Decir las cosas con sencillez


En línea con el post de ayer, al hilo de la lectura nada fácil de Chesternon, me doy cuenta de que en nuestro mundo lo sencillo está al alcance de unos pocos, muy pocos, seres libres y espíritus justos. De alguna manera me doy cuenta de que lo hemos complicado todo, y que las verdades más sencillas de la existencia están ahí, ante nuestros ojos, un tanto aparcadas y un tanto despreciadas. La sabiduría, dicho sea de paso, se alcanza no en la complejidad sino al saborear repetidas veces esto humilde y sencillo, esta verdad incontestable de la vida, esta verdad pura y solemnemente profunciada por la realidad de la que se hace eco todo el universo. Verdades ante las que, paradójicamente, podemos estar realmente sordos, o absolutamente ciegos, o de las que creemos que podemos prescindir e intercambiar por otras de más colores, de más luces, de elementos más llamativos.

Lo esencial, como dice “El principito”, se ha vuelto invisible a los ojos. Ya sé que la frase no es así, pero lo que intento decir precisamente es eso, que nos conformado con la invisibilidad y el misterio, tapándonos los ojos. Lo que dice El principito es que no se puede ver. Lo que quiero decir yo es que, o bien le hemos puesto un manto encima que lo esconde, o bien que nos ponemos las manos en la mirada para preferir soñar y enseñorearnos con la imaginación. Porque lo esencial tiene la cualidad de ser visible también, de mostrarse al hombre, de aparecer ante él. Como la vida, como el amor, como la naturaleza, como la grandeza del universo, como las leyes del universo, como las relaciones sociales, como tantas y tantas cosas, sencillas todas ellas, que tenemos delante y dejamos pasar.

Intuyo, y sólo es una intuición, que al hilo de alguna que otra propuesta por ahí deberíamos desmantelarnos y prescindir de todo aquello que desee recubrir lo esencial de la vida, lo esencial de los hombres, o que no venga a contribuir decididamente en su visibilidad y significatividad. Intuyo, sólo intuyo, que no queda otro camino que el paréntesis y el esfuerzo por dudar de las complejidades y de las explicaciones que nos han dado de tantas y tantas cosas, que aseguran que dormiremos apaciblemente hoy. Intuyo, sólo eso, que debemos recuperar el escándalo y la provocación de lo sencillo, volver a ciertas verdades elementales, recuperar la pasión y la fuerza que existe debajo de una capa, ya con polvo, que cubre y recubre todo cuanto es molesto por ser muy primitivo, por ser demasiado humano.

Verdades básicas, verdades sencillas, de las que son claras y distintas, a las que llegamos por la evidencia, nada más, y que nos catapultarán por encima y nos sacarán de donde nos encontramos. Quizá la primera de todas estas verdades es que estoy vivo, que amo incluso, mucho antes de darme cuenta de que pienso. Pero también que pienso, también esto es notorio en algunos casos, que busco, que estoy inquieto. Verdades como la que afirma la no soledad ni aislamiento de una persona que viene al mundo, porque nadie puede venir solo al mundo. Verdades de tal magnitud que provocan pavor al ser dichas, como la que me responsabiliza de mi propia libertad, y aquella que hace de la libertad el centro de las decisiones del hombre, no sus esclavitudes, no la irresponsabilidad ni la acusación del otro. Verdades como que estoy hecho, forma parte de mi constitución radical, la confianza, la creencia, la fe, el abrazo a toda la realidad, la admiración y la esperanza. Verdades pronunciadas en el dolor y el sufrimiento, que me muestran que no queremos sufrir, que esto no puede ser todo. Verdades que me duelen al reconocer que mi sufrimiento no es lo único que me hace sufrir, ni mi alegría la única capaz de sacarme de donde estoy anclado. La sonrisa del niño, del anciano, del que logra lo que deseaba, del amigo visto ahora y querido desde hace tiempo. Esas sonrisas alumbran y brillan por encima de nosotros mismos.

Aunque, también es verdad, muchos dirán que andan preocupados en tantas y tantas cosas que no tendrán tiempo para escribir sus verdades básicas, aquellas en las que asientan sus decisiones y con las que dejan soplar, como el viento, la navecilla de su vida. Muchos se dirán que esta tarea les llevaría demasiado tiempo, y tienen razón. Porque una vez dichas y expuestas, así y ante los ojos, todo cambiaría. No termina nada en su reconocimiento, no termina nada al contarlas. Es más, todo empieza, de nuevo y como nuevo, en ese preciso momento. Y de ellas, sentidas y vividas, no se podrá salir jamás. Por eso a algunos, que no son pocos, les da tanto miedo. Elegirán entonces, en lugar de sus propias preguntas, las respuestas que otros les dan, y en lugar de su libertad, tomarán y copiarán lo que otros han hecho.

Anuncios

Un pensamiento en “Decir las cosas con sencillez

  1. Pingback: Decir las cosas con sencillez | Preguntarse y buscar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s