Afrontar problemas mirando a los ojos


Tengo ahora tiempo de reflexión personal, para trabajar un documento que nos han entregado, sobre una cuestión que nos parece urgente en muchas dimensiones. Perdonad la pretendida ambigüedad. No es que no se pueda decir el asunto, o no quiera decirlo. Ni es grave en el peor sentido de la palabra, ni ocurriría anda si se contase. Pero la pretensión que quiero señalar es, a propósito de un  paseo matutino por la hermosa ciudad de Albacete y del tiempo de trabajo sobre el documento, unas cuantas cuestiones meta-físicas, al margen de lo puramente material y puramente concreto.

Toda persona y realidad tiene dificultades y problemas, que debe afrontar sinceramente y que debe querer afrontar con libertad. Es connatural al hombre vivir siempre mejor, y eso incluye hacer desaparecer preguntas, dudas, interrogantes, sufrimientos y malestares. Para ello, por tanto, los debe reconocer. No siempre será bueno, la verdad, ir de frente hacia ellos, enfrentarse y levantarse en plan de guerra. Lo que siempre será bueno es mirar. Otra cosa es cómo actuemos.

  1. Los paseos por la vida despejan, salir de lo propio también. Hablar, por consiguiente, siempre encerrados en lo mismo y dando vueltas a lo mismo, no conduce a ningún sitio. Qué bueno es salir, mirar, otear, vislumbrar. Al final del viaje veremos en qué se fija la gente, en qué detalles se para, cuáles son sus verdaderos intereses y motivaciones, sus preocupaciones y sus grupos. Hay quienes se relacionan mejor en todos los sentidos, quienes hablan de sí con hondura y quienes sólo hablan de sí, cayendo en el aburrimiento al otro y en un egoísmo voraz. Con estos últimos no quiero estar en la reflexión de la tarde. Aunque si toca, les querré como tengo que querer a todo el mundo. Hay cárceles que encierran a las pesronas mucho antes de que los problemas lleguen, y gente que sólo se conoce a sí misma, y mal, sin relación con nada más interesante en este mundo que sus propias cosas. Un paseo, qué gran idea, despeja muchas incógnitas.
  2. Ayer escribía, como primer consejo para todo el mundo que busca consejo, es decir, para cualquiera, que comenzar bien es formular bien la pregunta. Hacer bien una pregunta no es enmarcar una frase bonita y preciosa, sin más, entre interrogantes. Hacer bien una pregunta significa enmarcarla en la realidad, darle sentido en el conjunto, e indicarlo claramente. No se puede hacer de otro modo. Porque si no, no sabremos ni a cuento de qué viene esto, ni por qué se dicen tales cosas, ni para qué sirve el tiempo de reflexión. Además, enmarcando las cosas vemos con mayor claridad relaciones, causas y consecuencias, responsables y culpables, fallos y soluciones. Y sobre todo, que no es lo único de la vida. Quien enmarca y diseña un mapa de conjunto verá más. Igual que he dicho antes que pasear abre la mente, describir con amplitud una cuestión abre el campo intelectual y espiritual. Es una forma maravillosa de decirle al problema, a la cara: “No eres lo único en mi vida.”
  3. Atender a ideologizaciones y reducciones, a la direccionalidad de los planteamientos. Todo lo sabemos, que venimos del mundo y de la existencia con cadencias, ritmos e inercias. Algunos, acostumbrados a salir de las cosas, se preguntarán cómo escapar. Otros, más tercos, dirán que de aquí no pasa. Y así sucesivamente. Ante un problema nos situanos nosotros mismos, y le damos identidad y carácter, y en cierto modo le permitimos un alcance y dirección. En la reflexión personal hay que atender, y leer bien, con cuidado y sentido crítico constructivo, hacia dónde nos dirigen determinadas preguntas y cuestiones. Porque nada, o muy poco, resulta gratuito. Lenguaje y palabras, más todo lo oculto. Algunos pueden verlo, otros no. Algunos sienten que hay cosas que no cuadran bien del todo, otros no. Lo que quiero decir es que hay relaciones peligrosas, en según qué ámbitos, o incluso mezclas e ingerencias tremendamente destructivas.
  4. Si dialogamos, y nos exponemos, dialogamos y nos exponemos. Ambas de la mano. Dialogar es algo más que convencer o dejarse convencer por no haber hecho bien el trabajo personal. Se trata de enriquecerse abriéndose. Algo bastante humilde, que nada tiene que ver con el diálogo que algunas veces se escucha parapetado detrás de expresiones hermosas como “diálogo social”, la verdad. De nada sirve una actitud diferente. Quien busca ayuda porque solo no puede, que luego no retorne a lo de siempre. Quien se sienta a dialogar, debe hacerlo con la máxima autenticidad posible. En todo diálogo se generan simetrías y asimetrías, diferencias y acercamientos. De nuevo, comos siempre, elegimos a qué queremos darle importancia y por dónde empezar a acometer la realidad. Sería falso, dicho sea de paso, creer que lo mejor siempre es buscar aquello que une, como también lo es señalar siempre como vía de trabajo lo que divide. Hay que ser inteligente en esto, la verdad. Para poder llegar, sobre todo, a algo más que la propia opinión y verse enriquecido.
  5. Por último, llegar a conclusiones. Creo estar en la misma situación de muchos, mayores y no mayores, que están cansados de hablar mucho sin dar ningún paso, o viendo cómo otros quieren andar con sus pies. ¡No puede ser! Deberíamos examinar nuestra pereza en determinados aspectos, y no sólo al levantarnos o no por las mañanas, al trabajar o no por las tardes, al preparar bien o mal nuestras actividades. La pereza también es apoltronarnos en preguntas haciéndonos en ellas problemas que creemos que durarán para siempre. La pereza es el pecado que nos mata por inalición, por hambre y sed de más conjugada con la incapacidad de mover nuestro propio cuerpo en un sentido y con norte. Y de pereza en algunos asuntos hay demasiado. Llegamos a conclusiones, como mucho, y a redactar papeles, como mucho, o a escribir decálogos bienintencionados, como mucho. Y luego los pasos pequeños, porque siempre hay que dar pasos pequeños, no se dan. Y tienen que venir otros a movernos en sillas de ruedas, o a provocarnos sensación de vitalidad y movimiento.

Toda la reflexión de hoy, y ahora sí que concreto claramente, trata sobre la presencia y el modo de estar en el mundo. El marco en que se encuadra es la pertenencia y la identidad, la realidad de nuestra acción que va más allá de nosotros mismos, y el rumbo que ha tomado en la historia. ¿En qué situación nos encontramos? Viendo el marco general y la amplitud del problema estamos en crisis por muchos motivos y flancos. Acernos mirar sólo uno de ellos, sin atender bien al resto, se trata quizá de un mero pasatiempo. Además, un pasatiempo fácil y cómodo, porque nos hemos habituado a preguntarnos, a respondernos, incluso a dialogar sabiendo lo que pensamos entre nosotros.

¡Qué bien que haya comenzado el Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización! ¡Qué bien que la Iglesia quiera mirar los problemas mirando a los ojos, porque no hay problemas, sino personas con rostro! ¡Qué bien que sepamos enmarcar las cosas, la realidad en un mundo complejo con avances y retrocesos, con esperanzas y con desilusiones! ¡Qué bien que queramos dialogar, con actitud abierta y receptiva! ¡Qué bien que estemos dispuestos a decir tiempo a escucharnos a algo más que nosotros mismos!

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3 pensamientos en “Afrontar problemas mirando a los ojos

  1. De este mensaje me quedo con dos ideas.
    1. Importante enmarcar y concretar en la propia existencia cuál es la situación a solventar, de forma concreta.
    2. La necesidad de que el cambio comience por pequeños pasos, pero no dejar de dar ese paso, por pequeño que sea…después vendrá el siguiente.

  2. Qué importante es identificar el problema y dialogar, sin encerrarse en uno mismo, en nuestras ideas, estar siempre abiertos a lo que los otros puedan aportar y, si son ellos los que tienen el problema y piden ayuda, poder ver qué puedo hacer por ellos. Ver el problema a los ojos y empezar a caminar de a poco hacia la solución, sin correr porque podríamos equivocarnos, pero tampoco quedarnos inactivos, esperando una solución que “caiga de arriba”.

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