Elogio de los prejuicios


Hace aproximadamente una semana que escribía a propósito de la dureza de corazón que provocan los prejuicios, y las consecuencias que tienen, en tanto que incapacitantes para un diálogo abierto y sincero. Ya entonces, consideré que no se puede condenar, o al menos así pienso, los prejuicios como si fueran lo peor de lo peor, y la raíz de todos los males. Consciente de que no era ni mi intención llegar a ese extremo, y a partir de uno de los comentarios, comencé la reflexión en línea contraria. ¿Se podría hacer elogio de los prejuicios? Considero que, como casi todo en la vida, resulta ambivalente y puede ser orientado hacia el bien y la verdad. Os paso ahora en unos puntos, este sencillo elogio:

Los prejuicios viene en las personas. Y no tiene autonomía al margen de ellas. Tomar en cuenta esto, su espacio vital, me lleva a entender que se trata o bien de un virus -que es como muchos lo plantean- o un depósito de sabiduría y un facilitador de pensamiento -que es como siquiera presentarlos-. Los prejuicios ayudan indiscutiblemente a la memoria, construyen la realidad escalón a escalón. Se dan, la mayor parte de las veces entiendo, al margen del pensamiento y se sitúan como marco y horizonte explicativo. Y aquí está la cuestión. En la orientación que tomen, en el respeto que ejerzan, en si hay conciencia o no de ellos por parte de quien es su morada.

Me parece un tema sumamente interesante. Del que no podemos liberarnos, ni es humano prescindir. Pero que, al menos una vez, deberíamos tomar en serio y aprender a dialogar los unos con los otros.

  1. Si entendemos por prejuicio una verdad afincada y afianzada en la persona de manera inconmovible, entonces está todo dicho. Si lo entendemos como un pensamiento, sin más, que puede ser puesto en tela de juicio y confrontado, orientado y purificado, entonces considero que de los prejuicios puede surgir algo excelente. Es más, que en el mismo prejuicio se encuentra la posibilidad del diálogo abierto. Lo que marque la diferencia entre una actitud primordial y otra está de la mano de cada uno. Nadie puede imponer a otro esto, aunque sí que hay una buena base de educación y de costumbre social. ¿Tendencia a defenderse y apoltronarse en lo propio, sin riesgos ni más vueltas? ¡Quizá!
  2. La existencia de prejuicios puede elevarse aún más, y dignificarse. Siempre y cuando se reconozcan, llevarán a la persona a tener primeramente cuidado de sí misma y a conocerse mejor. No en vano, son sus pensamientos y sus ideas lo que está en juego. Si son o no verdaderas o falsas, buenas o malas, en absoluto carece de relevancia. Deberíamos ser, no sólo los primeros en responsabilizarnos de nosotros mismos, sino también los primeros en mostrar interés por alcanzar algo más que la propia mirada sobre lo que somos y pensamos.
  3. Por lo tanto, los demás son imprescindibles para iluminar los prejuicios personales. Quien ha vivido en otra cultura se da cuenta, en menos de dos semanas, de la cantidad de cosas que había asumido, sin más y sin pensar, por el hecho de haber nacido dentro de una sociedad concreta. Y, entonces, se le brindará la posibilidad de cerrarse en ellos, o aceptarlos libremente depurando lo que hubiese en ellos de mentira, de maldad, de injusticia… Pero necesito al otro para conocerlos adecuadamente. Dos personas con los mismos prejuicios no serán conscientes de ellos, a ciencia cierta, ni de las implicaciones que puede tener, ni de sus consecuencias.
  4. Pedir que alguien deje sus prejuicios a un lado es una petición de carácter inhumano e irrespetuosa. De hecho, deberíamos contar con ellos, insisto nuevamente. Y debemos salir al encuentro del otro sabiendo que todos tenemos prejuicios, de rechazo o de aceptación, de mayor o menor credibilidad. Sólo una persona puede, a sí misma, ponerse entre paréntesis para escuchar con cierta novedad al otro. Con esfuerzo, mucho esfuerzo, claramente.
  5. Lo que sí deberíamos tener más presente es la necesidad de pulir nuestras interpretaciones y de abandonar las cátedras en las que nos subimos con cierta facilidad para enseñar a otros. Hoy mismo leía un post que, en apariencia me parecía maravilloso, y que por eso me ha hecho detenerme más en la reflexión. La conclusión que sacaba es que, con él en la mano, se podía hacer de todo por exceso de seguridad en uno mismo y en los propios criterios, sin nada objetivo, sin ninguna referencia clara. Tampoco creo que sea cuestión de ir por el mundo buscando seguridades externas y olvidándose de uno. Digo que, de partida, no estaría nada mal que tuviésemos en cuenta nuestras propias interpretaciones de la realidad para huir de razonamientos y de explicaciones simplonas. Hoy también, en una de las clases, una alumna decía que la fe se había vuelto compleja, cuando se trata de algo muy sencillo. Pero en su mismo razonamiento se dio cuenta de que la vida es compleja, y una fe que quiera dar respuesta a la vida de la persona, no se puede reducir a dos o tres palabras, sin más. Menos aún, acogiendo a Dios mismo. Pero, ¡claro!, quien crea que tiene a Dios entre sus manos y en sus labios, y él y sólo él tenga la verdad, se ha convertido en alguien que no se da cuenta de lo que está diciendo.
  6. Adentrarnos en los prejuicios nos obliga a considerar su riqueza y diversidad de cada persona. Algunos son prejuicios sociales, nunca pensados y recibidos sin más. Otros son más personales, puede que de carácter afectivo, emocional. Hay grados, y por tanto, también diversidad de posicionamientos ante ellos. Tomarlos todos “como lo mismo” no es más que una de tantas formas de engañarse a uno mismo y engañar a los demás. No sólo me parece descortés, sino cruel, pedir a alguien que se sitúe al margen de sí mismo para buscar una “pureza en el diálogo” que nunca existirá.
  7. Debemos aceptar, de partida, la limitación y la precariedad de muchas de nuestras conversaciones y opiniones. De hecho, es la única forma de llegar a algo más que eso y de no caer en la nada del relativismo y de la diversidad de posturas y creencias sin más. Los prejuicios serán la herramienta que nos encauce en la búsqueda, a modo de carriles en ocasiones. Y podemos ir “metidos en el tren” disfrutando el paisaje y viéndolo, sin llegar a pisarlo nunca, o a perdernos en sus paisajes.
  8. Los prejuicios, como herencia cultural, no pueden confundirse con la acción que están provocando los medios en nuestras sociedades modernas e industrializadas. Los prejuicios comportan cosmovisiones, estudian al hombre y lo encuadran en el mundo, dibujan el sentido de la realidad, generan imaginarios fuertes para seguir entendiendo e interpretando. Los prejuicios heredados a través de la cultura han sido “comprobados” quizá por muchos otros anteriormente, que también se expusieron a su propio análisis y al diálogo con otros. Quizá en esos prejuicios haya mucha sabiduría, que por nosotros solos no alcanzaríamos tan fácilmente. Y por lo tanto constituyen una herencia valiosa, siempre y cuando nos permitan seguir caminando y entendiendo. Comprendo entonces que “lo recibido culturalmente” era un inmenso tesoro hasta la llegada, hiriente y despreocupada en tantas ocasiones, de los medios de comunicación con sus intereses. No condeno los medios, sin más. Pero sí hago distinción entre lo recibido de una u otra manera, y los prejuicios que se derivan de una u otra vía, resaltando sobre todo la riqueza de la herencia cultural de occidente y su apuesta por valores humanos muy altos y nobles, como la razón, la democracia y el diálogo, la compasión y la solidaridad. Prejuicios que, a su vez, nos llevaban a interrogarnos hondamente por el hombre y la sociedad, la naturaleza de las cosas y su origen, la finalidad de la creación y nuestra posibilidad de contribuir en ella y en su crecimiento.
  9. Respecto a la tolerancia o la intolerancia ante los prejuicios propios y ajenos, considero oportuno establecer criterios. Antes, por ejemplo, la persona que cualquier cosa. Y no hay por qué entender que no se pueden criticar algunos aspectos sin acoger al otro tal y como es. Cuando hacemos de las diferencias de opinión motivo de distancia entre personas, y lo significamos claramente, quizá no estemos obrando conforme al bien o a una escala de principios racional y humana. Una cuestión no puede llevar a la otra, a mi entender. Se pueden criticar y demoler ideas hasta cierto punto, sabiendo que no existe la diferencia virtual entre la persona y lo que cree. Y que, por lo tanto, para respetar a la persona también he de acoger y partir de sus prejuicios, que sí son materia de diálogo.

Siento mucho que unas aportaciones y otras vayan un tanto “separadas”. Y acepto gustosamente más aportaciones para seguir creciendo en la importancia del diálogo y de las personas. Todo bien, así lo creo, en ayuda de la búsqueda de la persona si quien busca lo hace con rectitud y en función de la verdad que le llama y reclama por entero.

Anuncios

Un pensamiento en “Elogio de los prejuicios

  1. Pingback: Elogio de los prejuicios | Preguntarse y buscar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s