Los radares son muy inteligentes


Al menos eso se piensa, hasta que te pilla uno a más velocidad de lo permitido. Entonces te das cuenta de lo que vale un peine. Hasta el momento, como si nada. El rádar ahí, tú en tu coche circulando tranquilamente, y todo arreglado y pactado. Pero llega el día en el que, por descuido o por urgencia, porque el rádar desconoce los motivos y no le importan en absoluto, te saca la foto y a pagar multa. ¿Te darían ganas de bajar y discutir con el rádar? No. ¿Por qué? Porque sabes que no te escucha, porque es una máquina. ¿Qué opción queda? A algunos sólo les queda el desahogo violento y desenfadado, como pensando que la culpa la tiene la máquina. ¡Qué superstición!

El rádar no tiene nada de inteligente. La verdad sea dicha. Sólo recibe una orden,  y se ajusta estrictamente a ella, sin salirse de su objetivo. Si tú pasas a la velocidad permitida, o mucho menos de la permitida, incluso andando o corriendo, eres totalmente invisible. Como si no existieras para él. Porque el rádar, nada tiene de inteligente. Un rádar inteligente te felicitaría, se daría cuenta de tu bondad, de tu buen hacer, de tu hermosa postura al volante, de tu prudencia, de tu estabilidad, de tu criterio, de tu ejemplo, de tantas y tantas cosas excelentes… pero todo ello le pasa desapercibido. Nada tienen que ver con él.

Una persona que sea como un rádar andante, y se comporte de igual modo, es un verdadero infeliz existencia, y alguien limitado, muy limitado, humanamente. Yo no desearía ser como un rádar, de ninguna de las maneras. Las personas que van así son una especie de “broncas” de la existencia, que, por otro lado, ni aceptan diálogo ni quieren saber de nada más que datos objetivos  medibles y constatables. El caso es que, para no ser como un rádar, nuestra persona entera y nuestra vida se tiene que colocar en una cierta actitud y búsqueda, para no dejarse encerrar sólo entre aquello que “detectamos”, buscando conocer y amar, sobre todo amar, todo cuanto sucede. Lo fácil es quedarse en el mundo como “personas rádar” atentas a lo que se ve, a lo que se oye, a lo que se siente, a lo que se… sin buscar algo más que todo eso, sin preguntarse enteramente, y abiertamente por todo lo que hay, que siempre es más de lo que se ve.

La inteligencia, de hecho, es la facultad que nos conduce mucho más allá, que nos libera de este posicionamiento inútil y absurdo en la vida. Decimos que el rádar busca, pero no es verdad. Porque cuando la persona verdaderamente busca, no se cansa hasta que no se encuentra, y no funcionamos al modo como los radares tiran fotos y lanzas flashes. Lo nuestro, lo humano, es tremendamente diferente. Lo nuestro en cuanto inteligencia que busca tiene que ver más con conocernos, no pocas veces, a nosotros mismos. Algo que el rádar, por estar volcado hacia afuera, ignora radicalmente. Lo nuestro como inteligentes, en primer lugar y como paso imprescindible, es darnos cuenta de que estamos vivos, de que somos libres, de la existencia es una y única, de que tengo pasiones y sentimientos, de que algo me empuja y hace desear. Son preguntas todas ellas que los radares de nuestro mundo, con su capacidad de detección, ignoran. Ningún rádar se pregunta quién lo puso ahí, ni por qué. Pero el hombre sí. Se ve en el mundo, abierto e inquieto, detectando o sin detectar, aburriendo o con tareas y siempre se pregunta qué está haciendo con su vida, para qué y por qué, si tiene o no sentido, si no habrá algo más.

Los radares, y las personas, tienen poco que ver. Y si tengo que decir algo, digo que los radares nunca serán inteligentes, igual que las personas nunca deberían comportarse ni conformarse con vivir como máquinas.

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3 pensamientos en “Los radares son muy inteligentes

  1. La idea es muy actractiva, y por obvia, no deja de ser sugerente, todo lo contrario. Creo que esa búsqueda, ese concepto de “no ser máquinas” se puede alcanzar de muchas maneras. Y se logrará siempre que uno se pare por un momento a pensar el por qué de las cosas, el por qué de nuestra misma existencia. El hecho de cuestionarse continuamente, nos libera de ir de autómatas por la vida, sin necesidad (o sí) de hallar la respuesta en un Ser divino que nos trasciende.
    Enhorabuena por el artículo.

  2. Pingback: Los radares, ¿inteligentes? | Preguntarse y buscar

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