¿Alguien me puede explicar por qué se nos olvidan cosas?


Estos días sufro mucho, porque mis alumnos tienen exámenes. Y los veo estudiando justo antes, mirando la misma página que después les voy a preguntar, y no les puedo decir que presten atención y que se lo aprendan bien para no olvidarlo. Sufro porque después veo que algunos se olvidan de detalles, que sé que sabían, o se olvidan al menos de ponerlo en el papel. Y, ¡claro!, eso no vale ni entra en las reglas. Pero sobre todo sufro porque un huracán puede pasar por el Caribe, pero se nos olvida, y lo miramos sólo desde Nueva York, atentos a sus metros, a sus aceras, a sus periodistas empapados. Y también sufro mucho porque hace dos días, como aquel que dice, se comunicó que 800 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, que es a su vez la misma cifra de adultos analfabetos en el mundo estimados en 2012; a los que hay que sumar todos aquellos que viven como adultos sin serlo, es decir, los millones del niños que prolongarán esa cifra porque en su fértil vida no se sembró a tiempo. Y no dejo de sufrir al ver que se olvida, de un día para otro, la violencia y la injusticia global, por cuya sostenibilidad no tiene nadie que preocuparse, porque su estructura se construyó con buen hormigón armado, pese a la actual crisis de la construcción. Injusticia que prolonga sus daños, en actores públicos que se visten de tragedia para seguir contando chistes, mientras sigue importando más el fútbol que una buena educación que haga pensar y que sea creativa.

Se nos olvidan tantas y tantas cosas, que no puedo recordarlas. Las lecciones de esa gran maestra que es la historia, por falta de atención en la clase de la vida y en la escucha a los más mayores. No tomamos bien los apuntes de matemáticas cuando restaban todavía muchos días para el examen de nuestra responsabilidad, y de nuestras riquezas personales, y no supimos resolver finalmente la ecuación de la felicidad en las pequeñas pruebas de la existencia. Algo no cuadraba en el círculo de la comodidad y del bienestar que se retroalimentaban el uno al otro sin el esfuerzo ni la constancia. Durante las explicaciones que hacía el profesor de filosofía pensábamos que aquello era muy complejo y enrevesado. Por lo menos, me parece, ¡nos hacía pensar! Pero nos conformamos amistosamente con decirle a quienes nos escuchaban que para qué servía todo aquello en las tardes de ordenador y de sofá. No tiene sentido memorizar tantos nombres, ni aceptar tantas preguntas. Alguno, avejentado ya por la experiencia, quizá nos miró y pensó para sus adentros (pensó, porque había estado en clase de filosofía) que ojalá vivir fuera tan sencillo como en aquel libro de pocas páginas había escrito. Si aquello nos parecía enrevesado, ¡espérate a vivir! Y es que, con tantas distracciones, perdimos cuerda y comba donde había que meter pasión por lo que hacemos y sentido en cuanto estamos involucrados, con o sin querer, con o sin libertad, antes de llegar a reclamar el sobresaliente o el aprobado en los derechos. Lo de leer, lo que se dice leer, lo descubrimos tarde. Juntar letras, palabras, y descansar en los puntos lo llevamos bien mientras respiremos en las comas como Dios manda. De lo contrario se nos atragantarán las noticias, envenenadas y embebidas de las ideas de otros que desembarcaban con furia conquistadora en las series de televisión. Allí también se hablaba, se leía, se escribían poemas. Leer y escribir, que siempre fueron de la mano en toda la historia de la humanidad, aparecían disociadas y separadas. Y aprendimos entonces a leer sin decir nada, callados y mudos, recibiendo sin parar y sin que todo aquello chocase con algo que llevábamos dentro. Y escribir se convertía en resumir y hacer esquemas, en completar frases hechas en las que faltase sólo una palabra, o dos, da igual en qué idioma fuera. La clase de ciencias fue la salvación, se propuso a sí misma como salvación y saber completo que hacía inútil todo lo anterior. Olvidando el lugar que le correspondía, y su propia limitación y debilidad. Y allí se lanzó a la aventura de darle algo al hombre a lo que aferrarse, a base de leyes seguras y de precisión y exactitud. Se emancipó de la razón humana, que es humanista, y creó su propia sede y espacio llevándose al latín y al griego esclavo de sus nombres. El inglés, su ancilla, su esclava en el progreso. Gracias a su poderoso saber fuimos capaces de mirar el mundo desde la ventana que, en forma de boquete de libertad y de grandeza del hombre, fuimos capaces de abrir en el limitado horizonte en el que se encontraba la sociedad heterónoma e ignorante. Y notamos el aliento del aire, y le pusimos nuevo nombre. Y sentimos a un tiempo nuestra inmensidad y nuestra debilidad, y le pusimos nombre. E intentamos explicarlo todo, incluso por qué estábamos juntos, y aún más y más cosas, y le cambiamos el nombre que hasta entonces nos habían obligado a repetir. Y yo me pregunto, ¿nadie tenía ganas de subir más allá, a la azotea, y mirar?

Me pregunto si la persona habrá olvidad, si el hombre y la mujer habrán olvidado que ellos son parte de la solución y no el problema. Me pregunto si no habremos olvidado, con demasiada frecuencia, que no estamos verdaderamente solos en el mundo, que fácilmente podemos encontrar a alguien a nuestro lado. Me pregunto si no habrá descuidado la persona su grandeza, su fuerza, su luz, sus sueños, dejando todo esto en manos de otros que hablan de lo que no interesa. Me pregunto si no hemos olvidado, al menos en cierto modo, que creemos. Me sigo preguntando por qué se nos olvidan cosas, como que no se nos pueden olvidar los últimos de la tierra, o que somos hermanos, o que nuestra vida tiene sentido, o que buscamos la felicidad todos los días de nuestra vida y no unos pocos, y que creemos y confiamos, y queremos confiar y creer aún más si cabe. Me pregunto si no merece la pena recordar, volver a recordar, atender bien y fijar lo aprendido, en lugar de tanto desaprender y de tanto minusvalorar la memoria.

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7 pensamientos en “¿Alguien me puede explicar por qué se nos olvidan cosas?

  1. Porque en contra de lo que dice el refrán, el saber SÍ ocupa lugar y para que quepan nuevas cosas se hace necesario olvidar otras.
    Por eso y por la edad. Pero esto ni a tí ni a mí nos afecta todavía.

    • El saber no ocupa lugar pero supone conocimiento y responsabilidad, actuar de forma adecuada a cada situación sin tener en cuenta el interés personal, por eso al cerebro le interesa ciertas dosis de amnesia.

      • La amnesia en los tiempos de la memoria obligatoria. Me encanta leer a E. Galeano. Aunque no comparto su visión del mundo, ni del hombre, ni mucho menos de Dios. Pero celebro que alguien haga pensar, al menos buscar y desear más de lo que tenemos. Signo claro de que somos hijos de Dios, no meras cosas en un mundo saturado de ellas.

  2. Pingback: ¿Alguien me explica por qué olvidamos? | Preguntarse y buscar

  3. Estimado José Fernando,

    La comida que más recuerdo, la que mejor me supo, la que más disfrute, fue la que alimento mi hambre.

    Olvidamos, porque no tenemos hambre. Palabras van, palabras vienen, pero no las recuerdo porque no tengo hambre.

    La educación tal vez nos ayuda a formarnos, en muchas ocasiones por repetición, tal como infante que repite los trazos de las letras hasta dominarlas; alguien define el programa y nosotros lo cursamos. Pero aquel que encuentre su pasión, inmediatamente sentirá el hambre del conocimiento y habrá de aprovechar de mejor manera cada una de las enseñanzas/oportunidades que la vida le ponga delante.

    La principal preocupación de un maestro debe ser el saber que el alumno tiene hambre, y sino la tiene comenzar ayudando a encontrarla. Después de eso, serán los alumnos los que demanden más y más conocimiento.

    El conocimiento sabe mejor con hambre.

    Saludos,

    Jorge Avila

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