuanto hagamos no consigue reflejar lo que estamos queriendo expresar. Daríamos la vida, comprometeríamos nuestra existencia, entregaríamos cuanto somos y tenemos, ofreceríamos, sin que nadie pudiera deternerlo, algo que haría, en cualquier caso, impagable lo recibido. Nos han hecho felicies, nos han hecho comprender que la felicidad se puede acoger, no pelear ni buscar ni alcanzar, sino que lo más precioso de la vida viene dado por otros y acogido humildemente, sin sabernos merecedores, sin creernos premiados por nada. A lo gratuito se responde con “te lo agradezco infinitamente”.

No lo esperábamos. Jamás pensamos que ocurriría. Nos creíamos a lo mejor libres y buenos, o condenados y enfermos, y ahora, con la gratuitud, se ve purificada nuestra imagen, se ha educados los sentidos, se muestra en su esplendor la humanidad, y algo más de humanidad, que llevamos dentro. Insisto en que, el primer sorprendido en el agradecimiento debería ser quien da las gracias, y no quien las recibe. Quien las recibe puede pensar del otro que es incluso bueno y excelente, sin conocer lo que lleva dentro. Pero quien sabe agradecer en este grado, quien sabe expresarse de esta manera tan débil y frágil, conoce bien su situación, de dónde parte. El primer sorprendido, de verdad y de corazón lo digo, es quien deja que la gratitud sin medida aparezca en su vida, ante aquello que es eterno, infinito, indebido e impagable. ¡Qué sorpresas nos da la vida! ¡Qué humanidad tan grande!

Soy deudor de tus palabras


Cuando escribo no pienso en quienes me enseñaron ni a leer, ni a escribir. Debería hacerlo, pero se me olvida. Así de torpe soy, o somos, si a ti también me pasa. Pero sí me vienen a la memoria muchas personas de quienes he copiado palabras, de quienes se me han pegado frases y giros, o aquellos en quienes me sumergí de joven para jugar con sus posibilidades, voltearlas y disfrutar combinándolas, o aquellos con quienes comparto esquemas, pensamientos, sentimientos, formas de nombrar la vida, las cosas y el mundo. No fue un robo, sino una acogida. No quise nunca hacer mío lo que en verdad era de otros, pero las comillas son difíciles de introducir en la vida, junto con las citas y referencias que, en los artificios y los trabajos, serían obligatorias. No plagié, tampoco pedí prestado. No supe cómo hacerlo para defenderme de su encanto y me engatusaron, y desde niño vengo haciendo lo mismo. No me presenté al darme cuenta, ni entregué mis respetos. Hoy, sin más, se lo agradezco. Y valga este post, y sirva esta entrada, a todos aquellos que supieron sembrar su propia experiencia en otros. Cada persona grande es una atalaya desde la que otear, con sus palabras, si te fijas bien. Y cada persona pequeña es una oportunidad, brillante y única, para aprender de nuevo.

Cuando leo un buen libro, un artículo genial, un post de aquí o de allí, hasta un tweet o estado en facebook, o escucho una conferencia, una clase, me contagio. No lo puedo evitar. Son pegadizas estas experiencias de realidad, siendo realidades derivadas. Aunque no me guste todo, algo se me queda. Aunque lo deteste, y nunca quisiera haber aprendido algunas de ellas, no por malsonantes sin más, sino por su contenido, aquí conviven conmigo. Unas palabras me engrandecen, otras me estropean el alma. Cuando las he escuchado, o leído, ya es tarde para corregir. Están aquí conmigo, viven dentro de mí. Por su bondad, entusiasman, tanto como diría que otras nublan la inteligencia, pervierten el pensamiento y distraen de lo esencial. Ojalá pudiésemos hablar del amor, sin referirnos a sus contrarios, poque no conociéramos nunca sus opuestos. Ojalá sólo existieran palabras bellas para hablar de los demás, y el mismo lenguaje nos impidiese decir algo diferente a lo mejor y sublime que pueda haber en el otro. Ojalá las mentiras estuvieran prohibidas en los libros o en las conversaciones como lo están, o así lo creo al menos, en los labios de los amigos, en los abrazos de los amantes, en los guiños de la vida que nos despiertan. Pienso un mundo sin determinadas palabras y creo que, sin duda alguna, sería tremendamente mejor. La palabra aprendida se hace vida, y no siempre la vida devuelve una palabra con la que conquistar su realidad.

Las palabras tienen el poder de relacionar la vida de la gente. Y yo sé lo que digo y en quién pienso al tratar la confianza al modo como lo hago, o la fe al modo como escribo, o el amos mismo junto a las palabras que para mí describen su contenido y su globalidad. Sé, más o menos, a qué personas se refiere en mí todo lo que comporta la educación, la amistad, la alegría, la esperanza, la seriedad, la frescura. Del sufrimiento, del dolor, de la tristeza, del agobio y del fracaso digo lo mismo. No me refiero en exclusiva a las positivas y Las palabras se pegan. Y yo soy deudor, en cada una de mis líneas, de muchos maestros de la vida y padres en tantas otras experiencias. Las palabras se enseñan, se comunican, se entregan. Y generan, en su misma dinámica, deudas impagables, que permanecerán para siempre vivas en el agradecimiento de quienes sepan, o quieran saber, que si escriben o hablan no es porque son genios, sino porque tuvieron amigos, porque otros antes que él se dedicaron a pensar, reflexionar y vivir, y escribieron lo que pensaron, reflexionaron y vivieron. Y utilizaron los recursos, las herramientas que estaban a su disposición: las palabras.

Hoy pienso que la palabra no es lo que se enseña en la escuela, como conjunto de letras, como combinación de fonemas, como significante con significado. Hoy pienso, y quiero creer y agradecer, que la palabra es vida. Mucho más que vida en general o en abstracto, que es vida personal, vida en persona, vida que recuerda a otros que también la pronunciaron y les une, les encuentra, les aproxima en los buscadores como buscadores, les encuentra de algún modo, siempre incierto, sin que ellos se den cuenta. Hoy, en el mundo de internet y de las redes sociales, subrayando hahstags de una u otra manera, o con etiquetas en los artículos, pienso que hay palabras que unen a toda la humanidad, sin que quizá se estén dando cuenta. Palabras básicas, como básicos son los sentimientos. Palabras fundamentales, que les enraízan y les alimentan de igual manera, de igual modo. Palabras con lógica, con motor. Palabras que impulsan, provocan y convocan, resuelven y envuelven según corresponda. Palabras misteriosas cuyo origen todos desconocen. Me pregunto hoy quién fue quien pronunció la primera gran palabra. Y le agradezco esta hazaña. Esa palabra, que sin duda fue “amor”, o “ser”, o “luz”, o “vida”, o “verdad”, o “bien” nos une a todos los hombres en diversas lenguas, con diferentes historias, con rostros de lo más variopinto. Y esa palabra, que nos une, sigue aquí, con nosotros, y nos contagia. Esa palabra quiero pensar que sea nuestra esencia.

Descubre otro artículo, que te hará comprender qué estoy diciendo realmente.

Insuficiencias vitales


Acabo de leer un artículo precioso, en un periódico que no frecuento. No me han entrado ganas de volverme asiduo del mismo, aunque sí de conocer más a sus protagonistas. Habla de lo que no basta en la vida, de las insuficiencias y carencias que soportamos con estoicismo, de los límites y fronteras trazados desde antiguo, incluo de los escritos en la propia naturaleza, de los roces que tenemos con el fracaso y la frustración, y de las heridas que dejan a su paso los combates por suspirar algo de lo imposible. Esta mañana hablaba con mis alumnos precisamente de la diferencia entre aquello que es absolutamente imposible, y de lo que es posible, pero no ahora, es decir, imposible hoy y, con esfuerzo y tesón trabajando en una línea, de lo que será posible quizá dentro de un tiempo. No basta reconocer las insuficiencias, hay que dar la cara y enfrentarlas, tomarlas en serio, y superarlas. Ser algo impacientes e intolerantes con ellas, conjugando la protesta y la determinación. Las insuficiencias vitales, las pasividades y pactos con la mediocridad también deberían ser contados entre aquellas causas de desvitalización y de mortalidad más frecuentes. Quizá no se describan como causa directa de ningún tipo de vida anodina, pero están en su raíz y sustentan con alimento diario la maldad y el sufrimiento del mundo.

Considero necesario, a raíz del artículo e inspirado por él, un trabajo en una doble línea. Por una parte, tocar y palpar la realidad, dejándose de tonterías y arriesgando. Quien no conoce su límite, y cree que es posible todo en su vida, que dé por cierto que no está haciendo nada con ella. Si se mueve entre los límites de la comodidad, y ve todo siempre desde el mismo peldaño, ni está creciendo, ni está avanzando, ni está subiendo en nada. Si todo sigue igual dos o tres años después, no hay movimiento. Y sin movimiento, no hay vida. Conclusión… que cada uno la extraiga. Tocar y palpar de primera mano, sin que nadie nos lo cuente. Ir a la realidad, hacer el viaje hacia ella, suspirar por la vida misma, acercarse lo máximo posible al otro. Sólo quien emprenda este viaje se dará cuenta de la distancia infinita que exite entre un hombre y cualquier otro hombre, y de los imposibles que alcanza el amor, la confianza, la amistad, la fe. Por otra parte, como segunda tarea, no desesperar ante los fracasos, no dejarse vencer por las primeras heridas, las barreras, los fracasos, las decepciones. Cierto es que la realidad en la que vivimos es mediocre, limitada. La queja y el lamento siempre serán posible, te fijes en quien te fijes, mires por donde mires. Quien se instala en él, y vive ahí para siempre, sin hacer y sin dejar hacer, sin mover e impidiendo el cambio que otros pueden hacer, ha dado por perdida la batalla. Por eso, creo que la segunda tarea importante es amar la realidad tal y como es, incluso en su misma debilidad. Amar el mundo, amar la vida, amar la limitación, amar la fragilidad, amar la frustración, agradecer el fracaso. No soportar, sino bendecir. No conformarse, sino abrazar. No aprender, y quedarse mirando, sino volver a intentarlo ahora desde un amor más grande por todo aquello que tenemos y llevamos entre manos.

El mejor hombre del mundo no deseará jamás ser el mejor hombre del mundo


Hoy les he explicado en clase a mis alumnos que la mayor gloria que un profesor puede tener, a mi entender, es que sus alumnos sean mejores que él. Hablábamos de Buber y Levinás, no era un comentario de pasada, sino una realidad filosófica, metafísica ética. Por la tarde, aprovechando el tweet de un exalumno, se lo he recordado. ¡Debes ser mejor que yo! ¡Hasta entonces no seré un buen profesor!

En el fondo, el profesor sigue siendo un hombre sencillo, que con sus clases semanales año a año va labrando su vida. Está ahí, en el mejor de los casos, por vocación, porque es su manera sublime de contribuir al progreso de la humanidad. También paga ganar un jornal, para sentirse útil, para compartir lo que sabe. Podrían muchos haberse dedicado a otras muchas cosas, pero están ahí por algo. Quizá no lo sepan, pero su puesto les hace responsables de un mundo mejor, de una generación -la siguiente- mejor a la nuestra. Cuando digo “mejor” hablo de la bondad, no de las cosas. Cuando hablo de “construir un mundo nuevo” no digo casas ni viviendas, sino hogares y ciudades fraternas. Todo canto pueda ganar un profesor en la escuela lo considerará nada en comparación con su vocación, si la tiene, y vivirá con alegría las dosis de gratuidad que su misión comporta.

A mí se me nublan los ojos al pensar que entre mis alumnos puede existir un médico que en el futuro cure a muchas personas, o un ingeniero a quien muevan criterios de solidaridad, o un economista que supere en su empresa las injusticias del mundo. Personalmente, me tiemblan las piernas al pensar que mis pequeños alumnos, que juegan a ser mayores, serán esposos y padres algún día, y que su educación la transmitirán a otros, e intentarán en sus propios hijos corregir lo que ahora nos hace sufrir tanto, y que les enseñarán lo que ellos mismos aprendieron hasta donde puedan. Y mi existencia, hasta entonces, no tendrá del todo sentido. La felicidad de un maestro, como cualquier felicidad, no puede conjugarse en primera persona del singular, sino en primera persona del plural. Y hasta que sus alumnos no sean felices, su felicidad no será completa.

Esto que digo del profesor, del maestro de toda la vida, del de las tizas o de las TIC, lo aseguro de cualquier otra vocación, lo afirmo de cualquier otra persona. El mejor de los hombres nunca querrá ser el mejor, sino hacer mejor a los que viven con él, conviven con él, están junto a él. Y esta tarea por mejorarse implica, necesariamente, mejorar a los demás. No hacerse menos, ni agacharse ridículamente, ni humillarse a sí mismo, sino engrandecer a cuantos hay alrededor. Hablando bien, respetándoles y alegrándose con ellos, gloriándose de sus éxitos, sintiendo compasión cuando corresponda, sufriendo todo cuanto sea necesario la vida del otro, siempre otro y absolutamente otro. Dándoles, como no puede ser de otro modo, la dimensión de altura que les corresponde en la relación. Acogiéndolos tal y como son, mirándoles en profundidad por encima o por debajo de las apariencias, escuchando los latidos de su corazón y las pisadas que van dejando en su caminar. Dar esa dimensión de altura, ese reconocimiento inesperado y sorprendente a su propia bondad. No a la nuestra, sino a la suya. Sin desesperar. En el mundo hay hombres buenos, como estos, que hacen mejores a los demás. ¡Me encontré con ocho de estos hombres buenos! ¡Esta semana! ¡Mejoran mi vida! ¡Rompen moldes!

Adviento, también en Internet


No sé si te has enterado que el tiempo de la esperanza, y de la espera, llega este año el primer día de diciembre. Un mes por otro lado curioso, porque cuenta con 5 domingos y 5 lunes, lo cual sólo sucede cada más de 850 años. Haz la cuenta y te saldrá, aunque no esperarás para ver el siguiente.

El Adviento, como es más importante, lo tenemos cada año. Un tiempo, como digo, para embarazarse con la vida, para dejar que en nosotros prenda el Evangelio, para acoger la Buena Noticia. Un tiempo para sufrir la esperan por el cumplimiento de la promesa, y al tiempo disfrutar de la seguridad de quien nos la ha anunciado.

Con sencillez, propongo mis tres propósitos para estos días, que nos llevarán a la Celebración de la Navidad:

  1. Hablar cada día con, al menos, una persona de forma privada tanto en Facebook como en Twitter. Al principio pensé en ser yo quien llevase esperanza, en decir algo, en anunciar algo. Pero me quedo con hablar, por no ser tan pretencioso. ¿Y si son los demás los que tienen que poner esta alegría en mi vida? En cualquier caso, el Adviento, como tiempo de la promesa, también genera pueblo y comunión en torno a lo que se aguarda y desea alcanzar. Y estoy convencido que podré entablar conversaciones estupendas sobre la esperanza en la red. Lo que surja… ¡en manos del Señor!
  2. Cada día, un tweet de una frase del nuevo libro de Benedicto XVI sobre “La infancia de Jesús”. De verdad, lo de la mula y el buey ha sido un regalo mediático. No sabéis la cantidad de personas que han preguntado, y con quienes he podido hablar. Si alguien os pregunta decid que ese tema está en la página 76 del libro. Y animad a que la lean. Ayer terminé la primera lectura, estoy con la segunda. Esta vez subrayando “tweets”. Los compartiré bajo el hahstag #LaInfanciaDeJesus. Nada más fácil. Si os animáis, dad a RT. En Facebook haré lo mismo, pero con una foto. Si quieres, comparte.
  3. Lanzando búsquedas, del día a día. Llevo tiempo hablando, por aquí y por allí, de temas vocacionales, de búsquedas, de vida nueva que debe surgir y dar luz. No me imagino a nadie de casualidad en el mundo. Aunque me duelan algunas situaciones. Todos están en el mundo por algo, y algo grande. Dios lo ha querido, y Dios los ha querido. Aunque sienta cercanas a personas que se viven a sí mismas como perdidas, inquietas, sin saber bien si Alguien ha pensado en ellas o no. Aunque vea a más de uno distraido. Esto lo haré en mi blog de Pequeñas cosas.

No es que me gusten “los contrarios”, sino que la vida está llena de sus paradojas


Perdonad que no me calle, ni permanezca en silencio con el bozal inhumano que conforma a tantos. Perdonad si lo que digo hoy nace de la imprudencia, de la insesatez, de la pasión. Perdonad si no os gusta, porque siempre intento que os guste. Si no el contenido, al menos la forma. Si no la forma, al menos el contenido. Perdonad, insisto nuevamente, si no digo lo acostumbrado, lo que hay que decir, lo común al universo.

Es cierto. Muchas veces comienzo un artículo diciendo con sensatez algo, haciéndolo atractivo y atrayente, para devolver al final del artículo justo lo contrario, con más bondad si cabe. La vida está llena de contrarios y opuestos, que a la larga se convierten igualmente en paradojas.

No hablo del bien y del mal, que más que opuestos son enemigos, y a los que ni de lejos equiparo. Hablo, por ejemplo, de la libertad y del diálogo, de la amistad y de la soledad, de la vida fuerte individual y de la imprescindible comunión. Creo tanto en la autonomía y en el sano individualismo, y quienes me conocen lo saben, como en la incuestionable dependencia de las personas entre sí. Y los polos opuestos, cuando son polos bellos y agradables, se demandan mutuamente en su belleza para hacer entrar, en su arco y abanico, la grandeza de la existencia humana. No hay libertad por libertad, libertad de posibilidades infinitas e indeterminadas siempre nuevas, sino libertad humana que en su ejercicio se hace responsable, e incluso esclava, de sus mismas opciones, pasos y decisiones. Libertad empujada, en más de una ocasión, en lugar de libertad pretendida, libertad buscada. El reconocimiento y la alabanza de la infelicidad e insatisfacción del hombre es el motor más excelso de su vida, precisamente hacia una felicidad que se piensa perfecta. Con una perfección deseable, aunque un tanto aburrida, en la que no pueda existir “una felicidad” dicha en primera persona del singular; por la felicidad, o se conjuga en primera persona del plural, y se agradece entre todos, o no es aquello que verdaderamente queremos. Cuando los hombres odian, hacen ascos, apartan y se separan, lo que reclaman dentro de sí, lo que gritan a los cuatro vientos no es otra cosa que la comunión perdida, la herida del mal, la fractura y fragmentación que rompe con todo; por tanto, toda división habla de la unidad como lo perfecto, y toda unidad está compuesta a su vez de dimensiones, engrandecida en sus riquezas y tesoros, dignificada en su conjunto.

Así una y otra vez, en todo lo humano. La virtud por excelencia para muchos es la prudencia. En ella se conjugan estas tensiones, se elige con criterio, sin negar la complejidad. Pero una prudencia como término medio termina por ser inhumana, fría, insensible y aburrida. Cuando les comento esto a mis alumnos se quedan pensando, cuando piensan se ensimisman. Al final, nadie hace nada. Porque una prudencia sin pasión, sin preferencias, sin compromiso, sin amor, sin locura o sin valentía, es una prudencia que no pertenece sino a las piedras, o al cálculo fino y exacto que pretenden los matemáticos. Y ni mis abuelos ni mis padres eligieron la frialdada como camino hacia la felicidad. Sino la entrega, la confianza, el descaro incluso para reírse de ellos mismos y la libertad doliente de quien acoge a quien sufre, sabiendo que sufrirá igualmente por su presencia. La prudencia no soluciona nada cuando no hay nada que domar, cuando no hay persona que controlar, cuando no hay un impulso hacia el infinito, hacia lo perfecto, hacia lo grande con ánimos por correr, con desaro por llegar a la meta. La prudencia es la condena de quienes no saben dónde van, y se dedican a mirar hacia abajo, al suelo, mirando bien por dónde pisan. Toman opciones sin futuro, en las que no se equivocarán porque no les harán daño ahora. Pero sus vidas, ordenadas y cautelosas, sin tantos errores, debilidades, caídas y sufrimientos como las de otros que miran hacia lo alto, no habrán sabido mirar ni tan lejos, ni contemplar la belleza del mundo, ni saber lo que se esperaba para el hombre desde el día mismo en que nació. La felicidad y el amor son para los atrevidos. Entonces, sólo entonces, se les pedirá y educará en la prudencia. Cuando quieran llegar algo, cuando sepan que están hechos para lo eterno, para el infinito.