El valor del testimonio (parte 1)


Escucho con renovado entusiasmo, y atiendo sorprendido, al resurgir del testimonio. No sé si os pasa lo mismo. Puede que sea sólo cosa mía, o quizá no. Pero tengo la sensación de que en muchos ámbitos y ambientes se reclama el valor del testimonio.

Expresión que he pretendido ambigua, porque también encuentro diferencias en los planteamientos de quienes lo piden y solicitan. Por un lado situaría la llamada a dar testimonio con valentía, y de ahí “el valor” en tanto que el atrevimiento, la autenticidad, el mostrarse tal y como se es, el plantear interrogantes y ser significativos en el mundo y en las masas del mundo, el salir del anonimato, el dar una palabra y ofrecer un testimonio. Por otro lado, sin embargo, se plantea valorar y darle valor al testimonio, dotarle de contenido, recuperar la importancia de los testigos, de los modelos y de las referencias.

Ambas claves se dan la mano, si lo leemos bien, y se demandan mutuamente como diálogo en el que hay una pregunta y una respuesta. Porque quien pide, pide vida, y que nos dejemos de canciones, de palabras. Quiere testimonio, concreto y práctico, de lo corriente y cotidiano, de lo que se ve aunque no se vea todo, de lo que sugiere que algo más hay detrás de todo esto, del sentido de las cosas y del sentido de su propia vida. Se necesita, como agua de mayo en medio de un árido desierto, testigos que marquen rutas, que señalen nuevamente por dónde, y cómo avanzar.

  1. No vale cualquier testimonio, ni cualquier testigo. Es más, algo me dice que todo aquel que se quiera presentar a sí mismo como testigo de algo se desprestigia, y cae en lo peor, en la manipulación. No necesitamos, entiendo, que ahora le dé a la gente por ser más no sé qué, por ser más no sé cuanto. Cuando esto sucede, y alguno sale con algún letrero especial que pone “seguidme, porque sé a dónde hay que ir”, lo que sucede precisamente es el rechazo.
  2. Creo que la vía y la necesidad está poniendo sus ojos en otros horizontes. Personas con vida, personas felices, personas auténticas. Y en ese sentido, normales y sin rarezas ni extravagancias. Con particularidades, y únicas ciertamente, con personalidad y criterio, con realismo y sueños. Aquellos que viven su normalidad de forma extraordinaria. Que sientan que están donde tienen que estar, sin encajar del todo. Llamativas, y provocadoras, provocativas, cuestionantes, sin dar la plasta continuamente con preguntas y alegatos.
  3. La cuestión que me parece más relevante en todo esto, según se plantea en ocasiones, es la de la visibilidad. Se incide en dar la cara, en no ocultarse, en no empequeñecer la grandeza, en hacer un ejercicio de trasparencia y de utilizar las formas de hoy, en ese sentido. En lugar de atrincherarse en las actitudes, provocar actos de valor. En lugar de quedarse en las materias, pasar también a las formas. Aunque creo que esto nunca fue algo que fuera desconexco, porque todos sabemos,  y lo sabemos bien, que finalmente termina apareciendo aquello que llevamos dentro, que termina por mostrarse. La visibilidad que hoy se reclama creo que va más en la línea de la unidad de la personas, sin dicotomías entre ser y hacer, entre ser y parecer, que a la larga son falsas y engañosas. La visibilidad va en la línea de la coherencia y de la totalidad de lo que la persona es.
  4. Por otro lado, me pregunto si cuando se habla del valor del testimonio no se llenará de contenidos artificiales y de formas poco comunicativas. ¿Qué supone hoy dar testimonio de lo que somos? Me pregunto cómo una familia vive esto, entre un padre o una madre y sus hijos. Y descubro muchas claves, de las cotidianas. Como la risa contagiosa, como el abrazo y cercanía, como la seguridad y confianza, el proceso de libertad y de responsabilidad de unos con los otros, en el compartir. Y sobre todo, en que sepa desde pequeño quién es su padre o su madre, y cuánto le quieren. En los momentos buenos, en los malos, en las fiestas, en los exámenes. Estar a su lado es el mejor testimonio que se puede dar, que puede existir. La conversación, la compañía, el trato familiar, el involucrarse unos en la vida de los otros. Así un niño crece, con el testimonio de los suyos.

 

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2 pensamientos en “El valor del testimonio (parte 1)

  1. Para mí dar testimonio es ser uno mismo, sin máscaras que quieran aparentar lo que no se es pero teniendo una coherencia de vida con la fe que profesamos porque no se pueden separar si no una de las dos serían falsas, e incluso nos estaríamos engañando a nosotros mismos y los demás. Es estar con el otro, sea familiar o amigo, en los momentos alegres pero también en los dolorosos, es en fin, compartir con los demás todo lo que la vida trae aparejado para que nadie se sienta solo y abandonado cuando más necesita del apoyo y afecto de nosotros, sus hermanos, no importa qué religión profese o que sea ateo o agnóstico. Lo que importa es que es un ser humano que necesita, al igual que todos, comprensión y afecto, paz y alguien con quien multiplicar sus alegrías y dividir sus penas.

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