Por qué unos tienen fe, y otros no, si se trata de un don de Dios


La pregunta se las trae. Para todos aquellos que decimos que la fe es un regalo de Dios, esta pregunta tiene difícil respuesta y mucha tela que cortar. Es más, en más de una ocasión suele ser motivo para interrogarse a uno mismo. Por qué yo, pensamos, y no otros incluso mejores, más buenos, más sinceros y más libres, más comprometidos, más justos y más responsables. Por qué yo, nos preguntamos. Pero además, añadimos que hay personas que quieren creer y no pueden, y buscan con seriedad, y no alcanzan la fe que desean, ni confían cuanto quieren, ni descubren ni ven ni escuchan lo que otros descubren, ven y oyen. Estas personas, de las que muchas, suelen ser muy interesantes y da gusto hablar con ellas, mantener una conversación abierta, libre y auténtica. Ayudan, sin saberlo, a la fe misma de los creyentes. y ellos, de recto corazón, también salen fortalecidos para seguir buscando.

Esta tarde me preguntaba una joven por qué unos sí y otros no. Ya digo que es complicado responder, pero tampoco tengo por qué quedarme en el silencio. Yo entiendo, personalmente y porque le he dedicado en más de una ocasión tiempo, que la fe es un regalo permanente de Dios al hombre, un don continuamente ofrecido a quienes buscan y quieren abrazarse a ella. La cuestión es que no nace en los libros, ni en las noticias, ni en los testimonios de otros siquiera, ni en las propias fuerzas. La fe se parece más a un encuentro con Dios, que desmonta toda la realidad que teníamos organizada o desorganizada, al modo como en algunas películas los héroes se ven envueltos en situaciones de lo más inverosímiles, donde todo lo que hay alrededor se cae y se quedan en lo alto de una columna que les sostiene. Me parece que esta es una buena imagen para una experiencia de fe fundamente. La primera fe, la de la inteligencia y el saber, la recibida de los padres a todas luces se muestra insuficiente para dar consistencia en la vida, porque llegarán otros que puedan derribarla. Pero en el encuentro con Dios, cuando sentimos y vemos y escuchamos o qué se yo qué pasa allí, que Dios mismo se está regalando y abriendo su misterio para nosotros, en ese momento nace la fe como respuesta del corazón del hombre. Allí entonces reconocemos que es don de Dios, ¡por supuesto! Es el kilómetro cero de la fe, de algún modo, al que hemos llegado retrocediendo y del que toca salir y alejarse.

Si Dios se regala continuamente, entonces por qué unos sí y otros no. Seguimos a vueltas con la pregunta, porque me parece que no hemos dicho nada interesante, todavía, al respecto. Sólo he señalado que es don de Dios. Así que, por qué unos sí y otros no. Y este punto lo contemplo con delicadeza, y lo quiero decir con sinceridad en lo que pienso y en lo que veo también en otros, sin pretender ofender a nadie. Pienso que hay quienes acogen el don que Dios hace, y están dispuestos a ese encuentro, y otros que quizá se rindan antes de tiempo y no den posibilidad, siquiera, a que el tesoro que tienen delante sea abierto. Todos hemos tenido, humanamente, esta vivencia alguna vez en nuestra vida. Tener delante un tesoro, un regalo, y no disfrutarlo, ni abrirlo, ni reconocerlo. Con la salvedad de que en la fe, además, y por ser una relación de amistad con Dios, la espera y la necesidad de libertad es grande. A Dios no se le puede forzar, y lo tenemos claro. Como tampoco creo que pueda forzarse a sí mismo nadie en su libertad, en su camino y en su vida. Verdad que quisiéramos muchas cosas “ya”, incluso de aquellas que creemos que están a nuestra disposición, y sin embargo no las alcanzamos aunque estén próximas. Y de igual modo, con mayor amplitud y calado, respecto a determinadas personas y a su amor. En ocasiones porque no nos sentimos queridos por ellas, en otras porque no somos capaces de acoger su amor, en otras también, siendo sinceros y humildes, porque no queremos lo suficiente ni con sufiente calidad y libertad. El caso es que esta relación, de fe y de amor, de conocimiento y de entrega, de confianza al fin y al cabo es imposible que sea forzada por nadie. ¿Propiciada? Propiciar, sí. Dar la oportunidad, también. Abrir caminos, por supuesto. Pero forzar, imponer, exigir, ¡nunca!

En este proceso de fe, toda persona experimenta sus propias resistencias y debe vencerlas para que surja en él la respuesta de amor. La pregunta entonces vuelve sobre el hombre, sus impaciencias y sus prejuicios en tantas ocasiones. Porque esta pregunta, que se formula tantas veces como un ataque contra la religión y contra Dios mismo, que parece caprichoso en su elección y en su obrar, puede ser argumento igualmente legítimo para hablar a la inversa de un hombre, el hombre moderno, que culturalmente se siente pagado de sí mismo hasta que experimenta la debilidad, el tropiezo o el amor que le descoloca. No hay camino para la fe más allá de la relación con Dios, como tampoco hay encuentro sin que, al menos por unos instantes, se abandonen o dejen en el banco de la iglesia los libros y los argumentos, que Dios supera ampliamente para bien de cada uno de nosotros. Me parece, verdaderamente, una llamada de atención sobre el mundo, más que sobre la religión. Aunque, como dicen mis amigos, se nota que veo las cosas de otra manera.

Dada esta situación, la de la increencia de quien quiere creer o la de quien se sabe a sí mismo muy creyente y desea avanzar en amor, en comunión y en confianza, el planteamiento a mi modo de ver sigue siendo el mismo: por un lado, buscar y seguir buscando más allá de uno mismo, en la misma lógica del amor aunque sea una lógica incómoda y poco segura, en la lógica de la gratuidad aunque sea una forma de proceder a la que andamos poco habituados, tanto los que desean “llevar el control” como los que “se ajustan a las normas”; fuera de las seguridades se abre un horizonte amplio, en el que Dios se muestra a quienes desean encontrarle, que son todos los hombres; por otro lado, no negar cuanto sucede en nosotros y cuanto vemos alrededor y que interroga, sintiéndose libre de este modo de otro tipo de ataduras, finas o gruesas que están impidiendo que seamos quienes somos, que están cerrando nuestra forma de entender, de amar, de querer, de apasionarnos, de obrar, de hablar, y de todo; porque el lenguaje de Dios, que sí que habla y con mucha claridad, no se aprende en las academias ni en los colegios, sino que es connatural a todo hombre que se pone a escuchar.

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4 pensamientos en “Por qué unos tienen fe, y otros no, si se trata de un don de Dios

  1. Es cierto, y, además, desde mi punto de vista, el por qué unos tienen fe, y otros no, si se trata de un don de Dios… dejo una pincelada:
    La vida es un regalo de Dios, y junto con la vida se nos regala todo, el cuerpo con los músculos, arterias, venas, huesos, etc… el aire, la naturaleza…Y también la fe.
    Todos tenemos fe, regalada desde el nacimiento, pero como los músculos si no se ejercitan se atrofian, pienso que la fe también.
    Fe en las personas es una manera de ejercitar la fe, así como tener fe en uno mismo, fe en lo que uno hace, etc.

    ¿Por qué unos tienen fe y otros no? Si a todos Dios nos regala la fe, me tendré que preguntar qué uso estoy dando de ella, dónde deposito mi fe, mi confianza. Pablo dice “Sé de quién me he fiado” y yo ¿De quién o de qué me fio? ¿En qué o quién deposito yo mi confianza? ¿Dónde pongo yo mi fe? ¡Puedo ponerla en tantas cosas…!
    Soy libre, así es el amor. La fe es un regalo puesto en mis manos para que viva usándolo, es un regalo que me ayuda a vivir la vida. Y Dios, que es sólo amor, sabe que yo decido, cada día, utilizarlo a mi manera, como decido tantas cosas a lo largo del dia…!
    Cuando yo no tenía fe en Dios, sí tenía fe en otras cosas, en personas, etc.
    Mejor dicho: Cuando yo no tenía mi fe puesta en Dios, seguía teniendo fe, regalo de Dios, pero enfocada en otras cosas, en personas, etc.

  2. Pingback: Por qué unos creen y otros no | Preguntarse y buscar

  3. Le pedía a Dios tener más Fé. Me daba cuenta de la poquita que tenía y veía a otras personas que su Fé era entrega total.
    Dios la supo hacer!!! He tenido situaciones al límete: enfermedad, dolor, tristeza, soledad, traición, desesperación con ansias de morir. Y en cada uno de esos momentos me aferraba a mi Fé. Claro! No es el mejor ejemplo, llegar al límite.

    • Ya, y entonces… Cuando llegas al “límite” y la fe no te cae a ti del cielo, ¿qué estas haciendo mal? Lo siento pero sigo sin ver una explicación racional, y si no la hubiera, es que entonces se trata de una lotería? #dificil
      Saludos:)

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